Capítulo 22
Me desperté con una brisa suave filtrándose por las cortinas y el cuerpo de Mara a mi lado, envuelto en las sábanas.
Seguía dormida, tenía el rostro relajado, el cabello un poco desordenado y una mano descansando sobre mi pecho.
No pude evitar sonreír. Estaba tan preciosa como la recordaba.
Por primera vez en mucho tiempo, sentía que estaba en el lugar adecuado, con la persona que mi corazón anhelaba.
Pero ese sentimiento venía acompañado de un nudo silencioso en la boca del estómago.
La razón era clara, mi tío, mi abuelo y mi hija llegaban ese mismo día.
Me tumbé boca arriba mirando hacia el techo con los brazos cruzados tras mi cabeza, mientras sentía los latidos de mi corazón acelerarse a cada minuto que pasaba, imaginando la escena en mi cabeza de las dos mujeres más importantes de mi vida juntas, cara a cara, por primera vez.
Ese nudo en la boca del estómago no me dejaba tragar saliva.
Lo había intentado, quería habérselo contado, pero entre que ella no estaba preparada para escuchar mis palabras, y que yo tampoco estaba encontrando las adecuadas, todo se me estaba poniendo en contra.
¿Cómo se lo iba a decir? ¿Cómo iba a verbalizar lo que tanto me estaba costando, para explicar todo lo que no le conté en su momento, sin estropear lo que apenas comenzaba a recomponerse entre nosotros?
No tenía tiempo, se me estaba agotando, el reloj de arena de la cuenta atrás estaba llegando a su fin.
Me incorporé ligeramente, apoyando la espalda en el cabecero de la cama, sin despertarla, y me quedé observándola unos segundos. Me pregunté si después de ese día seguiría mirándome igual; con ese brillo especial en los ojos que tenía anoche y con esa sonrisa tímida en ocasiones y osada en otras.
Ella abrió los ojos poco a poco, y al encontrarme con la mirada, sonrió.
—Buenos días, guapo —murmuró con voz ronca de recién despertada.
—Buenos días —le respondí, intentando que mi voz no revelara los nervios que me recorrían por dentro.
Mara se estiró perezosamente y me besó el hombro.
—Tienes cara de estar pensando demasiado. Me lo dice este ceño fruncido —me dijo acariciándome el entrecejo cariñosamente con su dedo índice.
Sonreí con cierto esfuerzo.
—Es que…, hoy llegan unos familiares al hotel.
Ella levantó la cabeza, interesada.
—¿Ah, sí?, ¿alguien que debería conocer?
Me encogí de hombros, intentando sonar casual.
—Mi abuelo Lorenzo.
—¿En serio?, ¿voy a conocer a tu abuelo? Me apetece mucho, sobre todo después de averiguar el significado del rincón más bonito del hotel.
—Es un personaje con mucha experiencia y sabiduría. Aunque esto no pienso admitirlo nunca delante de él. Te caerá bien. Y, bueno, lo acompaña mi tío Luis, a quien ya conociste en la redacción, y alguien más. Pero eso ya te lo contaré con calma.
Mara me miró de forma curiosa, como si notara que me guardaba algo. Pero no preguntó. Y yo, cobardemente, agradecí ese respiro momentáneo.
Me pasé una mano por el rostro y solté el aire lentamente antes de añadir:
—Por cierto…, esta mañana no voy a poder bajar a desayunar con todos. Iré a recogerlos al aeropuerto.
—Ah, claro —dijo ella, incorporándose un poco sobre la almohada—. ¿Quieres que te acompañe?
Negué con una leve sonrisa.
—Ya está todo organizado. Solo… quería avisarte para que no pensaras que estaba evitando el café grupal.
Ella se estiró hacia mí y me besó la mejilla.
—Tranquilo. Luego me cuentas qué tal ha ido la reunión familiar.
Asentí, agradeciendo su naturalidad, y temiendo el momento en que tuviera que enfrentar la conversación que aún me guardaba.
Media hora más tarde, tras darme una ducha rápida y vestirme, fui hasta mi despacho para recoger las llaves del coche.
Tenía el corazón inquieto, el cuerpo tembloroso por la anticipación, y la mente trabajando a mil por hora queriendo tener todo lo más organizado posible para no tener ningún contratiempo incómodo.
Al abrir la puerta, me encontré con Bruno apoyado en la mesa, con cara de quien está esperando una buena excusa.
—Vaya, vaya, mira quién aparece. El que ayer por la tarde desapareció sin explicación alguna —dijo cruzándose de brazos con media sonrisa—. ¿Qué fue de vosotros después de la piscina? Os esfumasteis como si alguien hubiera gritado que había un tiburón en la piscina y había que desalojar la zona.
Suspiré, sabiendo que con Bruno no había atajos.
—La acompañé a su habitación.
—Si, eso me quedó claro cuando os vi salir juntos. Pero, ¿qué pasó después?
—Tuvimos un acercamiento —dije sin rodeos.
—Un acercamiento, dice… —repitió, arqueando una ceja—. Mira, Jon, necesito algo más explícito que eso. No soy inspector de insinuaciones.
Me pasé una mano por la nuca y, tras una pausa, asentí.
—Nos acostamos.
Bruno se frotó la cara con ambas manos, soltando una especie de quejido teatral.
—Ay, madre. Y todavía no le has dicho nada de Arane, ¿verdad?
Negué despacio.
—No, aún no. Lo intento, Bruno, pero… no encuentro el momento. Me agobia pensar en romper lo que parece que estamos reconstruyendo.
Bruno chasqueó la lengua.
—Jon, no lo estás haciendo nada bien. La hostia que te vas a llevar va a ser de órdago. Lo que estáis reconstruyendo según tú, está sobre unos cimientos llenos de secretos y permíteme decirte que en parte también de mentiras.
Lo sabía. Y me dolía más oírselo decir en voz alta.
—Soy consciente. No he sabido gestionar nada. Ni el orden ni los tiempos. Solo sé que tengo que ir a recogerlos y, en el camino, tal vez encuentre la forma de decirle la verdad sin que todo salte por los aires.
Bruno me miró con desaprobación.
—Solo te recomiendo que no esperes demasiado. Porque Mara, bueno, ya sabes cómo es. No va a tomarse bien sentirse fuera de algo tan importante.
Asentí, apretando las llaves en la mano.
—Lo sé. Y eso es lo que más miedo me da.
El trayecto hasta el aeropuerto fue tranquilo, aunque mi mente no lo era.
La radio del coche sonaba de fondo con música suave, pero apenas la escuchaba.
Tenía el corazón encogido y la garganta seca.
No sabía qué me ponía más nervioso: ver de nuevo a Arane después de semanas sin verla o imaginar el momento en que Mara se enterara de su existencia.
Aparqué junto a la terminal de llegadas y consulté la hora. Aún faltaban unos minutos. Me bajé del coche, me apoyé en el capó y cerré los ojos un instante para respirar profundo. Como si eso pudiera prepararme.
Cuando los vi aparecer al fondo del pasillo de llegadas, una mezcla de emociones me atravesó de golpe.
Mi abuelo Lorenzo caminaba con su bastón en una mano y con la otra entrelazaba su mano a la de la pequeña Arane.
Iban al mismo paso, como si el uno reforzara al otro.
Unos metros por detrás, Luis empujaba un carrito con las maletas de los tres, siempre en su papel de escudero silencioso pero eficaz.
Arane fue la primera en verme. Sus ojos se iluminaron, los auriculares salieron volando de sus oídos y soltó la mano del abuelo para echar a correr.
—¡Papi! —gritó, dejando caer la mochila en mitad del camino.
La abracé con fuerza, escondiendo la cara en su cabello oscuro mientras ella me rodeaba con los brazos.
—Hola, pequeña —susurré. Sentirla ahí, tan cerca, me hizo recordar por qué había guardado tanto silencio. Y también por qué ya no podía hacerlo por más tiempo.
Lorenzo se acercó con una sonrisa tranquila, firme a pesar del bastón.
—Sigues pareciendo un primerizo cada vez que la ves —dijo, soltando una risa leve.
—Y tú sigues llegando siempre a tu ritmo, con palabras justas, abuelo —le dije, dándole un abrazo breve pero cálido.
Mi tío llegó justo entonces con el carrito de las maletas.
—Todo en orden —dijo, levantando la ceja—. Aunque pareces un poco más pálido de lo normal. ¿No has tomado suficiente sol? ¿Tan ocupado estás con el artículo? ¿Nervios o es que te has enamorado otra vez?
Sonreí, con la boca, no con los ojos. Ninguno de los dos sabía de mi relación con Mara. Y Arane, aún menos.