Capítulo 21
Jon abrió la puerta de mi habitación con una mano, mientras con la otra me sostenía, cargándome en brazos como si no pesase nada. Mi risa nerviosa y encantada, se escapó sin filtro mientras cruzábamos el umbral.
—Podía haber entrado por mi propio pie —dije, aunque no moví ni un músculo para detenerlo.
—Lo sé, pero me apetecía hacerlo así —respondió con esa sonrisa medio canalla, medio dulce, que siempre me desarma.
Entramos en la estancia en penumbra. Las cortinas corridas dejaban pasar solo un resquicio de la luz del atardecer, tiñendo la habitación de tonos cálidos. El aire acondicionado dejaba una brisa suave que contrastaba con el calor que todavía nos abrazaba desde la piscina.
Jon se acercó a la cama y con una delicadeza que no esperaba de alguien con sus brazos, me depositó sobre las sábanas blancas como si fuera algo frágil.
Me miró un instante más de la cuenta, como si necesitara asegurarse de que estaba bien, como si memorizar mis gestos formara parte de una nueva rutina que no quería perderse.
—Gracias —dije en voz baja, apenas en un susurro.
—No tienes que dármelas —contestó, sentándose en el borde de la cama a mi lado.
No hubo prisa. Ninguno de los dos rompió el momento con palabras innecesarias. Sus dedos acariciaron el borde de la sábana junto a mi cadera, luego subieron lentamente por mi costado hasta alcanzar mi mejilla. Rozó mi piel con suma delicadeza, como si tuviera miedo de romper la magia del contacto.
Me inclinó hacia él, sus labios rozaron los míos con una suavidad que me hizo cerrar los ojos de forma instintiva.
Era un beso tranquilo, casi contemplativo, como si cada segundo contara.
Luego vino otro más profundo, y otro cargado de una intención que hacía latir mi corazón con fuerza.
Su mano viajó por mi cuello, mis clavículas, descendiendo con una lentitud desesperante para mi deseo, hasta el borde de mi traje de baño.
Mis dedos buscaron su nuca, enredándose en su cabello aún húmedo por el agua de la piscina.
Su piel estaba tibia bajo mis manos. Jon se incorporó apenas lo necesario para inclinarse sobre mí, sus labios explorando la curva de mi mandíbula, el hueco de mi cuello, con esa precisión que solo da el recuerdo de quien conoce bien lo que hace y con quien lo hace.
Mis piernas se movieron para hacerle espacio, sin necesidad de palabras.
Lo quería cerca. Sus manos bajaron por mi cintura, descubriendo poco a poco mi piel, mientras sus besos se volvían más profundos, más urgentes.
Mis manos viajaban también, recorriendo su espalda, marcando el camino del deseo contenido.
Los latidos se mezclaban con la respiración.
El mundo quedaba fuera. Todo era piel, calor, suspiros, y esa tensión deliciosa de saber que el cuerpo del otro aún recordaba dónde y cómo necesitaba el contacto.
Cuando nuestros labios volvieron a encontrarse, ya no hubo tregua. Solo cabía el deseo para nosotros.
Nos deshicimos de la ropa sin prisas, pero sin pausas.
Primero su camiseta, luego el bañador, mi parte de arriba pareció entender que debía soltarse sola.
Cada prenda caía con una mezcla de urgencia y respeto, como si desnudarnos fuera también despojarnos de todo lo que habíamos callado durante tanto tiempo.
Jon me tomó de la mano y me guio hacia el baño. La penumbra cálida se convirtió en luz suave y vapor mientras abrió el grifo de la ducha. El agua caliente empezó a correr, llenando la estancia con un murmullo constante y un aroma a gel de jazmín.
Me introdujo bajo el chorro con él. Nuestras pieles ya calientes por el roce, encontrándose bajo el agua.
Me acarició los hombros, la espalda, el vientre, con movimientos lentos y seguros.
Su mirada no se apartaba de la mía y su boca alternaba entre susurrarme contra el cuello y besarme los labios con firmeza.
Tomó la manguera de la ducha, reguló la presión, y sin soltarme con la otra mano, bajó suavemente el chorro por mi piel, deteniéndose en mis puntos más sensibles.
—Jon, por favor… —dije mientras respiraba algo agitada. El agua templada, dirigida con precisión, me arrancó un gemido bajo, involuntario. Me aferré a sus hombros, buscando sostén mientras el deseo me inundaba sin tregua.
Jon conocía mis reacciones, mis gestos, el modo exacto en que mi cuerpo le respondía. Y en ese momento, entre el vapor y el agua corriendo por nuestras pieles, me lo demostraba con una atención silenciosa que me dejaba sin aliento.
Todo lo demás se desdibujó. Solo estábamos él, yo, y esa danza húmeda y temblorosa de dos cuerpos que se volvían a encontrar.
Más tarde, envueltos en toallas y con la piel aún tibia por la ducha, nos dejamos caer en la cama, enredados uno en el otro, sin necesidad de hablar.
Solo sus dedos dibujando círculos lentos en mi espalda, y mi mejilla apoyada contra su pecho, escuchando ese latido firme que había extrañado tanto tiempo.
Pasaron unos minutos de esa quietud dulce antes de que mi estómago hiciera un leve ruido traicionero. Jon rio en voz baja.
—No hemos bajado a cenar, ¿verdad?
Negué con una sonrisa perezosa.
—Mmm…, no. Pero no me pienso mover de aquí.
Jon estiró el brazo y tomó su teléfono. Marcó el número de recepción y habló con voz tranquila, pidiendo que por favor subieran algo de cena ligera a la habitación. Colgó y me miró. Yo me acerqué un poco más y, sin abrir del todo los ojos, murmuré con una sonrisita cargada de sorna:
—¡Uy!, ¿y no puede subirla Tifany? Seguro que tiene muy buenas dotes para el servicio de habitaciones.
Jon soltó una carcajada ahogada, me miró divertido y alzó una ceja.
—Estás guerrera hoy, ¿te lo había dicho?
—No lo suficiente —respondí, acurrucándome aún más contra él.
Él me rodeó con ambos brazos y me besó la frente.
—En ese caso, tendré que ponerme las pilas.
Y así, entre bromas, deseo y ese silencio cargado de sentimientos, nos quedamos esperando la cena. Como si el mundo se hubiese reducido solo a eso: una cama, dos cuerpos exhaustos y satisfechos, y la sensación de que algo bueno estaba comenzando a construirse de nuevo.