Capítulo 20
El sol de la tarde caía con una calidez deliciosa sobre la piscina del hotel, pintando reflejos dorados en el agua mientras el murmullo alegre de los huéspedes se fundía con la música animada que salía de los altavoces.
El equipo de animación había convertido la zona en una pequeña fiesta acuática: flotadores gigantes, pelotas de colores, pistolas de agua y todo tipo de utensilios que parecían sacados de una tienda de juguetes para niños.
Yo había decidido quedarme al margen. Con el tobillo a medio recuperar, lo último que necesitaba era acabar desplomada en una guerra de agua. Estaba tumbada en una hamaca bajo una sombrilla de rafia, con las gafas de sol puestas y un mojito en la mano, observando la escena con una sonrisa relajada.
Los chicos estaban haciendo el payaso en el agua, fingiendo que no sabían nadar mientras gritaban «¡socorro!
» cada vez que un huésped pasaba por al lado.
Lorena intentaba sin éxito lanzar una pelota de espuma a Víctor, que se escondía tras un flotador en forma de flamenco.
El monitor de animación, un chico de unos treinta y tantos años, moreno, delgado y con un sentido del humor más visible que su tatuaje tribal en el hombro, animaba con energía desde el borde de la piscina.
—¡Vamos, equipo azul, que parecéis medusas en siesta tropical! —gritaba entre risas.
Estaba en paz, mirándolos y riéndome sola. Disfrutando del simple placer de ver a mis amigos comportarse como niños sin que nada más alrededor importara.
El animador de la voz potente caminaba en mi dirección con una sonrisa amistosa y una tabla con notas en la mano. Cuando llegó frente a mí, se agachó ligeramente, protegiéndose del sol con una mano.
—Hola, soy Pau —dijo con naturalidad —. Te he visto por aquí sentada un buen rato y tenía que preguntarte: ¿te pasa algo o solo estás evitando que te lancen al agua?
Reí bajito.
—Un poco de ambas. Tengo el tobillo tocado. No soy apta para combates cuerpo a cuerpo con flotadores.
—Ah, con razón. Y yo que pensaba que eras la observadora silenciosa, que nos juzgaba desde su misteriosa sombra…
—Eso también. Me gusta ejercer de crítico con una copa en la mano.
Pau se rio. Tenía ese tipo de risa honesta que hace que no te moleste que te interrumpan.
—Pues te propongo algo. Necesito una jueza imparcial para los siguientes juegos. Alguien que no esté compinchado con nadie y que pueda decidir si hay trampas o no. Ya que tienes buena vista desde aquí y tienes estilo de directora de casting de reality show , creo que eres la persona perfecta.
Lo miré por encima de las gafas.
—¿Tengo que hablar por megáfono y llevar camiseta fluorescente?
—No, pero puedes usar mi silbato si te apetece. Es muy satisfactorio.
Solté una carcajada y me incorporé un poco en la tumbona.
—Vale, acepto, pero si alguien se queja de mis decisiones, prometo ser absolutamente dictatorial.
—Justo lo que busco, una tirana elegante. Bienvenida al equipo, jueza Mara.
Y así fue como acabé convertida en jueza oficial del concurso de relevos acuáticos con flotadores y palas, el tiro al blanco con esponjas mojadas y el legendario vóley piscina.
Pasé la siguiente hora dirigiendo, puntuando y disimulando mi risa cada vez que Bruno se caía de bruces al intentar subirse a un unicornio hinchable en las carreras.
Lorena me mandaba miradas pidiendo sobornos en forma de puntos extra en el tiro al blanco con esponjas, y Víctor me lanzaba besos como soborno cada vez que sacaba en el vóley.
Jon, mientras participaba, se quedaba mirándome a ratos con esa expresión serena y cómplice a la que ya no podía evitar devolvérsela.
No hacía falta que dijéramos nada; nuestros ojos encontraban ese punto medio entre complicidad, deseo y cierta timidez nueva, como si lo vivido esa misma mañana aún ardiera en nuestras pieles.
Y yo, entre silbatos, risas y decisiones arbitrarias, sentía que todo encajaba de nuevo. Al menos por esa tarde.
Pau volvió varias veces para pedirme ayuda con puntuaciones, sugerencias o simplemente para hacer comentarios graciosos.
Su cercanía era completamente inofensiva, pero no pasó desapercibida.
Desde mi tumbona, noté que Jon empezaba a observarnos con una atención distinta, sus cejas ligeramente fruncidas y la mandíbula un poco más tensa.
Me había bastado observarlo bien una vez para saber que estaba sintiendo algo que rozaba los celos.
Y eso, lo admito, me provocó una mezcla extraña de placer y nervios.
Justo entonces, mientras Pau me mostraba una hoja de puntuación, escuché un andar con tacones tras la sombrilla que me cubría.
Y al girar un poco la cabeza, la escena que vi fue de telenovela: Jon saliendo del agua de un solo impulso, el torso brillando por las gotas que le caían del pelo y recorrían su piel como si alguien hubiese decidido esculpir la tentación en carne viva.
El cabello mojado pegado de forma perfecta, los hombros definidos y la expresión en su rostro relajada, pero cautivadora.
Una escena digna de cámara lenta. Y desde detrás de mi sombrilla, como invocada por la ley de Murphy para arruinarme el momento, apareció Tiffany.
Vestía con su uniforme de recepción: camisa blanca perfectamente planchada, pantalones entallados y ese aire de «soy divina porque yo lo valgo».
Caminaba con paso seguro y la mirada fija en su presa.
—Uy, Jon, si sales así del agua muy a menudo, van a tener que poner un socorrista extra solo para atender desmayos —dijo desde la sombra, con ese tonito de flirteo azucarado que pretendía ser sutil, pero gritaba «¡atención!» a gritos.
Carraspeé con intención. Alto y claro.
Tifany, como si hubiera activado un radar, asomó su cabeza con teatralidad por el lateral de mi sombrilla. Al verme, se llevó la mano al pecho y entonó una de sus frases condescendientes en ese tonito entre niñata repelente y actriz frustrada:
—Ohhh, Mara. No te había visto. Qué estampa tan… simple. Casi pareces una de esas estatuas de las fuentes, tan firme, tan calladita.
La ignoré. Por raro que te pueda parecer, así lo hice. Volví la vista hacia la piscina donde mis amigos se revolcaban de la risa. Todos estaban mirando hacia nuestra dirección. Solo les faltaban unas palomitas para completar la escena.
Tiffany, con una mueca de sonrisa, volvió a mirar a Jon y dijo.
—Bueno, me reclaman en recepción. Ya sabes, si no estoy yo, todo se tambalea.
—Uy sí, una tarea tan poco simple no la hace bien cualquiera. Deberían proponerte para la trabajadora del mes —murmuré en voz baja sin mirarla directamente. Me salió de dentro, no pude resistirme. Esa mujer sacaba lo peor de mí.
Ella se alejó con ese contoneo ensayado que usaba cuando sabía que la miraban.
Pero yo ya me encontraba en mi posición, lista para volver a arbitrar la siguiente ronda de juegos, con una sonrisa que sabía a victoria.
Porque esa tarde, aunque Tiffany hubiese entrado en escena, las miradas que más me importaban eran las de Jon. Y eran todas para mí.
Los juegos estaban llegando a su fin. El sol comenzaba a bajar lentamente, tiñendo el cielo de naranjas suaves y dorados pálidos. Pau anunció con voz triunfal el veredicto final.
—¡Y los ganadores del gran campeonato de piscina son: ¡Víctor y Lorena!
Ambos se abrazaron como si hubieran ganado una olimpiada, mientras el resto aplaudía y silbaba.
—¡Protesto! Han jugado sucio. Me han estado distrayendo con canciones de Shakira y gritos falsos de «cucaracha en el agua». ¡No es justo! —se quejaba Bruno.
Lorena le sacó la lengua y Víctor hizo una reverencia exagerada, lo que provocó otra ronda de carcajadas generalizadas.
Mientras todos salían poco a poco del agua, envueltos en toallas y con sonrisas relajadas, mis ojos buscaron instintivamente a Jon.
Lo encontré caminando hacia una de las tumbonas, secándose el pelo con una toalla blanca.
El sol le acariciaba los hombros mientras el agua se deslizaba en hilos perezosos por su piel.
De pronto, me estaba mirando, directo, cómplice e intenso.
Se acercó hasta mí sin decir nada y, con gesto tranquilo, se secó el pecho, luego el torso y finalmente se puso sus gafas de sol.
Se inclinó ligeramente hacia mí, ofreciéndome la mano.
—¿Quieres que te ayude a subir a la habitación?
Mi corazón dio un pequeño brinco. Era una pregunta sencilla, pero la forma en que la dijo llevaba toda la carga del mundo. Capté enseguida sus intenciones y quise provocarlo un poco.
—No hace falta, tranquilo. Pau se ha ofrecido a ayudarme. Es muy atento, ¿verdad? Qué suerte tienes con algunos de tus empleados. Son el encanto personificado.
—Los elegimos a conciencia. El equipo de recepción, por ejemplo, fue una selección muy exhaustiva que llevé yo personalmente a cabo.
—Solo por curiosidad, ¿sabía cierta recepcionista que ese día estaba en una entrevista de trabajo y no en un casting para un papel secundario de la telenovela «La tentación del jefe»?
—Lo miré con una sonrisa contenida y arqueando una ceja.
No iba a dejar que me ganase en esta pequeña guerra dialéctica.
Jon me miró divertido, se acercó todo lo que le permití y susurró.
—El papel protagonista siempre ha sido tuyo y no necesito ninguna tentación que me haga dudar de ello. ¿Subimos?
Asentí con una sonrisa triunfante y algo pícara. Dejé el silbato en la tumbona y acepté la mano de Jon.
Mientras marchábamos juntos hacia mi habitación, el eco de las voces se apagaba poco a poco. Nada más importaba a mi alrededor en ese momento. Caminaba con la ilusión de que algo importante estaba recomenzando.