Me lo dice tu mirada Capítulo 19
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Capítulo 19

A la hora de comer, el restaurante del hotel estaba envuelto en una atmósfera cálida, con luces brillantes, mesas de madera elegante y ese murmullo constante de conversaciones alegres y platos entrechocando.

El bufé disponía de mostradores rebosantes de comida, estaciones en vivo con chefs preparando carnes, un coctelero preparando distintos tipos de bebidas en el momento y dos pasteleros montando los últimos detalles de algunos postres.

Había algo hipnótico en ver todo tan bien orquestado.

Pero nada me tenía tan distraído como ella.

Mara estaba sentada frente a mí, con una copa de vino blanco entre los dedos y una mueca sonriente mientras escuchaba alguna barbaridad que estaba contando Lorena.

La misma boca que había besado esa misma mañana en una sala de spa. La misma mirada que había sostenido la mía sin palabras, mientras nuestros cuerpos se hablaban en un idioma antiguo y solo nuestro.

En este escenario tan distinto, intercambiamos miradas furtivas.

De esas que duran apenas un segundo, pero que arden como si se hubieran prolongado una eternidad.

Mara evitaba mirarme demasiado tiempo, como si con cada cruce de ojos corriéramos el riesgo de delatarnos.

Pero ahí estaba, ese brillo, ese destello cómplice que me decía: «te sigo sintiendo».

A su lado, Lorena yacía como un centinela fiel; la mejor amiga, la protectora, la que probablemente no había dejado de observarme desde que nos sentamos.

Aunque en ese momento, se reía a carcajadas por algo que había dicho Bruno, quien, como siempre, se llevaba gran parte del protagonismo.

—¡Y entonces el loro suelta: «No soy tu ex, soy tu karma con plumas» —dijo Bruno, entre risas, mientras Lorena se tapaba la boca para no escupir su bebida.

—No puede ser verdad —dijo Mara, ya soltando la carcajada.

—Palabra. Me lo contó una clienta en la terraza del hotel donde hice las prácticas. Tenía el loro amaestrado y todo. El bicho se ponía filosófico en las sobremesas. —Bruno guiñó un ojo, orgulloso de su historia.

Víctor, que estaba sentado junto a Lorena, ya llevaba media copa de vino de ventaja sobre el resto. Su risa era contagiosa y su tono teatral.

—Esto es mejor que cualquier show en directo. Habría que ficharte para la revista, Bruno. Una columna de humor tipo «confesiones de un recepcionista clandestino».

—Acepto, siempre que me dejen posar para la portada —replicó él, inflando el pecho.

—Solo si lo haces sin camiseta y cubierto de chocolate caliente. —Víctor alzó la ceja, lanzándole el comentario como un dardo.

—Uy, querido, pero si eso lo reservo solo para sesiones privadas —respondió Bruno, guiñándole el ojo de forma tan descarada que incluso Lorena se ruborizó.

Todos rieron, y yo también. Aunque en el fondo, tenía una inquietud que no me dejaba disfrutar al cien por cien.

Mi hija, Arane, llegaría al día siguiente.

Y ese pensamiento era una piedra dentro del zapato.

No porque no quisiera verla, al contrario, Arane era mi vida, mi razón, mi todo, pero la había mantenido en secreto con la gran mayoría de la gente que estaba sentada en esta mesa.

Y ¿por qué?, te preguntarás, no me arrepentía de haber dedicado estos años a estar cerca de ella, no renegaba de ella, era un orgullo ser su padre.

Quería protegerla de mis errores, de mis miedos y de que no saliera salpicada.

Miré a Mara pensando: ¿cómo iba a encajar esto?

¿Cómo le explicas a la mujer que está empezando a confiar de nuevo en ti que tienes una hija que nunca mencionaste?

Lo había hecho mal; mal cuando me fui, mal cuando no volví, mal al no explicarle el motivo real y mal al callarme tantas cosas.

Pero entonces ella me miró. Y sus ojos me dijeron que, a pesar de todo, estaba allí, a pesar de todas las barreras, de las dudas, del pasado… Y eso me dio una punzada de esperanza.

—Tu turno, Jon —dijo Lorena, señalándome con el tenedor.

—¿Mío?

—Sí. Todos hemos contado una anécdota. Ahora te toca soltar una historia embarazosa. Vamos, no te hagas el misterioso.

Mara se giró hacia mí, mordiéndose el labio para ocultar la sonrisa. Me miró como diciendo: «Adelante, sorpréndenos». Suspiré, inspiré y me dejé llevar.

—Vale, pero esto involucra en cierto modo a Bruno—.

Todos miraron con sorpresa a mi amigo, expectantes por la reacción de su cara—.

Hubo una vez que Bruno me jugó una broma pesada.

Estábamos de vacaciones en Cabo Verde y se le ocurrió fingir que yo era un influencer muy conocido.

Se acercó a mí, en medio de la playa, con una cara de admiración falsa y me dijo: «Por favor, por favor, mi hermana es tu fan desde hace años, ¿puedo hacerte una foto para enviársela?

». Yo, sin enterarme de nada, asentí por inercia.

—¡Ay, no! —soltó Mara, tapándose la boca.

—Lo peor fue que la gente que estaba alrededor se lo creyó. En cosa de dos minutos tenía a cinco personas pidiéndome autógrafos, selfies , incluso una se puso a llorar diciendo que me seguía desde mis vídeos de yoga…, que yo ni siquiera sabía que existían.

Las carcajadas estallaron al unísono.

—Juro que desde entonces me pongo gafas de sol cuando viajo con Bruno. Nunca sabes en qué momento vas a ser famoso sin saberlo.

Mara me miró. Esta vez sin disimulo, directa, con dulzura, como si esa versión bochornosa y real de mí le hubiera tocado algo profundo.

En ese momento, deseé poder parar el tiempo.

Congelarlo y no tener que pensar en explicaciones, pasados rotos, secretos, solo ella y yo, junto a las risas compartidas de quienes nos rodeaban.

Pero sabía que el reloj no se detiene por deseos.

Al día siguiente, mi vida iba a dar otro giro.

Arane, mi niña, mi tesoro más grande y mi miedo más real, estaría respirando el mismo aire que la mujer a la que estaba observando embelesado y que cada latido de mi corazón, era a causa de lo que ella provocaba en mí.

Suspiré, me serví otro poco de vino y me prometí que, pasara lo que pasara, no me escondería más. Ni de Mara, ni de mi pasado ni de lo que quería con ella.