Capitulo 18 #2
Sus labios empezaron a recorrer mi cuello con hambre y ternura a la vez.
Mis manos buscaron su camisa, que cayó al suelo sin resistencia.
Nuestros cuerpos se fundieron como dos piezas que encajaban sin esfuerzo, como si se hubieran estado esperando demasiado tiempo.
Mis dedos recordaron cada rincón de su espalda.
Los suyos volvieron a descubrir los lugares donde sabían exactamente qué tecla tocar.
Me arqueé bajo su boca, jadeante, con la piel en llamas.
No había prisa. Era deseo, sí. Pero también necesidad de reconocernos otra vez.
Nos descubrimos, nos exploramos, y entre susurros y respiraciones entrecortadas, nos encontramos.
Sin necesidad de palabras, solo piel, recuerdos y nosotros fundiéndonos en un único lenguaje.
En ese instante, en aquella sala, con el aroma a lavanda envolviéndolo todo, nos olvidamos de todo lo demás.
Permanecimos un rato en silencio, nuestras respiraciones aún acompasadas, la piel ardiendo y nuestros cuerpos enlazados como si hubiésemos encontrado refugio en medio de una tormenta emocional.
La música ambiental seguía fluyendo suave, como si también ella supiera que había presenciado algo íntimo, algo que no debía romperse todavía.
Jon me acariciaba la espalda con la yema de los dedos, sin decir palabra.
Yo tenía una mano sobre su pecho, sintiendo el ritmo pausado de su corazón, todavía fuerte, todavía acelerado.
Cerré los ojos un instante y me dejé caer, por primera vez en mucho tiempo, en una calma que no me resultaba ajena, sino… familiar.
Finalmente, fui yo quien rompió el silencio.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —murmuré, sin moverme.
—Si no es sobre política, fútbol o Tifany, adelante —respondió con voz ronca, acariciándome la mejilla.
—¿Cuándo y dónde has aprendido a dar masajes así?
Él soltó una leve risa y ladeó la cabeza para mirarme de frente.
—He tenido mucho tiempo para aprender muchas cosas, Mara.
—Ya, pero una cosa es aprender, y luego está esto. —Le señalé el lugar donde aún sentía un escalofrío recorriéndome la columna.
—Cuando mi tío me informó de que quería dejarme a cargo de este hotel, decidí que no podía presentarme aquí solo con mi apellido.
Quería conocer el negocio desde dentro. Aprender lo que ofrecemos, sentir lo que sienten los huéspedes, me dediqué en cuerpo y alma a formarme en distintos aspectos de los servicios del hotel. Spa incluido.
Levanté una ceja y lo miré con diversión en los ojos.
—¿No me digas que te hiciste pasar por el jefe infiltrado?
—Algo así —dijo sonriendo, encogiéndose de hombros—.
Pasé por todos los departamentos: recepción, limpieza, cocina…
Estuve unas semanas ayudando en el spa, observando a los profesionales, aprendiendo de una masajista tailandesa que me decía que los músculos guardan más secretos que la mente, y me lo tomé muy en serio.
—Y ahora vas por la vida desnudando cuerpos y emociones a base de aceites esenciales y manos mágicas… —susurré, divertida.
—Solo cuando la clienta lo permite —bromeó, y me besó la frente.
Nos quedamos abrazados unos minutos más, en el sofá de la sala, donde nos habíamos refugiado después de recomponernos, cada uno envuelto en una toalla. Era un sofá amplio, negro, suave al tacto y lo suficientemente cómodo como para que las horas se escaparan sin darnos cuenta.
Mi cabeza descansaba en su pecho, y él jugaba con mi cabello como solía hacerlo hace años, como si entre sus dedos el tiempo se disolviera y no existiera la historia interrumpida entre los dos.
—¿Te has dado cuenta de que llevamos desde que nos reencontramos evitando esto? —preguntó Jon, bajando la voz, como si confesara algo peligroso.
—¿Evitar qué? ¿El sexo improvisado en una sala de spa? —le devolví, con una sonrisa pícara.
—Evitar mirarnos como lo estamos haciendo ahora. Evitar admitir que esto no se fue. Que sigue aquí —dijo, colocando su mano justo sobre su corazón—. Que solo estaba dormido. Y tú has vuelto a despertarlo.
Tragué saliva. Su mirada me desarmó más que cualquiera de sus caricias.
Era profunda, honesta, sin máscaras ni esa chulería encantadora que solía usar como escudo.
En ese momento, Jon no estaba vendiéndome nada.
No me estaba conquistando, se estaba entregando y eso me daba miedo.
Porque yo lo conocía. Sabía lo mucho que podía dar.
Y también sabía lo mucho que dolía cuando se fue.
—Me gustas más cuando no hablas tanto —bromeé, como mecanismo de defensa.
—No me extraña. Siempre fuiste más de acciones que de promesas.
Me mordí el labio. Tenía razón. Yo también lo conocía bien. Y lo había echado de menos más veces de las que estaba dispuesta a admitir.
—¿Sabes qué es lo peor de todo esto? —le dije en voz baja.
—¿Que quieres repetir y ya estás pensando cómo justificarlo?
—No seas idiota —le di un leve manotazo en el pecho—. Lo peor es que todo esto me resulta jodidamente cómodo. Como si no hubieran pasado tres años. Como si mi cuerpo supiera exactamente dónde encajas tú. Y eso, me da miedo.
Jon me abrazó con más fuerza.
—¿Y si esta vez no me voy?
Lo miré, esta vez sin ironía.
—¿Y si esta vez tampoco me lo creo?
No respondió al instante. Se limitó a acariciarme la mejilla con el dorso de los dedos, mirándome como si tuviera la respuesta tatuada en mi piel. Y tal vez la tenía. Tal vez la habíamos tenido todo el tiempo, solo que nos habíamos empeñado en silenciarla.
—Mara…, no sé cómo arreglar todo lo que rompí. Pero sí sé que no quiero volver a vivir sin intentarlo contigo.
Y eso…, eso sí lo creí.
Me incliné para besarlo. Un beso suave, lento, lleno de cosas no dichas, de sentimientos que habían esperado demasiado para asomar de nuevo. Fue como cerrar un círculo que llevaba años dando vueltas sin dirección.
Nos quedamos así, entre besos, risas tímidas y caricias lentas, sin prisa por volver al mundo real. Como si estuviéramos en una burbuja hecha de recuerdos, piel y segundas oportunidades.
—Por cierto —le dije de pronto, incorporándome un poco—. Espero que no vayas por ahí metiéndote a dar masajes en la sala 5 a cualquier huésped, porque entonces vamos a tener un problema.
—Tranquila, solo reservo este tipo de tratamiento para clientas difíciles de olvidar —dijo pellizcándome suavemente la cintura.
—Menos mal. Porque si me entero de que le das a alguien más el combo espalda-muñeca-labios, te juro que te cambio el aceite de romero por gel frío para pies.
Estallamos en carcajadas, abrazados, sintiéndonos adolescentes con piel de adultos y una historia rota entre los dos que, quizá, ahora tenía una nueva página.
Y aunque el reloj del mundo siguiera girando fuera, en esa sala, sobre ese sofá negro con aroma a lavanda, el tiempo se había detenido para nosotros.
Por fin.