Me lo dice tu mirada Capitulo 18
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Capitulo 18

Entré en el spa con paso algo inestable, apoyándome ligeramente en la pared para no forzar demasiado el tobillo.

Lo primero que noté fue el aroma a eucalipto que flotaba en el aire, como si en lugar de un centro de relajación estuviera atravesando la entrada de un bosque encantado.

La iluminación tenue y la música zen de fondo ayudaban a que mi cuerpo y mente empezaran a desacelerar por inercia.

Una chica morena, con el pelo recogido en una coleta alta, una casaca estilo kimono de color gris y con una sonrisa más brillante que la lámpara de sal que tenía detrás, salió del mostrador en cuanto me vio.

—¡Hola!, buenos días —me saludó con una voz dulce y cálida—. Mara Iriarte, ¿verdad?

Asentí, todavía un poco incómoda por la sensación de estar en territorio desconocido y demasiado tranquilo, teniendo en cuenta todo el ajetreo que había rodeado mis últimos días, me esperaba cualquier cosa. Hasta que apareciese cierta rubia insoportable por la primera puerta.

—Perfecto. Estás apuntada para el masaje relajante de sesenta minutos. Vas a salir de aquí como nueva. —Me guiñó un ojo, con una confianza que en otro momento me habría irritado, pero que en ese instante me resultó hasta reconfortante.

No pude evitar mirarla con cierta admiración. ¿Cómo podía alguien tener esa energía tan suave, tan en paz consigo misma? Lo que me llevó a pensar: «¿y por qué no contrataron a esta chica tan simpática para la recepción del hotel, en vez de a la Nancy Malibú?». En fin, errores de juicio.

—Puedes pasar a la sala del fondo, la número 5 —me indicó señalando un pasillo revestido de madera y piedras decorativas—.

Al entrar, a mano derecha, encontrarás una silla con un perchero al lado.

Ahí puedes dejar la ropa y el bolso. Si llevas bikini tipo palabra de honor, puedes dejártelo puesto sin problema.

Si no, baja las tiras y colócalas a un lado.

Sobre la camilla tienes un antifaz especial de gel para relajar el rostro.

Siento que sea de color rosa, no teníamos otro. —¿Cómo sabía que no me gusta el rosa?

—Vaya, no todo puede ser perfecto —le dije fingiendo mi desaprobación.

—Póntelo y túmbate boca arriba. Para no perturbar la tranquilidad de los clientes, y que vuestra mente viaje a un sitio tranquilo, el masajista no emitirá ninguna palabra. Seguro que disfrutas de este ratito para mimarte —me dijo sonriéndome de forma sincera.

—¿Y luego me llevan flotando a mi habitación o me lanzan en globo directo a mi cama? —pregunté medio en broma, medio deseándolo.

—Te aseguramos que después del masaje no vas a querer volver a tu realidad —dijo riendo. «Eso espero», pensé.

—Perfecto. Me gusta que me vendan fantasías —respondí, caminando hacia mi descanso con una ilusión y alegría mayor de lo que esperaba al entrar.

Entré en la sala número 5 siguiendo el pasillo ambientado con luces tenues y velas que olían a vainilla.

Como me había dicho, a la derecha estaba la silla con el perchero.

Cerré la puerta con cuidado tras de mí y mis ojos hicieron un barrido lento de la estancia.

En el centro, destacaba una camilla cubierta con una sábana blanca impoluta, acompañada a su lado por un pequeño carrito donde descansaban alineados varios frascos de aceites esenciales y cremas en pequeños envases de cristal, con etiquetas manuscritas que parecían sacadas de un herbolario boutique.

En la parte izquierda, una pila de mármol blanco contenía agua limpia con pétalos flotando en la superficie.

A la derecha, unas estanterías de madera clara a juego con un armario empotrado completaban el espacio, junto a un baño sin puerta.

«Punto negativo si me da un apretón nervioso en mitad del masaje», pensé.

Y, al fondo, un sofá negro con chaise longue .

La estancia era como una burbuja en la que me costaba creer que alguien pudiera estar estresado.

Me quité la ropa despacio, intentando no perder el equilibrio por culpa de mi tobillo, mientras admiraba la estética tan cuidada del lugar, solté un suspiro que se me escapó sin permiso, me puse el antifaz que habían dejado sobre la camilla y me tumbé boca arriba, sintiendo el crujido leve de la camilla al acomodarme, dejando que el peso de todo, físico y emocional, se esfumara poco a poco con cada exhalación.

Solo estábamos yo y esa música instrumental con cuencos tibetanos que sonaba de fondo y que, sorprendentemente, no me estaba irritando.

No sabía si me relajaría o si acabaría llorando como en una sesión de terapia intensiva, pero en ese momento, me daba igual.

A los pocos segundos, escuché un par de toques suaves en la puerta.

Nadie dijo nada. «Vaya, aquí se toman en serio lo de no perturbar el ambiente».

Silencio total. Solo los pasos discretos de quien fuera que acababa de entrar.

Mi parte curiosa estaba batallando para no deslizar el antifaz y ver quién había entrado.

No podía, era como si la calma que me transmitía aquel lugar dependiera de que no mirara nada más y me dejase llevar.

Oí cómo esa persona caminaba hacia la zona del armario.

El leve crujido de una puerta al abrirse, el sonido sutil de algo que se sacaba del interior y luego, lo sentí.

Unas manos grandes, cálidas y sorprendentemente suaves se posaron sobre mis hombros, con una presión firme, pero respetuosa, que me hizo soltar un suspiro involuntario.

Por un momento, no pensé, dejé de analizar.

Solo sentí cómo el primer contacto se deslizaba por mi piel tensa, como si pudiera disolver con un solo gesto todos los nudos que llevaba en las cervicales desde hacía semanas.

Me obligué a respirar de forma pausada y a dejarme llevar. Solo por un momento.

Llevaba un buen rato relajándome gracias a las manos que recorrían con suavidad mis hombros, mi espalda y mi cuello.

Notaba cómo cada músculo iba relajándose de manera progresiva, como si el estrés se evaporara por los poros junto al aceite esencial de lavanda que cubría mi cuerpo.

Los dedos del masajista, quien hasta entonces había sido una presencia silenciosa y respetuosa, se deslizaban con maestría por mi piel, acompasándose con la música ambiental.

Hasta que, en un momento dado, sentí cómo descendía por mis brazos, acariciando con lentitud y firmeza cada centímetro.

Fue en ese momento, cuando lo noté. Primero, sus manos se posaron en mis muñecas y comenzó a masajearme la palma de la mano.

Un gesto a priori inocente, pero algo dentro de mí se encendió como un interruptor olvidado.

Esa manera exacta de presionar con el pulgar, de deslizar los dedos hasta las yemas con cuidado, de entrelazar los dedos como quien memoriza cada hueco y busca su sitio.

Ese gesto no podía pertenecer a cualquiera. Era suyo, era de Jon, era nuestro.

Tragué saliva muy despacio, con el corazón golpeando contra mi pecho con fuerza.

Llevé la mano al antifaz de gel que me cubría los ojos.

Dudé unos segundos, pero finalmente lo retiré con suavidad.

Y ahí estaba, de pie junto a la camilla, Jon me miraba con una mezcla de timidez y valentía, como si esperase que yo estallara en gritos o me derritiera sin decir nada.

No emitió palabra alguna. Solo me regaló esa sonrisa ladeada que solía usar cuando me leía el pensamiento sin esfuerzo y me sostuvo la mirada.

Nos quedamos así, sin articular ni una palabra, lo que a mí me pareció una eternidad.

Pero a la vez, podía apreciar esa conversación silenciosa que estábamos manteniendo con nuestras miradas.

Nos lo decíamos todo, o casi todo. Porque yo aún callaba muchas cosas, y estaba convencida de que él también lo estaba haciendo.

El aire entre nosotros se volvió espeso, intenso, una especie de aura chispeante estaba empezando a formarse entre su cuerpo y el mío.

Sus manos no se detuvieron, y yo no se lo impedí. Echaba de menos su contacto, por mucho que me había empeñado en negarlo y rehuir de ello, lo echaba de menos.

Pasó los dedos por mi antebrazo con lentitud, subió hasta mi hombro, su manera de tocarme había cambiado. Ya no era solo profesional. Había algo íntimo, familiar, casi urgente en la forma en que me tocaba. Su mirada bajó a mis labios un segundo. Luego volvió a mis ojos.

Levanté ligeramente el torso, sin apartar la sábana que me cubría, y me quedé frente a él, sentada en la camilla. Mi respiración era cada vez más agitada, y la suya también.

—Jon… —empecé a decir, pero no terminé. No hizo falta.

Sus manos subieron hasta mi rostro, acariciándome como si tuviera miedo de romperme. Apoyé mi frente contra la suya. El calor de su piel, su aliento, su olor…, me atravesaron por completo.

—Dime si no quieres que siga —susurró, apenas audible.

No dije nada. Primero lo miré a los ojos para leer lo que me decían, luego cogí aire, para darme el impulso que necesitaba y finalmente, acorté la distancia.

Lo besé despacio, con cautela, dándonos nuestro tiempo para conectar de nuevo.

Nos separamos dos segundos, buscando la conformidad de ambos y en ese instante, todo lo que habíamos contenido se desató.