Capítulo 17
A la mañana siguiente, me desperté con una ligera presión en el tobillo que me recordaba que no estaba al cien por cien.
Me incorporé con cuidado, aún con el cuerpo algo dolorido por el cansancio emocional más que físico.
Me desperecé, dispuesta a entrar en la ducha, cuando llamaron a la puerta de mi habitación.
—¿Se puede? —La voz de Víctor se coló antes de que pudiera contestar.
—Pasa, anda. Ya has abierto antes de obtener respuesta —repliqué con tono somnoliento y media sonrisa.
Asomó la cabeza por la puerta y, al verme en pijama y con el pelo en modo leona indomable, se echó a reír.
—Bueno, veo que sigues viva. Y con el mismo glamour de siempre —dijo dejándome un café sobre la mesita—. ¿Cómo estás?
—Todo lo bien que podría estar para no haber lanzado el café a tu cara por esa broma.
—Entonces estás mejor que ayer por la tarde. ¿Te duele el tobillo?
Asentí mientras daba un sorbo. «Dios, qué bien sienta un buen café por la mañana para despejar la cabeza».
—Un poco, pero soportable. He tenido resacas peores.
Se sentó en el sillón frente a la cama, cruzando las piernas y observándome con una mezcla entre cariño y esa chispa curiosa que lo caracterizaba.
—¿Y mentalmente?, ¿cómo llevas lo de…, bueno, ya sabes?
—¿A qué parte de «lo de…» te refieres exactamente?, ¿a que Tifany me saque de quicio o a que casi la estrangulo con una servilleta? Lástima que no podía tenerme en pie, porque, si no, le borraba esa estúpida sonrisa de la cara…
—Frena, frena —me interrumpió enseguida—. Me refería a la convivencia con tu pasado emocional.
Rodé los ojos. ¿Qué podía decir? No sabía cómo lo llevaba. A veces, bien y a veces, mal. Esa mierda de respuesta no podía darle.
—Digamos que sobrevivo sin causar ningún crimen pasional. Que eso ya es mucho.
Víctor me observó en silencio durante un segundo, luego ladeó la cabeza. Parecía estar sopesando lo siguiente que fuera a decirme.
—¿Y Tifany?, ¿de dónde ha salido la reina de la comedia?
—¿Tifany? —dije, con una mueca de desagrado—. Esa petarda tiene el talento de aparecer cuando menos se la necesita. Lo peor es que creo que lo sabe. Además, tiene la gracia donde amargan los pepinos.
—¡Dios! Jajajaja —se echó a reír—. Me encanta cuando usas ese tono. Es como una mezcla de sarcasmo pasivo-agresivo nivel profesional.
—Me sale natural. Es lo único que puedo hacer con ese ser. ¿No te parece que tiene la capacidad de absorber el oxígeno de una habitación?
—Totalmente. —Rio de nuevo—. Es como si tuvieras una antena para detectar egos inflados. Y el suyo ocupa una provincia entera.
Me reí por su ocurrencia. Me sentía más relajada, sintiendo que ese pequeño momento con mi amigo me devolvía algo de control sobre el caos emocional de los últimos días.
—Por cierto —dijo Víctor sacando un folleto doblado de su chaqueta—. Pasé por recepción y vi esto. Tienen un spa bastante completo: masajes, sauna, aromaterapia y todo ese rollo zen. Te vendría bien una sesión de relax para despejarte y quitarte ese humor amargo que llevas encima.
—¿Estás insinuando que tengo cara de estrés?
—Estoy afirmando que tu cara grita: «necesito que me desconecten el alma un rato».
Hay otras maneras, pero no creo que estés muy receptiva.
—Sonrió—. Además, te invito yo. Considera que es mi forma de asegurarme que no te conviertas en una bola de sarcasmo y dolor con patas.
Así también le das un descanso al tobillo.
—¿Y las fotos?
—Hoy me encargo yo. Ya tenemos planificada la siguiente sesión y lo tengo todo controlado. Disfruta un rato, anda. Mañana será otro día. Además, ¿cuándo fue la última vez que alguien te mimó sin esperar nada a cambio?
Me lo quedé mirando, con una mezcla de sorpresa y agradecimiento.
—Vale. Pero solo porque lo necesitas más tú que yo —dije tomándole el folleto con fingida resignación.
—¡Sabía que dirías que sí! No acepto devoluciones. Te he apuntado en la lista para las 11:00.
—¿Y si me niego a salir de la cama?
—Entonces, enviaré a Tifany para que te motive.
—¡Eres una mala pécora!
—Y tú una terca adorable. Nos vemos luego, reina del sarcasmo —dijo antes de salir con un guiño.
Me quedé unos minutos con el folleto en la mano. Masaje relajante, aceites esenciales, música de fondo, luces tenues… Puede que Víctor tuviera razón. Mi cuerpo y mi cabeza necesitaban un respiro. Si, además, me ahorraba cruzarme con Jon esa mañana, doble premio.