Me lo dice tu mirada Capítulo 16
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Capítulo 16

Estaba sentado en mi despacho, apoyado sobre el respaldo de la silla, con los ojos fijos en la pantalla del portátil, aunque realmente no prestaba atención a nada.

Fuera, el sol comenzaba a ocultarse detrás del jardín del hotel, tiñendo los ventanales de un tono cálido.

Tenía los pensamientos lejos, donde últimamente siempre estaban: en Mara.

Desde que nos reencontramos, no había pasado un solo día sin que su imagen se colara entre mis pensamientos.

La manera en que fruncía el ceño cuando enfocaba con la cámara, cómo se concentraba al buscar la imagen perfecta, su risa apagada cuando creía que nadie la escuchaba cuando lograba la instantánea que buscaba, su orgullo, su manera feroz de protegerse…

Todo eso me había vuelto a atrapar sin remedio.

—Estás haciendo ese gesto raro con la mandíbula —comentó Bruno desde el sofá, frente a mí, con una cerveza en la mano —. El que haces cuando estás a punto de tomar una mala decisión o de esconder algo.

—¿Tengo tantos gestos reconocibles?

—Tú no, pero yo soy un gran observador profesional. No lo olvides. Además, llevas dos días tocando el borde de tu móvil como si fuera un detonador.

Iba a contestarle, pero justo en ese momento sonó el teléfono «Salvado por la campana», pensé. La pantalla iluminó el nombre de mi tío. Me tensé al instante.

—Dime que no es lo que creo —dijo Bruno, sin moverse, con la vista fija en el calendario de mesa.

No le respondí. Solo deslicé el dedo por la pantalla y contesté cauteloso.

—¿Tío?

—Jon, sobrino, buenas tardes. ¿Estás en el hotel?

—Sí, claro. ¿Todo bien?

—Perfectamente. Mira, te llamaba para comentarte algo.

Pasado mañana por la mañana el abuelo, Arane y yo llegaremos al hotel.

La madre de Arane nos ha dado permiso, ya que estas dos semanas te tocaban a ti.

Hemos decidido pasar unos días allí para ver cómo va el proyecto, y quiero aprovechar para descansar un poco.

Ya he hablado con recepción y he reservado nuestras habitaciones.

Sentí cómo me quedaba sin aire. Tardé un par de segundos en responder.

—¿Pasado mañana? ¿Tan pronto?

—Sí, ¿hay algún problema?

—No, no, claro que no —mentí—. Solo que no me lo esperaba. Habría sido bueno tener un poco de margen para preparar vuestra llegada. ¿Nora viene con vosotros?

—No vamos como inspectores, Jon. Vamos como familia. Además, a tu abuelo le hace ilusión ver el rincón que tú diseñaste en memoria de la abuela. Nora no puede venir, pero Arane está emocionada. Hace días que pregunta por ti —añadió con un tono más suave.

Esa última frase fue como una puñalada en el estómago.

—Sí…, claro. Me encargaré de que esté todo en orden. Nos vemos pasado mañana.

—Perfecto. Dales recuerdos a todos. Y relájate, hijo. Es una visita familiar, no una auditoría.

Colgué sin decir nada más. Me quedé mirando el teléfono unos segundos, como si esperara que la tierra me tragara.

Bruno dejó la cerveza sobre la mesa con un golpe seco.

—¿Lo sabías?

—No —contesté con la voz más baja—, no tan pronto.

—¿Y se lo has dicho ya?

Lo miré serio. Esa pregunta no necesitaba explicación.

—No he encontrado el momento —reconocí.

—¿El momento? Jon, han pasado días. Has estado a solas con ella, has tenido charlas, incluso medio intentos de acercamiento. ¿Qué más necesitas?

—Valor, Bruno. Necesito valor.

Mi amigo suspiró, se levantó del sofá y se acercó hasta apoyarse en el escritorio.

—Lo que necesitas es dejar de protegerte como si fueras tú el que tiene algo que perder. No se trata de ti, se trata de ellas. De Mara y también de Arane.

Me pasé las manos por la cara. Tenía el corazón en un puño.

—No sé cómo hacerlo. ¿Cómo le dices a la mujer que dejaste tirada, sin explicación, que tienes una hija de tres años?

—Con la verdad —dijo con firmeza—. Con la verdad que nunca le diste. Porque si esperas a que lo descubra por otra vía, será mucho peor, y lo sabes.

Asentí, sin poder mirarlo a los ojos. Tenía razón, joder, claro que la tenía. Siempre la tenía.

—Lo peor de todo —añadí con voz apagada—, es que no lo oculto por vergüenza. Amo a mi hija más que a mi vida. Es solo que… —no me salían las palabras del agobio que tenía encima.

Bruno se sentó de nuevo a mi lado y me dio una palmada de ánimo en el hombro.

—Tarde o temprano lo sabrá. Mejor que sea por ti. Mira Jon, tú y yo hemos cometido errores.

—Algunos, sí. Pero mi hija no lo es.

—No, Arane no lo es. En eso estamos de acuerdo. Pero buscas una segunda oportunidad con Mara, ¿verdad? —asentí—. No puedes construirla sobre más secretos. Arane va a llegar. ¿Vas a presentarla como quién?

Cerré los ojos de puro agotamiento.

—No puedo perderla de nuevo, Bruno. —Estaba desesperado. Como un animal enjaulado que no sabía qué hacer para encontrar el modo de salir de ahí de la mejor manera posible, sin heridas y sin causar muchos desperfectos a mi alrededor.

—Entonces, haz lo que haría cualquier persona que quiere ganarse el perdón: no mientas.

Me quedé en silencio largo rato. Fuera, el viento comenzaba a mover los árboles. La calma antes de la tormenta.

En unas horas, todo cambiaría. Mi pasado, mi presente y posiblemente, lo que sea que Mara y yo pudiéramos llegar a reconstruir, se enfrentarían cara a cara con una verdad que ya no podía seguir posponiendo.

Mi hija Arane vendría al hotel, y Mara aún no lo sabía. Me quedaban pocas horas y tenía que pensar y actuar rápido.