Me lo dice tu mirada Capítulo 14
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Capítulo 14

La maleta con el equipo tropezó con una esquina de la alfombra justo cuando iba a dejarla. Maldije en voz baja. No quería parecer torpe delante de todo el mundo, aunque él parecía más interesado en lanzarme alguna indirecta que en ofrecer ayuda real.

—Podría haberla cogido —dijo con su sonrisa ladeada mientras me observaba de reojo.

—Sí, claro. Y yo podría haber dejado que lo hicieras, pero no era el día para milagros —respondí sin mirarlo.

Lo oí reír, esa risa suya que conocía tan bien. Me molestaba que siguiera provocándome esas reacciones. La punzada de nostalgia no me cogió por sorpresa, pero sí la manera en la que se alojó en el centro exacto de mi pecho, como una espina que no termina de salir.

Bruno ya se había llevado a Lorena a explorar el jardín. Eso me dejó sola con Jon en el hall . La recepcionista rubia se había esfumado con una excusa ridícula. Seguro que había notado la tensión. O quizá, esperaba volver cuando Jon estuviera menos ocupado, sí, seguro que era esto último.

—¿Empezamos? —me preguntó Jon mientras se colocaba las gafas de sol con una calma calculada.

—¿Es una orden de jefe o una sugerencia? —dije, arqueando una ceja.

—Depende de si quieres venir conmigo como fotógrafa o como… lo que quieras ser. —Su voz tenía ese tono provocador que tanto me sacaba de quicio.

No respondí. Me limité a girarme y avanzar hacia la terraza. Lo oí seguirme con paso seguro. Le gustaba tener la última palabra, pero le gustaba todavía más que yo me quedase sin respuesta.

La segunda jornada de trabajo transcurrió con menos dramatismo del esperado.

Lorena seguía encantada con Bruno, que no solo se mostraba atento, sino que tenía un sentido del humor tan afilado como el de ella.

A cada rato los oía reír en la otra punta del hotel y, si bien eso me relajaba, también me dejaba más expuesta a mi propia situación: sola con Jon durante horas.

Hablábamos poco. Trabajábamos mucho. Y a veces, mientras revisábamos imágenes en la cámara, nuestras manos se rozaban.

Pequeños contactos involuntarios, eléctricos, y demasiado largos para ser casuales.

Me desesperaba mi propia reacción. No podía permitirme caer.

Pero Jon estaba haciendo algo nuevo. Algo que no sabía si agradecer o temer.

Se estaba empezando a mostrar sincero. O, al menos, eso parecía.

No usaba tanto su labia ni buscaba la provocación fácil.

Su tono había cambiado. Era más grave, más… real.

La noche del segundo día me lo encontré en la terraza. Estaba sentado solo, con una copa en la mano y la mirada perdida en el mar.

—¿Pensando en cómo escapar de aquí? —dije, apoyándome en la barandilla.

Él sonrió sin volverse.

—Pensando en cómo arreglar nuestra situación.

—¿Vas a soltarlo así, sin anestesia? —Me congelé. ¿Iba a ser ese el momento que tanto temía?

—He imaginado muchas veces cómo contártelo. He mantenido esa conversación en mi mente infinidad de veces.

—Bueno, por fin coincidimos en algo. Yo también me he imaginado muchas veces esa conversación. Pero nunca llegaba a nada claro.

—He intentado acercarme a ti; bromear, provocar, no invadir… Y, aun así, sigues mirándome como si no supieras si quieres darme una bofetada o besarme.

—¿Besarte?, ¿te ha dado una insolación en la cabeza? —le respondí, sin pensarlo demasiado.

Nos quedamos en silencio, con el mar y las estrellas como únicos testigos.

—Te fuiste sin despedirte. ¿Lo recuerdas?

—Lo recuerdo cada día. Me despierto con ese momento en la cabeza. Vi tu rostro mientras dormías tan tranquila, preciosa y adorable. Fui un cobarde porque tenía miedo.

—¿Miedo de qué?

—De ti, de mí, de nosotros, de todo lo que me hacías sentir, de no estar a la altura, de tener que explicarte cosas que yo mismo no estaba preparado para afrontar, de perderte… y de no merecerte. Pero sobre todo de fallarte.

La sinceridad me dejó sin palabras. Vi por un segundo a un Jon distinto, abatido, arrepentido, vulnerable, y esa imagen me produjo un pequeño pinchazo en el corazón.

—Tu silencio fue una de las batallas más ruidosas que he vivido en mi cabeza —dije al fin.

—Lo sé. Y no te haces una idea de lo que me arrepiento de haberte hecho tanto daño —su voz fue apenas un susurro—.

Solo…, gracias por estar aquí. Por no darme la espalda, aunque lo merezca —me dijo mientras me acariciaba la mano.

Un gesto que me calentó un poco el corazón.

Y, por primera vez en semanas, me permití bajar la guardia. Solo un poco.

A la mañana siguiente, Lorena irrumpió en mi habitación como si fuese mi madre llamándome a levantar para ir al cole porque se hacía tarde.

—¿Has visto la hora que es? ¡Nos esperan en el mirador del acantilado para la siguiente sesión!

Me levanté de un salto. Tenía la cabeza hecha un lío.

La conversación con Jon seguía repitiéndose en mi mente como un eco.

Parecía que iba a abrirse, que me iba a dar los motivos por los que me abandonó.

Pero no sé muy bien si percibió en mi mirada que todavía no estaba preparada para oírlo, y por eso decidió esperar.

El lugar era impresionante. Una barandilla de hierro forjado separaba el acantilado del abismo y el mar rompía abajo serena. Empezamos a preparar la sesión mientras Jon hablaba con el encargado de la recepción del hotel. Algo tramaba. Lo sabía porque cada poco se giraba para mirarme de reojo.

Lorena me lanzó una mirada cómplice.

—Anoche no dormiste mucho, ¿eh?

—¿Por qué lo dices?

—Porque no paras de mirar a Jon como si intentaras resolver un puzle complicado. Y porque analizas cada paso o gesto como si no quisieras hacerlo.

—No empieces, Lorena…

—Solo te digo que tengas cuidado. Pero también te digo que no toda herida es para siempre. A veces, dejarse curar es más valiente que seguir sangrando.

Aprovechamos la belleza del lugar para, además de sacar las fotos del artículo, poder sacarnos algunas entre nosotras y guardarlas con cariño. Cuando todo el mundo se fue, me quedé sola sacando las últimas instantáneas del lugar. Jon se acercó por detrás sin que lo oyera. Me sobresalté.

—Perdón, no quería asustarte.

—No lo has hecho. Bueno…, sí, un poco.

Nos reímos los dos.

—Mara —dijo él, con la voz firme—, no quiero seguir viviendo como si tú no hayas sido parte de mí.

—Jon, no sé si es el momento. Necesito un poco más de tiempo….

—Solo piénsalo. Te debo una explicación y estoy seguro de que esa conversación no va a ser fácil de afrontar para ninguno de los dos. Sé que ahora no es el momento idóneo. Avísame cuando creas estar preparada.

Lo miré a los ojos. Esta vez sin escudos, y por un segundo, volví a ver al chico del que una vez me enamoré. Quizá aún quedaba algo de él allí. O quizá, lo que quedaba… era suficiente para empezar de nuevo.