Capítulo 13
El primer día comenzó de la mejor manera posible.
Tras nuestro encontronazo en el ascensor, me acompañó a la habitación y me hizo un tour rápido.
La habitación parecía suspendida entre el cielo y el mar.
Al cruzar la entrada, un pequeño recibidor daba la bienvenida con un espejo de cuerpo entero, tras el que se ocultaba un armario discreto.
A la derecha, el baño se abría mediante una puerta de cristal opaca y, dentro, una bañera de hidromasaje invitaba al descanso junto a un moderno plato de ducha, todo envuelto con azulejos en tonos azules en el suelo y color arena a media altura de las paredes, combinándolo con una pintura blanca encima que le aportaba mucha luminosidad a la estancia.
Al otro lado de la entrada, la habitación principal se abría paso con una decoración exquisita; una fusión armónica entre el mediterráneo y el minimalismo; con paredes de un blanco roto, un cabecero y las mesillas de madera, a juego; sábanas de algodón de color gris con un despliegue de cojines encima que formaban un paisaje relajante.
Un precioso y amplio vestidor se escondía tras unas puertas correderas a la derecha de la cama.
Pero lo mejor de la estancia estaba más allá de las ventanas: una amplia terraza se abría al exterior con dos tumbonas, una mesa de desayuno y unas vistas que cortaban la respiración.
Abajo, una cala escondida se extendía en forma de media luna, abrazada por rocas y vegetación silvestre, con aguas de un turquesa limpio que reflejaban el mar en calma.
Era más que una habitación: era una estancia que te acogía tanto para la relajación como el disfrute.
Agradecí que en la hora de la comida nos dejasen a Lorena y a mí solas para poder hablar y terminar de decidir cómo empezaríamos el trabajo esa misma tarde.
Las sesiones de fotos comenzaron enseguida y, como Jon había predicho, estaba presente en todas.
Cumplía su promesa de no inmiscuirse demasiado, pero su presencia se sentía como una sombra cálida detrás de mí, discreta, constante y observadora.
Me ayudaba con el equipo, preguntaba con tacto y hasta me preparaba café cuando notaba que mi energía flaqueaba.
Lo odiaba por eso. Por hacerme recordar lo atento que era cuando quería.
Esa tarde, mientras fotografiaba el rincón del piano-fuente, Jon se acercó en silencio.
Me giré para comprobar que no me estaba vigilando de cerca y vi que simplemente miraba el lugar con una expresión tranquila y nostálgica.
El sol de media tarde caía sin piedad. El piano-fuente se mostraba imponente, incluso más hermoso que en la fotografía que me mostró en su día.
La luz se reflejaba en las gotas que caían con suavidad desde la tapa abierta y creaban una especie de danza líquida sobre las teclas blanquinegras.
Era un rincón perfecto. Como salido de un recuerdo.
—Es el rincón favorito de mi abuelo —dijo sin que yo preguntara—. Cuando mi abuela enfermó, mi abuelo le tocaba el piano. Le decía que las notas flotaban como el agua y, que por eso, los recuerdos nunca se evaporaban del todo.
Sentí un nudo en la garganta. Esa imagen era tan bella como triste. Volví la vista a la cámara para enfocar, intentando disimular el temblor de mis dedos. Ahora entendía el significado del piano en forma de fuente.
—Entonces intentaré que esa esencia quede retratada en la fotografía —susurré.
Jon me miró con una mezcla de admiración y algo más, ¿ternura, tal vez?
—Gracias, Mara.
No respondí. No hacía falta. Me agaché a tomar algunas fotos más y Jon se quedó en silencio, observándome. Lo sentía.
—¿Los echas de menos? —pregunté sin mirarlo.
Tardó en responder.
—Cada día. Este sitio es todo lo que representa la relación que tuvieron mis abuelos. Mi abuelo es más de gestos que de palabras. Como tú, en realidad.
Giré la cabeza. Jon estaba ahí, de pie, con las manos en los bolsillos y el ceño algo fruncido.
—Vaya, pues una pena que no hayas heredado el don de la delicadeza.
Supongo que te queda el don de la palabra.
Ah, no, espera, que ese tampoco es tu fuerte.
Porque tu silencio fue el reflejo de tus acciones.
—Jon me miraba con una intensidad que pocas veces había podido observar en su rostro—. ¿De qué eres entonces?
—De errores, principalmente —su voz fue apenas un susurro.
Y, por un momento, creí que hablaba en serio.
Esa noche tampoco cenaron con nosotras. Estaba entre aliviada y descolocada. Por un lado, agradecía que me diera el espacio que le había pedido, pero por otro lado, me preguntaba por qué no habían intentado siquiera invitarnos a cenar los cuatro juntos.
Durante la cena, Lorena me hablaba encantada de lo que Bruno la estaba ayudando con su trabajo; la acompañaba, le contaba muchas anécdotas y disponía toda la atención de los trabajadores con los que se cruzaban para tener toda la información que necesitaba.
Se la veía feliz y con un brillo especial en la cara.
Tras la cena, salimos a la terraza que quedaba en el lado izquierdo de la piscina, donde se celebraban las distintas actuaciones para amenizar el ambiente.
Esa noche, se celebraría la actuación de una familia de acróbatas.
Menos mal que llevaba la cámara siempre encima porque bien merecía sacarles fotos, de lo bello que era lo que nos estaban ofreciendo.
En un momento de la noche, cuando me estaba acercando al límite del hotel y se podía intuir el ruido del mar y el olor de la sal penetrar en las fosas nasales, se me acercó Jon con sigilo.
—Te juro que vengo en son de paz —dijo alzando las manos como en señal de rendición —. Solo quiero que mires arriba.
Señaló hacia el cielo. Una lluvia de estrellas fugaces cruzaba el cielo nocturno.
—Dicen que si pides un deseo con cada estrella alguno se cumple —murmuró.
Lo miré. Tenía los ojos clavados en el firmamento, pero su voz tenía algo que se rompía por dentro. Como si ya hubiera pedido su deseo.
—¿Y qué pasa si no se cumplen? —le pregunté.
—Entonces hay que volver a pedirlos. Una y otra vez. Hasta que se cansen de decirte que no.
—¿Prefieres que se cumplan tus deseos por plasta?
—El que la sigue la consigue.
—Yo no estaría tan seguro. Si fallas una vez, es culpa tuya. Pero si fallas una segunda vez, la culpa es mía. Lo siento mucho, no voy a correr ese riesgo.
—¿Estamos hablando de los deseos a las estrellas o te refieres a otra cosa?
Nos quedamos en silencio. El aire se volvió denso entre nosotros, pero no incómodo. Era un silencio de comprensión, de lo que no se decía. De lo que algún día, quizá, podría decirse.
Cuando volvimos dentro, me sentí diferente. No porque Jon me hubiera dicho algo revelador sino porque, por primera vez en mucho tiempo, no sentí que tenía que huir.
Antes de retirarme esa noche, Lorena me alcanzó en la puerta.
—¿Y bien?
—Y bien, ¿qué?
—Sabes de sobra que te estoy preguntando por él.
La miré con cansancio, pero también con una pequeña sonrisa.
—Creo que tal vez estoy empezando a bajar la guardia. Pero solo un poco, ¿eh? Y es solo para tener una buena armonía mientras estemos aquí.
—Un poco es más que nada. Y, Mara, eso ya es empezar.