Capítulo 12
Finalmente llegó el día de ir a Menorca.
Lorena y yo quedamos directamente en el aeropuerto, el vuelo salía a las siete y media de la mañana.
En cuanto pusimos un pie en la cafetería, mientras esperábamos a que nos llamasen para embarcar, pedimos a la camarera cuatro cafés; dos para Lorena y dos para mí.
El sueño nos vencía y no podíamos permitirnos perder el vuelo si no seguíamos despiertas y algo más despejadas.
Una vez subimos al avión, yo me senté en el lado de la ventanilla, como de costumbre cuando volaba con mi amiga, porque ella siempre prefería tener acceso directo al pasillo por si tenía que levantarse por alguna emergencia. Le daba mucho respeto volar.
Los cafés que tomamos no surtieron mucho efecto en nuestro organismo y, antes de que se encendieran las luces que avisan de poder desabrocharse el cinturón, ya habíamos perdido la consciencia e hicimos casi todo el viaje dormidas.
Teníamos un coche esperándonos a la salida de la terminal. El camino se nos hizo corto, la verdad, con tanto paisaje y ese olor a mar que tan bien conocíamos, pero que resultaba un poco diferente al que estamos acostumbradas en San Sebastián.
Una vez el coche nos dejó frente a la fachada de color canela, recogimos nuestras maletas y entramos al amplio hall en tonos azul claro y blanco, donde Jon nos estaba esperando junto a Bruno y una chica de recepción.
Los tres estaban manteniendo una conversación muy divertida a simple vista, si te dejabas guiar por las carcajadas estridentes que soltaba la chica rubia.
Lorena y yo, aprovechando que no habían reparado todavía en nuestra llegada, nos quedamos en la puerta observando al trío; Bruno y Jon estaban apoyados en el mostrador de mármol negro, uno frente al otro, y se percibía que la conversación la mantenían mayormente entre ellos.
La recepcionista estaba al otro lado del mostrador, queriendo parecer que se encontraba a media distancia de los dos, pero con cierto margen más hacia el lado de Jon.
¿Por qué llegamos a dicha conclusión? No paraba de mirarlo aun cuando era Bruno el que hablaba.
Aprovechaba cualquier mínima excusa para tocarle el brazo, le miraba embelesada ladeando la cabeza y con un baile de pestañas.
Vamos, que por la manera que tenía de manosearlo, se notaba que estaba coladita por sus huesos.
Lorena y yo nos miramos y las dos nos lo dijimos todo con la mirada «madre mía, qué pava!
», y seguidamente asentimos las dos a la vez meneando la cabeza, y nos echamos a reír.
Fue entonces cuando los chicos nos vieron y se acercaron a nosotras.
—Buenos días, señoritas. Por favor dejad que os llevemos las maletas.
—Bruno siempre tan servicial. Claro que no me pasó desapercibido que fuera a echar mano de la maleta de mi amiga, y con la otra mano tras la espalda, la invitó a acercarse a recepción.
A lo que mi amiga le contestó con una amplia sonrisa dibujada en su rostro.
Estaba encantada con las atenciones que recibía por parte de Bruno.
Jon iba a hacer lo propio, pero enseguida le corté.
—Quieto ahí. Si he podido traerla hasta aquí yo solita, unos pocos metros más no serán ningún problema para mí.
—¡Vaya!, en el reparto de amigas, a Bruno le ha tocado la risueña, alegre y agradecida. En cambio, a mí…
—Ni se te ocurra terminar la frase. —Lo apunté con el dedo —. Acabamos de llegar, tengamos la fiesta en paz. Gracias —dije, pronunciando mucho esta última palabra—. ¿Lo ves?, yo también sé ser amable. Te he dado las gracias, aunque todavía no hayas hecho nada para ganártelo.
—Madre mía, qué paciencia tengo con esta mujer —dijo tan bajito que no estaba segura de haberlo oído bien.
—¿Perdona?
—Nada, nada, vamos a hacer el check-in .
Nos acercamos al mostrador y la chica que teníamos enfrente, con el nombre Tifany en la chapa, nos saludó mientras no dejaba de mirar a Jon.
Miré a Lorena de reojo, ella negaba con la cabeza mientras me apretaba la mano, queriendo infundirme algo de paciencia.
Jon nos presentó y le indicó que veníamos de la revista para el artículo.
Le pidió nuestras llaves y el mapa del hotel.
—Aquí tienes. Son las habitaciones 1215 y 2215. —Le entregó las tarjetas, acariciándole la mano más tiempo del estrictamente necesario para hacer entrega de un objeto y, cómo no, haciendo bailar sus pestañas arriba y abajo.
—Si queréis dejarme los DNI, yo los escaneo y así ella puede ir metiendo vuestros datos en el ordenador —nos dijo Bruno.
La recepcionista comenzó a meter los datos de mi amiga primero. Una vez terminó con Lorena, me tocaba a mí. Me pidió el nombre y mis dos apellidos.
—Mara Iriarte Suzarte.
—¿Susarte? —me preguntó, extrañada.
—No, no, Suzarte.
Levantó la mirada del ordenador y miró a Jon con cara interrogante. ¿Para qué tenía que mirarlo a él, si estaba hablando conmigo?
—Suzarte. Su-zar-te —le dije enfatizando bien cada sílaba.
—¿Las dos con s? —Mi paciencia ya estaba llegando al límite.
—No, querida. La primera con s de sosa y la segunda, con z de zoquete. ¿Ahora sí? —le contesté, intentando que no se me notase la mala leche que tenía encima.
Lorena me dio un codazo a modo de reproche y yo la miré con cara de hastío.
He de reconocer que me quedé más ancha que larga, aunque, por si acaso, no me atreví a mirar la cara de Jon.
La risa floja de Bruno me estaba dando alguna pista del ambiente que se había creado.
Para sorpresa de ellos tres —yo, a esas alturas, ya tenía claro que la muchacha andaba corta en cuanto a rapidez—, no se percató del mensaje subliminal que le había lanzado con mi última frase.
—Muy bien, ya tengo todo lo necesario. Ahora mismo llamo a dos compañeros para que os acompañen a vuestras habitaciones.
—No te preocupes, Tif. Bruno y yo las acompañaremos.
¿En serio?, ¿la había llamado Tif?
Nos apartamos un poco del mostrador y los chicos nos explicaron que estaríamos en edificios diferentes.
Uno frente al otro, pero diferentes. Lorena estaría en la Villa 1, en el ático, y yo en la Villa 2, en el ático también.
Las dos dispondríamos de una pequeña terraza, más íntima que las que se encontraban en las plantas bajas.
Como era de esperar, Bruno se ofreció a ayudar a Lorena y Jon me hizo un gesto con la cabeza indicándome el camino a los ascensores.
Una vez llegamos al ascensor, Jon no pudo reprimir más su sonrisa de sabiondo.
—¿Qué ha sido eso? —me preguntó con los brazos cruzados, mientras se apoyaba de lado en la pared, con cara divertida.
—¿Qué ha sido el qué? —Yo seguía de pie, mirando fijamente la pantalla que te avisa en qué planta se encuentra el ascensor.
—¿Por qué le has contestado así a Tif?, es una chica muy dulce.
—Uy, sí, es tan dulce, que casi me sube la glucosa.
—Me miró divertido. No sé dónde le encontraba la gracia, no le había contado ningún chiste—.
No le he contestado mal. Le he llamado previamente «querida», para suavizar el tono.
¿Qué demonios? ¡Me estaba poniendo de los nervios!
No sé ni cuantas veces he tenido que repetirle mi segundo apellido y ella seguía sin entenderlo.
Claro, que estaba muy distraída haciéndote ojitos y lanzándote risitas estridentes, y eso que no resultas ser tan gracioso a cada momento.
No quiero ni pensar lo que tendrá que ser acudir con esta chica a un show de monólogos.
Jon explotó a carcajada limpia y se tuvo que doblar para sujetarse el estómago de la risa que le había entrado. Le caían lágrimas y todo. Yo cada vez me iba enfureciendo más.
Justo en ese momento, llegó el ascensor y nos metimos dentro.
—¿Qué te hace tanta gracia?
—Tus palabras no serán a causa de albergar celos, ¿no?
—Celosa, ¿yo?, lo que me faltaba por oír. Mira guapo, no estoy celosa. Por si no te has dado cuenta, te superé enseguida. Mi duelo fue más corto que los días de sol seguidos en Euskadi. Además, sabes perfectamente que no soporto a la gente que es tan tocona.
—Vaya, vaya. Ahora también es tocona. ¿Alguna cosa más?
—Pues sí, es tocona. No me digas que no. Se le notaba que tenía la imperiosa necesidad de estar tocándote el brazo o acariciándote la mano cuando te entregaba algo. ¿No lo has notado? ¡Venga ya!
—Explícame qué hay de malo en que una chica quiera tocarme.
—Si fuera tu novia, no habría nada de malo en que lo hiciese. Pero, ya que no lo es, hacerlo delante de gente que ella no sabe quiénes son, lo veo indecoroso, y más todavía estando en su puesto de trabajo.
—Vamos a probar una cosa. Según tú, ¿cómo era esa actitud de ella hacia mí?
Dejé mi maleta a un lado y me acerqué a él para agarrarlo del brazo.
Subí y bajé las manos, recreándome un poco por la zona de los hombros.
Después, le acaricié la parte externa de la mano, cuando él me la cogió y de un movimiento me acercó más a su cuerpo.
Entonces, fue él quien empezó a acariciar mi espalda mientras me tenía agarrada una de las manos con la suya sobre su pecho.
Mi cuerpo empezó a reaccionar, tenía el vello de punta y notaba cierto hormigueo por el bajo vientre.
Levanté la vista y vi que se acercaba a mi cara.
Cerré los ojos porque me estaba poniendo taquicárdica con su aroma y su acercamiento. Se acercó a mi oído y me susurró:
—Este gesto diría que sí es más indecoroso con alguien que no es tu pareja. Puedes estar tranquila, Tifany no me atrae nada en absoluto. Le falta tener ese carácter que me vuelve loco y me desquicia a partes iguales.
Me tragué el nudo que se me había formado en la garganta, me flaqueaban las piernas. Menos mal que me tenía agarrada, pues no sabía si podría mantenerme en pie por mí sola.
Justo cuando empezaba a disfrutar del momento y estábamos a punto de dejarnos llevar, o eso quería creer en ese momento, el timbre del ascensor nos informaba de que habíamos llegado a mi planta.