Capítulo 11
Esa noche, después de la fiesta, dormí poco y mal.
A pesar de haberme ido tarde a la cama, me pasé la mayor parte dándole vueltas a todo; a la reunión con Jon, al espectáculo que nos regalaron en la despedida de Alicia, a la manera tan descarada con la que me provocó con su supuesta «cita», a quién resultó ser su amigo, y cómo no, a la sensación absurda que me dejó cuando me soltó aquella frase.
Al día siguiente por la tarde, me reuní con Lorena en el bar que está frente a la redacción, antes de que fuéramos a casa de Víctor a cenar.
Era nuestro centro de reuniones fuera de la oficina, donde los camareros ya nos conocían a la perfección y siempre teníamos nuestra mesa del fondo esperándonos para sentarnos.
Tenía que ponerla al día de algunos detalles del artículo y no teníamos mucho tiempo.
Después de pedirle al camarero lo de siempre; un café con leche, corto de café y con leche de avena, para Lorena, y otro café con leche con hielo y un poco de nata montada por encima, para mí —sí, soy muy golosa—, nos sentamos y sacamos nuestros apuntes.
Mi amiga llevaba su libreta de ideas y un subrayador fosforito de color rosa —le encantaba usar ese color cuando estaba delante de mí, sabiendo que detesto el rosa— que siempre usaba cuando algo le parecía brillante.
Me encantaba su ritual, aunque tuviese un pésimo gusto a la hora de elegir ciertos colores para resaltar las notas importantes.
—Vale —dijo abriendo la libreta—, necesito saberlo todo: historia del hotel, anécdotas jugosas, rincones secretos y, por supuesto, detalles sobre tu «convivencia profesional» con Jon. No te vas a librar de eso, lo sabes, ¿verdad?
Puse los ojos en blanco mientras removía el azúcar en mi café. Ambas sabíamos que no conseguiría escurrir el bulto.
—No hay nada que contar, en serio. Se ha portado… correcto. Profesional.
—¿Correcto?, ¿ese es tu nuevo eufemismo para «me pone de los nervios, lo querría estrangular, pero en parte todavía me gusta a partes iguales»? —dijo con una sonrisa burlona.
—No todo se reduce a que me guste o no. Es más complejo que eso —suspiré.
Lorena me observó con esa mirada afilada suya que lo atraviesa todo.
—¿Has pensado en preguntarle de verdad por qué se marchó?, ¿sin reproches? ¿Solo… para entenderlo?
La pregunta me golpeó más fuerte de lo que esperaba. Sí, lo había pensado, claro que lo había hecho. Mil millones de veces. Pero había una parte de mí que no estaba segura de querer oír la respuesta. Porque, ¿y si no era lo que necesitaba escuchar?
—No sé si estoy preparada. No solo se trata de que se marchara, sino del ghosting que sufrí por su parte durante días sin una respuesta a mis llamadas ni tampoco a mis mensajes de WhatsApp —admití.
—Entonces, tampoco estás preparada para cerrar esa etapa. Y sin cerrar esa puerta, no podrás abrir otra. No has tenido una relación de más de un mes con ningún chico desde vuestra ruptura.
—Desde que me abandonó, querrás decir. Porque, técnicamente, no tuvimos una ruptura. Él decidió marcharse para no volver.
—Pero ha vuelto. Puede que no de la manera que a ti te habría gustado, vale, te lo compro. Ahora lo más importante es, ¿quieres aclararlo todo y así poder seguir adelante sin él? O, ¿te planteas perdonarlo y ver qué pasa de ahora en adelante?
No sabía qué contestar, porque no tenía una respuesta clara en ese momento. Tenía un conflicto interno de sentimientos tanto en mi cabeza, como en mi corazón, y no estaba muy segura de quién ganaba la batalla.
—Tendrás que averiguarlo. Un corazón herido puede sanar con el tiempo, cuidándolo con mimos y amor. Un corazón roto, en cambio, podrás recomponerlo, pero siempre quedarán grietas en su interior.
A veces, Lorena era más sabia de lo que aparentaba. Asentí lentamente, dándome cuenta de que, aunque me doliera, tenía razón.
Víctor, por supuesto, tampoco ayudaba mucho. Me estuvo insistiendo durante toda esa noche, para que organizáramos alguna actividad grupal en Menorca. Decía que era la excusa perfecta para «ver cómo se comportan los machos alfa en su hábitat natural». A Lorena casi se le cae la coca cola de la risa.
—Mira que no tienes una idea buena, Víctor —dije mientras repasaba por décima vez el correo de Jon con las nuevas sesiones de fotos.
—Es ciencia. Necesito observar y sacar mis propias conclusiones. Además, no me niegues que te gustaría ver a Jon con la camisa medio desabrochada, mojado y saliendo de la piscina… ¡Uf, qué calor! —dijo abanicándose con un folio—. ¿Pongo el ventilador?
—¡Esto no es un capítulo de telenovela! —Le lancé un cojín del sofá.
—Tú lo verás como quieras. Yo solo estoy haciendo trabajo de campo —sentenció mientras se acomodaba con un bol de palomitas en el sillón del rincón.
No pude evitar reírme aunque, en el fondo, parte de lo que decía Víctor era cierto. Jon seguía teniendo ese algo que me desestabilizaba y, aunque me esforzaba por mantener las distancias, él tenía una habilidad especial para colarse entre mis defensas.