Capítulo 7
—Buenas tardes —dije cuando me acerqué a ellos.
—Buenas tardes —contestó Jon con una sonrisa ladeada, tan típico en él.
—Jon me ha dicho que tiene una reunión ahora contigo para hablar de los cambios y, ya que luego tenemos la fiesta sorpresa —«por favor, no, que no haya hecho lo que creo que está a punto de decirme», pensé—, lo he invitado a que se quede.
Sí, lo había hecho. Todavía me quedaba la esperanza de que hubiera contestado que no podía porque tenía compromisos que atender o cualquier otra excusa.
Miré a Jon con cara de súplica, para que leyera en mi rostro mi petición de que declinara la oferta, si es que no lo había hecho todavía. Me escudriñó un poco y por su gesto, podía imaginarme su respuesta. Había dicho que sí. Estaba segura.
—Me encantaría quedarme, Arantxa, pero creo que, al ser una fiesta de despedida, lo mejor sería que estuvierais los compañeros de siempre, sin ningún forastero.
Me había sorprendido mucho su respuesta. Por su reacción imaginé que iba a aceptar la invitación de mi jefa, pero, ahora que había dicho que no, me quedé pensativa. ¿Acaso estaba siendo condescendiente conmigo?
Justo en ese momento apareció Alicia con una torre inmensa de carpetas camino al despacho de Arantxa. Era nuestra tapadera para que no se diera cuenta de la que le teníamos preparada para más tarde.
—Hombre, Jon. Encantada de volver a verte.
Siento no poder acudir con vosotros a la reunión que nos solicitaste.
—Noté una mirada de reproche sobre mí—. Como le dije a Mara, estoy hasta arriba de papeleo y le pedí que tomara apuntes para informar a mi sucesora de todo lo que hayáis organizado.
—Se encaminó hacia el despacho de nuestra jefa para dejar las carpetas, cuando a mitad de camino volvió sobre sus pasos—.
Ya que estás aquí, quédate luego a tomar algo, si quieres. Así nos vas conociendo poco a poco.
Otra que quería que Jon se quedara.
Alicia y Arantxa se fueron y nos quedamos los dos en el hall .
Yo miraba en dirección a mi jefa y compañera porque me estaba poniendo nerviosa y me empezaban a sudar las manos.
El momento había llegado. Le pedí con la mano que me siguiera a mi despacho para la dichosa reunión y, mientras estábamos de camino, percibía que Jon me estaba observando más de lo habitual; como si me estuviera repasando de arriba abajo.
Serían imaginaciones mías o las ganas que tenía de que aquello fuera real. Deseché tal pensamiento enseguida.
Entramos a mi despacho, le pedí que tomara asiento y cerré la puerta con prisa para sentarme en mi sitio y dejar de notar la flojera de mis piernas.
—¿Por qué ha dicho tu compañera que yo os pedí una reunión?
Si mal no recuerdo, y mi memoria no me suele fallar, la reunión te la pedí a ti.
En caso de haberla querido también con ella os habría escrito a las dos en un grupo.
—Me quedé helada. No sabía qué responderle.
Jon me miraba con el mismo reproche de antes.
—Vaya, directo y sin paños —carraspeé—. Entendí que era referente a lo que tenemos entre manos. Lo lógico habría sido que ella también estuviera presente —dije dirigiéndome al dosier que tenía sobre mi mesa.
—En cuanto a lo que tenemos entre manos, tú eres la fotógrafa, la que disparará las fotos en las que va a salir reflejado el hotel que todo el mundo verá.
Cuando abres una página, lo primero que te llama la atención no es en el texto, sino las fotografías que aparecen.
Entiende que, además del texto, me preocupe por las imágenes que saldrán.
De ahí que me interese la reunión contigo más que con la redactora, teniendo en cuenta que se marcha en poco tiempo. —«¡ Touch è ! ».
No daba crédito de mi estado en ese momento.
Estaba quieta, con la boca abierta, mirándolo, observándolo, para qué negarlo, recreándome en su imagen.
Me había roto los esquemas para poder contestarle algo ingenioso como solía hacer cuando quería salir del paso, a modo de escudo.
Y no me considero una mujer que se quede callada tan fácilmente.
Nos quedamos unos segundos en silencio, retándonos con la mirada.
—Aunque si quieres, estaría dispuesto a tratar algún que otro tema fuera de lo laboral. Tendríamos que acercar posturas. —Tardaba en salir el Jon que yo conocía y que no desesperaba en su empeño cuando algo se proponía—. Vamos a tener que pasar mucho tiempo juntos.
—No me lo recuerdes. Sé perfectamente que voy a disfrutar del placer de tu compañía durante más días de los que a mí me gustaría —confesé en voz baja.
El problema era que Jon no era mala compañía, porque nunca lo fue.
Estar a su lado era divertido y agradable.
Mi resentimiento hacia él era lo que no me dejaba ver la situación con perspectiva—.
Bueno, empecemos cuanto antes, por favor. Tenemos muchos detalles que tratar.
Dejamos la conversación un poco en stand by por el momento, ya que sabía que tarde o temprano «la conversación» tendría que darse.
Quería retrasarla lo máximo posible porque todavía no estaba preparada.
Habían pasado tres años desde aquello. La herida seguía ahí, no había cicatrizado y, aunque no sangraba como al principio, escocía.
Estuvimos hablando de los lugares más importantes y que más les interesaba resaltar del hotel. Había zonas que tenían una pequeña historia relacionada con la familia y querían que el lector, además de informarse sobre la empresa, se sintiera partícipe de algo más íntimo.
Hizo hincapié en algo muy concreto: el abuelo de Jon se quedó viudo muy temprano y pasó los últimos años junto a su mujer, en el rincón especial que tenían en su casa.
Es por ello que el abuelo insistió en tener una zona mágica en cada hotel, para que las personas, familias, parejas que acudieran allí, tuvieran un bonito lugar del que disfrutar y recordar.
Jon me enseñó una foto preciosa que se encontraba en el hotel al que acudiríamos y quería que lo destacara a primera vista.
Era un piano modificado para que hiciera la función de una pequeña fuente, con flores en la parte de arriba que simulaba la tapa, por donde caía una pequeña cascada sobre las teclas que iba a desembocar en un pequeño estanque junto a un árbol que ofrecía un buen perímetro de sombra bajo él.
Dicha fuente se ubicaba en un jardín que conectaba con la terraza del bar.
Al ver la imagen, enseguida supe que en cuanto llegara, lo primero que haría sería ir a descubrir ese maravilloso lugar.
A Jon se le iluminó la mirada mientras me hablaba de ese sitio.
Percibí el cariño que le tenía a ese lugar.
Quise preguntarle por ello, pero algo me frenó.
No quería invadir su intimidad porque yo no me sentía preparada para dejar que él hiciera lo mismo conmigo.
No podíamos pasar ciertos umbrales todavía.
Necesitaba seguir manteniendo las distancias.
El día que se marchó, levanté un muro. Fue un duro golpe ver que me había abandonado; me encontraba en la cama después de haber pasado la noche juntos en mi casa.
Al despertarme, me di cuenta de que no se encontraba a mi lado, por lo que me levanté y fui al baño, pero tampoco estaba allí.
Salí al salón comedor y, nada, no estaba.
Pensé que habría bajado a la panadería de enfrente a por algo dulce para el desayuno.
Me vestí con lo primero que tenía a mano y bajé.
De pronto, recibí un mensaje suyo.
Jon:
Lo siento mucho, Mara. No he tenido la valentía de decírtelo a la cara antes de que despertaras. Hace casi un año cometí un error y ahora tengo que afrontarlo. He de marcharme. Por favor, no me odies. Prometo llamarte.
Me temblaba todo el cuerpo, las lágrimas empezaron a abrirse paso por mis ojos y tuve que sentarme para calmar mi estado de nervios.
Una pareja de ancianos que repararon en mí se acercó e intentó ayudarme.
Me hacían preguntas, pero yo ni siquiera oía lo que me decían.
Lo único que escuchaba era la voz de mi cabeza, repitiendo una y otra vez que me había abandonado.
Me preguntaba por qué, qué habría podido suceder para que se marchara.
Repasaba los últimos momentos, incluso días, para poder dar con algo.
No había nada. Estábamos bien. Estábamos muy bien.
Me encontraba desolada. La mujer cogió mi móvil y marcó el primer número que salía en mi lista de llamadas recientes.
Se quedaron conmigo hasta que Lorena apareció.
—¿Mara?, ¿me estás escuchando? —Volví a la realidad mientras chasqueaba los dedos frente a mí—. ¿Estás bien?
—Eh, sí. Estoy bien. Perdona. Eso último que me has dicho me ha recordado algo, y estaba pensando en ello.
—Ni de broma pensaba confesarle el motivo por el que me había abstraído de nuestra conversación—.
Si me disculpas un momento, voy a por un par de botellines de agua y vuelvo enseguida.
—No le di opción a réplica y salí de mi despacho en busca del agua.
Necesitaba hidratarme y serenarme un poco para que no percibiera mi nerviosismo y zanjar la reunión lo antes posible.