Capítulo 4
Cuando me dirigí a toda la sala, solo podía fijarme en ella. Vi el momento exacto en el que se dio cuenta de que me encontraba allí. Me sudaban las manos y no por tener que presentarme delante de todos, sino por lo que su presencia provocaba en mí.
Hacía tres años que no la veía. Desde aquella mañana cuando ella dormía plácidamente y yo recibí la llamada que cambió mi vida y mi futuro.
No quería arrastrarla conmigo para enfrentar las consecuencias de mis actos.
Me odiaba por ello. Admito que fui un cobarde en lo que a Mara se refería y no actué bien.
Cuando terminé de hablar, me di cuenta de que no me había prestado mucha atención. No la podía culpar. Supongo que no estaría siendo plato de buen gusto para ella encontrarme allí, cuando no me esperaba.
Mi tío me felicitó y me pidió que lo acompañase para presentarme a la que iba a ser una de las fotógrafas.
Si él supiera que ya la conocía y mejor que cualquiera que estaba en aquella sala.
Conocía cada parte de ella; dónde tenía los lunares, sus expresiones, su sonrisa cuando algo le gustaba mucho, su entrecejo cuando algo la disgustaba, sus cabreos… , todo.
Mientras nos presentaban, yo no podía evitar seguir indagando en su expresión para intentar buscar un resquicio por el que poder colarme y llegar a ella.
Lo tenía muy difícil y así me lo hizo saber porque me había lanzado uno de sus dardos.
Esa era mi Mara, la que me volvía loco, la que me tuvo un par de semanas a pico y pala, porque era muy desconfiada y me ponía a prueba constantemente.
Recuerdo la vez que me dijo: «Guapo eres, no lo puedo negar, pero no me gusta ser una muesca más en la lista interminable de un ligón de manual.
A mí me gusta que me cortejen, no que me liguen».
Mi tío y Arantxa se marcharon y yo me quedé clavado en el sitio porque no podía dejar de observarla. El resto de los asistentes a la reunión también se fueron yendo hasta que vi que nos quedamos los dos solos en la sala de reuniones.
La saludé porque no sabía qué otra cosa decirle. Evidentemente, ella me miró de arriba abajo sin entender todavía qué hacía yo allí.
Intenté tener una conversación tranquila con ella. Explicarle que había intentado no ser yo el que estuviera al frente del proyecto, pero que mi tío no me había dejado muchas opciones.
Mara se mostró esquiva y reticente a mi acercamiento.
Entendí perfectamente que tuviera esa reacción.
No tenía que estar resultando agradable tenerme delante.
Imaginé que menos todavía tener que convivir conmigo en todo el proceso, siendo yo la persona encargada de supervisar y con la que tratar diariamente.
Después de sus últimas palabras, vi cómo Mara salía hecha una furia por la puerta y pensé: «¿es posible que me guste igual o más que antes?
». No había cambiado nada. Sabía ponerme en mi sitio, como lo hacía antes y era uno de sus rasgos que más me atraían de ella.
Tenía la habilidad de causar ese efecto en mí que creía olvidado o superado, pero vi que estaba muy equivocado.
Sabía que la había cagado. No podía cambiar lo que hice.
No tenía una puerta secreta o un coche al que meterle ciertas coordenadas como el DeLorean para que me transportase al día que me cagué de miedo y cometí el mayor error de mi vida, no podía hablar con mi yo del pasado y decirle que estaba loco si me alejaba de la chica más increíble que conocería nunca.
Por raro que parezca, esta situación me tenía esperanzado.
Ver su reacción me había gustado un poco, tengo que admitirlo.
Había causado un efecto en ella, por lo que me daba por satisfecho en cierta manera, algo era algo.
Si le fuera indiferente no se habría puesto como lo había hecho.
Este proyecto iba a ser de lo más interesante y podría resultar ser mi oportunidad para reconquistarla, si lo hacía bien.
Porque después de todo ese tiempo, no había conseguido sacarla ni de mi mente ni de mi corazón.
Se me presentaba delante la oportunidad idónea y no la podía desaprovechar, aunque estuviese cagado de miedo.
Bajé a la calle para reunirme con mi tío e ir juntos a comer, fue cuando la vi entrar en el bar de la acera de enfrente. Una idea se creó en mi cabeza en cuanto apareció mi tío y me preguntó dónde quería ir a comer.
—Estoy bastante hambriento. ¿Qué te parece si vamos ahí enfrente? —señalé justo al bar por donde había entrado Mara con otro chico.
Entramos y nos pidieron que eligiéramos mesa. Estudié un poco el comedor rápidamente y como no quería que ella notara mi presencia, para poder ver y deleitarme con sus expresiones y sus reacciones, elegí una mesa redonda y pequeña, apartada en un sitio estratégico y así tenerla vigilada.
Nos trajeron la carta y pedimos al camarero. Mi tío aprovechó para ir al aseo y fue en ese momento cuando decidí coger mi móvil y escribirle un mensaje.
Buenas tardes, señorita Iriarte. Después de echar un ojo al dosier que nos han proporcionado, creo firmemente que necesitamos concertar una reunión. Cuando pueda, envíeme su disponibilidad y cuadramos agendas. Jon.
Vi el momento exacto en el que le llegó el mensaje.
Sacó su móvil del bolso de manera natural y tranquila.
Pero en el momento en que vio mi nombre, noté cómo se puso recta al darse cuenta de que yo era el emisor del mensaje y aprecié una pequeña mueca nerviosa en su cara.
La vi teclear mientras negaba con la cabeza y esperé ansioso su respuesta.
Mara:
Buenas tardes. Te informo desde un inicio de que no me gustan las formalidades a la hora de dirigirme a una persona de mi misma edad.
Respecto a la reunión que me solicitas, tendré que mirar mi agenda porque la tengo bastante ocupada.
Te recuerdo que te he pedido espacio y lo que sea que tengas que decirme, me lo puedes enviar en un e-mail .
Me parece genial que contemos con la confianza de tutearnos. Entiendo que una profesional como tú tenga la agenda muy apretada. Solo te pido un hueco para que podamos tratar algunos temas estrictamente laborales.
Mara:
Veré qué puedo hacer. La semana que viene puede que tenga un hueco el jueves por la tarde. Si te viene bien me dices para poder reservar la sala de reuniones.
El jueves me va bien. Suelo tener la mala costumbre de comer a la hora del mediodía, si quieres, puedo acompañarte en dicha tarea para que no lo hagas sola.
Vi cómo saltó en su propio asiento, como si le hubiera dado un calambre. Abrió los ojos tanto, que parecía que casi se le fueran a salir de las órbitas. Me encantaba verla así de inquieta y ser yo el causante.
Mara:
Agradezco tu preocupación por mi alimentación. Siento tener que declinar un ofrecimiento taaaaaaan tentador. Ya tengo planes para comer.
Tenía que intentarlo.
Mara:
Nos vemos el jueves.
Una última cosa.
Mara:
Ni se te ocurra pensar en ofrecerte a acompañarme cenando porque tampoco podré.
No hace falta que reserves la sala de reuniones. En tu despacho, en un entorno cercano e íntimo, podremos reunirnos sin ningún problema. Gracias por ofrecerme un hueco de tu tiempo. Ya tendré ocasión de acompañarte comiendo, cenando e incluso desayunando 😉 . Nos vemos el jueves, entonces.