¿Me entiendes o te hago un esquema? Capítulo 33
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Capítulo 33

Belén

No esperamos a que diera a luz, sino que decidimos casarnos dos meses después, en pleno verano, en uno de los hoteles con el jardín más bonito de toda la ciudad.

No teníamos muchos invitados. Seríamos unas cuarenta personas en total. Solo vendrían nuestros amigos más íntimos porque ni Alberto ni yo teníamos más familia que mi madre y los suyos.

Por supuesto, invitamos a los padres y a la hermana de Alejo, que se habían convertido ya en parte de nosotros.

Sus padres decidieron venirse a vivir a nuestra ciudad, a esa casa que habían adquirido y que contaba con una bonita piscina.

Cloe, por el contrario, seguía viviendo en Madrid, pero se escapaba junto a su chico, Juan Carlos, todos los fines de semana. Bueno, casi todos, que algunos se quedaban en la capital.

De Pablo no volvimos a saber nada. Ni siquiera sus padres hablaban de él. Seguía pensando que Alejandro no se merecía que su hermano le dejara todo ese dinero en herencia porque no llevaba sus apellidos, y eso fue motivo de discusión con su familia.

Hoy era el gran día, y estaba en la habitación del hotel que elegí para vestirme y en la que pasaríamos la noche de bodas, acompañada de mi madre y de su mejor amiga.

Estaban terminando de peinarme y maquillarme. Solo faltaba ponerme el vestido.

No quise que nadie lo viera, ni siquiera mi madre, pues decidí que sería una sorpresa para todos.

No era nada de lo que había dicho que quería para mi vestido. Se lo pinté a todas como uno de esos clásicos, de falda abultada y mangas de farolillo.

Cuando las estilistas terminaron conmigo y me levanté para abrir la funda del vestido, tanto mi madre como Marisa se quedaron con la boca abierta.

—Te prometo que esto era lo último que esperaba de tu vestido de novia —me dijo mi madre.

—No puede ser más ideal. Y, si algún día me caso, no dudes que te lo pediré prestado, porque me ha encantado —dijo Marisa, sin quitarse las manos de la boca.

—Si sobrevive a este día, te lo presto sin problemas.

—Eso es cierto. Primero tiene que sobrevivir, pero me da la impresión de que, en cuanto entréis en esta habitación como marido y mujer, no va a quedar de él ni los tirantes.

Os estaréis preguntando por qué Marisa dijo eso, y os lo voy a explicar ahora mismo.

Para mi boda había elegido un vestido de corte sirena, sin cola, y con una abertura en la pierna derecha que hacía que se viera al caminar.

Pero esa no era la cualidad más llamativa del vestido. Al verlo, parecía enteramente transparente, aunque no lo era, que tampoco tenía yo tanto descaro como para presentarme así.

Contaba con un forro de color piel y, en las partes estratégicas, como el pecho y las caderas, llevaba un encaje que formaba un dibujo a modo de tatuaje.

La parte superior tenía escote en V, que me hacía un pecho espectacular, y la espalda descubierta, sujeta a la parte delantera por dos pequeños tirantes.

Llevaba el pelo recogido en un moño informal, adornado con una pequeña diadema confeccionada con el mismo encaje del vestido.

Como joyas, solo llevaba unos pendientes largos en plata vieja y un brazalete que me regaló mi madre, el mismo que llevó ella cuando se casó con mi padre.

Mi ramo estaba formado por calas de tallo largo, unidas por un lazo de tul.

Todo era sencillo, incluso el maquillaje, ya que yo no era muy dada a maquillarme demasiado. Cuando me hicieron la prueba, fue lo primero que pedí: que no me maquillaran mucho, porque no quería parecer disfrazada.

En ese momento entró Fernando en la habitación, pues él era la persona que me llevaría al altar, donde me estaría esperando Alberto con mi madre, que ya se había marchado para ir a buscarlo.

—No se puede estar más bonita y sexi al mismo tiempo.

—¿Crees que le gustaré a Alberto?

—¿Gustarle? Pídele al cielo que no te coja como un saco de harina, te eche al hombro y no te deje tomarte ni un refresco después de la ceremonia.

Solté una carcajada y me abracé a él. Por primera vez en mucho tiempo lo veía feliz, y me alegraba por mi amigo, porque también se lo merecía.

—Menos mal que llevo un paquete de pañuelos en el bolsillo, porque tengo claro que voy a llorar.

—¡Qué dramático eres, hijo mío!

—Sí, dramático. Se nota que tú no has bajado al jardín ni has visto nada. Parece todo sacado de un cuento.

—Pues vamos, que no quiero hacer esperar más a mi futuro marido, no vaya a ser que se arrepienta y salga corriendo.

—No, si corriendo va a salir, pero contigo en brazos para darte lo tuyo y lo de tu prima.

Solté una carcajada que no pude reprimir y que sonó en todo el pasillo.

Bajamos y, a la hora de salir al jardín, empecé a ponerme un poquito nerviosa.

Allí, sentados, estaban todos los nuestros: Rocío, la directora del centro; María, la enfermera de Alberto; nuestros amigos y la familia de Alejandro.

En cuanto todos me vieron llegar, sus caras de sorpresa eran para grabarlas, en especial las de Laura y Diana.

Alberto, al escuchar el murmullo de asombro de la gente, giró su cuerpo para mirarme, y pude notar el deseo y el amor en sus ojos.

Lo que no me esperaba era la sorpresa que me tenía preparada mi futuro marido. Sabía que la música era una de esas cosas que me atravesaban por dentro, de las que me removían sin pedirme permiso, y había preparado algo especial para mí.

En el momento en que escuché los primeros acordes, con aquella voz sonando en una de las esquinas del jardín, las lágrimas me asaltaron sin remedio.

La canción hablaba de vivir sin miedo, de lanzarse a la aventura, de volver a enamorarse y de empezar de nuevo justo cuando creías que ya no quedaban principios posibles.

Y no podía haber una forma más bonita de caminar hacia Alberto.

Esa fue la canción con la que llegué hasta el altar. Nada de marcha nupcial, que ya estaba muy vista.

—Lo siento, mi amor, pero antes de casarme tengo que darle un abrazo a este pedazo de artista.

—A ver si voy a terminar arrepintiéndome de haberlo contratado para el día de hoy —me dijo Alberto, y todos soltaron una carcajada.

Por supuesto, fui a darle un abrazo y un par de besos, y me prometió que se quedaría hasta el final de la boda.

Volví hasta donde estaba mi futuro marido junto a la persona que celebraría la boda, y que me miraba con una sonrisa en la boca.

Y llegó el momento de nuestros votos. Lo que Alberto no sabía era que yo había preparado los míos pensando en todo lo que habíamos vivido, en todo lo que casi perdimos y en todo lo que aún nos quedaba por construir.

—Mi vida, no puedo estar más feliz de estar aquí, casándome contigo.

Eres el hombre de mi vida, y eso lo supe desde el primer momento en que te vi, en aquella discoteca.

Llegaste como llegan las cosas importantes: sin pedir permiso y cambiándolo todo.

Y pienso hacer todo lo que esté en mi mano para que este amor nos dure toda la vida. Te amo más que a mi vida.

—Yo también te quiero más que a nada en el mundo, mi amor. Te quiero a mi lado hasta que seamos viejitos y cuidemos a nuestros nietos. No te marches nunca de mi lado.

Sellamos aquella unión con un beso, mientras la música volvía a sonar de fondo y todos los nuestros nos rodeaban con sus aplausos, sus risas y alguna que otra lágrima.

Nos miramos a los ojos y, antes de darnos la vuelta, Alberto se acercó a mi oído y me susurró algo.

—Que sepas que llevo deseándote desde que te he visto entrar por esa puerta y que, en cuanto todos estén distraídos, pienso raptarte y llevarte a cualquier rincón alejado de todos para hacerte mía.

Solté una carcajada que provocó la sonrisa de todos, sobre todo de Fernando, que no dudó en acercarse a Alberto.

—Eso mismo le he dicho yo antes de salir.

—¿¡Qué!? ¿Querías raptarla y hacerla tuya? Mira, Fernando, que todavía estoy a tiempo de tirarte por encima de la valla.

—Anda ya, chalado, que yo solo tengo ojos para mi Alfonso. Lo que le he dicho es que se lo ibas a hacer tú.