¿Me entiendes o te hago un esquema? Capítulo 32
94%

Capítulo 32

Alberto

Ya habían pasado tres meses desde que firmé la custodia total de mi hijo, porque era como lo sentía.

Sus abuelos jamás me dijeron nada sobre cambiarle el apellido. Lo trataban como a un nieto, pero respetando los deseos del niño.

Lo llamaban todas las tardes por videollamada y habían comprado una casita en Málaga para cuando vinieran los fines de semana.

Habíamos visto la casa que Sabrina le había dejado a nuestro hijo. Era preciosa, pero estaba demasiado alejada de donde teníamos nuestra vida.

Por eso, mi hijo decidió que nos quedáramos en el ático, al menos de momento, y aquella casa se la alquilamos a Alfonso.

Hoy era el cumpleaños de Belén, y le habíamos preparado una fiesta sorpresa en casa de Alfonso, a la que acudiríamos todos, incluidos Aníbal y su familia.

Pero la sorpresa real no era esa fiesta, sino lo que yo guardaba en mi bolsillo desde hacía días y que esperaba que le pareciera lo adecuado.

En esos tres meses, Belén y yo nos habíamos ido a vivir juntos y conocimos a Daniel, pero no porque su madre nos lo presentara, sino por pura casualidad.

Había sucedido hacía tan solo unos días, cuando paseábamos por el centro comercial buscando el regalo de cumpleaños de Alejandro.

No sabíamos qué comprarle y decidimos regalarle un viaje: un crucero por el Mediterráneo, porque se moría de ganas por conocer Florencia y Roma.

Justo cuando salíamos de la agencia de viajes, nos topamos con ellos de frente.

—Buenos días, mamá… y compañía —le dijo Belén.

—Oh…

Marga no pudo decir una sola palabra más. Se quedó tan cortada que ni el aire le salía. Abría y cerraba la boca como un pez, pero sin decir absolutamente nada.

—Hola, supongo que tú eres Belén. Yo soy Daniel, la pareja de tu madre.

—Encantada, Daniel. Sí, yo soy Belén, y él es mi pareja, Alberto.

—Un placer, Alberto. Encantado.

—¿Os apetece ir a tomar algo? Belén y yo nos dirigíamos a la cervecería. Si queréis, sería un placer que nos acompañarais —les dije.

Marga me miró muy seria para, segundos después, soltar una carcajada. No tenía claro si era producto de los nervios o de qué, pero me quedó claro con lo que soltó a continuación.

—Ay, yerno de mi alma, qué solemne te has puesto. Por un momento he pensado que iban a sacar una alfombra roja para que llegáramos —me dijo, sin parar de reír.

—Me cago en la leche, mamá. Pensé que ibas a decir otra cosa.

Entre risas y bromas, llegamos a la cafetería para tomar algo y, al final, terminamos comiendo allí, ya que Alejandro me llamó por teléfono para decirme que comía con su amigo y sus padres.

Cuando regresamos a casa, el niño seguía con su amigo, pues no volverían hasta después de cenar, y yo aproveché esas horas en las que estaríamos solos para disfrutar de ella.

—Tenemos, al menos, cuatro horas para nosotros.

—De las que no pienso desaprovechar ni un solo segundo.

No me hizo falta más. La pegué contra la puerta y empecé a besarla. Primero, por el cuello, muy despacio, recreándome en cada beso.

Después le llegó el turno a su clavícula y al lóbulo de su oreja, escuchándola gemir por lo que aquello estaba provocando.

Todavía no había pasado por su boca. Quería dejarlo para el final, a modo de fuegos artificiales.

Mientras la besaba, mis manos acariciaban su entrepierna y masajeaban sus nalgas.

Cuando noté que estaba a punto de llegar a su primer orgasmo, fue cuando la besé en la boca, convirtiendo el beso en una mezcla de deseo, urgencia y necesidad.

No os puedo decir cómo llegamos hasta nuestra cama, pero, cuando quise darme cuenta, ya estábamos los dos completamente desnudos y enredados entre nuestras sábanas.

Cada vez que hacía el amor con Belén era más intenso. Más nuestro. Me daba cuenta de que la quería un poquito más que la vez anterior.

No os voy a decir que todas las veces hacíamos el amor de aquella manera, porque sería mentira. Había ocasiones en las que la pasión nos pedía otra cosa: más impulso, más fuerza, menos calma. Y también era especial.

Pero aquel día no era una de esas veces.

Aquel día necesitábamos sentirnos de otra forma, con miradas cómplices, caricias lentas y silencios que decían mucho más que cualquier palabra.

No es que en las otras ocasiones no hubiera amor. Lo había. Siempre lo había.

Pero aquello era diferente.

Así estuvimos hasta que Aníbal me envió un mensaje para decirme que ya volvían, y lo leí todavía en la cama, con ella recostada sobre mi pecho.

Aníbal: Amigo, ya vamos para tu casa. Llevamos pizza para cenar. Tenéis media hora para vestiros y recoger todo, porque supongo que habéis aprovechado el tiempo para dar rienda suelta a la pasión.

Alberto: Te debo una, y muy gorda. El próximo fin de semana nos quedamos nosotros con Marcelo. Ve buscando un hotelito para que lo pases con Celia y os toque disfrutar a vosotros.

Le enseñé el mensaje a Belén, que soltó una carcajada al leerlo. Levantó la cabeza y me dejó un beso en los labios, antes de apartar las sábanas.

—Bueno, pues me parece que nos toca levantarnos, o nos cogerán de esta guisa.

—Sí, precisamente ahora, con lo a gustito que estoy.

—Venga, que nos da tiempo a darnos una ducha rapidita.

—¿Sí? ¿Tú crees?

—Si sigues remoloneando, pues va a ser que no.

Me levanté corriendo, la cogí en brazos y entré con ella en la ducha, mientras se partía de la risa.

No hace falta que os diga lo que sucedió en esa ducha, ¿verdad? Pues eso. Además, si estos llegan a venir cinco minutos antes, nos pillan en plena faena.

Bueno, y por fin había llegado el día del cumpleaños. Nos trasladamos hasta la casa de Alfonso y Fernando.

—No entiendo por qué tenían que hacer una barbacoa justo hoy, como si no hubiese más días en el año.

—Cariño, es mi cumpleaños y han querido hacerla para homenajearme.

—Por eso mismo, porque es tu cumpleaños, deberíamos pasarlo los dos a solas. En casita o en cualquier otro lugar en el que podamos pasarlo bien.

—No me seas neandertal, por favor. Tendremos luego toda la noche para eso.

Quise disimular para que no se diera cuenta de lo que teníamos preparado. A todos los efectos, solo estaríamos Alfonso, Fernando, Alejandro y nosotros dos, porque todos los demás habían puesto mil excusas para que pensara que no iban a ir.

En cuanto llegamos allí, al abrir la puerta, no vimos a nadie. Estaban escondidos en el jardín trasero y, cuando salimos a la zona de la barbacoa, aparecieron todos.

—¡Sorpresa! —gritaron, y ella se llevó las manos a la boca.

—¿De verdad pensabas que no pasaríamos este día contigo? —le preguntó Laura.

—Tendríamos que estar medio muertas, y creo que ni aun así te ibas a librar de nosotras en este día —añadió Diana.

—Estas puede que no estuvieran, pero yo, tu madre… ¿Cómo iba a faltar a esta celebración? Eres mi única hija y no podría olvidar este día en mi vida, porque fue el más bonito de todos —le respondió Marga.

Belén se fundió en un abrazo con ellos, con lágrimas en los ojos, pues no se esperaba nada de aquello.

Una vez que se separaron de ella, nos trasladamos a una de las mesas que ya estaban preparadas, donde había un picoteo, mientras Alfonso y Juanjo se encargaban de la carne.

—A mí me han echado de allí. Dicen que soy capaz de convertir unas chuletas en restos arqueológicos —dijo Fernando, y todos soltamos una carcajada.

—¿Cómo es eso, amigo? —le preguntó Camilo, al que también habían echado de allí.

—Negras como el tizón, carbonizadas, como la última vez que hice algo de comida.

—Eres capaz de quemar una olla de macarrones, que nos conocemos —le contestó Marga.

Después de comer, y antes de que llegara la hora de apagar las velas, le dieron sus regalos: pulseras, unas gafas de sol que quería, perfume y varias cosas más.

Sopló las velas y, al terminar, cuando se dio la vuelta, allí estaba yo, de rodillas ante ella y con el anillo en la mano.

—Espero que el deseo que hayas pedido sea este, o voy a hacer el ridículo a lo grande —le dije.

—No ha sido precisamente ese, pero tampoco me viene mal.

—Belén, hemos pasado por mucho, y es cierto que hace poco tiempo que nos conocemos, pero no necesito más para saber que eres la mujer de mi vida…

—Y que no lo sea, que te arranco la cabeza —dijo Marga, haciendo que todos soltaran una carcajada.

—Mamá, calla, que rompes la magia. Continúa, por favor.

—Bueno, a lo que iba. ¿Quieres hacerme el honor de ser mi esposa?

—Y tú, ¿quieres hacerme el honor de ser el padre de nuestro bebé?

Me quedé ojiplático, sin saber si moverme o no, porque no me esperaba aquello. Os lo prometo.

Al parecer, estaba embarazada de unas cinco semanas y se había enterado hacía dos días.

No había querido decirme nada hasta ese momento para que fuera una sorpresa más en el día de su cumpleaños.

Sin darme cuenta, las lágrimas empezaron a salir de mis ojos sin control. Pero no eran de tristeza, sino de alegría, porque era el mejor regalo que podía hacerme.

—¿Te ha sentado mal? —me preguntó Belén, algo temerosa.

—¿Estás de coña? Es lo mejor que me ha podido pasar en la vida, junto con Alejandro.

—Uf, por un momento me has asustado. Pensé que ibas a salir corriendo.

—Pues yo he pensado peor que tú. Creí que te iba a pedir una prueba de paternidad —dijo mi suegra, y todos soltamos una carcajada.

Alejandro, que estaba al otro lado de la mesa, agachó la cabeza, como si se sintiera avergonzado. O algo peor: desplazado.

—Alejandro, ¿te ocurre algo? ¿No estás feliz con la noticia de tener un hermano o una hermana? —le preguntó Belén, que lo había notado igual que yo.

—Sí que lo estoy, pero esto lo cambia todo…

—¿Qué cambia, mi vida?

—Pues que ese bebé será hijo vuestro. De los dos. Yo, en cambio, siento que no termino de ser de nadie…

—Eh, eso no se te ocurra pensarlo nunca más. Tú eres tan hijo nuestro como el que viene en camino y, en cuanto tu padre y yo nos casemos, llevarás también mi apellido, para que no te sientas desplazado.

—¿Eso significa que podré llamarte mamá?

—No tienes que esperar a que eso suceda para llamarme así. Si te sale de dentro, si es lo que deseas y tu padre está de acuerdo, puedes empezar a llamarme así cuando quieras.

El niño giró la cabeza hacia mí, y yo asentí. Tragó saliva, se levantó con lágrimas en los ojos y se lanzó a abrazar a Belén, que lo recibió con los brazos abiertos.

—Bebé, vamos a tener los mejores padres del mundo, te lo aseguro —le dijo, hablándole a la barriga.

—Y también tendrá al mejor hermano mayor del mundo.

—Gracias, mamá. Y a ti también, papá, por darme esa familia que tanto quería.

Joder, al final iba a quedar como el llorón de la familia, porque no podía frenar las lágrimas ante todo lo que estaba pasando.

Belén desveló que lo que había pedido al soplar las velas era que todo fuera bien y que la familia que estábamos formando siguiera tal y como estaba hasta ahora.

—Pues va a ser mejor, porque el niño no viene con un pan debajo del brazo, sino con una boda —dijo Laura, riendo.

—Cariño, una de dos: o nos casamos antes de que se me note el embarazo, o tendremos que esperar a que dé a luz.