Capítulo 31
Belén
Estuvimos todo el día juntos, y se sumaron todos los demás, incluidos mi madre y Fernando, que no dudó en aceptar la invitación y llegó en cuanto salió del trabajo.
Las miraditas entre el abogado y mi amigo eran constantes, y hasta el niño se dio cuenta. Como no podía ser de otra manera, no dudó en preguntarlo.
—¿Por qué os miráis tanto? ¿Es que estáis enamorados como mi padre y Belén? Porque os miráis igual que ellos.
—Alejandro, no seas indiscreto, hijo —le respondió Alberto.
—No, amigo, el niño ha tenido los redaños que ni él ni yo hemos tenido, ni nos hemos atrevido a decir —dijo Alfonso, sin apartar la mirada de mi amigo.
—Pues no diría yo que es amor, porque todavía no nos conocemos, pero que nos gustamos es algo obvio.
—Entonces, ¿qué hacéis perdiendo el tiempo de ese modo?
—Eso mismo me pregunto yo.
—Desde luego, los mayores hacéis las cosas más difíciles de lo que son.
Todos soltamos una carcajada por la manera en que lo dijo y la cara que puso. Incluso su familia paterna no pudo reprimir la risa.
—Tienes toda la razón, vida mía. Con lo sencillo que es llamar a las cosas por su nombre y no dar tantos rodeos —le dijo su abuela.
A eso de las ocho de la tarde, nos despedimos. Quedaron en que vendrían un fin de semana al mes para pasarlo con el niño, e intentarían que coincidiera con que su padre no estuviera de guardia.
A pesar de todo, nos pareció una familia encantadora. Estuvieron muy pendientes del niño, pero no en lo económico, que su padre ya lo había dejado bien cubierto.
Nos fuimos a casa de Alberto, menos mi madre, que dijo que había quedado con alguien y que, si yo no volvía a dormir, ella se quedaría en casa de la persona con la que había quedado.
Pensé que sería Marisa, porque eran como si fueran siamesas, pero no. Me equivoqué de todas, todas, y nos enteramos de lo que estaba pasando gracias a Alejandro.
—Nana, ¿has quedado con Daniel?
—¿Quién coño es Daniel?
—Eso, suegra, ¿quién es ese hombre? —preguntó Alberto.
—¿Quién es ese hombre? Que me mira y me desnuda, una fiera inquieta, que me da mil vueltas y me hace temblar, pero me hace sentir mujer…
Mi madre se fue cantando la canción, mientras todos se reían y yo me quedaba mirándola como si estuviera viendo a un elefante bailar flamenco, asombrada e incrédula a partes iguales.
—Alejandro, ¿tú conoces a Daniel? —le pregunté.
—Claro que lo conozco, pero, si la nana no te ha dicho nada, no seré yo quien abra la boca.
—¿Ni siquiera me vas a contar dónde lo ha conocido?
—Eso sí. En el trabajo. Es el abuelo viudo de uno de los niños, que, además, también baja al parque y es muy simpático. Y no me preguntes más, que no te voy a decir nada.
—El niño tiene razón, amiga. Si quieres saber más, le preguntas a tu madre, que seguro que te lo cuenta, como tú se lo has contado a ella, por los cojones —me dijo Fernando.
—Oye, que yo no le he ocultado nunca nada.
—Sí, sí, con pelos y señales le cuentas tú las cosas.
—Con pelos y señales, no, pero sí lo más importante. Y ella me lo está ocultando.
—Ay, chica, no montes un drama de una tontería, por favor, te lo ruego.
Alberto me miró y soltó una carcajada que nos contagió a todos.
—Papá, ¿por qué no avisas a Marcelo y le preguntas a su padre si me puedo ir a su casa a dormir?
—¿Por qué quieres irte a dormir a su casa?
—Porque, viendo vuestras caras, creo que necesitáis una noche romántica, todos, y como la nana también se ha ido con su novio…
Volvimos a reír, pero su padre le dijo que no, que al día siguiente había clases y no se podría ir a la cama muy tarde.
Fernando se quedó a cenar con nosotros, mientras que nuestros amigos se marcharon cada uno a su casa.
Al final, las chicas pasaban más tiempo ahí que en sus casas, a las que iban solo cuando los chicos tenían guardia.
Ya sus padres los conocían, y estaban encantados con ellos. Si todo seguía así, tenía claro que terminarían mudándose definitivamente.
—Tenemos que ir a ver la casa que compró Sabrina, para ver qué hacemos con ella, si la alquilamos o nos mudamos allí —me dijo Alberto.
—Sí, porque todavía no la has visto. No sabes ni dónde está.
—Según he mirado en Google Maps, está cerca de aquí, a unas dos calles.
—Alberto, si vas a alquilar esta o la otra, te ruego que me tengas en cuenta, que todavía no he mirado nada y me mudo en quince días para montar el nuevo despacho —le dijo Alfonso.
—¿Tienes pensado mudarte a Málaga?
—Pues sí, porque me han ascendido a un nuevo despacho en la Costa del Sol y he decidido dejar el caos de Madrid.
La sonrisa de Fernando fue evidente. Le había gustado la idea.
Estábamos hablando de todo ello cuando su teléfono empezó a sonar, y alcancé a ver que era Fran.
Su cara cambió en un momento, pasando de la alegría al miedo. Era como si sintiera que lo estaba traicionando.
—Si me disculpáis, voy a atender la llamada —dijo, y salió a la terraza.
—Me cago en la leche, no lo va a dejar tranquilo en la vida —murmuré, pero Alfonso se enteró.
—¿Qué ocurre con ese hombre? ¿Es su pareja?
—Sí y no. Es algo complicado y no me corresponde a mí contarlo.
Escuchamos los gritos de mi amigo al teléfono, como si quisiera dar explicaciones, pero la otra persona no lo dejara hablar.
—Se acabó.
Me levanté de la silla en la que estaba sentada y salí a la terraza, donde me encontré a Fernando sentado en una de las hamacas, con el móvil entre las manos y llorando a mares.
—¿Se puede saber qué quería?
—Me ha visto hoy con Alfonso, mientras veníamos para acá, riendo, y me lo ha echado en cara de una manera muy fea.
—¿Y él se atreve a hacer algo así cuando no es capaz de dejar a su mujer?
—Eso mismo le he dicho yo. ¿Y sabes qué me ha contestado?
—Pues no sé, aunque una ligera idea puedo tener.
—Me ha dicho que cómo pretendo que deje a su mujer por alguien que se va con el primero que acaba de conocer, que eso no le da seguridad para hacerlo.
—Espero que le hayas contestado lo que se merece.
—Pues sí, le he dicho que no hace falta que la deje, porque no pienso estar con una persona que busca cualquier excusa para justificarse. Lo he bloqueado, y esta vez para siempre.
—Me parece perfecto, te mereces ser feliz. No te digo que Alfonso se vaya a convertir en el hombre de tu vida, pero sí que está muy interesado en ti.
—Me gusta ese hombre, Belén. Me hace sentir seguro, no sé si me explico…
—Mira, Fernando, no sé si te hago sentir seguro o no, si llegará a buen puerto o naufragaremos por el camino, pero quiero intentarlo contigo.
—Alfonso, siento lo que has escuchado…
—No, no lo sientas. Todos tenemos cadáveres en el armario, nunca mejor dicho. Lo que sí quiero que tengas claro es que soy persona de una sola pareja, no me va eso de compartir ni lo de las parejas abiertas.
—Yo tampoco, Precisamente eso, fue lo que me ha llevado a vivir esta situación.
—Entonces, si ambos estamos de acuerdo, creo que deberíamos conocernos un poquito más…
—Bueno, yo creo que sobro aquí. A decir verdad, me tendría que haber ido ya hace un poquito de tiempo, pero estaba todo tan interesante…
—Si quieres quedarte, quédate, pero pienso besar a tu amigo, contigo delante o no.
Alfonso se acercó a Fernando, se sentó a su lado y enmarcó su cara con las manos.
—¿Estás seguro de que quieres esto?
—Sí que lo estoy, más seguro que nunca en mi vida.
Y ese beso fue de lo más bonito que había visto en mi vida. Después de eso, me levanté y los dejé ahí, hablando de sus cosas, y me marché con Alberto.
—Veo que se han entendido bien.
—Demasiado bien, me parece a mí.
Empezamos a reír mientras recogíamos las cosas de la cena. No sabíamos si Fernando se quedaría a dormir aquí esta noche, o, por el contrario, sería Alfonso el que se marcharía con él a su casa.
Lo que teníamos claro era que no se iban a separar, no al menos hasta que Alfonso tuviera que volver a Madrid a recoger sus cosas, y aun así, lo dudaba, porque capaces eran de ir juntos.