¿Me entiendes o te hago un esquema? Capítulo 30
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Capítulo 30

Belén

Salimos de allí con la cita del perito para el día siguiente a las nueve de la mañana.

Sería entonces cuando Alejandro conocería a sus abuelos y a sus tíos, ya que no se quedarían en Málaga mucho más tiempo y teníamos que dejarlo todo lo más encauzado posible.

Ahora tocaba contárselo todo al niño para que estuviera tranquilo. Según nos dijo Alfonso, que se quedaría en casa de Alberto durante todo el tiempo que estuviera en la ciudad, teníamos mucho a nuestro favor.

—El arraigo del niño es primordial. Eso será lo primero que valorará el perito, y está muy claro dónde están sus raíces.

—Dios lo quiera y escuche sus plegarias —le contesté, muy dramática, sí.

—Hija, te ha salido como si el niño fuera un beato de los que van a misa día sí y día también, y no quiso ni hacer la comunión —dijo Alberto, y todos soltamos una carcajada.

—No, venga, ahora en serio. Ese es el mayor deseo que tiene Alejandro: poder vivir tranquilamente con su padre. Porque, aunque no fuera él quien puso la semillita, lo ha criado y educado desde que nació.

—Exacto, y eso es lo que podemos demostrar —añadió Alfonso—. Quién lo llevó al médico, quién estuvo con él en sus primeros pasos, en sus primeros dientes… En definitiva, en todo.

—Además, también tenemos el informe de Fernando, como tutor, y el mío como psicóloga del centro educativo en el que estudia.

—Por cierto, ese compañero tuyo, Fernando…

—Por cierto, ese compañero tuyo, Fernando…

—No sigas, Alfonso, que lo hemos visto todos.

—¿Me lo dices en serio? Joder, y yo que pensaba que sabía disimular…

—Pues no juegues al póker, porque te vas a arruinar —le contesté, y soltó una carcajada.

Alfonso se mostró muy interesado en mi amigo, y no dudé en contestarle a todo lo que me preguntó. Incluso le dije que, si quería, podíamos quedar ese fin de semana para tomar algo.

—De verdad que me ha gustado muchísimo, tanto físicamente como por su manera de ser.

—Es un tipo espectacular, en todos los sentidos, y mi mejor amigo.

—Ya lo he visto, pero me da que entre vosotros hay una historia detrás. Y eso no significa que tenga que continuar.

—Por supuesto que no continúa —sentenció Alberto.

—Frena, macho alfa, que nadie está diciendo eso —dijo Alfonso.

—Has demostrado ser muy observador. Y sí, entre nosotros hubo algo, pero no llegó a nada, entre otras cosas porque confundimos la complicidad de una bonita amistad con el amor.

—Deduzco que os lo contáis todo…

—Absolutamente todo. Y, si me lo dices porque quieres saber qué me ha dicho de ti, lo siento, pero no hemos tenido ni tiempo ni oportunidad para hablar.

—Vaya por Dios. Me quedaba la esperanza de que te hubiera dicho que yo le gustaba.

—Eso sí, tienes el hándicap de vivir muy lejos, y Fernando no es de los que se conforman con una relación a distancia. Él necesita contacto físico a diario, sea del tipo que sea.

—Esa era otra de las cosas que quería comentarte, Alberto. Mi despacho va a abrir una sede aquí, en la Costa del Sol, porque tenemos muchos clientes en la zona, y me han propuesto que la dirija yo. Así que me vendré en breve.

—Eso me gusta mucho, porque, aparte de ser mi abogado, también eres un buen amigo. El que faltaba en el grupo.

Al parecer, Alfonso y los chicos se habían conocido en el instituto y formaban parte de la misma pandilla.

Cuando fueron a la universidad, hubo un distanciamiento, pero un reencuentro años después les había devuelto la amistad que habían tenido siempre, como si esos años no hubieran existido.

Llegamos a mi casa, donde mi madre estaba con Alejandro y con Marcelo, que se encontraban viendo una película en el salón, comiendo palomitas, como si estuvieran en el cine.

—Papá, ¿ya lo has solucionado todo? —preguntó en cuanto escuchó el sonido de la puerta.

—Hola, mi vida. No, no lo hemos solucionado todavía, pero no tardaremos mucho en hacerlo.

—¿Me quedaré contigo? ¿Los que son mis abuelos han dicho que sí? Por favor, papá, dime que sí.

—No te puedo decir algo que no es cierto, hijo, te estaría mintiendo.

—Pero no te pongas triste, porque tampoco eso significa que te tengas que ir con ellos —le dije.

—¿Entonces? ¿Con quién me quedo? —preguntó el niño, completamente desconcertado.

—Verás, Alejandro…

Su padre le contó todo lo que había sucedido: lo que Alejo le había dejado, porque el niño se negaba a llamarlo papá o a referirse a él como su padre, y también la actitud de sus abuelos.

No le ocultó absolutamente nada, pues era primordial que Alejandro entendiera a qué tendría que enfrentarse al día siguiente y que debía hablar con seguridad, pero desde el corazón.

—No mientas, Alejandro, porque la persona que tendrás delante está preparada para detectar esas cosas, y puede ser perjudicial para nosotros —le dijo Alfonso.

—¿Tú estarás conmigo? ¿Me acompañarás? Porque entiendo que a mi padre no lo van a dejar pasar a esa sala.

—Sí, estaré contigo como tu abogado y para velar por tus intereses, pero también estarán los abogados de tus abuelos.

—¿Qué me quieres decir con eso, Alfonso?

—Que no tienes que ponerte nervioso, aunque te pregunten lo mismo veinte veces, porque debes tener claro que lo harán. De mil maneras distintas.

—Como cuando el profe Fernando nos pone el mismo problema, pero con diferentes cifras, Alejandro. Siempre tenemos que hacer las mismas operaciones. Pues tú igual: tienes que contestar lo mismo —le dijo Marcelo, que no se había separado de su amigo en ningún momento.

—Muy bien explicado, Marcelo —le dije, sonriente.

—Si es que, aunque no lo parezca, a veces pienso y todo —me contestó.

La carcajada que soltamos todos fue épica, y se tuvo que escuchar en todo el bloque, porque, además, nos pasamos un buen rato riendo.

Al final, entendimos que en eso consistía la familia: en conseguir que los momentos duros también nos unieran y en encontrar la manera de que las risas fueran nuestra banda sonora.

Llegó el momento de salir hacia el punto de encuentro familiar donde nos esperaba el perito.

Todos habían acordado que el primer encuentro se llevara a cabo allí, donde además había psicólogos por si Alejandro necesitaba apoyo.

—Buenos días —dijimos al llegar.

—Buenos días —nos respondieron ellos.

Alejandro no estaba ya con nosotros. Hasta que no lo valoraran los expertos y escucharan su opinión, sus abuelos y sus tíos no podrían acercarse a él.

Eso sí, lo veíamos a través de un cristal y escuchábamos todo lo que decía. Lo cierto es que, ahora que tenía al hermano de Alejo al lado, me di cuenta de que se parecían muchísimo.

A su padre biológico no lo conocía. No tuve el honor de verlo ni siquiera de lejos, pero Alejandro tenía muchos gestos de su tío.

—Se parece muchísimo a Pablo —dijo Alberto, en voz alta.

—Sí, pero se parece mucho más a su padre…

—Señora, su padre soy yo.

—Es cierto —respondió ella, bajando un poco la mirada—. Su padre eres tú. Tú eres quien le ha dado el ser que tiene y quien lo ha educado. Muy bien, además, por lo que puedo comprobar.

Y era cierto, porque Alejandro era uno de esos niños que daba gusto llevar a cualquier lugar: educado, tranquilo y siempre con una sonrisa.

Tardaron dos horas en tener una valoración inicial. Durante ese tiempo, Alejandro estuvo acompañado por un equipo de psicólogos y por los abogados de ambas partes.

—Ya pueden pasar —nos dijo el perito.

—Espero que todo haya ido bien y que el niño no haya sufrido más de lo que ya lo ha hecho —dije.

Entramos en la sala en la que, minutos antes, Alejandro había respondido a todas las preguntas.

—Según las respuestas que nos ha dado el niño, que ha demostrado tener una madurez increíble, dicho sea de paso, y teniendo en cuenta el arraigo que ha mostrado con su entorno actual, consideramos que su voluntad debe ser tenida muy en cuenta.

—¿Eso quiere decir que no podremos verlo? ¿Que no tendremos contacto con él? Nosotros no tenemos culpa de lo que hizo su madre ocultándolo todo —dijo el abuelo.

—Caballero, nadie ha dicho eso. Y yo, si el niño se queda conmigo, estaré dispuesto a propiciar ese acercamiento entre ustedes —le dijo Alberto, completamente convencido de lo que estaba diciendo.

—Exacto. Y, para saber lo que decide, será mejor que entre el niño y salgamos de dudas —dijo el perito.

Unos minutos después, se abrió la puerta y entró Alejandro, acompañado de los abogados y sonriente.

Se le veía de lo más relajado. Era como si todo lo que llevaba dentro lo hubiera soltado en aquella sala y ya no sintiera miedo.

—Hola, mi niño. ¿Te encuentras bien?

—Sí, Belén, muy bien, de hecho.

—Pues no sabes lo que me alegro, mi vida —le dijo su padre.

El abogado de la parte contraria le preguntó si ya había decidido con quién quería vivir, y no lo dudó.

—No tenía nada que decidir. Quiero vivir con mi padre, con el que ha estado a mi lado desde que nací, pero eso no quiere decir que no quiera tener contacto con la familia de Alejo.

—¿Estás seguro de esa decisión? —continuó el abogado.

—Completamente. Tanto de una cosa como de la otra.

—Pues, dicho esto, solo les queda ponerse de acuerdo en el régimen de visitas, aunque, según me ha comunicado Alejandro, quiere que sean con su padre o con Belén delante. ¿No es así, Alejandro? —preguntó el perito.

—Efectivamente. Me gustaría que, al menos hasta que nos conozcamos bien, estuviera mi familia delante.

—¿Te puedo dar un abrazo? —le preguntó la madre de Alejo.

—Claro, abuela. No nos conocemos de nada, pero espero que eso se solucione pronto.

El niño se abrazó a sus abuelos, que lo llenaron de besos. Después se acercó a su tío y a su tía, pero ellos se mostraron menos cariñosos. El niño lo notó y no dudó en decirlo.

—Si estáis así por el dinero que Alejo me ha dejado, no lo quiero. No me interesa nada material. Lo único que quiero es que me deis la oportunidad de conoceros.

—No es eso. Lo que ocurre es que no termino de confiar en la palabra de tu madre, y espero que no te ofendas —le dijo Pablo.

—Yo tampoco lo haría. Era una mentirosa de manual. Y no, no me ofende.

—Respecto a eso, sí que existe una prueba de paternidad, que tengo yo en casa, en la que se indica que la coincidencia de ADN de Alejo con respecto a Alejandro es del noventa y nueve por ciento —le contestó Alberto.

—¿Tendrías algún inconveniente en enviarme una copia, por favor?

—Para nada. En cuanto llegue a casa, se la envío.

—Papá, no hace falta que le envíes nada. Si él no tiene interés en conocerme, que no lo haga. No quiero tener que seguir mendigando cariño a nadie —le dijo el niño, dejando a todos con la boca abierta.

—Y tienes toda la razón del mundo, cariño. Yo soy Cloe, tu tía, y espero tener la oportunidad de ganarme tu amor algún día.

—Hola, tía Cloe.

El niño se levantó y le dio un beso y un abrazo, que ella recibió de buen grado.

Con su manera de actuar, Alejandro les demostró a todos que no quería nada más que amor, pero que tampoco estaba dispuesto a insistir para que lo vieran o lo quisieran. Y aquello me rompió un poquito por dentro y me llenó de orgullo a la vez.

De allí nos fuimos todos a comer, menos Pablo, que dijo que salía en ese mismo momento hacia Madrid, pues tenía una reunión importante esa misma tarde.