¿Me entiendes o te hago un esquema? Capítulo 29
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Capítulo 29

Alberto

Nos habíamos enfrentado al hecho de tener que contarle al niño qué sucedía, especialmente decirle que la figura que él creía que era su padre biológico no lo era como tal.

Por suerte, contaba con el apoyo de mi chica, que no me dejó en ningún momento, y de mis amigos, mis hermanos, esos que estuvieron a mi lado en las situaciones buenas, pero también en las malas.

—Papá, ¿eso significa que tendré que irme con la familia de ese hombre? —me preguntó el niño, asustado.

—No sé si pedirán tener contacto contigo, pero tu madre dejó por escrito que quería que la custodia la tuviera yo, y supongo que eso tendrá peso ante un juzgado.

—Todo eso se verá mañana en la notaría, y esta tarde, cuando venga el abogado, no adelantemos acontecimientos —le respondió Belén.

—Prometedme que no lo vais a permitir. Prometedme que nadie me arrancará de vuestro lado.

—No puedo prometerte eso, mi vida. Lo que sí puedo hacer es darte mi palabra de que lucharé para que eso nunca suceda.

Me dolía en el alma que mi hijo todavía tuviera que sufrir más, y daría mi vida si hiciera falta para evitarlo.

A las cinco de la tarde ya estaban llamando a mi puerta. Era Alfonso, mi abogado de Madrid, al que le había pasado la ubicación de mi casa para que viniera en cuanto llegara.

—Buenas tardes. He venido tal y como me he bajado del tren, no he pasado ni por el hotel.

—Pasa, y gracias por haber venido, Alfonso.

—Tenía que hacerlo. Sé lo que este niño significa para ti.

—Buenas tardes —dijo Belén, que salía de la habitación de Alejandro.

—¿Cómo sigue?

—Ahora, más tranquilo, pero se ha hartado de llorar. Sería bueno tener preparado un informe psicológico de cómo le ha afectado todo esto. Si quieres, puedo hacerlo yo, junto a otro del instituto, que haría Fernando.

—Sí, me parece una buena idea —dijo mi abogado.

—Perdona, Alfonso. Ella es Belén, mi pareja y profesora de mi hijo. Él es Alfonso, mi abogado.

—Lo he supuesto en cuanto lo he visto. Encantada.

Se saludaron con un par de besos y nos pusimos manos a la obra. Mientras nosotros revisábamos todo, Belén llamó a su amigo Fernando y lo instó a que viniera también a mi casa.

—¿Estás segura de que ese hombre no me va a tirar por la ventana? —Escuché que le preguntaba.

Le quité el teléfono de las manos para contestarle yo.

—Puedes venir, no te preocupes, que mi casa no tiene ventanas. En todo caso, te podría tirar desde la terraza, pero no me interesa.

—La madre que te parió, Albertito. Está bien, me visto y en media hora estoy en tu casa.

—¡Que sean quince, mejor! —gritó Belén desde el otro lado de la habitación.

—Está bien, pero, si llego con la lengua fuera como los dibujos animados, tú serás la culpable.

A pesar de todo lo que tenía encima, Fernando me arrancó una carcajada de lo más hondo del alma.

Cuando Fernando llegó, lo hizo un tanto tímido, pero la timidez se le terminó en cuanto conoció a Alfonso, mi abogado, que no tardó nada en reírse con él.

Dejamos todo preparado porque al día siguiente teníamos que acudir a la notaría.

Mi hijo grabó una declaración en vídeo en la que decía que no se negaba a tener relación con la familia de su padre biológico, pero siempre que yo estuviera delante y que nadie intentara separarlo de mí.

Lo hizo sabiendo que lo grabábamos y porque él mismo quiso dejar claro lo que sentía.

Y llegó el momento de ponerme frente a frente con la familia del padre biológico de mi hijo.

Alejandro se quedó con Marga, que no dudó en llevárselo con ella, junto a Marcelo, que se había vuelto inseparable de mi hijo.

Alfonso, mi abogado, también me acompañaba, al igual que Belén, a la que llevaba cogida de la mano. Una mano que me apretaba cada vez que notaba que yo estaba más nervioso de lo normal.

Al entrar en la notaría, la misma chica que nos había atendido el día anterior nos llevó hasta otra sala, en la que había un matrimonio mayor y una pareja mucho más joven. Supuse que serían la familia de Alejo Santos.

—Buenas tardes —dijimos los tres al entrar.

—Buenas tardes —nos respondieron, pero de una manera muy seca.

Nos sentamos en una esquina, bastante lejos de ellos, que nos miraban y cuchicheaban.

—No soporto a la gente que se cree en posesión de la verdad absoluta —comentó Belén.

—Ni yo. Es superior a mis fuerzas —contestó Alfonso.

Yo preferí no manifestar mi opinión, porque, si lo hacía, iban a sonar las trompetas del apocalipsis.

Minutos después, el notario nos hizo pasar a un despacho que parecía una sala de juntas, para que cupiéramos todos.

—Disculpe, señor notario. ¿Nos puede explicar quiénes son estas personas y qué hacen aquí? —dijo el hombre más joven.

—Él es Alberto Montero y su pareja, que vienen en representación de Alejandro Montero. En cuanto al otro hombre…

—Soy Alfonso Melara, abogado del señor Montero y estoy aquí para garantizar los derechos del niño —le aclaró mi abogado.

Puso mala cara, pero se mantuvo en silencio, esperando a que el notario aclarara quién era mi hijo y por qué teníamos que estar allí.

—Bueno, como bien saben, estamos aquí para proceder a la lectura del testamento del señor Alejo Santos, que depositó en esta notaría sus últimas voluntades. Según la ley…

El notario soltó la misma retahíla que nos había soltado la mañana anterior, necesaria para hacer valer lo que había en aquel sobre lacrado.

Empezó a explicar lo que Alejo Santos había dejado escrito. Nombraba a su hermano, Pablo Santos, como principal beneficiario de todos sus bienes, en especial de la empresa farmacéutica.

Continuó nombrando a su hermana Cloe, a la que le legaba su casa de Madrid, así como todo lo que había en su interior.

Y entonces le llegó el turno a mi hijo.

Un nerviosismo brutal se apoderó de mí. No por lo que pudiera haberle dejado, que me daba exactamente igual.

Es más, si me decían que renunciar a la herencia era la única forma de que mi hijo se quedara conmigo, habría firmado en ese mismo instante, incluso sin saber de qué cantidad hablábamos.

—Y estas son las últimas palabras que dejó don Alejo Santos, y que me pidió que leyera en voz alta delante de todos. Les ruego, por favor, que no me interrumpan hasta que termine.

«Querida familia:

Si estáis aquí, es porque mis adicciones acabaron conmigo.

No culpéis a nadie, porque nadie más que yo tiene la culpa. Yo solito me metí en esto y no he encontrado salida.

Pero no es eso lo que quería deciros.

Espero que no os lo toméis a mal, porque ni yo mismo lo sabía hasta hace poco.

Supongo que ahí estará Alberto Montero, la persona que ha cuidado de mi hijo Alejandro durante estos doce años y a la que él considera su padre.

Por eso, y aunque no lo tengo reconocido legalmente, quiero dejarle a Alejandro el dinero que hay en mis cuentas para que pueda hacerse un hombre de provecho y estudiar en las mejores universidades.

A ti, Alberto, tengo que darte las gracias por lo bien que lo has hecho con él. Creo que ni yo mismo lo habría hecho mejor.

No lo soltaste de la mano ni siquiera después de saber que no eras su padre biológico. Me habría gustado conocerlo, pero el destino no me ha dejado.

Y eso es todo. Seguid adelante sin mí, que yo estaré bien en el otro mundo.

Os quiero.

Alejo Santos.»

—¿Alguien me puede explicar qué coño significa todo esto? —dijo el padre de Alejo, bastante enfadado.

—Yo mismo se lo explico —le contesté.

Empecé a relatar todo lo que me había contado Sabrina: que se enamoró de Alejo, que estuvieron juntos y que, como no sabía si el hijo era suyo o mío, prefirió no hacer la prueba y registrarlo con mi apellido.

Les aclaré que yo me había enterado poco antes del accidente, que su relación había sido de idas y venidas y que, para mí, Alejandro seguía siendo mi hijo, aunque no lo fuera biológicamente.

—Claro, no vas a querer quedarte con él, con la millonada que ha heredado —me dijo su madre, con aire de superioridad.

—Señora, ese dinero me da exactamente igual. Si por mí fuera, renunciaría a cada céntimo con tal de que mi hijo siguiera a mi lado, pero sé que esa herencia no es mía: es de Alejandro.

—No se va a quedar con mi nieto. No cuando sus abuelos y sus tíos pueden hacerse cargo de él y gestionar todo su patrimonio.

—Lo siento, pero su madre dejó por escrito que quería que la custodia fuera para mí. Y Alejandro también ha dicho que no se niega a tener contacto con ustedes, pero siempre en mi presencia.

—Mamá, quizá eso sea lo mejor. El señor Montero firma la renuncia de la herencia y aquí se termina todo —dijo el hermano.

—Vosotros ya no tenéis edad para andar cuidando de un niño, y nosotros estamos muy ocupados con el trabajo —añadió su hermana.

—Disculpen —intervino el notario—, pero el señor Santos dejó algo escrito muy claro al respecto. Si me escuchan, por favor.

El notario siguió leyendo un anexo del testamento, en el que se especificaba que debía respetarse la voluntad del niño y que, en ningún caso, el hecho de que Alejandro quisiera seguir conmigo sería motivo para renunciar a la herencia.

—Está bien, pero eso tendrá que decidirlo un juez. Que diga si el niño está capacitado para decidir.

—Señora, ahora hablo en calidad de abogado del menor —intervino Alfonso—. Aquí tengo una declaración grabada en la que Alejandro expresa su deseo de permanecer junto al hombre al que reconoce como su padre.

—¿Podemos verla? —preguntó el notario.

—Por supuesto. Aquí está.

Alfonso le ofreció su teléfono al notario, que dio fe de que el testimonio del niño parecía claro, voluntario y sin coacción.

—Pueden llegar a juicio. No seré yo quien les diga que no lo hagan —nos explicó el notario—, pero creo que todo esto podría resolverse mejor y más rápido de manera privada, con acuerdos entre las dos partes.

—Vuelvo a repetir, y lo firmo ahora mismo si hace falta, que si el motivo por el que queréis que el niño permanezca con vosotros es el dinero de la herencia, aun sin saber de la cantidad de la que estamos hablando, renuncio en nombre de mi hijo.

—Señor Montero, me voy a meter en una cosa que no me importa, pero, quizás, el día de mañana, su hijo se lo podría reprochar —sentenció el notario.

—Se nota que no conoce a Alejandro. Es el niño menos materialista que conozco, él tan solo necesita el cariño de su padre, todo lo demás, le sobra —afirmó Belén.

—Creo que deberíamos hablarlo en privado, con nuestros abogados y con el niño delante, además de un perito forense que determine si está coaccionado o no y qué sería mejor para él —dijo el padre de Alejo.

—Estoy completamente de acuerdo con usted.

—Bueno, en ese caso, aplazaremos la firma de las escrituras de la herencia hasta la semana que viene —dijo el notario—. Mientras tanto, las cosas seguirán tal y como están, a excepción de la empresa, cuyas riendas asumirá usted, pues supongo que con eso no hay discusión.

—Y con todo lo demás tampoco. Excepto con el dinero, cuyas cuentas se encuentran bloqueadas, así que no hay problema en que nadie pueda sacar ni un solo céntimo de ellas —continuó Cloe.

Acordamos que se firmaría todo menos la parte correspondiente al niño. Como había que hacer escrituras de partición de la herencia y todo iba por separado, no hubo ningún problema.