Capítulo 28
Alberto
El notario nos dio paso y no puso ningún inconveniente en que Belén estuviera allí, acompañándome y dándome su apoyo.
—Bien, si estamos todos de acuerdo, procederé a la lectura del testamento.
No podía negar que estaba nervioso. Me temblaban hasta las pestañas.
Empezó leyendo las cláusulas legales que le daban potestad para hacerlo, para abrir el testamento y comunicarlo a las personas que Sabrina había indicado.
—«Yo, Sabrina Castro, en pleno uso de mis facultades, lego todos mis bienes a mi hijo, Alejandro Montero Castro. Mientras sea menor de edad, nombro como albacea de sus bienes a don Alberto Montero. Y, para que conste y surta efecto…»
No había nada extraño, al menos hasta el momento, y eso me hizo respirar. Soltar el aire que ni siquiera sabía que tenía contenido.
Belén, que lucía una sonrisa en los labios, apretó mi mano, cuyos dedos seguían entrelazados con los míos.
—También le ha dejado esta carta, señor Montero. Supongo que contendrá las especificaciones para la administración de la herencia, que consiste en una cuenta bancaria con un saldo positivo de ochocientos noventa mil euros, un coche y una casa en esta localidad.
—¿Sabrina compró una casa aquí? No tenía ni la más remota idea.
—Sí. De reciente construcción. Es más, las llaves están aquí, porque las depositó el encargado de la inmobiliaria el día antes del accidente.
El notario me entregó la documentación que lo confirmaba todo: las claves de la cuenta bancaria, cuya titularidad ya se había modificado, las llaves de la casa y la carta que Sabrina me había dejado.
Firmé todo, pero, cuando estaba a punto de salir, el notario dijo algo que me dejó helado.
—Señor Montero, tengo aquí otra notificación para usted. Se le cita para la apertura de otro testamento, en calidad de tutor de don Alejandro Montero.
—¿Perdón? ¿Me lo puede explicar, por favor? Porque no entiendo nada.
—Sí. Mañana se procederá a la lectura del testamento de don Alejo Santos, y usted está citado en calidad de tutor legal del niño.
Os prometo que me temblaron las piernas.
Lo que menos esperaba era que Alejo hubiera incluido a Alejandro en su testamento, y aquello no me gustó un pelo.
—Está bien. ¿Me puede decir la hora, por favor? Por si necesito ajustar mis turnos o algo.
En realidad, tenía dos días más libres, pero quería saber si tendría que dejar a Alejandro con alguien, porque Belén venía conmigo sí o sí.
—Según tengo aquí anotado, será mañana a las cinco y media de la tarde, ya que el resto de las personas citadas vienen de fuera.
—Perfecto, gracias.
Salimos de allí y no sabía cómo sentirme. Por un lado, estaba tranquilo porque Sabrina no había hecho una de las suyas, pero, por otro, el nerviosismo continuaba, porque no sabía qué me iba a encontrar al día siguiente, cuando se abriera el testamento de ese hombre.
—¿Te parece si nos sentamos en esa cafetería y lees la carta con tranquilidad?
—Pensaba leerla en mi casa, pero quizá sea mejor hacerlo aquí. Allí Alejandro podría darse cuenta de si pone algo que no me gusta.
—En eso mismo he pensado. No sabes lo que ha dejado escrito.
Cruzamos la calle y nos sentamos en el interior de la cafetería, porque empezaba a llover.
—Dos desayunos completos, por favor —le dijo Belén al camarero.
—Me da miedo abrir el sobre.
—Lo sé, pero, si no lo haces, nunca sabrás lo que ella pensaba.
La miré a los ojos y no pude evitar darle un beso en los labios como agradecimiento por su apoyo.
Abrí el sobre y me encontré con un folio escrito por ambas caras. Algo me dijo que Sabrina había abierto su corazón en aquellas palabras.
«Mi querido Alberto:
Si estás leyendo estas líneas, es porque todo ha salido como yo pensaba. O, al menos, como necesitaba que saliera.
En primer lugar, quiero darte las gracias por todo lo que has hecho por nosotros. Sobre todo, por Alejandro.
Si volví a tu lado fue por egoísmo. No voy a negarlo. En cuanto me enteré de que tenías un nuevo amor, me arrepentí de haberme marchado.
No porque siguiera enamorada de ti, ya que no era así, sino porque no soportaba que otra mujer ocupara mi lugar. Ni como esposa ni como madre, aunque nunca supe ser ninguna de las dos cosas como debía.
Pídele perdón a Alejandro de mi parte.
No supe ser madre. No me salió ese instinto. Llegué a tener celos del cariño que tú le dabas, sobre todo sabiendo que no eras su padre biológico.
Lo supe desde el principio, aunque no lo confirmé hasta antes de marcharme a Berlín.
Cuando Alejo se enteró y me dejó fuera de todo, lo vi claro. Tenía que proteger al niño de la única manera que se me ocurrió.
Los dos teníamos una fuerte adicción a las drogas, y todo empeoró durante los meses que estuvimos en Berlín.
Cuando Alejo se arrepintió de haber rechazado al niño y vino a buscarme, lo planeé todo. Le hice creer que conseguiría llevarme a nuestro hijo lejos, con él, pero esa nunca fue mi intención.
Por eso rompí vuestros planes una y otra vez. Cada vez que él venía a buscarme, quería subir a ver al niño, y yo no podía permitirlo.
Aunque no lo creas, yo quería a mi hijo. A mi manera. Tarde, mal y quizá de una forma que no sirve de nada, pero lo quería. Y no quise hacerle más daño, aunque me diera cuenta demasiado tarde.
Nuestra adicción me iba a servir para terminar con todo. Con mi vida y, si todo salía como esperaba, también con la de Alejo.
Si no ha sido así, te pido que luches por la custodia de Alejandro. No permitas que se acerque a él.
Eres lo mejor que le ha podido pasar a mi hijo. Sé que lo quieres como si fuera tuyo, porque tuyo es. No por la sangre, sino por el corazón.
Con respecto a ti, busca a esa chica. Convéncela de que vuelva contigo, porque te mereces toda la felicidad del mundo.
Dile que quiera al niño como la madre que necesita. Como yo no supe quererlo. Tengo claro que ella sí podrá, y que a mi hijo le hará bien tenerla cerca.
No tengo nada más que decirte.
Solo que seas feliz.
Y que no dejes al niño, por lo que más quieras.
Te pido perdón a ti. Y a mi hijo, aunque sé que quizá no lo merezco.
Espero que algún día sepas contarle la verdad sin que le duela demasiado.
Sabrina Castro.»
En este punto, tanto Belén como yo, llorábamos a moco tendido, porque jamás me hubiera imaginado que Sabrina protegiera al niño de esa manera.
—¿Qué vas a hacer ahora?
—Defender los derechos del niño, eso por descontado.
—Bueno, tienes la tranquilidad de que su padre no lo va a reclamar.
—Su padre no, pero no sabemos si lo hará su familia.
Por primera vez me había atrevido a decir eso en voz alta, que era lo que me atormentaba, realmente.
—No pienses en eso, no creo que te quieran quitar al niño, otra cosa es que quieran tener contacto con él…
—Y no me pienso negar a eso, siempre y cuando la custodia y la patria potestad sea mía.
—Creo que deberías acudir a esa apertura de testamento con un abogado, y poner los términos de esa relación por escrito desde el primer momento.
—Sí, y por eso, ahora, voy a ir a llamar al mío, al que tenía en Madrid, para que me aconseje uno aquí, en Málaga.
—No te podría decir ninguno, por suerte, no lo he necesitado nunca, la verdad.
Saqué mi móvil y marqué su número, contestándome a la llamada a los pocos tonos.
Le conté todo lo que me había pasado, y la ayuda que necesitaba, y no dudó en decirme que cogía un tren y nos veríamos en cuanto llegara, que sería después de comer.
—¿Qué te ha dicho?
—Que es algo muy delicado para hablarlo por teléfono, que coge el tren y se viene para asesorarme.
—Supongo que el billete te lo incluirá en la minuta.
—Su minuta es tan alta que, créeme, ya está incluida hasta la pensión completa.
Pusimos rumbo a casa, pues ahora nos tocaba lidiar con Alejandro y contarle todo lo que había hecho y dicho su madre.
Sobre todo, haría hincapié en el perdón que le había pedido ella. No quería que le guardara rencor, no me parecía justo, porque, a pesar de todo, ella había demostrado que lo quería y que había hecho mucho por protegerlo.
Esperaba poder dejar todo ese episodio atrás muy pronto, pero algo en mi interior me decía que me costaría un poquito, porque no me lo iban a poner fácil.
Metí la llave de la cerradura de mi casa, pero, antes de girarla, respiré hondo, siendo consciente de a lo que me tendría que enfrentar.