Capítulo 27
Belén
Joder, me perdí tanto en ese beso que hasta me olvidé de que el niño estaba en casa. Su voz me sacó de aquella ensoñación.
—¡Bien! Es lo que le pedí anoche a la estrella fugaz —dijo, y quise que me tragara la tierra.
—Alejandro, esto no significa que tu padre y yo…
—Lo sé. Tenéis mucho que hablar y que aclarar, pero ese beso significa que los dos os seguís queriendo, y eso es el principio.
Agaché la cabeza, muerta de vergüenza. Me daba vértigo que el niño hubiera deducido tantas cosas con un solo beso mientras nosotros seguíamos enfangados en todo lo demás.
Alberto soltó una carcajada al ver mi cara de desconcierto, mientras el niño nos miraba sonriente.
—Así te quiero ver siempre, papá, con esa sonrisa en los labios que te sale cuando tienes a Belén cerca.
—Pues, si quieres que Belén siga aquí con nosotros, ayúdame a conseguirlo.
Alberto le hizo un gesto a su hijo y ambos se lanzaron hacia mí, empezando a hacerme cosquillas por todo el cuerpo.
Era algo que no soportaba, porque tenía cosquillas hasta en el cielo de la boca, y habían dado con todas y cada una de ellas.
—¿Vas a darme otra oportunidad? —me preguntaba Alberto.
—Venga, Belén, di que sí o seguiremos haciéndote cosquillas —dijo Alejandro entre risas.
—Sí, sí, pero dejadme ya.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo. Os lo juro por mi vida.
Me soltaron, pero todavía me faltaba el aliento. Estaba sentada en el suelo, con los pelos revueltos y los labios pintados con una sonrisa.
—Hasta con esos pelos estás bonita —me dijo Alberto, que se había sentado a mi lado.
—Sí, preciosa tengo que estar, vamos.
—No lo dudes. La más bonita de toda la ciudad.
—Me parece que la primera parada la vas a tener que hacer en el oftalmólogo. Menos mal que tienes enchufe al trabajar en el hospital.
—Hablando de oftalmólogo, papá. Fernando me ha dicho que me tienes que llevar a que me revisen la vista, porque no veo bien de lejos.
Vi cómo su padre torcía la boca al escuchar el nombre de mi amigo, pero me dio exactamente igual, porque mi amistad con Fernando seguiría siendo la misma.
—No me mires así, que ya me quedó claro.
—Por si acaso.
Nos levantamos y nos sentamos a desayunar. En ello estábamos cuando Alberto recibió una llamada de un número que no conocía y se levantó para ir a la terraza a hablar.
Tardó unos diez minutos en volver, y cuando lo hizo estaba nervioso, como si le hubieran dicho algo que no le gustaba.
—¿Era algo importante?
—Sí. Era el abogado de Sabrina. Mañana a las diez se abre el testamento.
—¿Quieres que te acompañe? Mi madre puede quedarse con Alejandro.
—No sabes lo que eso significa para mí. Por supuesto que quiero que vengas conmigo.
Al día siguiente no era festivo para todo el mundo, pero sí en la comunidad educativa, y por eso el abogado trabajaba y yo no.
Pasamos el día en casa, como si fuéramos una familia. A media tarde, vinieron nuestros amigos y se quedaron a cenar.
Al final no fue necesario que mi madre se quedara con el niño, porque ni Laura ni Diana trabajaban. Ellas se harían cargo de Alejandro, ya que dormirían en casa de sus chicos y vendrían a primera hora.
Me marché a mi casa, pues necesitaba darme una ducha y cambiarme de ropa, aunque no os voy a decir que no me costara trabajo, porque me costó mucho.
—Quiero que te vengas a vivir con nosotros, Belén.
—No empecemos la casa por el tejado, Alberto. Vayamos poco a poco. Podemos empezar por quedarme los fines de semana y ver cómo es la convivencia…
—Está bien, pero te echaré de menos a diario.
—Me marcho. Vuelvo mañana a primera hora.
—Vale, pero prepara una maleta con ropa para dejarla aquí. Todavía queda algo de ropa de Sabrina, pero no creo que quieras utilizar nada suyo.
—Siendo sincera, no lo sé. Tampoco es que me pudiera permitir muchas de sus prendas, porque no van con mi estilo, pero…
—Entonces, quédate. Sin hacer nada, solo dormir abrazados. Y mañana ves qué te puede servir de lo que hay en el armario de la habitación de invitados.
—No. Esta noche no. Prefiero irme a casa, pero te prometo que mañana sí me quedaré a dormir. Me traeré ropa para ir al trabajo.
Me despedí de él con un beso en la puerta de su casa y me fui a la mía.
No dormí mucho, porque pensar en lo que podría haber dejado esa mujer en el testamento me ponía nerviosa. Era capaz de cualquier cosa, hasta después de muerta.
Me levanté temprano, me di una ducha y me vestí con un pantalón de punto ancho, unos botines y una camisa blanca. Cogí el abrigo y el bolso, y me dispuse a salir para llegar a casa de Alberto lo antes posible.
—¿No vas a desayunar?
—No, ya lo haré con Alberto cuando salgamos del abogado. Si me tomo algo ahora, aunque solo sea un sorbo de agua, te prometo que echaría hasta la primera papilla que me diste.
—Tranquilizaos, por favor. Sea lo que sea, no vais a adelantar nada con los nervios.
—Lo sé, pero es inevitable pensar en lo que puede haber dejado por escrito.
—Entiendo que hay algo mucho más gordo detrás, que no es solo que no le haya dejado el dinero a su hijo.
—Mucho, no lo sabes tú bien, pero ahora no te puedo contar nada.
—Veo que te llevas ropa, y eso significa que no vendrás a dormir. ¿Me equivoco?
—No, no te equivocas. Tenemos mucho que hablar y que arreglar después del testamento, mamá.
—Y hacéis bien. Yo estaré aquí, en casa, por si necesitáis algo.
Le di un beso a mi madre en la mejilla y salí hacia casa de Alberto, que ya me estaba esperando junto a Laura y Diana.
—Chicas, os llamamos en cuanto sepamos algo.
—Sí, por favor. Y no os pongáis nerviosos, ¿de acuerdo?
—Lo intentaremos.
Alejandro se acercó a nosotros y nos dio un beso a cada uno. Después, le dedicó unas palabras a su padre.
—Papá, me da igual si sus propiedades se las ha dejado a otra persona. Lo único que quiero es estar con vosotros dos.
—Lo sé, campeón, y haré todo lo posible para que eso sea así.
En cuanto salimos de allí, no pude reprimir el deseo de preguntarle por qué el niño había dicho eso.
—Anoche me escuchó hablar con Juanjo.
—¿Se lo has contado?
—No todo. Solo le he dicho que su madre me contó que tenía dudas de que yo fuera su padre biológico, pero que para mí eso no significaba nada, porque seguía siendo mi hijo.
—Joder, el pobre niño va de una en otra.
—Ni que lo digas. Y todo provocado por la misma persona.
Salimos y nos montamos en su coche, pues la notaría estaba lejos de donde vivíamos.
Al parecer, en cuanto llegó a la ciudad, Sabrina depositó una copia de su testamento en una notaría de la zona y avisó a su abogado de que, si le pasaba algo, llamaran a Alberto.
—Es como si ella presintiera que le iba a suceder algo malo.
—Eso mismo pienso yo. Y eso me hace plantearme si el accidente fue realmente un accidente o si ella lo provocó.
—¿Me estás queriendo decir que se suicidó?
—No puedo decirlo con seguridad, pero no consigo quitarme esa idea de la cabeza.
—Me estás asustando, porque no sabemos lo que había detrás ni cómo lo habrá gestionado ahora.
Alberto aparcó cerca del edificio donde lo habían citado, pero, como era temprano, decidimos entrar a tomar algo que nos asentara el estómago. Con los nervios que teníamos, no éramos capaces de dar dos pasos coordinados.
Nos pedimos dos infusiones y algo dulce para comer, y esperamos hasta que llegó la hora de subir.
Nos lo tomamos en completo silencio, pero con la mirada fija el uno en el otro, como si no termináramos de creernos que estuviéramos allí los dos, juntos de nuevo.
—Buenos días, nos habían citado para la lectura del testamento de Sabrina Castro.
—Un momento, por favor. Termino de enviar esto y enseguida aviso al notario.
—Gracias, no tenemos prisa.
La chica de recepción nos dio paso a una de las salas de espera, donde aguardamos hasta que el notario vino a buscarnos para llevarnos a su despacho.
—Pasen por aquí, por favor —nos dijo.
—Gracias.
—Buenos días. Estamos aquí para proceder a la apertura y lectura del testamento de doña Sabrina Castro. ¿Están conformes?
—Sí, estoy de acuerdo. Yo soy el único al que han citado. Ella es mi pareja y me gustaría que estuviera presente, si no hay ningún inconveniente.