¿Me entiendes o te hago un esquema? Capítulo 26
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Capítulo 26

Alberto

No sabía dónde se habían metido Juanjo y su chica, pues hacía más de cuatro horas que se habían marchado del tanatorio junto con Marga, que me acompañó en todo momento.

Alejandro, cuando se enteró de que su madre había fallecido, se vino abajo por completo y empezó a culparse.

No había tenido tiempo de hablar con él, de hacerle entender que no había tenido nada que ver, que todo había sido consecuencia de los excesos de su madre, pero lo haría en cuanto terminara todo.

En un momento dado, los vi entrar de nuevo. Esta vez venían acompañados de Belén, que buscaba a mi hijo con la mirada.

—No lo busques. No es lugar para un niño. Está en casa de su amigo Marcelo.

—Se hacen mucho bien el uno al otro.

—Lo sé. Ese cambio ha sido lo mejor para él. Belén, yo…

—No sigas hablando. Si estoy aquí no es por ti ni por ella, sino por el niño. Y, viendo que no está, será mejor que me marche.

—No te vayas, por favor. Te necesito a mi lado.

—Tienes a tus amigos. No sé qué pinto yo aquí.

—Tenemos que hablar. Por favor, dame la oportunidad de explicarme.

—No tienes que explicarme nada. La elegiste a ella, y tus razones tendrías.

—Yo no elegí a nadie. Me vi obligado a hacerlo.

—No quiero saber nada. ¿Me entiendes o te hago un esquema?

—Por favor…

Si tenía que rogar para que me escuchara, no tendría ningún problema en hacerlo. No iba a rendirme ahora.

Después de mucho insistir, al final me dijo que sí, pero también dejó claro que no pensaba quedarse allí. Le parecía hipócrita, y entendí que tenía razón.

—¿Te puedo pedir un último favor?

—Si está en mi mano, sí.

—¿Puedes ir a recoger a mi hijo y llevarlo a mi casa contigo? Creo que se sentirá más tranquilo si estás a su lado.

—Por supuesto. Dame la dirección y avisa de que voy a ir a recogerlo.

—Gracias, Belén. Por quererlo tanto.

—Eso no lo dudes. Me cautivó desde el primer momento en que lo vi.

Salió de la sala con la dirección anotada y, antes de que terminara de salir, avisé a Aníbal de que recogerían a Alejandro, contándole de quién se trataba.

Por supuesto que la conocía del colegio, así que, entré de nuevo con la tranquilidad de que mi hijo estaría bien.

Las horas no pasaban, y la noche se me estaba haciendo eterna. Tenía unas ganas enormes de que terminara todo para volver a casa.

En cuanto terminó la incineración de Sabrina y dejamos sus cenizas para que las enterraran junto a sus padres y su abuela, volví.

Era muy temprano, así que intenté no hacer ruido al entrar.

Cuando abrí la puerta, me encontré a Belén junto a mi hijo en el sofá, tapados con una manta y completamente dormidos.

Alejandro descansaba la cabeza en el regazo de Belén, mientras ella tenía una mano apoyada sobre su hombro, como si incluso dormida quisiera protegerlo.

Por un momento, pensé que me encantaría llegar a casa del trabajo y encontrarme con aquella escena.

Y supe que iba a dejarme la piel en conseguirlo.

Ahora tenía dos frentes. El primero, convencer a Belén de que lo que hice fue bajo amenaza y coacción. Para eso tendría que enseñárselo todo y sincerarme con ella, aunque sabía que no le iba a gustar que se lo hubiera ocultado de aquella manera.

—¿Vas a llevarte mucho tiempo más mirándonos así?

—Me llevaría toda la vida, si pudiera.

—Papá, ¿ya has vuelto? —me preguntó mi hijo.

—Sí, cariño. Mamá ya está descansando junto a su familia.

—He hablado con Belén, y me ha dicho que las cosas no pasan por decirlas muchas veces.

—Claro que no, mi vida. Tu madre decidió llevar una vida de excesos, y eso la ha llevado hasta donde está.

—¿Sabes? No sé si está bien, pero siento mucha paz. Es como si nada nos pudiera separar ya. Como si todo se hubiera terminado.

Cuando mi hijo pronunció esas palabras, se me hizo un nudo en la garganta.

Belén lo notó al instante e instó a mi hijo a que fuera a darse una ducha.

—Alejandro, será mejor que vayas a darte una ducha y a cambiarte de ropa. Anoche nos quedamos dormidos aquí y tienes la camiseta como si hubieras venido de hacer una mudanza.

—Sí, será lo mejor, pero no te vayas todavía, por favor.

—No te vayas todavía, no te vayas, por favor… —Se puso a cantarle Belén, y mi hijo soltó una carcajada.

—Eres un poquito payasa, ¿lo sabes?

—Pero bueno, mira que como me lo digas otra vez, te suspendo. No se te olvide que sigo siendo tu profesora.

—No serías capaz de hacer eso. Te conozco demasiado bien.

—Venga, a la ducha.

Esperó a que mi hijo estuviera lejos de nosotros, se giró y se plantó con las manos en la cintura, esperando a que yo le dijera lo que pasaba.

—¿Me lo vas a contar o tengo que sacar la bola de cristal para adivinarlo?

—Dame un minuto, que escuche el agua de la ducha, y te lo cuento.

—Está bien. Mientras, preparo el desayuno.

Nos fuimos hasta la cocina, donde puso la cafetera y el tostador. Esperamos hasta escuchar el agua de la ducha y el calentador funcionando.

—Volví con Sabrina porque me estaba coaccionando.

—No me cuentes historias, Alberto. Volviste con ella porque te dio la gana. Pero eso no es lo que más me preocupa ahora.

—Es que todo está relacionado.

—¿Qué me quieres decir con eso?

—Sabrina me entregó unos documentos que decían que Alejandro no era mi hijo. Me amenazó con presentarlos en el juzgado para anular la custodia y llevárselo lejos si no volvíamos a vivir juntos.

—Eso no tiene sentido, Alberto. Si hubiera querido llevárselo con ella, lo habría hecho antes.

—Ese es el problema. No se lo quería llevar con ella…

Le conté los planes que tenía Sabrina para el niño y cómo había ido a hacerme unas pruebas para comprobar si lo que me había dicho era cierto.

—Bueno, suponiendo que no sea tu hijo biológico, cosa que está por ver, tanto ella como el supuesto padre están fallecidos. No deberías tener ningún problema con Alejandro.

—No lo sé, Belén, y estoy aterrado. Me da igual lo que ese papel diga. Yo siento a Alejandro como mi hijo, y solo pensar que puedan alejarlo de mí me hace temblar.

—No seas negativo, por favor. Puedes demostrar que ese niño ha estado cuidado por ti. Tendrás a los profesores de su antiguo centro, a los médicos que lo trataron… Todos podrán testificar a tu favor.

—¿Y si, mientras tanto, se lo llevan? ¿Y si también me pierde a mí?

—No pongas la venda antes de la herida, Alberto. Paso a paso. Lo primero será abrir el testamento de su madre y ver lo que pone en él. A partir de ahí, podrás actuar.

—Tienes razón. Me estoy preocupando antes de tiempo. Ahora nos toca a nosotros…

—¿Qué pasa con nosotros?

—¿Me vas a perdonar? Te quiero, Belén, y pienso dejarme la piel para demostrártelo.

—Que te perdone no significa que vaya a volver contigo.

—Te quiero a mi lado. Te necesitamos a nuestro lado.

—No utilices al niño en esto. Para él estaré siempre, pase lo que pase entre nosotros.

—Eso lo sé. Pero no solo quiero que estés a su lado. Quiero que también estés al mío.

No me lo pensé, porque, si lo hacía, sería incapaz de moverme. Me levanté y me situé a su espalda, abrazándola por la cintura.

Noté cómo su respiración se aceleraba, cómo se ponía nerviosa, tanto como la primera vez que me acerqué a ella.

Aparté su pelo a un lado y empecé a besarle el cuello mientras le hablaba al oído.

—Quédate a mi lado, Belén. No sabes cuánto he pensado en ti estas semanas. No sabes cuánto te he echado de menos.

—No estoy segura… No confío en ti.

—Te prometo que no permitiré que nada vuelva a separarnos. Y no incumplo mis promesas ni prometo lo que no voy a poder cumplir.

—Eso dijiste también de ella, y volviste.

—No volví. Me vi obligado a hacerlo hasta que pudiera demostrar que ella no era apta para cuidar de nuestro hijo.

Con mucha delicadeza, le giré la cara y ella se volvió hacia mí. Me pegué a su cuerpo sin apartar las manos de su rostro y la besé.

No fue un beso hambriento ni desesperado. Fue un beso dulce. Un beso de amor. Uno con el que quería demostrarle que no le estaba mintiendo.

Pero mi cuerpo no entendía de prudencia, ni de duelos, ni de tiempos.

Al tenerla tan cerca, mi miembro, que iba por libre, se puso duro como una roca.