¿Me entiendes o te hago un esquema? Capítulo 25
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Capítulo 25

Belén

En cuanto llegué a la cabaña, le envié a mi madre un mensaje y apagué el teléfono. No quería que nadie me molestara, mucho menos con tonterías.

Era mi fin de semana largo de desconexión, reflexión y todo lo que terminara en paz mental y fuera bueno para mí.

Lo primero que hice fue ir al supermercado del pueblo. Llené un carro con guarrerías y productos precocinados, que serían mi dieta durante esos días, y me encerré en la cabaña.

Las vistas a la montaña eran espectaculares, y la chimenea estaba encendida porque, al caer la tarde, el frío se hacía notar, y a base de bien.

Cogí una manta, me la coloqué sobre los hombros y me senté con un paquete de chocolatinas y una taza de café en el porche trasero, desde donde se divisaba la montaña, con las cumbres nevadas.

Era todo tan distinto a donde yo vivía que, a pesar de estar relativamente cerca, parecía que me encontrara en un país nórdico.

Las cabañas estaban alejadas unas de otras, por lo que no me molestaría lo que hicieran mis vecinos. Aunque pusieran la música a todo volumen, no escucharía más que un leve murmullo.

Esa noche fue la primera que dormí bien. Era como si hubiera dejado todos mis problemas en Málaga, encerrados en una maleta. Pero no era así. Ni lo sería nunca, por mucho que yo me empeñara.

Casi sin querer, la imagen de Alberto llegó a mi mente, fue como un carrusel de emociones y de imágenes que me asaltaron de improviso.

Un nudo se formó en mi garganta y, a pesar de que no quería llorar, no pude evitar que las lágrimas cayeran por mi rostro.

Ese día decidí dar un paseo por una de las rutas de senderismo que había en la zona y de la que nos habían informado con folletos en cada cabaña.

No era de las más complicadas, pero tampoco de las más sencillas. Preparé una mochila con dos bocadillos y una botella de agua, y me dispuse a hacerla.

Al principio de la ruta no había casi nadie, pero, cuando llegué más o menos a la mitad, me encontré con un montón de gente que había parado allí para comer.

Miré el reloj y me di cuenta de que ya pasaban de las dos de la tarde, así que yo también me detuve. Me senté en una de las piedras que había junto al río, porque me encantaba escuchar el sonido del agua al correr.

—¿Estás sola? —me dijo una chica más o menos de mi edad.

—Sí. Me apetecía pasar unos días tranquila, reflexionando sobre qué hacer con mi vida.

—Yo también he hecho lo mismo. Necesitaba dejar a un lado todo lo que me estaba matando en vida, al menos por unos días.

—Anda que nos hemos juntado dos buenas —le dije, y empezamos a reírnos.

Se llamaba Saray, tenía veintisiete años y estaba hasta las narices de su vida. Su mujer hacía su vida como si ella no existiera, y ella no terminaba de encontrar su lugar en el mundo.

—Por una vez en mi vida, he pensado en mí. He hecho una maleta con cuatro cosas, me he montado en el coche y he salido sin rumbo, cogiendo las carreteras que me llamaban la atención, hasta terminar aquí.

—Veo que no eres de Andalucía…

—No, soy de Castellón. ¿Tú de dónde eres?

—De Málaga. Y también he salido huyendo, aunque no tan a lo loco como tú. Yo venía ya con todo organizado.

—¿Sabes lo que es que te estructuren la vida de tal manera que tienes horario hasta para ducharte? Pues así es mi día a día. Vengo buscando justo lo contrario.

Estuvimos comiendo y, cuando descansamos un buen rato, seguimos con la ruta, pero esta vez las dos juntas, charlando de todo y de nada, contándonos nuestras vidas como si nos conociéramos desde siempre.

Volví sintiéndome un poco más ligera, como si compartir mis problemas con alguien que no nos conocía ni a Alberto ni a mí me hubiera ayudado a mirar la vida de otra manera.

En cuanto me despedí de Saray y entré en mi cabaña, fui a buscar el móvil para encenderlo y llamar a mi madre, pero se había quedado sin batería.

Seguro que, en vez de apagarlo, lo había puesto en silencio o en modo avión y se había consumido. Así que lo puse a cargar mientras me daba una ducha.

Al salir, tenía un aluvión de mensajes y llamadas, tanto de mi madre como de mis dos amigas.

Respiré hondo, porque no me apetecía nada escuchar reproches. Justo cuando estaba a punto de empezar con los audios que me habían enviado, llamaron a la puerta.

Pensé que sería Saray, que venía a invitarme a tomar algo o cualquier cosa, y por eso abrí con una sonrisa.

Pero no era ella quien estaba detrás de la puerta.

—¿Qué hacéis vosotros aquí?

—Venir a buscarte. No sé para qué quieres un móvil de última generación si lo usas de pisapapeles.

Sí. Detrás de la puerta estaban mi madre, Diana y Juanjo, y no traían muy buena cara que digamos.

—Mi madre sabía dónde estaba, y también que no iba a atender el teléfono.

—Por lo menos podrías mirarlo de vez en cuando, que no veas lo que nos ha costado llegar hasta aquí.

—¿Ha ocurrido algo?

—Si no hubiera ocurrido nada, no estaríamos aquí —me contestó mi madre, y empecé a tener miedo.

Si no la hubieran traído, habría pensado que era ella, mi madre, a quien le había ocurrido algo. Pero no.

Juanjo empezó a contarme lo que había sucedido y cómo estaban Alberto y Alejandro: devastados.

Quise decirme que lo que le pasara a Alberto me daba igual.

Pero lo de Alejandro… eso no podía ignorarlo.

Entré en mi habitación y guardé todo en la maleta. Después, casi corriendo, me monté en el coche y lo puse en marcha sin siquiera entregar la llave de la cabaña.

—Echa el freno, Magdaleno. No corras tanto, que tendrás que entregar las llaves y anular la reserva —me dijo mi madre, mirándome desde la puerta.

—Joder, tienes razón. Se me ha nublado la cabeza. Ahora mismo voy a hablar con la dueña.

—Te esperamos aquí. No tardes mucho.

—Un minuto y estoy de vuelta.

Me fui hasta la cabaña central, donde se encontraba la recepción y donde estaba la señora que me había dado la llave al llegar.

—Buenas tardes. Venía a anular la reserva. Me ha surgido un imprevisto familiar y tengo que regresar.

—Oh, lo siento. Pensé que no te había gustado el sitio.

—No, para nada. Más bien todo lo contrario. Me ha encantado y estoy segura de que volveré más adelante.

—Te acabo de hacer el reembolso de las noches que no vas a disfrutar, y te he enviado un correo electrónico con un descuento del diez por ciento para la próxima vez.

—Muchísimas gracias.

Salí de allí y regresé al coche, donde mi madre ya se había sentado al volante, y supe que no me iba a dejar conducir.

—No me mires así, que si lo he hecho es porque no estás en condiciones de conducir.

—Sí, que no queremos tener que lamentar otro accidente.

—Desde luego, con uno, ya tenemos bastante.

Arrancamos y salimos de allí detrás del coche de Juanjo, que era en el que habían venido a buscarme.

Mi madre me contó que el funeral sería al día siguiente a primera hora, pero que Alejandro no se lo había tomado demasiado bien.

—Mi niño se echa la culpa de la muerte de su madre.

—¿Qué culpa va a tener él?

—Ninguna, pero deseó tantas veces que desapareciera de su vida que ahora dice que ha sucedido por todas las veces que lo pensó.

—Por favor, eso no es así. Si eso funcionara, ¿cuántas veces hemos deseado ser millonarias y no lo hemos conseguido?

—Eso mismo le dije yo, pero no hay manera.

—En cuanto llegue, lo primero que voy a hacer es encerrarme con él y hacerlo entrar en razón.

—Y espero que lo consigas, hija, porque te necesita más que nunca.

—Y estaré ahí. Para él nada más.

—Belén, no te cierres. Ese hombre lo ha pasado muy mal, y te quiere.

—Si me hubiera querido, mamá, no habría vuelto con ella. Me habría puesto por delante de esa mujer.

—No juzgues sin saber lo que había detrás, mi niña.

Hicimos el resto del camino en silencio, pero no fue un silencio incómodo, sino necesario para las dos, hasta que llegamos a nuestra casa, donde mi madre aparcó el coche antes de subir.