¿Me entiendes o te hago un esquema? Capítulo 24
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Capítulo 24

Alberto

Me temblaban hasta las pestañas y, por eso, Aníbal se ofreció a llevarme al hospital, mientras los niños se quedaban con Celia, que disimuló todo lo posible para que no se dieran cuenta.

Les contó que habían llamado de la comunidad de vecinos para decirnos que había una fuga de agua y que teníamos que ir inmediatamente.

—¿Por eso te has puesto tan nervioso, papá?

—Sí, cariño, porque no sé hasta dónde habrá llegado el agua ni si el vecino de abajo tendrá daños.

—¿Volverás pronto?

—No lo sé, mi vida. No voy a decirte que sí, porque, si no vuelvo hoy, pensarás que te estoy mintiendo.

—Vale, me quedo tranquilo porque vas con el señor Aníbal. Seguro que te ayuda, porque es un manitas.

—No me apartaré de su lado, no lo dudes —dijo Aníbal—. Cuando yo vuelva, lo haremos los dos.

—Gracias.

Fue lo único que me salió. Con mi hijo había hecho un esfuerzo enorme, pero ya no podía aguantar más.

No sabía en qué estado se encontraría Sabrina, pero rezaba a todos los santos para que estuviera bien.

Una cosa era que no quisiera que estuviera en mi vida, y otra muy diferente que le deseara algún mal.

El ambiente en el coche estaba tenso, pues no quería verbalizar mis miedos, a pesar de que Aníbal se había dado cuenta.

—¿Vas preparado para todo?

—Tengo miedo, Aníbal.

—Es lógico, Alberto.

—No la quiero en mi vida, ni en la de mi hijo, y lo diré hasta la saciedad, pero una cosa es eso y otra muy diferente es que quiera su muerte o algún daño para ella.

—Te entiendo, y no sabes cuánto. Parece que estoy reviviendo mi vida contigo.

Aníbal empezó a contarme su historia, que parecía un calco de la mía. Se había enamorado de una modelo que había llegado para hacer una campaña de publicidad para su empresa.

Cayó rendido a sus pies y no dudó en pedirle matrimonio a los pocos meses de relación. En el momento en que ella se quedó embarazada, todo cambió entre ellos.

Cuando Marcelo nació, la situación ya era insostenible, y Aníbal no dudó en pedirle el divorcio.

Fue una guerra encarnizada, porque ella utilizaba al niño como moneda de cambio para obtener lo que quería, sin hacerle ni caso.

Una noche, cuando Aníbal ya no podía más, contrató a un detective para que la siguiera y documentara todos los excesos que cometía. Después lo presentó todo en el juzgado.

Ese fue el punto de inflexión. Le concedieron la custodia a él y, poco a poco, empezó a tener más contacto con Celia, hasta que terminaron enamorándose.

—Yo también recibí una llamada de la Guardia Civil por el mismo motivo.

—¿Murió en un accidente de tráfico?

—No, pero se quedó parapléjica.

—No me jodas.

—No, no te jodo. Es cierto. Aquellos fueron los peores meses de mi vida, porque, en mi interior, había llegado a desearle tantas cosas horribles que me sentí culpable.

—Así es justo como me siento yo.

—Y no te culpo ni te juzgo, porque sé hasta dónde puede llegar la desesperación.

—Es que no es comprensible cómo se ha portado con el niño, la manera en que lo ha tratado, los celos que le tenía.

—Mi mujer también era así. Decía que ya no le compraba nada a ella, que todo era para el niño.

—¿Cómo sobreviviste a eso? Porque a mí me da pavor pensar que voy a tener que quedarme a su lado por culpa.

—Jamás hagas eso. Ni se lo merece ella, por muy mala que haya sido, ni te lo mereces tú.

—Pues no sé qué hacer ni qué pensar, la verdad.

—Como te iba diciendo, la llevé de nuevo a casa, corté toda relación con la persona que amaba y busqué los mejores especialistas para que la trataran.

—¿Volvió a andar?

—Nunca más. Una noche tenía una cena de negocios y, al llegar, me encontré a Marcelo llorando en su cuna. Fui a reclamarle, porque las manos podía utilizarlas y parecía que había cambiado con el niño.

—¿Qué pasó?

—Cuando entré en la habitación, me la encontré sin vida. Había dos botes de pastillas vacíos sobre la mesilla.

—Joder, Aníbal, eso tiene que ser lo peor.

—Lo es. Y me costó mucho tiempo ver que no había sido culpa mía, sino su decisión. Aún hoy, muchas veces me siento culpable por ser feliz, por haberle dado a mi hijo la madre que necesitaba.

—Eso no es malo. La vida sigue y, como tú mismo has dicho, fue su decisión.

—Dejó una carta en la que me agradecía lo que estaba haciendo por ella, pero decía que no quería vivir así, junto a un hombre que no la amaba y que estaba con ella por compasión. Por eso te digo que no es justo para nadie.

—¿Marcelo sabe la historia?

—No. Mi hijo solo sabe que su madre tuvo un accidente que la dejó postrada en una silla, porque hay fotos de ella con él en brazos, y que meses después se fue al cielo.

—No sé cómo podrá reaccionar mi hijo ante una noticia así, sobre todo cuando me ha dicho que quería que desapareciera para siempre de nuestras vidas.

—Los niños, en la mayoría de los casos, nos sorprenden por su madurez y su capacidad de adaptación ante estas cosas.

Entre charlas y consejos, llegamos al hospital. Aníbal aparcó en el primer hueco que vio y nos bajamos corriendo, para ver si podían darnos alguna noticia.

Me fui directamente al mostrador de información y pregunté quién podía darme algún dato sobre lo ocurrido.

—Señor Montero, ahora mismo viene el personal médico para informarle.

—Muchas gracias.

—Le ha avisado la Guardia Civil, ¿verdad?

—Sí, me ha llamado por teléfono un agente del que no recuerdo el nombre.

—No se preocupe. Ellos también le indicarán todo en cuanto venga el doctor.

Nos sentamos en una sala de espera que estaba vacía, justo donde nos indicaron.

Unos diez o quince minutos después, apareció un agente de la Guardia Civil junto a uno de los doctores, y se dirigieron a nosotros.

—¿El señor Montero?

—Sí, soy yo.

—Encantado, señor Montero. Soy el doctor Trechera, y no voy a andarme por las ramas. La señora Castro está en una situación crítica. Ha llegado muy grave y no podemos hacer mucho más por ella.

—¿Me está diciendo que se va a morir?

—No puedo asegurarle nada, señor Montero, pero, en este momento, todo depende de cómo reaccionen su cerebro y su corazón.

—¿Tan fuerte ha sido el accidente?

—Ahora es mi turno —intervino el agente—. El coche ha caído por un precipicio. Conducía ella y triplicaba la tasa de alcohol en sangre.

—¿Perdón? ¿Iba borracha?

—Y no solo eso. También han aparecido restos de cocaína en sus analíticas, así como de otros opiáceos.

—No puede ser, ella…

—Sí puede ser, amigo. Yo pensaba lo mismo y, al final, terminó reconociéndomelo —me dijo Aníbal en un susurro, sin apartarse de mi lado.

—¿Quiere verla? ¿Tiene algún otro familiar al que quiera avisar?

—Sí, quiero verla. Además, me gustaría saber una cosa.

—Usted dirá.

—¿Quién iba con ella?

—Pues, según nos consta en el atestado, iba acompañada de Alejo Santos, que ha fallecido en el acto.

Las piernas se me doblaron como si fueran de gelatina, y no por el hecho de que fuera con él, pues lo había visto con mis propios ojos, sino porque me estaba arruinando a mí la vida, mientras que ella hacía la suya, y no de una manera muy sana que digamos.

Entré en la UCI donde estaba ingresada Sabrina, y no pude creer lo que tenía ante mis ojos.

No quedaba nada de la mujer prepotente que había sido antes del accidente. Ahora solo era una mujer rodeada de cables y máquinas que pitaban.

Me quedé un buen rato observándola, sin saber qué hacer ni qué decir, hasta que ya no pude más y empecé a llorar.

No lloraba por nada y lloraba por todo, no sé si me entendéis. Era la rabia y el dolor de saber que había arruinado nuestras vidas por puro egocentrismo.

—¿Por qué nos has hecho esto, Sabrina? ¿Qué hice tan mal para que quisieras vengarte en tu hijo?

La máquina empezó a pitar de una manera distinta, y los médicos entraron con prisas, sacándome de aquella habitación hasta el pasillo, donde me esperaba Aníbal.

Media hora después, salieron cabizbajos de la habitación, y supe al instante lo que había ocurrido.

—Lo sentimos, señor Montero, pero ha entrado en parada cardiorrespiratoria y no hemos podido recuperarla.

Caí de rodillas, llorando como un niño de meses.

Sabrina tenía toda la vida por delante, una carrera brillante y un hijo al que nunca supo querer.

De repente, un miedo helado me subió por la espalda.

¿Qué pasaría ahora si las pruebas de ADN demostraban que Alejandro no era mi hijo? ¿Perdería su custodia? ¿Se llevarían a mi niño lejos de mí?

Eso sí que no podríamos soportarlo.

Ninguno de los dos.

Por eso me levanté con más fuerza que nunca, dispuesto a luchar por mi hijo aunque tuviera que dejarme la vida en ello.

Por supuesto, les dije que me haría cargo de todos los gastos funerarios, pues las cuentas de Sabrina estaban bloqueadas hasta que se resolviera la herencia.

—Tengo que ir a hablar con mi hijo. Tiene que saberlo por mí.

—Sí, y cuanto antes lo hagas, mucho mejor. Si lo dejas pasar, se te enquistará y luego te costará mucho más soltarlo.

Nos montamos en el coche y, mientras preparaban y trasladaban el cuerpo de Sabrina hasta el tanatorio, Aníbal y yo pusimos rumbo a su chalé, donde estaban los niños.

No era precisamente temprano y sabía que seguramente estarían durmiendo, así que le pedí que parara antes en mi casa para poder darme una ducha.

Eso hicimos. Aníbal aparcó junto a mi edificio y subimos hasta mi ático.

En cuanto mis amigos escucharon ruidos, vinieron corriendo a ver qué ocurría y, cuando me vieron la cara, se pusieron en lo peor.

—Dime que esa desgraciada no se ha llevado al niño.

—No, no se lo ha llevado ni se lo llevará nunca más.

—¿De qué estás hablando? ¿Le ha pasado algo a Alejandro?

—No, por Dios, el niño está bien —dijo Aníbal, al ver la cara de mis amigos.

—Alejandro está en casa de Aníbal, con su mujer y su hijo. Es Sabrina. Ha tenido un accidente de coche y ha fallecido.

—No me jodas, eso no puede ser verdad —dijo Camilo, llevándose las manos a la cabeza.

—Pues sí que lo es. He venido a cambiarme de ropa para recoger a mi hijo y contarle todo lo que ha ocurrido.

—¿Cómo ha sido? —preguntó Laura, que también estaba allí.

Les conté cómo había sucedido todo y lo que nos había dicho la Guardia Civil. De repente, al entrar en la habitación de invitados para bajar un poco la persiana, el olor de su perfume me dio de lleno.

Me senté en la cama, mirando sus cosas, y no supe qué hacer con ellas. Sabrina no tenía más familia que nosotros. Sus padres habían fallecido cuando era una niña y fue criada por su abuela, que tampoco estaba ya entre nosotros.

—No te preocupes por eso, Alberto, que nosotras nos ocupamos de sus cosas.

—Gracias, Laura. No sabría qué hacer con ellas.

—Las de más valor las meteré en una cajita y ya decidirás, igual que las cosas más personales. El resto, si te parece bien, lo llevaré a una ONG para que lo reparta entre los necesitados.

—Es una idea magnífica.