Capítulo 23
Alberto
El fin de semana, puente incluido, fue un calvario tanto para mí como para mi hijo.
Teníamos pensado ir a hacer senderismo, pero la señora decía que eso no iba con ella y que no podíamos dejarla sola, porque no tenía amigas allí y se iba a aburrir.
Para que Alejandro no se aburriera, dejé que se fuera el fin de semana con su amigo Marcelo y sus padres, que tenían una casita en el campo, en un pueblo cercano, donde me dijo que le iban a enseñar a montar a caballo.
—No entiendo por qué has permitido que el niño no esté con sus padres el fin de semana.
—Porque le has roto todos los planes. Y tiene doce años, no ciento doce, como para quedarse aquí viendo tu cara y la mía, amargados.
—¿Sabes qué? Yo creo que lo has hecho para quedarte a solas conmigo y rememorar viejos tiempos, como cuando él todavía no había nacido.
—¿De qué estás hablando, loca?
—De que te mueres por volver a meterte conmigo en esa cama.
—Sigue soñando. Podrás meterte en mi casa, incluso en mi vida, pero jamás lo harás en mi cama ni en mi corazón.
—Eso lo dices ahora. En cuanto veas lo que tengo preparado para ti…
—Ahórratelo. Y ahórramelo a mí también, por favor.
—No pensarás que voy a renunciar al sexo.
—Haz lo que quieras, pero conmigo, desde ya te digo que no vas a conseguir nada.
Me moría de ganas de tener ya los resultados de las pruebas de ADN y poder mover ficha como quería, pero todavía tendría que esperar.
Tenerla delante de mí, exigiéndome cosas que no estaba dispuesto a darle, me estaba matando de pena y de rabia a partes iguales.
Se dio la vuelta y la vi entrar en la habitación de invitados, donde dormía desde que había vuelto a nuestras vidas.
Minutos después, salió con una pequeña maleta de viaje, y no pude evitar pensar en lo hija de puta que había sido.
Todo lo había hecho para fastidiar al niño, pero, como no lo había conseguido, su siguiente objetivo era yo.
—Me marcho el fin de semana con unos amigos. Acabo de recibir un mensaje. Están en un pueblecito de Sevilla.
—¿Cómo puedes ser tan hija de puta? Sabías esto desde hace tiempo y has esperado a que Alejandro se marchara para hacerlo tú, sabiendo que ya habías roto todos nuestros planes.
—Siempre puedes salir a ver si te encuentras a la fulana esa. A lo mejor está dispuesta a dejarte entrar de nuevo entre sus piernas.
—Aquí la única fulana que hay eres tú. Que no se te olvide.
—Ay, no, cariño, yo soy tu mujer. Y espero que no tardes mucho en anular la sentencia de divorcio, o me llevaré al niño sin que te des cuenta.
—Atrévete a hacer eso y entonces sí vas a saber quién es Alberto Montero.
—Eso lo supe desde el primer día en que te vi: un gilipollas, un calzonazos al que podría manejar a mi antojo.
Intentó acercarse para darme un beso, pero me aparté rápidamente. No quería que ni siquiera me rozara. Cuanto más lejos de mí la tuviera, mucho mejor.
Ella, con su maldad de siempre, soltó una carcajada capaz de ponerle los pelos de punta al más pintado.
Me dijo adiós con la manita desde la puerta y se marchó. Me asomé para ver si se llevaba el coche, pero no. Había un tipo esperándola abajo, y se dieron un beso como si todo les importara un carajo. Mi vida, lo primero.
—Amigo, no puedes seguir así. He grabado en vídeo ese beso, por si te puede servir de algo —me dijo Juanjo.
—Me está volviendo loco, te lo juro. Y no en el mejor sentido de la palabra, sino todo lo contrario.
—Sigo pensando que deberías contarle la verdad a Belén. Ella te apoyaría y te ayudaría a resolver todo.
—Si hago eso y mi mujer se entera, me puedo ir despidiendo de mi hijo.
—Por cierto, ¿has avisado al padre de Marcelo para que no deje que se vaya con nadie? Porque yo no confiaría mucho en su madre.
—Joder, no lo había pensado. Tenía claro que se quedaría aquí todo el fin de semana.
Salí corriendo hasta mi habitación, donde había dejado el móvil cargando, y marqué el número de aquel hombre, que me resultó de lo más agradable y cabal.
—Aníbal, soy Alberto.
—Dime, Alberto. ¿Te puedo ayudar en algo?
—Sí, por eso te llamaba. La historia es muy larga y te la contaré en otro momento, pero, si la madre de mi hijo va por allí, no dejes que se lo lleve. Llámame de inmediato, por favor.
—Tranquilo, no la dejaré ni entrar en mi casa. No quería decirte nada porque, al fin y al cabo, es tu mujer, pero no me gusta nada la manera en que mira y trata al niño.
—Tendremos que tomarnos un café muy pronto y te pondré al día, porque no te equivocas en nada.
—Yo tuve la misma suerte con mi exmujer, pero, por suerte, encontré en una compañera de trabajo a la mujer y a la madre que mi hijo necesitaba. Aunque también las pasé canutas.
—Gracias, Aníbal. Nos vemos pronto.
—Aquí estamos si quieres venirte y pasar el fin de semana con nosotros. Hay sitio de sobra.
No sé por qué, pero la idea me resultó de lo más atractiva, y no dudé en decirle que, si no molestaba, aceptaba la invitación, porque el techo se me caía encima sin mi hijo en la casa.
—¿Cómo vas a molestar? Venga, te paso la ubicación y te esperamos.
—Gracias de nuevo, Aníbal.
Corté la llamada y preparé una mochila con ropa para el fin de semana, lo hice con toda la premura de la que fui capaz, y con unas ganas inmensas de ver a mi hijo.
—Juanjo, si veis algo raro en mi casa, por favor, me llamáis.
—No lo dudes, nosotros vamos a estar aquí todo el fin de semana. Camilo tiene guardia hoy y a mí no me apetece salir de fiesta.
—¿Habéis quedado con las chicas?
—Yo sí, pero Camilo, no tengo ni idea, no me ha dado tiempo de hablar con él.
—Bueno, pasadlo bien y cuidad bien de lo que tenéis, que no es fácil de encontrar.
—Qué te lo digan a ti, amigo.
—Eso mismo. En fin, me marcho ya a pasar el fin de semana con mi hijo, y a desconectar de todo.
En ese momento recibí un mensaje de Aníbal, el padre de Marcelo, con la ubicación de su casa, y la introduje en el GPS del coche.
Arranqué y puse rumbo al que esperaba fuera un fin de semana tranquilo con mi hijo y sus amigos.
No pensaba colarme allí con las manos vacías, y por eso, paré en un cocedero de marisco que había cerca de mi casa, y pedí una mariscada para seis personas, ya que a mi hijo le encantaba.
También compré un jamón, que pedí que me deshuesaran y cortaran, envasándolo al vacío.
Con todo listo, seguí el camino y no tardé más de una hora en llegar. La casa era preciosa, con una piscina que en verano tenía que ser una pasada.
El jardín también era muy bonito y estaba muy cuidado, pero lo mejor de todo fue el recibimiento que me dio mi hijo, que salió corriendo a abrazarme.
—Papá, no sabía que tú también ibas a venir. ¿Has venido solo?
—Sí, mi amor, vengo solo. Tu madre se ha marchado con unos amigos que habían venido a buscarla. Y no te habíamos dicho nada porque queríamos que fuera una sorpresa.
—¿Nos ha chafado los planes para luego marcharse? Es mala, papá, y ojalá desaparezca para siempre de nuestras vidas.
Abracé a mi hijo, porque tenía razón. Yo también pensaba lo mismo. Ojalá se fuera con ese hombre y nos dejara en paz de una puta vez.
Si no hubiera sido por esa documentación que me enseñó, en la que decía que Alejandro no era mi hijo, jamás habría cedido. Habría luchado por él en los tribunales con uñas y dientes.
Pasé al interior de la casa, donde me recibieron Aníbal y su mujer. Era una mujer guapísima, además de adorable, y trataba a los niños con un cariño y una amabilidad que me removieron por dentro.
Me recordó a cómo Belén trataba a mi hijo, y eso me dejó demasiado triste para mi gusto, pero traté de recomponerme.
—Veo que tú también has pasado por lo mismo que yo y que, por culpa de esa mujer, has tenido que renunciar al amor. ¿Me equivoco?
—Pues no, no te equivocas. Y ocurrió todo de la manera más inesperada…
Le conté a Aníbal cómo había conocido a Belén, que era la profesora de nuestros hijos, y cómo, sin darme cuenta, me había enamorado de ella.
—Belén es una mujer increíble, tanto en lo físico como en lo personal —me dijo Celia, su mujer.
—Lo es. Y solo de pensar en la manera en que nos trataba a los dos, y compararla con la forma en que lo hace su madre, se me encoge el pecho.
—Ten paciencia, compañero, que el tiempo pone a todos y a todo en su lugar.
—Eso espero. Y que a mí me ponga lo más lejos posible de ella, de la madre de Alejandro.
Estuvimos charlando un buen rato más, hasta que llegó la hora de comer. Aníbal se llevó las manos a la cabeza cuando vio la cantidad de marisco que había comprado, así como el jamón.
—¿Querías celebrar una comunión en mi jardín y no me has dicho nada? —me preguntó Aníbal, mientras todos reíamos.
—No era mi intención, pero, si conoces a alguien que lo necesite, estoy dispuesto a donarle la mitad del marisco.
—Ah, no, de eso nada. Ese marisco tan fresco y jugoso nos lo vamos a comer nosotros —dijo Celia, con cara de espanto.
Estábamos pasando un día de lo más bonito y tranquilo, con los niños jugando mientras los adultos teníamos conversaciones trascendentales, intentando arreglar el mundo.
Eran pasadas las nueve de la noche cuando recibí una llamada que marcaría mi vida para siempre, así como la de mi hijo.
No era un número conocido ni de nadie que tuviera en la agenda. Era una centralita y, aunque pensé en no contestar porque creí que se trataba de una llamada comercial, algo en mi interior me dijo que lo hiciera. Que contestara.
—Buenas noches, me gustaría hablar con el señor Alberto Montero, por favor.
—Sí, soy yo. ¿Quién llama?
—Soy el agente Velasco, del cuartel de la Guardia Civil de Tráfico, y le llamaba para comunicarle que su esposa ha sufrido un accidente de tráfico hace unas horas.
Os prometo que se me bajó hasta la tensión. No me esperaba aquello, y no me salía ni la voz.
Aníbal, al verme en ese estado de nervios, me quitó el teléfono de las manos y continuó la conversación que yo no había sido capaz de seguir.
—Buenas noches, soy Aníbal Estévez. El señor Montero no puede continuar con esta conversación. ¿Sería tan amable de seguir conmigo?
—Por supuesto. Como le decía, llamaba para comunicarles que su esposa ha sufrido un accidente de tráfico y que se encuentra en el hospital de Málaga.
—¿Está bien?
—No puedo decirle nada más. Será mejor que acudan lo antes posible al hospital.
—Salimos para allá ahora mismo. Gracias por avisarnos.