¿Me entiendes o te hago un esquema? Capítulo 22
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Capítulo 22

Belén

Salí de ese despacho con una mezcla de dolor, rabia y, por qué no, también de odio.

No entendía cómo ese hombre había vuelto con ella, sabiendo la manera de ser que tenía y, sobre todo, que había hecho de fastidiarle la vida a su hijo su principal hobby .

Entré en la sala de profesores, donde estaba Fernando, que, al verme la cara, supo que algo me había sucedido y no dudó en venir a darme su apoyo.

—Lo siento, amigo, pero te acabo de meter en mis problemas.

—Para eso estamos los amigos, ¿no?

—Sí, pero es que también te va a afectar en el trabajo.

—Venga, vamos a sentarnos y me vas contando.

Me senté y, mientras Fernando me preparaba un café, fui ordenándolo todo en mi cabeza, buscando la manera más fácil de soltárselo.

Respiré hondo y empecé a relatarle lo sucedido, para terminar contándole que había tenido que ofrecerle a la directora un intercambio de tutorías ante la insistencia de la madre de Alejandro.

—¿Y eso es todo?

—¿Qué más quieres?

—Yo no quiero nada, pero me habías asustado. Si has hecho eso, tendrás tus motivos.

—Eres el único en quien confío y, puestos a elegir, prefería cambiarme yo antes que cambiar al niño. No sé si me entiendes.

—Por supuesto que te entiendo. Alejandro ha encontrado en esa clase, y en ese amigo, su lugar seguro. Si lo cambian, se va a desestabilizar, y eso sería lo peor que podría pasarle.

—Eso mismo he pensado.

Estábamos hablando de eso cuando llegó Sonia, con la misma sonrisa cargada de maldad que lucía desde hacía un tiempo.

—¿Todavía estás aquí? Yo te hacía recogiendo tus cosas para marcharte.

—¿Por qué tendría que estar haciendo eso? —le preguntó Fernando.

—Porque la mujer de su amante ha venido como si quisiera que rodara su cabeza.

—Para empezar, ni ha sido ni es mi amante. Es un hombre que, cuando empezó algo conmigo, estaba divorciado.

—Eh, eh, conmigo no te pongas gallita, que yo no tengo la culpa de nada. Piensa que es lo normal cuando te metes con una persona comprometida…

—Vete a la mierda, Sonia, y déjame en paz.

—Vamos, será mejor que avisemos a los chicos del cambio —me dijo Fernando, dándome la mano para ayudarme a levantarme.

Salimos de la sala de profesores, y justo cuando estábamos a punto de entrar en la que, hasta ese momento, era mi clase, nos paró Rocío.

—Belén, creo que será mejor que hoy te marches a casa.

—¿Perdona? Rocío, sabes muy bien mi manera de trabajar y no creo que mi vida privada tenga que mezclarse con la profesional.

—Espera, espera, no te lo estoy diciendo porque no vayamos a contar contigo ni nada parecido.

—¿Entonces? ¿Cuál es el motivo? Porque no entiendo nada.

—Te lo he dicho porque te he visto demasiado nerviosa, y tus compañeros te pueden cubrir en el día de hoy, nada más.

—Está bien, pero déjame que antes les diga a los niños el cambio que ha habido, y que hable con Alejandro, se merece una explicación.

—Perfecto, pero no te demores mucho y, por supuesto, que haya otra persona delante, no queremos que esa mujer te acuse de nada más.

—Sí, porque, conociéndola de lo que es capaz, me puedo esperar cualquier cosa de ella.

Entré en la clase y, mientras Fernando les explicaba el cambio de tutor, llamé a Alejandro para que saliera. Rocío estaba presente, pues le pedí que se quedara conmigo y que ella misma fuera testigo de la conversación.

—Belén… ¿Es cierto lo que está diciendo Fernando?

—Sí, cariño, pero no tienes que preocuparte por nada. Él estará pendiente de ti y yo seguiré en el centro. Además, seguiré impartiéndote las mismas dos asignaturas.

—Seguro que ha sido cosa de mi madre. No quiere otra cosa que hacerme daño.

—No te hagas mala sangre, mi niño. Tanto Fernando como yo estaremos aquí para ti.

—Conmigo también puedes contar —le dijo Rocío—. Sin miedo. Puedes decirme todo lo que te atormente. No dudes de que te ayudaré en todo lo que esté en mi mano.

Alejandro no pudo hacer otra cosa que lanzarse a mis brazos, llorando como un bebé. Y lo entendía.

Se supone que una madre está para apoyarte y darte todo el amor del mundo, pero, como dijo mi madre, a Sabrina ese título le venía muy grande. Porque parir, también paren los gatos.

Entre las dos intentamos tranquilizarlo, y medio lo conseguimos. La directora del centro me miró, y con esa mirada me dijo muchas más cosas que con palabras. Asentí con la cabeza para hacerle entender que nos veríamos en su despacho.

En cuanto se tranquilizó y dejó de llorar, lo acompañé de nuevo a su clase y bajé al despacho de la directora, pues sabía que tenía algo que decirme.

Llamé a la puerta, a pesar de que se encontraba abierta, pidiendo permiso para entrar.

—Pasa, Belén, y cierra la puerta, por favor.

—Tú dirás, Rocío.

—Sé que lo que voy a comentarte es delicado, pero creo que sería necesario hablar con el padre de Alejandro. Tengo ciertas sospechas de que este niño está viviendo una situación emocionalmente complicada en casa.

—No termines esa frase, por favor. Y sí, llámalo si crees que debes hacerlo, pero yo le daría un poquito más de tiempo a la situación.

—¿A qué te refieres?

—No sé por qué, pero tengo la impresión de que detrás de la decisión de su padre se esconde algo más profundo.

—¿Cómo vamos a dejarlo a su suerte? En el centro puede estar vigilado por nosotros, pero… ¿y en su casa?

—En su casa tampoco está solo, te lo aseguro. Mi madre lo cuida por las tardes y los fines de semana, y los amigos de su padre, que son como sus tíos, también están pendientes.

—Espero no tener que arrepentirme.

—No lo harás. Vamos a darle unos días, pero sin quitarle el ojo de encima. Si durante ese tiempo el niño presenta otro tipo de síntomas, tomaremos medidas.

—Está bien. Tú los conoces mejor que nadie. Pero, por favor, habla con él a diario. No lo dejes solo.

—No lo haré. Eso jamás ocurrirá.

—Gracias, Belén. Nunca había estado ante un caso tan complicado como este, te lo prometo.

—No tienes que dármelas. Este niño me robó el corazón desde el primer momento en que lo tuve delante, aun sin saber que era el hijo del hombre del que me había enamorado.

Por primera vez lo había verbalizado, y escucharlo de mis propios labios me dolió más de lo que jamás habría imaginado.

Por suerte, ahora venían unos días de puente, y no dudé en buscar una cabañita en la sierra o algo parecido donde perderme y escapar de todo y de todos.

No se lo diría a nadie. Necesitaba estar a solas conmigo misma, reflexionar sobre todo lo que me había sucedido y buscar la manera de recomponerme.

En cuanto llegué a casa, encendí el portátil y me puse a buscar algo. Quería justo lo contrario a lo que tenía: nada de playa ni de pueblo costero. Y lo encontré.

Había un pequeño refugio en un pueblecito de Granada, cerquita de Sierra Nevada. Y, a pesar de que todavía no hacía frío como para que hubiera nieve, sabía que, al abrigo de la montaña, encontraría todo lo que necesitaba.

No me lo pensé y reservé una cabaña para esa misma tarde. No estaba tan lejos y, en un par de horas como mucho, podría salir hacia allí.

Marqué el teléfono de mi madre, que sería la única a la que le daría mi localización, por si me ocurría algo.

—Me pillas hasta arriba de trabajo, Belén. ¿Es importante?

—Será solo un minuto, mamá.

—Pues ve al grano, que tengo a dos pequeños llorando desconsoladamente y mirándome como si yo tuviera el remedio de todos sus males.

—Mamá, me marcho a un pueblecito de Granada el fin de semana. Me voy sola y no quiero que le digas a nadie dónde estoy.

—¿Ha ocurrido algo?

—Ha ocurrido que no puedo más, que necesito pensar y que no me interrumpa nadie.

—Entonces, prepara una mochila y busca tu paz.

—Gracias, mamá. Te quiero.

—Es mi obligación como madre apoyarte, no tienes que dármelas. Yo también te quiero. Ten cuidado con la carretera.

—Lo tendré. Un beso.

—Otro para ti. Y avísame en cuanto llegues.

Corté la llamada y entré en mi habitación. Abrí las puertas del armario, cogí una pequeña maleta y guardé cuatro cosas. Total, tampoco es que me fuera de fiesta. Mi intención era no salir de la cabaña más que para pasear.

Metí la maleta en el coche y arranqué.

Al pasar por el edificio donde vivía Alberto, no pude evitar mirar hacia dentro.

Y allí estaba él.

Mirándome sin saber nada de lo que me ocurría.