Capítulo 21
Alberto
Estaba en mi casa, sentado en la terraza, cuando mi teléfono sonó, y era Sabrina, dando de nuevo por culo, que era su especialidad.
—¿Se puede saber qué coño quieres ahora?
—Estoy en el centro de tu hijo, y necesito que vengas.
—¿Le ha pasado algo a Alejandro?
—No, tranquilo, es algo, digamos que, más administrativo.
—En diez minutos estoy allí.
Me levanté y salí de casa con toda la premura que pude. Algo en mi interior me decía que aquello tenía que ver con Belén y con su trabajo, y por ahí sí que no pensaba pasar.
Entré en el instituto como si me fuera la vida en ello y me di de frente con la chica de conserjería.
—Perdona, he recibido una llamada de la madre de mi hijo. Me ha dicho que estaba aquí y que necesitaban mi presencia.
—¿Es usted Alberto Montero?
—Sí, el mismo.
—Entonces, lo acompaño al despacho de la directora. Lo están esperando.
—Gracias.
Justo cuando nos encaminábamos hacia el despacho de dirección, vi a Belén bajando las escaleras.
—Ana, no te preocupes, ya lo acompaño yo, que también voy para allá.
—Pues no sabes cuánto te lo agradezco, que tengo mil cosas pendientes.
—Tranquila, yo me encargo.
Belén esperó a que estuviéramos solos para cogerme por el brazo y hacer que me frenara en seco.
—Voy a ir directa al grano. Con tu vida, haz lo que te plazca, pero no voy a consentir que tu mujer se salga con lo que pretende.
—No tengo ni idea de lo que me estás diciendo.
—Quiere que aparten a Alejandro de mi clase, donde está su mejor amigo, y amenaza con cambiarlo de centro si no lo hacemos.
—¡Me cago en la puta! ¿Cuándo va a parar de una vez?
—Ni lo sé ni me importa. Pero con el niño, ya te digo yo que no.
—Gracias, Belén. Sé que mi hijo estará bien contigo al lado, y no pienso permitirlo.
—Eso espero, porque pienso mover cielo y tierra para que esa mujer no pueda hacerle más daño. Y créeme, como profesora y psicóloga, sé muy bien por dónde empezar.
Me dejó allí, plantado y volviéndome loco, porque ni su propia madre había defendido a Alejandro como lo había hecho ella.
Respiré hondo y me tranquilicé un poco antes de entrar en el despacho de dirección, donde se encontraba Sabrina, con una superioridad que daba miedo.
—Buenos días. Soy Alberto Montero, el padre de Alejandro. ¿Qué ocurre con mi hijo?
—Amor, no ocurre nada. Tan solo he solicitado a dirección que cambien al niño de tutora, porque no me parece aceptable que la amante de su padre sea también su tutora.
—No seas cínica, Sabrina. Cuando Belén y yo estuvimos juntos, tú y yo ya estábamos divorciados.
—Bueno, fuera como fuese, no es lógico. Además, podría tomar represalias y pagar con el niño lo que ha pasado entre vosotros.
—Eso no va a pasar, señora. No todas pagamos nuestras frustraciones amorosas con los niños —le dijo Belén, y sonreí por dentro.
—Señor Montero, su señora nos dice que, si no cambiamos al niño de clase, lo cambiará de centro. Queremos saber su opinión.
—El niño no se mueve. Ni de clase ni de centro. En esa clase están sus amigos.
—Bueno, pues entonces que cambien a la profesora…
—Señora, no podemos mover a todos los profesores por un capricho —le dijo la directora.
—Si no es así, pienso ir a Educación. Moveré todo lo que sea necesario para conseguirlo.
Belén me miró con dolor, pero también con rabia, y eso fue lo que más me dolió. Con esa mirada me estaba diciendo que no sabía luchar por lo que era mejor para mi hijo, cuando no tenía ni idea de que estaba atado de pies y manos.
—Rocío, vamos a hacer una cosa —dijo Belén—. Cambia mi tutoría con la de Fernando. Sé que a él no le importará. Eso sí, no pienso renunciar a dar mis clases en ese curso.
—Me parece algo justo —dijo Sabrina—. Al menos no tendremos que verle la cara cuando tengamos que pedir una tutoría.
—Está bien, hagamos eso entonces —respondió Rocío—. ¿Tú se lo comunicas a tu compañero?
—Sí, no te preocupes. Ahora mismo hablo con él.
Sabía por qué lo había hecho, y se lo agradecía en el alma, aunque no se lo pudiera decir directamente.
Belén había elegido a Fernando porque era el único que lo conocía bien, al igual que ella, y porque sabía que estaría pendiente de él, que, si mi hijo mostraba cualquier cambio, por insignificante que fuera, él lo iba a notar.
Salió de ese despacho sin decirme ni adiós, pero no pude evitar que mi mirada se fuera detrás de ella, hasta que ya no pude alcanzarla con mi vista.
—Disimula un poco, haz el favor, que no pienso quedar como una cornuda en el colegio.
—Lo que yo haga o deje de hacer no es de tu incumbencia.
—Por supuesto que me atañe, ¿acaso no eres mi marido?
—Soy tu exmarido, que no se te olvide.
—Ay, querido, si no fueras tan sensible, nada de esto estaría pasando. Si fueras tan frío como lo soy yo con ese niño, la podrías tener en tu vida y en tu cama, pero, el que algo quiere, algo le cuesta.
—Eres la persona más mala que he tenido la maldición de conocer.
—Eso, para mí, es un honor, cariño.
Salí del centro, solo, sin esperarla, porque el simple hecho de estar en la misma habitación que ella me daba asco.
Ahora sí que tenía claro que debía buscar un laboratorio, y que me tuviera los resultados lo antes posible.
El destino hizo que me cruzara con un anuncio en una marquesina de autobús, y no me lo pensé, paré un taxi y le di la dirección de ese laboratorio.
Esa misma mañana, y sin que nadie se diera cuenta, le dije a mi hijo que tenía algo enganchado en el pelo. Le retiré con cuidado un par de cabellos, asegurándome de que tuvieran raíz.
Con mucho disimulo, los guardé en una bolsita pequeña y la metí en el bolsillo, con la intención de repetir las pruebas de ADN. Y, mira por dónde, ahora iba a conseguirlo.
—Buenas tardes. Venía a informarme para hacer una prueba de ADN.
—Buenas tardes. ¿Podrían venir los dos donantes o solo uno?
—Solo yo. Del otro donante traigo una muestra de cabello con raíz. ¿Bastaría con eso?
—Será mejor que lo atienda el doctor. Él se encargará de resolver todas sus dudas. Deme un segundo, lo aviso y enseguida lo atiende.
—Perfecto, muchas gracias.
Unos minutos después salía del centro médico con las muestras entregadas, tanto la de Alejandro como la mía.
El doctor me dijo que tendría que esperar unos diez días para tener los resultados, pero me daba igual. Lo importante era tener la verdad.
Tenía que hablar con mis amigos, y contarles lo que había hecho, por lo que, en vez de volver a mi casa, encaminé mis pasos hasta el hospital, donde ambos estaban trabajando.
—¿Tienes turno ahora? No puede ser, si acabas de salir de una guardia larga —me dijo Juanjo, en cuanto me vieron llegar.
—No. Vengo a hablar con Camilo y contigo. ¿Tenéis un ratito para tomar un café?
—Por supuesto, déjame que avise a nuestro amigo y ahora mismo nos vamos a la cafetería.
—Sí, por favor, os necesito más que nunca.
Juanjo llamó a Camilo por el interfono de la consulta, y no tardó ni dos minutos en llegar hasta los ascensores, que era donde habíamos quedado.
—Por la cara que traes, deduzco que Sabrina ha vuelto a hacer una de las suyas.
—Ni que lo digas, pero Belén se ha encargado de minimizar los daños.
—¿Le has contado ya toda la verdad?
—No, pero he hecho algo mejor. Acabo de entregar las muestras para las pruebas de ADN.
—Joder, eso sí que me ha sorprendido. Espero que ella no te haya seguido y no pueda manipularlo.
—Te aseguro que no…
Les conté a mis amigos lo que había intentado hacer Sabrina, y se quedaron completamente sorprendidos. Sabían que era mala, pero no hasta el punto de querer aislar también al niño.
—Es una hija de puta de marca registrada, te lo aseguro —dijo Camilo.
—Sí, pero el karma está ahí, y no se queda con nada de nadie.
—Yo no sé si será el karma o qué coño será, pero lo único que quiero es que todo termine y la pueda perder de vista de una vez por todas.
—¿Qué vas a hacer después con respecto a Belén?
—Joderme. Porque, después de lo que le he hecho, no va a querer verme ni en pintura.