¿Me entiendes o te hago un esquema? Capítulo 20
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Capítulo 20

Belén

Me dolió muchísimo que Alberto hubiera tomado aquella decisión. Y no solo por lo nuestro, que también, sino por lo que podía afectar a la vida del niño.

Por suerte, mi madre tuvo los ovarios de decirle que ella no se iba a apartar de Alejandro y, en cuanto salieron de mi casa, no dudó en hablar conmigo.

—Belén, sé que te puede doler todo lo que ha hecho Alberto, pero creo que no lo ha hecho porque haya querido.

—Mamá, es un hombre de casi cuarenta años. No creo que sea tan inmaduro como para dejarse llevar por los demás.

—No me refiero a eso, y te entiendo. Lo que digo es que esa mujer debe de estar extorsionándolo con algo.

—Deja de ver tantas películas de Antena 3 los sábados por la tarde, mamá, que estamos en Málaga, no en Las Vegas.

—Yo solo te pido que estés pendiente del niño en horario escolar. Fuera de él, ya me ocuparé yo.

—Eso no tienes que pedírmelo, mamá. Es parte de mi trabajo. Eso sí, una vez que salga por la puerta del instituto, no pienso acercarme a él.

—Y estás en todo tu derecho. No seré yo quien te lo pida, ni mucho menos. Tú también tienes un corazón y, aunque intentes demostrar que lo que ha pasado no te importa, ese hombre te lo ha destrozado.

—Voy a ver el lado positivo: menos mal que ha sido ahora y no dentro de un año o dos, cuando ya estuviera completamente enamorada de él.

—No te engañes, mi niña. Ya estás completamente enamorada de ese hombre.

Las palabras de mi madre me hicieron pensar en ello, y tenía razón, pero iba a conseguir olvidarme de él, así me fuera la vida en ello.

Menos mal que contaba con las chicas y con Fernando, que serían mi bastón de apoyo durante todos estos días.

Todavía no me había derrumbado, y eso era lo peor, porque, cuando lo hiciera, ya no sabría cómo parar.

Salí de mi casa a la vez que mi madre, pero como íbamos en direcciones opuestas, me despedí de ella en la puerta.

—Si esa mujer te dice o te hace algo, no dudes en plantarle cara, por favor.

—Uy, si yo voy con la escopeta cargada. Deseando estoy de que se atreva a decirme algo.

Se me dibujó una sonrisa al escuchar la risa de mi madre. La conocía bien y sabía que le iba a hacer la vida imposible a esa mujer, y que no iba a parar hasta que supiera la verdad de todo lo que estaba sucediendo.

A mí, realmente, me daba igual, porque, tal y como le había dicho a mi madre, Alberto era lo suficientemente mayorcito como para saber lo que quería y lo que hacía.

En cuanto llegué al centro, me encontré con Alejandro, que no dudó en abrazarme y ponerse a llorar.

—Ven conmigo, que no quiero que tus compañeros te vean así.

Lo cogí de la mano y me lo llevé hasta la sala de profesores, donde todavía no había nadie. Me senté con él y esperé a que respirara un poco.

—¿Por qué estás así, Alejandro? ¿No te alegras de que volváis a estar los tres juntos?

—No. No me alegro, porque sé que mi padre no será feliz. Y yo tampoco.

—Pero es una decisión que han tomado tus padres, y debes aceptarla y respetarla.

—Eso sería si mi padre lo hubiera decidido libremente. Pero sé que lo ha hecho para que no me aparten de él, para que mi madre no se salga con la suya.

—Eso no puede ser, cariño. Una persona no puede construir una relación sobre algo así, porque estaría condenada al fracaso.

—Y eso es lo que va a pasar. Mi madre volverá a hacerle daño a mi padre y, cuando discuta con ella, volverá a culparme a mí.

—No pienses eso. Ten en cuenta que las personas también podemos equivocarnos, y quizá tu madre se haya dado cuenta de que realmente quiere vivir con vosotros.

—Ojalá tuvieras razón, pero lo dudo mucho.

—Quiero que sepas que yo siempre estaré aquí para todo lo que necesites. Y que, si algún día tu madre te dice o te hace algo que no te guste y, por el motivo que sea, no quieres contárselo a tu padre, puedes contármelo a mí.

—Gracias, Belén. Estoy seguro de que mi padre se va a arrepentir de haberte dejado ir. Contigo lo he visto ser feliz de nuevo.

No pude evitar que dos lágrimas cayeran por mis mejillas, pero las limpié rápidamente para que el niño no se diera cuenta.

Justo cuando salía por la puerta de la sala de profesores, entraba por ella Sonia, con esa sonrisa cínica que tanto le caracterizaba.

—Veo que ya has elegido al preferido de este año.

—No tiene nada que ver con preferencias, no seas idiota.

—Claro que sí, tan solo que tus preferencias no son por el niño, sino por el padre. Aunque, también te digo, que está para mojar pan.

—Mira, Sonia, no sé cómo te has enterado, pero no tengo ganas ni fuerzas de discutir contigo, porque como me sulfure, acabaré diciendo cosas de las que me arrepienta.

—Es muy sencillo, la madre del niño está abajo, hablando con Rocío, la directora, sobre ti y el niño.

—¿Perdona? ¿Qué has dicho?

—Sí, exactamente lo que has oído. Si yo fuera tú, bajaba y me enteraba, porque me parece que tu puesto de trabajo puede estar en juego.

Sabía que eso no iba a pasar, entre otras cosas porque llevaba muchos años allí, trabajando, y todos mis compañeros sabían cómo era y la manera en la que me tomaba mi trabajo.

Pero no me iba a quedar de brazos cruzados, viendo cómo esa mujer intentaba aislar a su hijo y apartarlo de sus amigos, por eso, me bebí las escaleras hasta llegar al despacho de Rocío.

—Rocío, me parece que yo también tengo algo que decir en todo este asunto.

—Pensaba llamarte ahora mismo para conocer tu versión.

—No sé lo que habrá contado esta mujer, pero no pienso consentir que el niño se quede aislado. Eso es lo que está buscando.

—Yo solo he contado la verdad: que has aprovechado que mi marido y yo pasábamos por una crisis para acostarte con él y poner a mi hijo en mi contra —me dijo Sabrina.

Os juro que tuve que contar hasta mil para no cogerla por los pelos y arrastrarla por todo el despacho. Respiré hondo y me dispuse a contestarle.

—Sabes que eso no es cierto, pero no voy a discutir contigo. Como tampoco voy a consentir que te salgas con la tuya.

—Aquí hay dos opciones: o el niño cambia de tutora o yo lo cambio de colegio.

—Señora —intervino Rocío—, las decisiones sobre cambios de tutoría o de centro no se toman así, ni en mitad de una acusación personal. Vamos a escuchar a todas las partes y después actuaremos según corresponda.

—Mientras el divorcio no se anule, la custodia la tiene su padre —añadí—. Será él quien determine qué hacer.

—Mi compañera tiene razón —dijo Rocío—. Esta no es una decisión unilateral. Por eso voy a llamar a su padre, para que venga y nos aclare su posición.

—Mi marido me va a apoyar. Eso lo tengo claro.

—Entonces, si tan segura estás, no tendrás ningún inconveniente en que mi compañera lo llame.

—Por supuesto que no. Es más, yo misma lo llamaré.

—Pero pon el altavoz del móvil, que no confío en ti.

Rocío me miró asombrada, y le hice un gesto para darle a entender que luego se lo explicaría.

—¿Se puede saber qué coño quieres ahora?

—Estoy en el centro de tu hijo, y necesito que vengas.

—¿Le ha pasado algo a Alejandro?

—No, tranquilo, es algo, digamos que, más administrativo.

—En diez minutos estoy allí.

Cortó la llamada y nos miró de manera desafiante, como si ella tuviera la verdad más absoluta, y os prometo que sentí un asco impresionante.

Tenía que volver a clase o, al menos, a decirle a cualquiera de mis compañeros que no tuvieran clases en ese momento, que me cubriera, y por eso, abandoné el despacho para subir de nuevo a mi clase.

—Laura, necesito que me cubras en la primera hora, ¿puedes?

—Claro que puedo, pero necesito que me cuentes todo, en cuanto vuelvas.

—No te preocupes, que lo haré, pero no puedo entretenerme ahora mucho más.

—Ve tranquila, que yo me ocupo.