Capítulo 19
Alberto
—¿Qué piensas hacer? —me preguntó Camilo.
—Estoy atado de pies y manos. O vuelvo con ella o la vida de Alejandro se convertirá en un infierno.
—¿Confías en ese documento que te ha mostrado?
—Es de uno de los laboratorios más prestigiosos de la capital. No creo que sea falso.
—No digo que lo sea, ni que los análisis sean mentira. Lo que digo es que ha podido manipularlos.
—Joder, me voy a volver loco.
—No lo hagas. Tu hijo te necesita.
—Me da miedo pedirle que repita las pruebas. Si va al juzgado y presenta ese documento mientras nosotros intentamos averiguar si está manipulado o no, podría intentar llevarse al niño del país. Y entonces sí que no volvería a verlo.
—Tengo una idea. Hazle creer que estás de acuerdo con lo que te pide. Mientras tanto, puedes repetir las pruebas sin que ella se dé cuenta.
—Como si no me estuviera vigilando…
—A ti sí, pero a Belén y a Marga, no.
—Joder, ¿qué le digo a Belén?
—La verdad.
—No puedo. No después de lo que Sabrina le dijo en el centro comercial. Si ahora le digo que voy a volver con ella porque me está extorsionando, pensará que estoy usando la misma excusa que me advirtió que no creyera.
Mis amigos no sabían nada de ese episodio del centro comercial, por lo que me dispuse a contarle todo lo que había sucedido desde ayer por la tarde.
—Ahora estoy seguro de que esas fotos me las envió ella.
—Pero no lo hizo desde su teléfono. Debe tener aquí a alguien que la está ayudando, lo tengo claro.
—Sí, me dijo que me había estado investigando antes de venir.
—Eso tiene todo el sentido, pero no creo que ningún detective se haya prestado a eso.
—¿Qué quieres decir?
—Pues que tiene que haber alguien, una persona que le tenga ganas a Belén por algún motivo, y que se haya prestado a esto.
—No creo que Belén tenga ningún enemigo, la verdad.
—¿Y si vamos y hablamos con ella?
—No puedo, no quiero que mi hijo me vea en este estado y decirle que venga tampoco es una opción, no quiero que Sabrina tenga más munición contra mí.
—Entonces, ¿te vas a quedar de brazos cruzados?
—¿No ves que no puedo hacer otra cosa?
—No te tenía por un cobarde, Alberto, pero creo que me he equivocado contigo —dijo Juanjo.
—Yo tampoco. Y te diré una cosa: si no piensas luchar por tu felicidad, si prefieres dejar que esa mujer se salga con la suya, no cuentes conmigo para aplaudirlo —sentenció Camilo.
No dije una sola palabra. No podía articularla. El silencio de mis amigos fue peor que cualquier reproche.
Se levantaron de mi sofá y salieron por la terraza, cada uno hacia su casa, dejándome allí solo y sin saber qué coño hacer.
Me levanté del sofá y empecé a dar vueltas por toda la habitación, como un león enjaulado.
Sabía que no dormiría aquella noche, así que, como había descubierto que el sonido del mar me calmaba, salí a la terraza y me senté en una de las hamacas a contemplarlo.
No sé en qué momento me quedé dormido, pero, cuando abrí los ojos, estaba amaneciendo.
Miré el reloj. Eran las siete menos cuarto. Me levanté, entré a darme una ducha y me cambié de ropa para ir a recoger a mi hijo y cumplir mi promesa.
Temía el momento de tener a Belén delante, porque tenía que decirle que lo nuestro se había terminado.
Tenía que ser así. Al menos hasta saber si Alejandro era mi hijo biológico, hasta poder demostrar que Sabrina estaba mintiendo y que no era buena para él.
No sabía cuánto tardaría en conseguirlo, así que decidí que no le contaría la verdad.
Le diría que Sabrina y yo habíamos hablado y que habíamos decidido darnos una nueva oportunidad por Alejandro, por la familia que supuestamente merecía. Esperaba que me creyera, porque, de lo contrario, no sabría cómo sostener aquella mentira.
No era justo para ella. Lo sabía. Pero si Sabrina había sido capaz de acercarse a Alejandro en plena calle, también sería capaz de ir a por Belén. Y yo no podía permitir que nadie más acabara en medio de aquella guerra.
Salí de casa sin volver a ver a mis amigos. Tenía hoy y mañana libres en el hospital, mientras ellos tenían una guardia de doce horas, así que no estarían por allí hasta la noche.
No pensaba dejar que Sabrina se saliera con la suya, pero eso no significaba que pudiera seguir con mi vida como hasta ahora. Mis amigos tenían que entenderlo.
Ese mismo día tomaría una muestra de ADN de mi hijo y la guardaría hasta que pudiera ir a un laboratorio para que también me tomaran una muestra a mí.
Sabía que lo tendría complicado, pero también sabía que podría contar con mis amigos. No me dejarían solo en ningún momento.
Lo que más me dolía era Belén. Todavía no habíamos empezado y ya tenía que ponerle punto final.
También estaba Marga. Tendría que decirle que no viniera más, porque no quería que acabara atrapada en la guerra entre mi exmujer y yo.
Fui dando un paseo hasta casa de Marga, que estaba a dos manzanas de la mía, y llamé al telefonillo. Me respondió Belén.
Escuchar su voz me hizo un daño que no esperaba. Y todavía no la tenía delante. Cuando la tuviera, no sabía cómo iba a resistirme.
—Buenos días. ¿Está mi hijo listo?
—Buenos días, pasa. Está terminando de vestirse.
—Belén, antes de que venga Alejandro, me gustaría hablar contigo.
—No me digas nada, ya lo sé. Te ha convencido para que volváis, y has dicho que sí.
—No exactamente eso, pero sí, vamos a darnos otra oportunidad, por Alejandro, por la familia que se merece.
—Alejandro se merece una madre que lo quiera con toda su alma, pero no seré yo la que te diga lo que tienes que hacer.
—Buenos días, Alberto. ¿Qué tal ha ido todo? —me dijo Marga, que acababa de llegar al salón.
—Buenos días, Marga. Bueno, no ha ido tan mal como se podría esperar. Contigo también quería hablar…
—No, lo siento, pero no. Con tu vida puedes hacer lo que quieras, pero no pienso permitir que nada ni nadie le haga daño al niño.
—Es su madre, no se lo va a hacer.
—No, no te confundas. Parir, paren los gatos. Pienso seguir atendiendo al niño todas las tardes, y me da igual que tú estés trabajando o no. En cuanto el niño salga del instituto, ahí estaré.
—No te pienso pagar un céntimo —le dije, para ver si así lograba que desistiera de su idea.
—¿Crees que el dinero es un problema para mí? ¿Realmente piensas que me hace falta? No me hagas reír, por favor.
—Entonces, ¿por qué te hiciste cargo de mi hijo?
—Porque vi una tristeza en sus ojos que me llegó al alma. Porque ese niño había pasado más dolor del que ningún niño merece. Y porque necesita todo el amor que yo le pueda dar.
Marga me dejó sin palabras, y tuve que agachar la cabeza, sobre todo cuando vi que mi hijo salía al salón y se abrazaba a ella como si la necesitara más que a nadie en el mundo.
Comprendí en ese momento que tendría que demostrar la verdad cuanto antes, porque lo que estaba en juego era la salud mental de mi hijo.
Salí de allí con la cabeza baja, sin saber cómo decirle a mi hijo que su madre volvería a vivir con nosotros. Pero mi hijo no era tonto y se había dado cuenta de lo que sucedía.
—Te ha convencido para que dejes a Belén y vuelvas con ella —me dijo, después de que pidiéramos al camarero dos desayunos completos.
—No me ha convencido de nada. Además, entre Belén y yo no había nada serio.
—Sí que lo había, papá. Yo sabía que había una mujer en tu vida, aunque no supe que era mi tutora hasta ayer, cuando viste que Fernando estaba con ella.
—No es eso. No lo entenderías aunque te lo explicara.
—¿Sabes lo único que entiendo? Que el tiempo que has estado con ella has vuelto a sonreír. Que desde que mi madre no estaba con nosotros habías vuelto a ser el mismo de antes, y ahora ya no.
—Te prometo que todo tiene una explicación, pero ahora no puedo decírtela. De verdad.
—Acabas de incumplir una promesa, papá. Me prometiste que no dejarías que mi madre se acercara a mí. Que no permitirías que me hiciera más daño. Y vas a dejar que vuelva a vivir con nosotros.
Mi hijo se bebió el último trago de zumo que le quedaba en el vaso y se levantó para entrar en el instituto.
No me dio el beso que me daba a diario. Ni siquiera me deseó que tuviera un buen día.
Y el mundo se me vino abajo.
Me levanté y caminé hasta la playa, donde me senté en la arena y dejé salir todo lo que me estaba ahogando. Lo hice en forma de lágrimas.
Me sentía solo y perdido, sin saber qué hacer, porque hiciera lo que hiciera, quien salía perdiendo era mi hijo. Y ahora, además, ya no confiaba en mí.
Cuando terminé de desahogarme, saqué el teléfono y llamé a Sabrina. ¿Para qué esperar más si el final iba a ser el mismo? Cuanto antes estuviera resuelto, mejor.
—Sabía que me llamarías pronto. ¿Qué has decidido?
—Te sales con la tuya. Vuelves a casa, pero con una condición.
—¿Cuál? Porque te recuerdo que no estás en situación de exigir nada.
—Marga se ocupa del niño desde que salga del instituto y también los fines de semana.
—Ni que eso fuera un problema para mí. Más bien es un alivio.
Ahí entendí que, para ella, Alejandro no era un hijo. Era una moneda de cambio. Un arma para usar contra mí.