Capítulo 18
Alberto
Me quedé allí sentado, completamente desconcertado, junto a Marga, que tampoco parecía estar mucho mejor que yo.
No me podía creer que Sabrina hubiera aparecido de nuevo, y mucho menos de aquella manera.
Quería tenerla frente a frente para que me dijera qué era lo que estaba planeando, pero sabía que no me diría una sola palabra.
Ella, antes de hablar o pedir algo, tenía todo atado de manera que contara con un motivo para extorsionar a la persona y conseguir lo que quería, y eso me daba mucho miedo.
Cogí aire y me dispuse a preguntarle a Marga qué había pasado. No para culparla, ni mucho menos, sino para saber a qué atenerme.
—¿Me puedes contar lo que ha pasado, con detalle, por favor?
—Claro que puedo, pero ha sido todo tan rápido, que no entiendo qué le ha podido decir para ponerlo así en menos de un minuto.
—Te aseguro que su madre sabe dónde dar para que duela.
Marga me contó que estaban sentados, disfrutando de ese helado y que, una vez que habían terminado, Alejandro le pidió permiso para ir hasta donde estaba Marcelo, que acababa de llegar junto a su padre.
—Te prometo que no le quité el ojo de encima y que, en el momento en el que vi que esa mujer se le acercaba, me levanté y fui hasta donde estaban.
—No tienes que justificarte, Marga, sé cómo eres.
—Ojalá no me hubiera llevado al niño a la calle, no la habría visto.
—Ten por seguro que, si no hubiera sido hoy, habría sido cualquier otro día, pero que hubiera llegado hasta él, no lo dudes.
—Solo me dio tiempo a preguntarle quién era, pero ella no me contestó, se dio la vuelta y se marchó por donde había venido, dejando al niño en este estado.
—Dios quiera que Belén sea capaz de sacarle lo que le ha dicho, porque, de lo contrario, como se lo trague, tendremos un problema.
—Aparte de ser profesora de secundaria, también es psicóloga. No ejerce como tal, pero tiene formación de sobra para saber cómo acercarse a un niño cuando está bloqueado.
—¿Me lo dices en serio?
—Completamente, se sacó las dos carreras a la vez. Ahí donde la estás viendo, tiene una cabecita privilegiada, porque no le costó ningún trabajo hacerlo.
—Me dejas completamente asombrado, Marga.
—No lo dudo, mi hija tiene ese efecto en los demás, el de sorprender, tanto por su forma de ser como por su trayectoria académica.
No me lo esperaba, os lo prometo. Si yo había estudiado una carrera de lo más complicada, sacar dos a la vez, y de esa envergadura, era algo que no podía hacer cualquiera.
Vi llegar a mi hijo con ella, venía mucho más relajado, e incluso se reía de algo que le había dicho ella.
—Antes de que os cuente lo que le ha dicho su madre, será mejor que nos pidamos un refresquito o algo, que mi niño debe tener la boca seca —nos dijo Belén, con una sonrisa, mientras me lanzaba una mirada tranquila, como pidiéndome que confiara.
—Eso está hecho. ¿Qué os apetece? —pregunté.
—Papá, yo quiero un refresco de limón.
—Nosotras dos, uno de cola sin azúcar.
—Pues ahora mismo aviso al camarero.
Le hice un gesto al camarero, que no tardó ni un segundo en llegar hasta nosotros, tomando nota de la comanda.
Esperamos en silencio hasta que nos trajeron las bebidas y me fijé en que mi hijo sostenía la mano de Belén como si fuera el único salvavidas al que podía agarrarse.
—Alejandro, creo que ha llegado el momento de que le cuentes a tu padre lo que te ha dicho tu madre.
—¿Estás segura, Belén? No quiero hacerle daño, no me gusta ver a mi padre triste…
—Cariño, te aseguro que no me pondré triste, pero, si no me lo dices, si no me entero, no podré anticiparme a lo que tu madre tenga planeado.
—Está bien, pero no dejes que lo consiga, por favor. Haz lo que tengas que hacer, pero no se lo permitas.
—Te lo prometo, y sabes que yo no incumplo mis promesas.
—Mi madre me dijo que…
Vi cómo mi hijo empezaba a ponerse nervioso de nuevo y cómo Belén volvía a cogerlo de la mano para darle la tranquilidad que necesitaba.
—Alejandro, no tengas miedo —le dijo—. Cuéntalo tal y como lo has hecho conmigo hace un ratito.
Mi hijo cogió aire antes de contarme que su madre se había acercado a él por sorpresa y que, una vez a su lado, le había dicho que había venido para quedarse.
—Papá, me dijo que, si tú no volvías con ella, si no la ayudaba a que tú la quisieras de nuevo, como la familia que éramos, ella se encargaría de llevarme con ella.
—No puede pretender eso. No ahora que empiezo a ser feliz.
—Eso no fue todo. Me dijo que más me valía implicarme en conseguirlo, porque, si ella no te tenía a ti, yo tampoco te tendría. Que me enviaría a un internado y no saldría de allí nada más que cuando ella quisiera.
—Hija de puta… —murmuré.
Jamás quise hablarle mal a mi hijo de su madre, la justifiqué todo lo que pude, pero no iba a permitirle ni una más.
—Alberto, modera tus palabras delante del niño, eso tampoco lo ayuda nada.
—Lo sé, y te pido disculpas, pero es que no puedo concebir tanta maldad ni un corazón tan podrido en una sola persona.
—Creo que deberías hablar con ella, a solas, sin que Alejandro esté presente, y dejarle las cosas claras.
—Y lo pienso hacer. Marga, ¿te puedo pedir un favor?
—El que sea, Alberto, ya sabes que estoy aquí para ayudaros en todo lo que pueda.
—¿Podrías quedarte con Alejandro en tu casa? Quiero quedar con su madre, tenemos mucho de qué hablar, y no sé a qué hora terminaré.
—No te preocupes por eso, que yo me quedo con él. Alejandro, ¿estás de acuerdo?
—Sí que lo estoy, pero quiero verte mañana antes de irme al instituto.
—Dalo por hecho, vendré a primera hora y desayunaremos juntos.
Dejé a mi hijo con Belén y con su madre, sabía que estaría bien con ellas, pero no podía evitar tener un nudo en el estómago por la incertidumbre de no saber lo que me iba a encontrar cuando tuviera a Sabrina cara a cara.
Cuando me alejé lo suficiente, y sabiendo que ella no andaría muy lejos de la zona, saqué mi teléfono y marqué su número.
—Sabía que me llamarías, lo que no esperaba es que fuera tan pronto.
—No quiero dar rodeos. Te espero en una hora en mi casa, de la que no dudo que sabes la ubicación.
—Por supuesto que lo sé, cariño. He investigado antes de venir, ya te dije que lo sabía todo.
No quise seguir hablando con ella, porque sabía que terminaría enfadado y no me convenía eso.
Tenía que templar los nervios, no demostrarle el miedo que me daba, porque era capaz de cualquier cosa con tal de salirse con la suya.
Subí a mi casa y avisé a mis amigos para que estuvieran pendientes. No quería que Sabrina pudiera acusarme de algo que no había hecho.
—No me lo puedo creer. ¿Esa mujer no se va a cansar nunca de haceros daño? —dijo Camilo, enfadado.
—Al parecer, no. Pero no pienso dejar que se salga con la suya.
—Eso espero. Ni tú ni el niño os lo merecéis. Aquí estáis tranquilos, estáis felices y tú, por fin, has vuelto a ilusionarte con alguien.
—No sé si será amor o no, pero sí sé que me siento muy bien con ella. Me gusta mucho, y no solo físicamente.
—Estaremos a tu lado. ¿Necesitas que nos quedemos?
—No. Quiero hablar con ella a solas, pero, si veis que me altero, por favor, entrad. Dejaré la terraza abierta.
—Nos sentaremos justo ahí, en la esquina, de manera que podamos ver y oír todo sin que ella se dé cuenta.
—Gracias, amigos. No sé qué haría sin vosotros, de verdad.
En cuanto sonó el telefonillo, Juanjo y Camilo salieron de mi casa y se colocaron justo donde me habían dicho.
Esperé a Sabrina en la puerta. Salió del ascensor como si fuera una diva, como si el mundo entero tuviera que ponerse a sus pies en cuanto ella aparecía.
—Es bonita la casa, aunque lo que no me gusta es que tendremos a tus amigos como vecinos.
—¿Tendremos? No te equivoques. En todo caso, serán vecinos míos y de Alejandro, porque tú no vas a volver a poner un pie en esta casa.
—Por supuesto que lo haré, o me llevaré a Alejandro y no volverás a verlo en tu puta vida.
—¿De verdad piensas que te lo voy a permitir? No seas ridícula, por favor.
—Si alguien aquí es ridículo, ese eres tú, que llevas doce años criando a un niño que no es tu hijo.
Os prometo que sentí cómo se me bajaba la tensión al escuchar aquello.
¿Cómo que Alejandro no era mi hijo? ¿De dónde demonios se había sacado eso?
—Eso que estás diciendo no es cierto.
—Oh, claro que lo es. Y aquí traigo las pruebas.
Sabrina sacó un sobre del bolso. Era de un laboratorio de ADN de Madrid, y me lo entregó.
Lo miré como quien mira una bomba de relojería, mientras ella me observaba con una sonrisa tan cargada de maldad que no sabía si abrirlo o no.
Finalmente, me decidí a hacerlo.
Y os juro que tuve que sentarme.
El informe decía claramente que Alejandro y yo no éramos padre e hijo.
—¿De dónde has sacado esto? Y, lo más importante, ¿por qué no me lo has dicho hasta ahora?
—Ay, Alberto, hijo, todavía me pregunto cómo es que eres tan bueno en tu trabajo cuando eres tan cortito.
—Desde luego que lo soy, porque hay que ser muy imbécil para no haber visto cómo eras en realidad.
—Mandé hacer las pruebas antes de irme a Berlín, porque tenía dudas de si era hijo tuyo o de mi compañero de trabajo. Cuando descubrí que era de Alejo, pensé que, si te lo decía, iba a tener que cargar con él, y por eso me callé.
—¿Por qué no te has callado para siempre?
—Porque Alejo me ha dejado plantada y, como es el hijo del dueño de la empresa, también he perdido el trabajo. No pienso quedarme de brazos cruzados.
—¿Qué es lo que pretendes, Sabrina?
—La cosa es muy sencilla, Alberto. O vuelvo a casa y seguimos jugando a la familia feliz, o voy al juzgado, demuestro que Alejandro no es tu hijo y me lo llevo fuera del país.
—No serías capaz de hacer eso. Tú no quieres cargar con un niño de doce años…
—Ni de doce ni de ninguna otra edad. Y precisamente por eso no pienso hacerlo. Lo tengo todo planeado: lo enviaré a un internado del que no saldrá hasta que cumpla los dieciocho, y te odiará por haberlo permitido.
—¿Por qué eres tan mala, Sabrina?
—No soy mala. Mi lema es la supervivencia. Quiero algo y lucho por tenerlo. Pero, como veo que todavía estás confundido, tienes hasta el viernes para contestarme.
Se levantó y salió de mi casa con la misma arrogancia y prepotencia con la que había llegado. Me dejó sentado en el sofá, sin poder articular palabra, esperando a que entraran mis amigos, que lo habían oído todo.
—No se puede ser más hija de puta que ella —dijo Juanjo.
—No puedo permitir que separe a mi hijo de mi lado. Por mucho que ese papel diga que no lo es.