¿Me entiendes o te hago un esquema? Capítulo 17
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Capítulo 17

Belén

Vi a mi madre coger el bolso, agarrar a Alejandro del brazo y salir con él entre risas, como si nada fuera con ellos. Como si los que nos quedábamos dentro no tuviéramos una crisis entre manos.

Cada día me maravillaba más la capacidad de adaptación que tenían los niños ante los problemas de los adultos.

Estaba completamente segura de que Alejandro pensaba que tampoco era para tanto, que los mayores siempre lo hacíamos todo más complicado de lo que era.

—Bueno, ya estamos los tres a solas, ya podemos hablar tranquilos —dije, en especial para Alberto.

—¿Piensas dejar que él se quede? —me preguntó Alberto, hablando con desprecio sobre Fernando.

—Por supuesto que se va a quedar. Entre otras cosas, porque es una persona muy importante en mi vida, y quien no sea capaz de aceptarlo tiene muchas papeletas de salir también de ella.

—Belén, me parece que te estás pasando con esos comentarios —me dijo Fernando, que lo que quería era que arregláramos todo entre nosotros.

—¿Acaso tú no dirías lo mismo por mí?

—No lo dudes, pero lo que quiero es que aclaréis las cosas y, si me tengo que marchar para que eso suceda, no tendré ningún problema en hacerlo.

—Por eso mismo, porque deseo que se aclare todo, no quiero que te marches.

—Está bien, que se quede, así me podéis dar los dos las explicaciones que necesito —admitió Alberto.

—Te recuerdo que las explicaciones las tenemos que dar los dos y, para mi parte, también tiene que estar Fernando presente, pues él ha sido testigo de mi encuentro.

—¿De qué encuentro estás hablando?

—Del que he tenido esta tarde con tu exmujer. O con tu mujer, porque ya no sé qué pensar.

—¿Con mi exmujer? Me parece que te estás equivocando, entre otras cosas porque ella está en Berlín…

—¿Han puesto una calle en Málaga que se llame así? Porque te aseguro que un holograma no ha sido.

—No entiendo nada. Es cierto que esta mañana me llamó, poco antes de hablar contigo, para decirme que quería ver al niño y que echaba de menos a su familia, pero se supone que no llega hasta el fin de semana que viene.

—Pues lo siento por ti, porque se ha adelantado. Y, según ella, tú estás de acuerdo en intentarlo otra vez y estáis a una firma de anular el divorcio.

—Te juro por mi vida que eso es mentira. Ni la he visto ni tengo intención de hacerlo. Además, el divorcio está en firme. Si quieres, vamos a mi casa y te enseño la documentación.

—Sabía que no era verdad, pero, si yo fuera tú, no confiaría en ella, porque va a hacer todo lo posible por haceros daño.

—¿Y tú? ¿Qué me dices de estas fotos?

Alberto sacó el móvil del bolsillo, abrió la conversación y me puso delante unas fotos de Fernando y de mí que se podían malinterpretar.

—Quien te las haya enviado tiene muy malas intenciones —dijo Fernando.

—¿No me vas a negar que sois vosotros? ¿No me vais a dar ni una mísera explicación?

—Por supuesto que te vamos a dar todas las explicaciones del mundo, pero no voy a negar algo que es obvio, porque quedaría todavía peor y te daría la impresión de que te estamos tomando el pelo.

—Entonces… Estoy esperando a que me digáis a qué venían estas fotos y, sobre todo, por qué este tío estaba durmiendo en tu casa y parece que viva aquí.

—Amigo, tengo toda la confianza del mundo tanto con Marga como con Belén. Y sí, no solo he dormido en su casa, también lo he hecho en su cama.

—¿Perdona? Ahora sí que pienso que me estás tomando el pelo. ¿Duermes con tu ex en la misma cama y no pasa nada?

—Pues no, no ha pasado nada, porque veo a Belén como una hermana.

—Perdona que te lo discuta, pero yo no conozco a nadie que se acueste con sus hermanas ni, mucho menos, que haya tenido una relación con ninguna de ellas.

—No tengo por qué darte explicaciones de mi vida, pero, como lo que está en juego es la felicidad de mi amiga, te las voy a dar.

—Soy todo oídos.

El tono de Alberto dejaba claro el enfado que tenía, y yo no entendía el motivo, puesto que, según sus propias palabras, tan solo estábamos conociéndonos y entre nosotros no había nada serio.

Fernando respiró hondo y le explicó lo que le había pasado cuando conoció a Fran, lo que le había propuesto y el motivo por el que había quedado conmigo.

—Entiendo que te moleste que abrace a tu chica de esa manera, mucho más cuando tú no estabas delante, pero, para mí, es lo habitual.

—Joder, pues tú también estás metido en un buen lío. Y sí, me ha molestado veros en esa situación, no voy a negarlo, pero, si me dices eso, tengo que creeros.

—Te prometo que entre nosotros no va a volver a pasar nada. Es más, lo que tuvimos, que no duró más de un par de meses, fue más emocional que sexual, no sé si me explico.

—Tranquilo, que yo se lo aclaro. Nos entendíamos tan bien que confundimos amor con amistad. Creo que solo nos acostamos un par de veces y no fue para tirar cohetes, la verdad —le aclaré.

—Hombre, gracias por la parte que me toca. Eso es levantarle el ánimo a un amigo y lo demás es un cuento —me contestó Fernando.

—No jodas, Fernando. ¿Eres capaz de decir que disfrutaste conmigo en la cama?

—Siendo sincero, no. Tuve que imaginarme muchas cosas para poder llegar al orgasmo. Te prefería en el cine o teniendo una de esas conversaciones trascendentales que tanto nos gustaban.

—Bueno, con todo aclarado, quiero que me acompañes a mi casa. Ahora me toca a mí enseñarte la documentación que demuestra que estoy completamente divorciado de Sabrina.

—No hace falta, Alberto. Te creo, te lo prometo. Y, al igual que yo no he puesto en duda lo que me has dicho, quiero que tú tampoco creas cualquier cosa que te envíen.

—Eso no volverá a pasar, te lo prometo.

Alberto se acercó a mí y, tomándome la cara con las dos manos, me besó como solo él sabía.

—Si queréis, os dejo a solas, porque un trío no vais a querer, ¿no? —nos dijo Fernando, y empecé a reír.

—Sigue soñando, amigo, que a mi chica no la comparto con nadie —respondió Alberto.

—No, si a tu chica te la dejo para ti, enterita. Yo con quien quiero pasar un buen rato es contigo.

—Eso, mucho menos. Todavía no he cruzado de acera.

—Pues, cuando lo hagas, ten cuidado y fíjate bien en que el semáforo esté en verde, no vayas a terminar atropellado como yo.

Los tres soltamos una carcajada. Fernando decía las cosas como quien te invita a comprar un paquete de galletas.

En ello estábamos cuando el teléfono de Alberto sonó. Se extrañó al ver que era mi madre.

—A lo mejor quiere saber si ya hemos aclarado todo.

—No lo sé, pero enseguida lo averiguaremos. Dime, Marga, ¿qué ocurre?

—Alberto, es Alejandro…

—¿Qué pasa con él?

—Está con un ataque de ansiedad. Estábamos tomando un helado cuando una mujer se ha acercado a él, le ha dicho algo y ha empezado a temblar. No he conseguido que me diga nada más que esa mujer era su madre.

—¿Dónde estáis?

—En la heladería que hay al lado del parque.

—No os mováis de allí. Vamos para allá.

En cuanto cortó la llamada, yo ya me había vestido y estaba lista para salir con él.

—Fernando, te esperamos allí. Cierra al salir.

—No os preocupéis, voy para allá en cuanto termine de vestirme.

—Gracias.

Salimos corriendo, como si nos estuvieran esperando para un trasplante, pero es que la situación no era para menos.

—Tenemos que saber lo que le ha dicho al niño.

—A mí no me lo va a contar. Ha tardado más de dos años en decirme que su madre lo utilizaba como saco de boxeo virtual cuando discutíamos.

—¿Por qué hizo eso?

—Porque sabía que me haría daño.

—Está bien, déjamelo a mí. Él no sabe que entre nosotros hay algo, así que será más fácil que se abra conmigo.

—¿Cómo lo vamos a hacer?

—Me lo llevaré a dar un paseo por el parque. Me sentaré con él en un banquito y le daré su espacio. Terminará hablando, te lo aseguro.

—Eso espero. Y confío en que lo consigas.

Llegamos a la heladería y allí estaba Alejandro, temblando como una hoja.

—¿Te apetece dar un paseo conmigo?

Alejandro se levantó, le ofrecí la mano y nos fuimos dando un paseo, tal y como le había dicho a su padre.

Nos sentamos en un banquito que había a la sombra, lejos de las miradas de Alberto y de mi madre, y lo dejé asimilar todo lo que había pasado.

Casi sin darme cuenta, Alejandro empezó a llorar. Un llanto roto, de esos que no hacen ruido al principio, pero se te clavan por dentro. Parecía tener miedo de algo, como si sintiera que su vida estaba condenada a la tristeza, y aquello me dolió más de lo que podía explicar.

—Cuéntame, mi niño. ¿Qué ha pasado para que estés así?

—Es mi madre, Belén. Ella no me quiere, no me ha querido nunca, y lo único que pretende es hacerle daño a mi padre a través de mí.

—Eso que me estás diciendo es muy fuerte, Alejandro.

—Es que lo es, pero yo no tengo la culpa. Yo no pedí nacer.

—Por supuesto que no tienes la culpa. Ningún niño la tiene de las decisiones que toman los adultos.

—Ya, pero mi madre siempre me culpa a mí. No entiendo por qué me acusa de quitarle el cariño de papá, cuando yo no he hecho nada para conseguirlo.

Esa mujer no estaba bien. Lo tenía claro. Y también sabía que haría cualquier cosa para conseguir lo que se había propuesto.

Para saber qué era lo que planeaba, tenía que conseguir que Alejandro me contara todo lo que le había dicho, que no se guardara nada. El problema era que no sabía cómo hacerlo sin que se sintiera presionado.

Pero no hizo falta. En cuanto dejó de llorar, empezó a contármelo todo. No lo interrumpí. No quería que se cortara ni que dejara de hablar.

—Creo que deberíamos ir con tu padre. Tienes que contárselo, igual que me lo has contado a mí.

—No puedo, Belén. Se pondrá muy triste.

—No se va a poner triste, te lo aseguro. A lo mejor se enfada un poco, pero no contigo, con tu madre. Y es lógico.

—¿Y si no hace lo que ella quiere y me mandan lejos?

—Tu padre no permitirá eso, te lo prometo. Pero tiene que saberlo para adelantarse a los planes de tu madre.

—Está bien, vamos. Se lo contaré ahora.

Nos levantamos del banco y fuimos caminando hasta donde se encontraban Alberto y mi madre, que nos miraban con preocupación.

Le hice un gesto a Alberto para que tuviera paciencia, para que no lo atosigara y lo dejara ir a su ritmo.

Alejandro hablaría cuando se sintiera preparado.

Y, unos minutos después, lo hizo.