¿Me entiendes o te hago un esquema? Capítulo 16
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Capítulo 16

Alberto

La guardia estaba siendo lenta y tediosa, al menos comparada con otras. Salvo los dos avisos de urgencias y un niño que llegó con un brazo roto, no hubo nada reseñable.

Sobre las doce y media de la noche recibí un mensaje de un número desconocido.

Me planteé no abrirlo, pensando que sería publicidad o algo por el estilo, pero algo en mi interior me dijo que lo hiciera.

En cuanto lo abrí, me quedé de piedra. En la imagen se veía a Belén acompañada de otro hombre que no era yo, paseando por el centro comercial después de haber tomado café conmigo.

Sabía que era de ese mismo día por la ropa que llevaba. Era la misma con la que había venido a verme.

Después de esa foto llegaron muchas más: los dos riendo, entrando en un restaurante, abrazados… Y la última fue la que me mató. Se los veía entrando juntos en un portal, como si tuvieran la intención de pasar la noche bajo el mismo techo.

Intenté relajarme, porque a lo mejor no era nada de lo que yo estaba pensando. Quise darle una oportunidad.

Respiré hondo e intenté calmarme. Medio lo conseguí. Miré el móvil de nuevo, lo cogí y, cuando estaba a punto de marcar su número, me di cuenta de que ya era demasiado tarde para llamarla.

Justo cuando pensé en enviarle un mensaje, llegó el niño del brazo roto y, cuando terminé con él, ya era de madrugada. Así que decidí escribirle a primera hora de la mañana.

También me eché un rato en el despacho y, aunque no conseguí dormir, al menos pude cerrar los ojos durante bastante tiempo.

A las ocho en punto le envié el mensaje, esperando que me contestara pronto, aunque algo me decía que no sería así.

Alberto: Necesito hablar contigo. Llámame en cuanto puedas y quedamos, por favor.

No quise adelantarle nada. No quería darle tiempo a preparar una excusa si realmente había algo que ocultar.

Lo sé, sonaba retorcido, pero mi experiencia con Sabrina me había dejado demasiadas cicatrices. Hasta que no estuviera seguro de lo que ocurría, necesitaba protegerme. Y, con Belén, tampoco hacía tanto tiempo que nos conocíamos.

Llegó mi hora de salida y no había tenido noticias de ella, pero no quise permitir que aquello me afectara hasta el punto de desestabilizar a mi hijo. Tenía que contarle que su madre había llamado y explicarle con qué intenciones venía.

Puse en el móvil la ubicación que me había mandado Marga. También me había contado que las casualidades de la vida habían querido que su hija fuera la tutora de Alejandro.

Todavía no la conocía, así que pensé que sería un buen momento para hacerlo. Además, podría hablar con ella de todo lo que le pasaba a mi hijo y pedirle que tuviera un poco de paciencia con él.

Aunque, por lo que Alejandro y su amigo Marcelo me habían contado, era una profesora excepcional. Y no solo en el plano académico, sino también en el personal.

Mi hijo decía que era muy empática y razonable. Si le explicabas algo que te había pasado y ella consideraba que era motivo suficiente para no entregar un trabajo a tiempo, te daba un día más para hacerlo.

Casi sin darme cuenta, y siguiendo las indicaciones del GPS, llegué hasta el portal. No sé por qué, pero me resultó muy familiar.

Llamé al timbre del piso que me había indicado Marga. La puerta de la calle estaba abierta, y fue mi hijo quien me abrió.

—¡Papá! Verás cuando conozcas a mi profesora, es genial. Ahora sale, que estaba durmiendo con un amigo que se ha quedado con ella para que no estuviera sola, como la nana estaba conmigo…

Cuando la vi en la entrada del salón, apoyada en el marco de la puerta, no sabría describir lo que me atravesó por dentro. Os lo prometo. Y, por su cara, juraría que a ella le pasó exactamente lo mismo.

Sí, tal y como estáis pensando, era Belén. Pero no estaba sola. Detrás de ella apareció el tipo de las fotos, con un pantalón corto de pijama y el pelo mojado, como si acabara de salir de la ducha.

—¿Qué haces tú aquí?

—Recoger a mi hijo. Venía a comer, pero me parece que nos iremos a casa y pediremos algo por el camino.

Empezamos con un tira y afloja hasta que Marga nos dijo que nos sentáramos a comer, porque mi hijo ya tenía que haber comido y luego podríamos hablar con tranquilidad.

Durante la comida, la tensión se podía cortar con un cuchillo. El silencio solo se rompía cuando mi hijo le decía algo a su nana.

Me dolía. Me dolía más de lo que estaba dispuesto a admitir. Belén, que se jactaba de no tolerar la infidelidad ni la mentira, me había mentido a la cara.

No sabía qué era lo que la había llevado a hacerlo, porque se notaba que aquello no era cosa de un día ni de dos personas que acabaran de conocerse.

Entre ellos, estaba claro que la confianza era mucha, y que aquello venía de largo, y la pregunta que me asaltaba no era otra que esa.

¿Para qué había empezado algo conmigo si tenía a alguien en la recámara? ¿Sería que, cuando nos conocimos, no estaban juntos y ahora quería que lo nuestro terminara?

No podía apartar la mirada de ninguno de los dos, sobre todo de él. La trataba como si fuera de porcelana, como si fuera a romperse en cualquier momento, cuando el que sentía algo rasgarse por dentro era yo.

Marga también parecía cómoda con su presencia, y eso me hizo pensar que la cosa debía de ser mucho más seria de lo que yo había imaginado. Y me dolía todavía más.

Llegados a ese punto, ya no sabía si seguir permitiendo que Marga cuidara de mi hijo cuando yo estuviera de guardia, aunque, de todos modos, Belén seguiría siendo su tutora.

Entonces se me cruzó por la cabeza un pensamiento horrible. Injusto, seguramente, pero estaba demasiado herido para frenarlo.

¿Y si aquello terminaba salpicando a Alejandro? ¿Y si Belén, dolida por lo que había pasado entre nosotros, cambiaba su manera de tratarlo en el instituto?

No quería creer que fuera capaz de algo así. De hecho, todo lo que sabía de ella me decía justo lo contrario. Pero, si algo afectaba a mi hijo, pensaba llegar hasta el final del asunto, aunque tuviera que dejarme la piel en ello.

—Bueno, Alejandro y yo nos vamos a tomar un helado, como hicimos ayer, y no subiremos hasta que nos aviséis de que habéis arreglado vuestras diferencias.

—Marga, no hace falta. Ya me voy yo con mi hijo, no te preocupes.

—De eso, ni hablar. Aquí hay muchos malentendidos que tenéis que aclarar, porque la felicidad de mucha gente depende de ello, aunque algunos todavía no lo sepan.

—Tienes razón, Marga. Esperemos que seamos capaces de hablar como adultos —dijo ese hombre.

—Mira quién habla, el que no respeta a nadie. Aunque, siendo realista, no sé si a ti te han engañado tanto como a mí.

—A mí no me ha engañado nadie. Yo sé lo que hay y lo que no, y no tengo ningún problema.

—No, si al final vas a tener razón y quien tiene el problema soy yo, que acabo de descubrir que soy medio gilipollas.

—No te hagas mala sangre, Alberto, que todo tiene una explicación. Y eso te lo puedo asegurar porque conozco a mi hija y también conozco a Fernando.

—Está bien. Por escucharos no pierdo nada. Aunque tengo bastante claro lo que ha ocurrido, y con pruebas gráficas.

—No todas las pruebas gráficas son lo que parecen.

—Por favor, no os vayáis muy lejos, que no creo que tarde mucho en bajar a recoger a Alejandro.

—Estaremos en la heladería que hay junto al parque.

—Papá, aunque bajes pronto, ¿podemos quedarnos un rato más para jugar con Marcelo? Él baja todas las tardes con su padre.

—Ya veremos, hijo. Ahora mismo no puedo decidir nada.

—Está bien. Cuando bajes, me lo dices.

Los vimos marcharse y nos quedamos a solas los tres. Durante unos segundos, ninguno se atrevió a hablar. Hasta que Belén rompió el silencio, mirándome como si yo tuviera que explicar la fórmula de la Coca-Cola y no supiera ni por dónde empezar.