¿Me entiendes o te hago un esquema? Capítulo 15
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Capítulo 15

Belén

Salí de allí con una sonrisa en los labios. Como no tenía nada que hacer —mis amigas habían quedado con Juanjo y Camilo para cenar y mi madre no estaba en casa—, decidí irme al centro comercial.

Estaba bajándome del taxi que había tomado para ir hasta allí cuando sonó mi teléfono. Era Fernando.

—Belén, ¿te pillo ocupada?

—No, ¿qué te sucede?

—Te necesito. ¿Dónde estás?

—Estoy en el centro comercial. He venido a comprarme algo de ropa interior y, si me da tiempo, a meterme en el cine, porque hoy estoy sola…

—Pues espérame ahí, que llego en veinte minutos.

—Perfecto, estaré en la cafetería de la entrada.

Entré y me senté. Apenas había dejado el bolso en la silla cuando una mujer que no conocía de nada se acercó a mi mesa y se sentó frente a mí.

—Perdona, creo que te has equivocado. No te conozco y estoy esperando a alguien.

—No, no me he equivocado. Y tampoco estás en lo cierto al decir que no nos conocemos.

—Yo a usted no la conozco de nada, lo siento.

Me sentó tan mal su tono que pasé de tutearla a hablarle de usted.

—Tú a mí no, pero yo a ti sí que te conozco.

—No entiendo nada, de verdad.

—Veo que mi marido no te ha contado que hemos decidido darnos una nueva oportunidad. Por eso estoy aquí, para volver a intentarlo.

—¿Su marido? ¿Quién es?

—El doctor Montero. Alberto Montero.

—Querrá decir su exmarido.

—No. He dicho lo que he dicho. El divorcio todavía no es definitivo. Faltan seis meses para que todo quede cerrado y yo ya he dejado claro que no quiero seguir adelante.

No sabía qué pensar. No, después de todo lo que me había pasado con Alberto. Por eso decidí hacer lo más sensato: hablaría con él en cuanto pudiera.

—Mira, tú puedes decirme lo que te dé la gana, pero hasta que yo no hable con él, no pienso creerme nada.

—Pues nada, chica, yo te lo he advertido. No sería la primera vez que mantiene dos relaciones a la vez. ¿Por qué crees que me divorcié?

Vi a Fernando que llegaba, y me levanté, dejándola allí con la palabra en la boca, pues no quería seguir oyendo nada más.

La vi cómo sonreía, y esa sonrisa no me gustó un pelo, pues me indicaba que tenía una maldad en ese cuerpo que no era ni medio normal.

—¿Quién es esa mujer que estaba sentada contigo?

—Se supone que la exmujer de Alberto.

—Pues tiene una cara de víbora que te mueres de asco.

—Vámonos a otro lugar, no quiero permanecer cerca de ella.

—Bien, salgamos de aquí y te invito a una cerveza ahí enfrente.

Fernando me echó el brazo por encima, como hacía siempre, y salimos del centro comercial hacia la cafetería.

En el momento en el que nos sentamos, me dijo que Fran había ido a buscarlo a casa, a pesar de lo que le había dicho en ese mensaje.

—Me ha pedido tiempo para ponerlo todo en orden, y no sé qué hacer.

—No sé si soy la persona más indicada para darte consejos ahora mismo, pero yo no me lo creería.

—Una parte de mí me dice eso, pero la otra me pide que le dé una oportunidad. Estoy hecho un lío.

—Mira, te diré lo que yo haría.

—Venga, que hable la voz de la sabiduría.

—Sí, sobre todo eso. Sabiduría.

—Bueno, lo que sea. Dime qué harías tú.

—Pues yo, si fuera tú, le diría que sí, que le doy una oportunidad, pero con condiciones.

—¿Qué condiciones?

—La primera: no volvería a meterme en la cama con él y su mujer.

—¿Cómo voy a hacer eso? ¿Qué sentido tendría?

—Muy sencillo. Si te sigue teniendo en su cama, no tendrá prisa por terminar con esa mujer.

—Tiene lógica. ¿Cuál sería la siguiente condición?

—Un límite de tiempo. Un mes, por ejemplo.

—En un mes no le va a dar tiempo a organizar su vida.

—Fernando, me parece que tú estás tan cómodo en esa relación a tres como él, y por eso no quieres cortar por lo sano.

—No es eso. Es que tengo miedo de perderlo del todo. De que conozca a alguien en ese tiempo y encaje mejor que yo en su forma de vivir.

—Tienes que ser firme, amigo, o al final serás tú quien sufra.

—Tienes toda la razón del mundo, y lo sé, pero no puedo evitarlo.

—Hasta que no te convenzas de que eso es lo que tienes que hacer, no vas a hacerlo.

Mientras charlábamos, se nos pasó el tiempo casi sin darnos cuenta, por lo que, como ya era la hora de cenar y yo estaba sola, decidimos irnos a cenar juntos y a tomar una copa.

Eso sí, sin llegar tarde a casa, que no me apetecía nada tener que levantarme temprano cuando no había dormido lo suficiente.

Fuimos a un restaurante italiano, y lo hicimos como cada vez que nos veíamos, abrazados el uno al otro, entre risas y miradas cómplices, como los buenos amigos que éramos.

Estábamos pasando una noche genial y, después de tomar esa copa, Fernando me acompañó a casa.

—¿Te apetece subir y tomarte otra en mi casa?

—Pues mira, sí. No me apetece quedarme solo en mi casa en un día como hoy.

—Eso no es problema, sabes que en mi casa hay hueco, mucho más hoy, que no está mi madre.

—Entonces, me quedo a dormir en tu casa.

Subimos en el ascensor hasta mi planta y entramos a mi casa, donde nos pusimos cómodos.

Fernando siempre tenía un pijama en mi casa, porque no era la primera vez que dormía allí, al igual que mis amigas, cuando salíamos de fiesta.

Nos sentamos en el sofá, nos servimos un par de copas y unos frutos secos y, casi sin darnos cuenta, nos quedamos dormidos.

Eran las tres de la mañana cuando nos fuimos a dormir. En la misma cama, sí, porque, como he dicho antes, entre nosotros solo había una bonita amistad.

A las once de la mañana escuché abrirse la puerta, pero no tenía fuerzas para levantarme y volví a quedarme dormida.

A mi lado, se encontraba Fernando, en bóxer y durmiendo a pierna suelta, y yo decidí hacer lo mismo.

En un momento determinado, escuché cómo sonaba mi móvil con un mensaje, pero era incapaz de abrir los ojos. Estuve así hasta que mi madre entró a mi habitación.

—Creo que ya va siendo la hora de levantarse. A saber a qué hora os habéis acostado.

—Pues sobre las tres, después de quedarnos dormidos en el sofá. ¿Qué hora es?

—Son las tres y media, y estamos esperando a un invitado para comer, que no tardará en llegar.

—Está bien, despierto a Fernando y salimos.

Escuché el timbre de la puerta y, poco después, la voz de Alejandro saludando a alguien con alegría, como si hiciera mil años que no lo veía.

—Venga, Fernandito, toca levantarse para comer, que tenemos un invitado.

—Joder, hacía siglos que no dormía tan bien.

—Pues entra a darte una ducha, que te espero fuera.

Me puse uno de los vestidos que tenía para estar por casa y salí al salón. Me quedé petrificada al ver quién estaba allí, de pie, mirándome de una manera que no supe descifrar.

—¿Qué haces tú aquí?

—Recoger a mi hijo. Venía a comer, pero me parece que nos iremos a casa y pediremos algo por el camino.

Giré la cabeza y vi a Fernando aparecer con el pantalón del pijama puesto y el pelo mojado. Se me escapó una carcajada nerviosa, aunque tenía claro que aquello no tenía ninguna gracia.

—Sé que va a sonar a tópico, pero no es lo que estás pensando.

—Por supuesto que suena a tópico. Pero ahora me cuadran muchísimas cosas, como que no me contestaras a los mensajes que te he enviado y las fotos que me han mandado.

—¿De qué me estás hablando?

—Mira, vamos a dejarlo aquí. No quiero que mi hijo sufra más de lo que ya lo ha hecho.

—De eso nada. Ven aquí, que si yo tengo que darte explicaciones, tú también me las tienes que dar a mí.

—¿Yo? ¿A ti? ¿De qué demonios tendría que darte explicaciones? Creo que te dejé bastante claro que no quería nada con mi enfermera.

—Del mismo modo que yo no quiero nada con Fernando. Es ese amigo del que te hablé.

—Sí, ese que, además, es tu ex.

—Chicos, vamos a comer. Después habláis tranquilamente. Alejandro y yo tenemos planes, ¿verdad, cariño?