¿Me entiendes o te hago un esquema? Capítulo 14
41%

Capítulo 14

Belén

Mi madre se marchó a cuidar a ese niño, diciéndome que no volvería hasta el día siguiente por la tarde–noche.

—Ten cuidado, mamá, y no te dejes convencer por las locuras de ese preadolescente.

—Y me lo dices tú, que estás todo el día rodeada de ellos.

—Pero porque yo no tengo más cojones que hacerlo. Tú lo haces por gusto.

—Anda, loca, te dejo que, al final, llego tarde.

Poco después, Alberto me llamó y, entre unas cosas y otras, quedamos en vernos en la cafetería del hospital dentro de una hora.

Hubiera preferido que nuestro encuentro fuera de otro modo, pero como no teníamos otra forma de vernos, me tendría que conformar con eso.

Elegí un vestido de punto largo, con mis zapatillas de deporte y una chaqueta vaquera, porque ya empezaba a refrescar, sobre todo por las tardes. Era normal, por otro lado, puesto que ya estábamos a finales de octubre.

Cogí el bolso y salí hacia el hospital, cuando, por el camino, al pasar por el parque, me encontré con mi madre, que acompañaba al chico que estaba cuidando, que había quedado con sus amigos.

Estaba de espaldas, pero me resultó demasiado familiar. Cuando se dio la vuelta, me quedé completamente sorprendida, pues no me esperaba que fuera él.

—¿Qué haces dándole un beso a la señora que me cuida? —me preguntó Alejandro, tan sorprendido como yo.

—No, no. La pregunta es: ¿qué haces tú con mi madre?

—Bueno, pues ya os habéis contestado los dos. Me ha dado un beso porque es mi hija, y él está conmigo porque es el chico al que cuido.

—Joder, pues sí que es pequeño el mundo, porque es mi alumno.

—¿Te sientas con nosotros a tomar un helado? —me preguntó Alejandro.

—Lo siento, cariño, pero he quedado con un amigo para tomar un café.

—Pues dile que se venga con nosotros, es fácil.

—Tampoco va a poder ser, porque está trabajando, y por eso voy a verlo, para hacerle un poquito más amena la tarde. Pero te voy a proponer algo, a ver si mi madre quiere.

—A ver, dime, porque miedo me da cuando tú haces una propuesta.

—Mamá, por favor, parece que le voy a decir al chico que me lo voy a llevar de marcha esta noche.

—Uy, para eso ya tendrá tiempo. Que no quiera correr tanto.

—Eso mismo me dice mi padre, que primero tengo que crecer y madurar, que ahora me toca hacer cosas que corresponden a mi edad.

—Bueno, al final se me hace tarde. —¿Qué te parece si mañana, en vez de comer en tu casa, venís a la nuestra y tu padre te recoge allí? Eso sí, primero tendrá que decir que le parece bien.

—A mí, me encantaría, porque así podría pasar toda la mañana contigo. Me gusta cómo me hablas, y ahora entiendo por qué eres así.

—Ah, ¿sí? ¿Y cuál es el motivo, si se puede saber?

—Pues porque has sido educada por tu madre, que es un encanto. Yo le digo nana, porque la quiero como a una abuela, y como yo no tengo…

—Tienes toda la razón del mundo. ¿Sabes? Yo tampoco tuve abuelos, y mi padre murió siendo yo una niña. Así que todo lo que soy se lo debo a ella, a mi madre.

—Mi madre se fue y no me dijo ni adiós…

—Bueno, no pienses en eso, tienes un padre que vale millones —le dijo mi madre, porque empezó a notar que el niño se venía abajo.

—A veces es mejor tener solo a uno, pero que esté al cien por cien, que tener a los dos y que ninguno te preste atención. Te aseguro que también pasa.

—Nana, vamos, o se me hará tarde y no podremos comernos el helado.

—Sí, yo también me marcho, que al final a mi amigo se le pasará la hora del café. Nos vemos mañana.

Me acerqué a los dos y les dejé un beso en la mejilla a ambos. La carita de ese niño cuando me acerqué a darle un beso se me quedó clavada en el alma.

Pero no quería que me afectara demasiado. Eso era justo lo que solía pasarme cuando me encontraba con un chico así: me ponía tanto en su lugar que terminaba encariñándome más de la cuenta.

No era la primera vez que me sucedía, ni tampoco sería la última, porque la empatía, en mi caso, estaba elevada a la enésima potencia.

Llegué a la cafetería y Alberto todavía no estaba allí. Una de dos: o se había tenido que marchar porque yo había llegado quince minutos tarde, o todavía no había bajado porque se le había complicado la cosa.

Antes de sentarme y verme obligada a levantarme si ya se había marchado, decidí enviarle un mensaje.

Belén: Estoy en la cafetería y no te veo. Si no puedes bajar, no pasa nada, lo dejamos para otro momento. Pero dímelo, que no quiero parecer la típica a la que han dejado plantada.

Esperé en la puerta, cuando sentí unas manos que se posaban en mi cintura, y reconocí su perfume nada más acercarse.

—En la vida te dejaría tirada, preciosa. Antes bajo al paciente conmigo y le pongo la escayola apoyado en la barra.

—Siento haber llegado tarde, pero es que me encontré a mi madre y me he entretenido.

—Yo tampoco habría podido bajar antes. He tenido una urgencia un poquito complicada y, cuando iba saliendo, me ha llamado mi hijo para contarme un cambio de planes.

—Tiene suerte de tener un padre como tú, tan pendiente de él. No sabes las cosas que veo yo en mi trabajo: padres que pasan olímpicamente de sus hijos y que, cuando los llamas para comentarles algo, te dicen que no pueden ir porque tienen mucho trabajo.

—Nunca pondría nada por encima del bienestar de mi hijo, aunque me costara renunciar a lo que fuera.

Nos sentamos y nos tomamos un café mientras hablábamos de todo y de nada.

Nos estábamos riendo por algo que me había contado de Juanjo cuando llegó una enfermera que me dejó con la boca abierta. Jamás me habría esperado que fuera así.

—Doctor, no me has avisado para bajar a tomar café contigo. Luego la tarde se hace muy larga.

—Había quedado con una amiga. Ella es Belén.

—Hola, yo soy María, la enfermera de su consulta. Y espero que algún día algo más, si no llego demasiado tarde.

Os prometo que el descaro de aquella mujer me dejó sin saber qué decir. Por eso, me levanté muy diplomáticamente e intenté marcharme.

Me había jodido mucho que me presentara como una amiga, sin especificar nada más.

Entendía que no iba a ir contándole su vida a todo el mundo, pero tampoco era normal que no le parara los pies a esa mujer si no quería nada con ella.

Me dio la impresión de que estaba jugando a dos bandas, y eso no me gustó nada. Yo no era el juguete de nadie, por mucho que entre nosotros todavía no hubiera nada serio.

—Bueno, será mejor que me marche ya, os dejo que habléis tranquilamente —dije, mientras que me colgaba el bolso.

—Yo no tengo nada que hablar con María que no sea de trabajo.

—Por el momento, jefe, que todavía no he perdido la esperanza.

—Pues ve pensando en perderla, porque Belén es algo más que una amiga. Es la mujer a la que estoy conociendo y con la que me gustaría llegar a ser mucho más.

—Lo siento, no sabía nada. Belén, si te he incomodado, te pido disculpas. Ahora, la que será mejor que se vaya soy yo.

—No hay problema, de verdad, puedes quedarte. Si vas a cuidar a mi hombre en el trabajo, lo lógico es que nos conozcamos.

Vi cómo Alberto sonreía al escucharme decir eso de «mi hombre». Se acercó, me dio un breve beso en los labios y se apartó lo justo para que María pudiera sentarse con nosotros.

Me resultó una chica de lo más agradable. Me pidió disculpas mil veces, pero vi en ella una sinceridad que me encantó.

—Bueno, ahora sí que nos tenemos que marchar. Me acaba de llegar otro aviso y tenemos que ir a urgencias. Viene otro accidentado.

—María, en tus manos deposito a mi hombre. Si ves que hace algo que a ti no te gustaría que te hicieran, me lo dices de inmediato, que en los hospitales hay mucho cuerno suelto.

Los dos soltaron una carcajada. Mientras María salía, Alberto me cogió por la cintura y me dio un beso en los labios, uno de esos que te dejan con ganas de más. Pero hasta el día siguiente no había nada que hacer.