Capítulo 13
Alberto
La semana se me hizo eterna, sobre todo después de tener que cambiarle la guardia del fin de semana a un compañero que había tenido un problema familiar.
No había podido cuadrarlo todo para ir a cenar con Belén, porque tenía una guardia de veinticuatro horas: entraba el sábado a las tres de la tarde y salía el domingo a la misma hora.
En cuanto a mi hijo y su adaptación, me quedé completamente sorprendido, porque cada día se veía más feliz.
Tenía un par de amigos que venían a buscarlo cada mañana para ir al colegio, y con los que bajaba al parque algunas tardes, ya que todavía no tenían deberes y el tiempo acompañaba.
Estaba preparando mis cosas para irme al trabajo, cuando escuché la llave, Supe que era Marga, la señora que se quedaba al cuidado de Alejandro cuando yo no estaba.
—Buenas tardes, Alberto.
—Buenas tardes, Marga. En la nevera he dejado comida preparada para los dos. Solo habría que calentarla, y en el bote de la cocina hay dinero por si tenéis que comprar algo.
—Me parece muy bien, pero, la próxima vez, el tema de la comida me lo dejas a mí. Me encanta cocinar y, además, me relaja mucho.
—Ya, pero no sería justo, no es tu trabajo.
—¿Y qué hago todo el día? ¿Me siento de brazos cruzados?
—Pues no estaría mal, así descansas.
—Quita, quita, que eso no está hecho para mí.
—Bueno, ya lo vamos viendo. Alejandro está en la terraza, se ha sentado ahí a leer.
—Buen hábito, sí, señor.
—Ah, por cierto, no te asustes si ves entrar a un hombre por el salón o lo encuentras sentado en la terraza. Bueno, en realidad podrían ser dos. Son mis amigos, casi mis hermanos, y viven en los pisos de al lado y compartimos terraza.
—Gracias por avisarme. Si veo a dos tíos como tú de grandes entrando por ahí, me da algo —me dijo, señalando la puerta que daba a la terraza.
Solté una carcajada, porque me imaginé su cara en ese momento y no podía aguantarme la risa.
—Bueno, siéntete como en tu casa. Me marcho y no volveré hasta mañana a las cuatro de la tarde, porque mi turno termina a las tres.
—No te preocupes, que hasta que mañana no le dé la cena, no pienso marcharme.
—¿Cómo que la cena?
—Hombre, digo yo que tendrás que dormir y descansar.
—Todo depende de cómo se dé la guardia, de si puedo dormir un poquito o no.
Me despedí de ellos y la dejé hablando con mi hijo. Me encantaba la manera en que se relacionaban, la complicidad que se había creado entre ellos.
Antes de entrar a trabajar, cogí el teléfono y marqué el número de Belén, pues necesitaba escuchar su voz.
—¿Alberto? ¿Te ocurre algo?
—Hola, preciosa. No, no me ocurre nada. Solo tenía ganas de escuchar tu voz.
—Uy, si quieres te envío un audio y te lo pones en bucle durante la guardia. Te puedo contar un cuento…
—Eres mala, chavala, pero me encanta que seas así.
—Tengo ganas de verte.
—Y yo. No sabes cuánto. Pero hasta mañana por la tarde me tienen secuestrado en el hospital.
—Podemos quedar el lunes para comer, si te viene bien.
—Te llamo y te digo, porque todo depende de cómo esté mi hijo. No quiero que vuelva a sentirse abandonado.
—Te entiendo. Me vas contando. Un beso, y que te sea leve la guardia.
—Otro para ti, preciosa mía.
Entré en el hospital, y me fui directamente a mi consulta, donde revisaría los casos asignados y comprobaría si tenía que hacer alguna ronda para ver a los pacientes.
Estaba allí cuando mi teléfono sonó y vi que era Sabrina, que llamaba casi un mes después de que se marchara.
—Dime, Sabrina.
—Quiero hablar con mi hijo.
—Pues lo siento, pero no va a poder ser, porque estoy de guardia y hasta mañana a las tres no salgo.
—Lo he llamado a su móvil y no me contesta. Espero que no estés poniendo al niño en mi contra, porque eso sí que no lo voy a permitir.
—Al niño, en tu contra te lo has puesto tú sola, yo no he hecho más que justificar tus actos, hasta que Alejandro se ha dado cuenta de que no era cierto lo que le decía.
—No me jodas, Alberto. Sabes que yo no quería tener hijos, demasiado bien lo he cuidado.
—¿Bien? Si tú consideras que cuidar bien es decirle a un niño que no deberías haberlo dejado nacer…
—Eso fue en un momento de furia, todos tenemos momentos malos.
Estaba hablando con ella, cuando mi teléfono sonó y, al mirarlo, vi que era Belén quien me llamaba.
—Lo siento, pero tengo que dejarte, me están llamando por teléfono.
—No creas que no lo sé todo, Alberto.
—Me da igual lo que sepas y lo que no, tú y yo lo único que tenemos en común es un hijo, todo lo demás quedó atrás.
—¿Y si te digo que me arrepiento de haberme divorciado? ¿Y si te digo que quiero recuperar a mi familia? ¿Qué me dirías?
—Pues te contestaría que siguieras soñando, porque, aunque fueras la única mujer del mundo, no volvería contigo.
Belén ya había cortado la llamada, así que, en cuanto terminara con Sabrina, la llamaría para saber qué era lo que le ocurría.
—Nunca digas nunca, Alberto.
—En este caso, por supuesto que lo digo, y lo firmo ante notario si hace falta.
—Bueno, que sepas que la semana que viene voy a ir a Málaga a ver a mi hijo. Tengo unos días libres y quiero pasarlos en familia.
—Esa familia de la que hablas ya no existe. Por tu bien y por el del niño, será mejor que no te montes esa película.
—Lo veremos cuando me tengas delante. Y cuando nuestro hijo te diga que quiere que vuelva a casa.
—Mi hijo no dirá eso. Ahora está feliz y, si no te echa de menos, es porque tú te has encargado de que sea así durante los doce años que tiene.
Corté la llamada porque me estaba poniendo de mala leche. Después de un mes sin dar señales, ahora quería venir a jugar a la familia feliz, cuando ni siquiera había sido capaz de despedirse de su hijo.
Fui a la máquina del agua y me llené un vaso. Me lo tomé casi sin respirar, pues necesitaba relajarme antes de llamar a Belén, para ver qué quería decirme en esa llamada que me había hecho antes.
Marqué su número de teléfono, y esperé a que me contestara, pero no lo hizo a la primera, por lo que volví a marcar.
—Alberto, perdona, pero estaba en la ducha y no me dio tiempo a salir a contestar.
—Joder, Belén, no me puedes decir eso, porque te imagino debajo del agua, y me pongo cardíaco.
—Mira el lado bueno, estás en el hospital, si te da un chungo, estás rodeado de médicos.
—Muy graciosilla estás tú hoy. Dime, ¿para qué me has llamado antes?
—Te llamaba para preguntarte a qué hora vas a bajar a cenar, y así te hago compañía.
—Pues no lo sé, lo que sí tengo claro es que voy a bajar en una hora a tomarme un café. ¿Te vienes?
—Solo si me prometes que el café vendrá con un pastel.
—Yo me lo voy a tomar con un bombón, bueno, si es que te decides a venir.
—Venga, te espero en una hora en la cafetería del hospital.
—Hasta dentro de una hora, preciosa.
Corté la llamada con una sonrisa en los labios. Todo el mal sabor de boca que me había dejado la llamada de Sabrina había desaparecido con las pocas palabras que había cruzado con ella.
—Doctor Montero, tenemos una urgencia. Han llamado para avisar de que traen a un paciente de veinte años con un politraumatismo provocado por un accidente de moto.
—Voy enseguida, gracias, María.
—De nada, jefe.
María era la enfermera que tenía asignada a mi consulta y parecía recién salida de un catálogo de moda: siempre impecable, con el pelo perfecto y una seguridad que llamaba la atención.
Era tan perfecta que resultaba artificial, no me atraía nada. Aunque ella sí que se había mostrado interesada en mí, no le hice el más mínimo caso. No era ella quien se me metía en la cabeza cada cinco minutos. Era Belén.
La vida era muy curiosa. Cuanto más empeñado estaba uno en negar algo, más presente lo tenía. Me explico, yo siempre había dicho que, después de firmar el divorcio con Sabrina, no volvería a fijarme en una mujer. Y allí estaba, mirando el reloj para que no se me pasara la hora del café.
Bajé a urgencias y atendí al chico que traían. Tenía veinte años, aunque aparentaba alguno menos, y las lesiones que presentaba eran bastante complicadas.
De momento, tuve que escayolarle un brazo y una pierna, ponerle un collarín por las lesiones cervicales y dejarlo ingresado para ver cómo evolucionaba, por si finalmente había que intervenir la lesión de cadera.