¿Me entiendes o te hago un esquema? Capítulo 12
35%

Capítulo 12

Belén

Entré en clase como una sargento, pero cuando vi a los niños que me habían tocado, no tuve más remedio que venirme abajo.

A la mayoría de ellos los conocía, pues venían de sexto de primaria de la otra parte del centro, pero había unos cuantos nuevos.

Me llamó la atención uno de ellos, todavía no sabía su nombre, pero en sus ojos noté una tristeza disfrazada de esperanza, una mirada que me llegó al alma.

—Bueno, chicos, como la mayoría de vosotros sabéis, soy Belén, vuestra tutora y profesora de matemáticas y biología.

—Belén, ¿solo nos vas a dar esas asignaturas? —me preguntó uno de los antiguos.

—Claro, no pensarías que iba a pasarme aquí con vosotros todo el día, ¿no?

—No, todo el día, no, pero tres o cuatro horas…

Todos sus compañeros soltaron una risita, y yo supe que estaba ante el gracioso de la clase. No lo hacía de manera intencionada, le salía solo, y esos eran los más peligrosos, porque podían formar una algarabía sin pretenderlo.

No le di importancia a esas palabras, porque si lo hacía, podíamos pasarnos toda la mañana debatiendo lo mismo.

—Bueno, aquí veo a chicos nuevos, y me gustaría que se presentaran al resto. ¿Quién empieza?

—Yo mismo —dijo uno de los chicos.

Se fueron presentando todos, diciendo de dónde venían y el motivo por el que estaban en ese centro este curso.

—Bueno, te toca. ¿Qué nos puedes decir de ti? —le pregunté al chico que me había llamado la atención desde el primer momento.

—Pues yo soy Alejandro Montero, y vengo de Madrid. Un traslado de trabajo de mi padre es el que me ha traído hasta aquí.

—¿Estás contento de haber venido, Alejandro?

—En cierto modo, sí. Solo espero poder hacer amigos rápido, porque aquí no conozco a nadie.

—¿Eres del barrio? —le preguntó el mismo chico que había hablado antes.

—Sí, vivo cerca del parque.

—Yo también, vivo justo al lado. Y, ¿sabes qué? Que aquí tienes a tu primer amigo. Ven, siéntate a mi lado, no te quedes ahí detrás, solo.

Me encantó ese gesto que tuvo con él, y la carita de Alejandro al ver cómo le abrían los brazos.

—Muy bien hecho, Marcelo, eso dice mucho de ti.

—Gracias, Belén, pero yo también sé lo que es llegar nuevo a un sitio y lo mal que se pasa.

Era cierto. Marcelo había llegado a la ciudad y al centro cuando tenía nueve años. Le costó un poquito hacer amigos, porque los grupos ya estaban hechos y no terminaba de encajar en ninguno. Pero, cuando lo conocieron bien, se convirtió en uno de los más queridos por sus compañeros.

Terminó el día y los vi salir juntos de clase. Alejandro iba charlando con Marcelo sobre la posibilidad de quedarse en el parque, aunque antes tenía que llamar a su padre para preguntárselo.

Me quedé ensimismada mirando la escena hasta que Fernando llegó por detrás y me abrazó por la cintura.

—¿Ya has encontrado a la ovejita negra del curso?

—No es la oveja negra, porque se ve un chico estupendo, pero sí que es el que más ayuda va a necesitar, y no precisamente académica.

—¿Ya estáis otra vez de secretitos? Chicos, cortaos un poquito, que ya resultáis un poquito empalagosos.

—De verdad, Sonia, ya cansas. Cuando tengas un poquito de empatía y entiendas que las personas pueden ser diferentes a ti, quizá te iría un poquito mejor —le contesté, ante la atenta mirada de Fernando.

—¿Podemos tomar algo a la salida? —me preguntó mi amigo.

—Claro, vamos a la cafetería de ahí enfrente.

—Perfecto, pero los dos a solas, por favor. Tengo que contarte algo.

—Está bien, sin problema. Aviso a las chicas y listo.

—Gracias.

—Yo me enfadaría si alguien me dijera que no puedo ir a tomar algo con él porque quiere estar a solas con una amiga —insistió Sonia.

—Ya, pero nosotras no somos como tú —le dijo Laura, que venía por el pasillo y se había enterado de todo.

Ellas no sabían que me había vuelto a encontrar con Alberto, pero, como iban a comer en mi casa, ya se lo contaría después.

Si Fernando me había pedido que tomáramos algo a solas, era porque necesitaba contarme algo importante. Algo que, dependiendo de mi reacción, quizá después se atrevería a compartir con los demás.

Justo cuando estábamos a punto de sentarnos en la terraza, me vibró el móvil. Era un mensaje de Alberto.

Se me dibujó una sonrisa sin poder evitarlo, y Fernando no tardó en darse cuenta.

—Veo que tú también tienes algo que contarme.

—Sí, pero, si no te importa, primero voy a contestarle.

Alberto: No puedo sacarte de mi mente. Estoy deseando volver a verte.

No me esperaba ese mensaje, y los nervios se me instalaron de golpe en el estómago.

Me temblaban las manos como cuando tenía quince años y el chico que me gustaba aparecía en el parque, me sonreía al pasar y yo sentía que el mundo se paraba un segundo.

Belén: Yo también te tengo en mente siempre. Di un día y una hora y te invito a cenar.

—Mientras me responde, cuéntame qué te pasa.

—No, mejor esperamos. Lo que tengo que decirte no admite interrupciones.

Justo cuando Fernando me decía eso, mi móvil vibró de nuevo. Era su respuesta. No me atrevía a abrirla por miedo a encontrarme una negativa y llevarme un palo, pero tenía que hacerlo.

Me armé de valor, abrí el mensaje y me encontré con una sorpresa de lo más agradable.

Alberto: El sábado. Aviso a la mujer que cuida de mi hijo y, a las ocho, te recojo para ir a cenar. Dame la mañana para dejarlo todo cerrado, porque no pienso quedarme sin verte.

Belén: Deseando que llegue ese día.

—Listo, guardo el móvil en el bolso y soy toda oídos.

—Eso espero, porque te necesito más que nunca.

Hice lo que le había dicho a mi amigo. Guardé el móvil en mi bolso y lo colgué en la silla, dispuesta a prestarle toda mi atención.

—No sé por dónde empezar, te lo prometo.

—¿Qué tal si empiezas por el principio?

—Sí, será lo mejor. Hace unos meses, conocí a alguien en un club de esos de sexo liberal…

—¿Tú vas a esos lugares? No me lo puedo creer, con esa cara y ese cuerpo…

—Ni que los que fueran allí tuvieran que ser feos.

—Bueno, yo qué sé, no me esperaba eso, para qué mentirte.

—Lo sé, por eso quería que estuviéramos a solas. No todo el mundo es capaz de entender eso.

—No te estoy juzgando, Fernando, no soy quién para hacerlo. Cada uno vive su sexualidad como le da la gana. Es únicamente que me ha sorprendido.

—Eso lo tengo claro, y no es lo que me preocupa. Pero, para que me entiendas, tengo que contártelo desde el principio.

—Y aquí estoy para que me lo cuentes.

Fernando empezó a explicarme que llevaba un tiempo sintiéndose confundido con su sexualidad y que un amigo suyo, psicólogo, le había aconsejado explorar otras formas de vivir el deseo sin juzgarse tanto.

Todo empezó una noche, en una discoteca, cuando conoció a un chico por el que se sintió atraído físicamente, aunque no se atrevió a dar ningún paso.

Encontró aquel local casi por casualidad, buscando en internet lugares donde poder experimentar sin sentirse señalado, y no dudó en anotar la dirección.

Aquella noche de sábado se arregló más de lo habitual y fue hasta allí con la intención de tomar una copa y observarlo todo desde cierta distancia, pero se le acercó una pareja.

—Me sentí atraído por los dos, y para mí era algo inexplicable. No sé si me puedes entender.

—Siempre que sea atracción sexual, claro que te entiendo.

—Me preguntaron si quería ir a una habitación del local, con los dos, y para mí fue como si viera el cielo abierto.

—¿Te acostaste con los dos?

—Sí, hice un trío del que salí más que satisfecho. Pensé que la cosa se quedaría ahí, pero nada más lejos de la realidad.

—¿Has vuelto a verlos?

—Cada viernes por la tarde preparo una mochila y me voy a su casa, un chalé en las afueras de la ciudad. Me quedo allí hasta el domingo.

—¿Y cuál es el problema, mientras todos estéis de acuerdo?

—El problema es que me he enamorado de Fran, el chico de la pareja, y creo que él también se ha enamorado de mí. Pero no va a renunciar a lo que tiene, porque quien tiene el dinero es ella.

—Joder, eso sí que es jodido, la verdad.

—Y tanto. Sobre todo porque me han propuesto que me mude allí, a esa casa, con ellos, y no sé qué hacer.

—¿Y qué te provoca eso?

—Ansiedad. Mucha. Porque, cuando lo veo con ella, cuando la besa mientras me mira a los ojos, siento que el corazón se me va rompiendo poco a poco.

—Amigo, si quieres mi consejo, yo no lo haría. No porque me parezca mal ni porque lo juzgue de ese modo, sino porque, al final, si él no está dispuesto a cambiar la comodidad por el amor, quien saldrá perdiendo eres tú.

—Eso mismo pienso yo. Que terminará rompiéndome el corazón.

—Haz caso a lo que te diga el corazón, pero no apagues el cerebro. Ponle las cosas claras y dile que no estás dispuesto a ser el tercero en discordia. Si realmente está enamorado de ti, tendrá que demostrarlo.

—Gracias, amiga. No sé lo que haría sin ti.

—Lo mismo, pero sin mi belleza a tu lado.

Fernando empezó a reír mientras yo pinchaba una patata con alioli de las que nos había traído el camarero junto con las bebidas.

—Venga, ahora es tu turno. Cuéntame quién es ese maromo que te trae loca.

—Si tú lo vieras, te caías de culo, te lo prometo.

Le conté a mi amigo cómo nos habíamos conocido, y las dos veces que nos habíamos encontrado, casualmente, pero que nos había dejado un buen sabor de boca a los dos.

—Cuando estoy entre sus brazos, me olvido hasta de mi nombre, amigo.

—Así quiero yo uno, pero que no tenga que compartir con nadie.

—Todo llega. Solo espero que se mantenga en el tiempo.

—Yo también. Además, voy a seguir tu consejo, y lo haré ahora mismo.

Fernando cogió su móvil y marcó el número de Fran, pero, viendo que no le contestaba, le dejó un mensaje en el contestador.

—Tenemos que hablar, a solas, tú y yo. Te espero en mi casa dentro de una hora, si no vienes, entenderé que está todo claro entre nosotros.

Minutos después, Fernando recibió un mensaje de audio, que reprodujo en alto para que yo lo oyera y le diera mi opinión.

Fran: Ya sabes lo que hay. No puedo renunciar a Marta, ya que, si lo hago, me veo con una mano delante y otra detrás, y no estoy dispuesto a hacerlo para que luego lo nuestro salga mal y no tenga dónde caerme muerto.

—Amigo, este tío puede estar muy bueno, no te lo discuto porque no lo he visto, pero tiene la cara más dura que el cemento armado.

—Me acabo de dar cuenta de eso.

—Pues ya sabes lo que tienes que hacer.

Mi amigo no respondió al mensaje. Bloqueó su número de teléfono y no dijo nada más al respecto.

Nos despedimos y cada uno se fue para su casa. Miré el móvil por si Alberto me había escrito algo sobre lo del sábado, pero no tenía ningún mensaje nuevo desde el último. Eso significaba que todavía no habría localizado a esa señora.