¿Me entiendes o te hago un esquema? Capítulo 11
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Capítulo 11

Alberto

Una media hora después, llegaron mis amigos con mi hijo y, nada más verme la cara, supieron que algo bueno me había sucedido.

Me abstuve de decirles cuando hablé con ellos por teléfono, que me había reencontrado con Belén, pues preferí hablarlo con ellos cara a cara, cuando estuviéramos a solas.

—Esa cara que tienes es porque nos tienes que contar algo —me dijo Juanjo, con una sonrisa.

—Pues sí, pero más tarde. Ahora quiero saber cómo se lo ha pasado mi hijo.

—Papá, no me lo podía haber pasado mejor. El tío Camilo se tiró por el tobogán con el barco en marcha y tuvimos que volver a buscarlo…

—El desgraciado de Juanjo, que le dijo al patrón que acelerara, que el niño se quería tirar y había visto medusas —me explicó mi amigo.

Solté una carcajada. Y esa no fue la única, porque las anécdotas se sucedieron una tras otra hasta que terminé doblado de la risa en el sofá de mi casa.

—Papi, y con la comida ya ni te cuento. El tío Camilo se llenaba el plato y, en cuanto se despistaba, el tío Juanjo lo mandaba a buscar algo a la nevera y se lo cambiaba por otro vacío.

—Y luego el cabrito decía que me estaba volviendo loco, que ya me lo había comido. Si no llega a ser por el niño, que lo pilló en plena faena, lo habría tirado por la borda.

Sabía que todo eso lo habían hecho para hacer reír a mi hijo, para que no se acordara de su madre, que, desde que se había marchado, no lo había llamado ni una sola vez.

Me dolía, no voy a decir que no, porque lo hacía, y mucho, pero, pensándolo en frío, veía que era lo mejor para él, pues, cuando lo llamara, lo volvería a desestabilizar.

Pedimos pizza para cenar, y nos sentamos en la terraza, en la parte que pertenecía a mi casa, que era la que daba de pleno al mar, pues estaba situada en la parte frontal del edificio.

Seguimos riendo, y supe que, por primera vez en la vida, era plenamente feliz, y no me había dado cuenta hasta ahora.

—Papá, yo sé que vosotros tenéis cuerda para rato, pero a mí se me están cerrando los ojos. No puedo con mi cuerpo.

—¿Ya nos abandonas? Desde luego, hijo, qué poco aguante tienes —le dijo Juanjo.

—Además, yo mañana empiezo el instituto, y quiero ir descansado, aunque solo sea la presentación y entre más tarde.

—Haces bien, hijo. Yo tampoco voy a tardar mucho en irme a la cama, que nosotros también tenemos que ir al hospital a primera hora.

Me despedí de mi hijo, pues eran casi las once de la noche y tenía que ir a descansar.

Esperamos un rato más, mientras Alejandro se lavaba los dientes y se ponía el pijama. Cuando escuché la puerta de su habitación cerrarse, me giré a mis amigos.

—Venga, ya estamos solos, suelta por esa boquita —me dijo Juanjo, que estaba deseoso de saber lo que me había pasado.

—Me he encontrado a Belén esta mañana, en la playa.

—¿En serio? ¿Te has acercado a ella?

—Por supuesto. ¿Por qué te crees que te he llamado para saber a qué hora volvíais?

—¡Qué cabronazo! ¿Te la has traído a tu casa?

—No, si te parece, me la voy a llevar a la orilla y me lío con ella allí.

—Desde luego, qué irónico te has puesto, hijo…

—Bueno, ¿qué? —me preguntó Camilo.

—Pues que he pasado la mejor tarde de mi vida, que tengo su número de teléfono y que no pienso dejar que se me escape de nuevo.

—¿Estás seguro de querer volver a una relación, cuando acabas de salir de una?

—No sé si quiero una relación, no sé si llevará a alguna parte, pero lo que sí tengo claro es que no me la he podido quitar de la cabeza desde que pasé la primera noche con ella.

—Entonces, si eso es lo que sientes, aquí estaremos para apoyarte en todo lo que decidas —me dijo Juanjo.

Nos dimos un abrazo y nos despedimos hasta el otro día, en que nos veríamos en el hospital, pues hablé con el director para que me dejara entrar un poco más tarde, ya que Alejandro tenía que estar en el instituto a las nueve y media.

Esa noche me costó mucho dormir, pero de alegría. Por fin, todas las piezas iban encajando, una tras otra, y mi vida empezaba a ponerse en orden.

Cuando sonó el despertador, me quería morir, porque no hacía ni dos horas que había caído en brazos de Morfeo. Aun así, no tenía más remedio que levantarme e ir avisando a Alejandro, que todavía seguía durmiendo.

Me di una ducha rápida y me vestí con un pantalón chino y una camiseta básica blanca, porque, en cuanto llegara al hospital, tendría que ponerme la bata y quería estar fresco.

Me até los cordones de las zapatillas blancas y salí de mi habitación. Entonces me llevé la sorpresa de encontrarme a mi hijo en el pasillo, con el uniforme del instituto y una sonrisa en los labios.

—Pensé que todavía estarías durmiendo, aún es temprano.

—Lo sé, pero los nervios no me dejaban dormir. Estoy despierto desde antes de que sonara tu despertador.

—Pues, entonces, nos vamos ya y desayunamos en la cafetería que hay cerca del colegio. ¿Qué te parece?

—Me parece una idea fantástica, papá.

Salimos del edificio riendo, y veía que mi hijo era feliz, a pesar de todo lo sucedido con su madre, a pesar de haber tenido que dejar a sus amigos atrás.

Al final, su mejor amigo no había podido venir a Málaga. Dos días antes de que sus padres lo trajeran, se cayó jugando al fútbol y se partió una pierna. Tuvo que entrar en quirófano, así que le fue imposible venirse.

Para mi hijo fue un palo, pues ya había planeado todo el fin de semana con su amigo, pero al final, tampoco se lo pasó tan mal.

—Estoy deseando conocer a mis compañeros. Digo yo que algún amigo haré, ¿verdad?

—Por supuesto, cariño. Tienes que mostrarte tal y como eres, ni más ni menos, y verás cómo consigues hacer amigos en poco tiempo.

—Eso espero. Y que me toquen unos profesores competentes, porque los que tenía el año pasado, a excepción de la de inglés, dejaban mucho que desear.

Fuimos paseando, nos sentamos en la terraza de la cafetería y pedimos un desayuno completo para empezar el primer día con fuerzas.

—Alejandro, no sé si llegaré a tiempo de estar en casa cuando salgas del instituto, porque Marga no puede venir por la mañana. No voy a tardar mucho, hoy solo es para recoger mis turnos.

—No te preocupes, papá, que, si cuando llegue a casa no has vuelto, te espero en el parque de enfrente.

—No hace falta. Toma, ahí tienes las llaves. Entras y no le abras a nadie. Ah, y me llamas o me envías un mensaje en cuanto salgas, por si no puedo contestarte en ese momento.

—Perfecto, papá. Ahora me marcho, que no quiero llegar tarde el primer día.

Vi cómo mi hijo cruzaba la calle y entraba en el centro. Estaba tan orgulloso de él que me fue imposible no hinchar el pecho y poner una sonrisa.

Mi centro de trabajo no estaba demasiado lejos, por lo que me fui dando un paseo hasta el hospital.

En cuanto llegué, ya estaban allí mis amigos. Ellos sí empezaban a trabajar ese mismo día, mientras que yo lo haría al día siguiente.

—¿Todo bien?

—Perfecto. El director te está esperando en su despacho.

—Ahora mismo subo. Cuando salga, os busco en planta y me contáis.

—Allí estaremos, al menos hasta las tres de la tarde.

Entré en el hospital y subí hasta la última planta, donde se encontraba el despacho de dirección.

—Buenos días, soy Alberto Montero y tengo una cita con el director.

—Buenos días, doctor Montero. Lo aviso enseguida y, en cuanto me den paso, le indico.

—Gracias.

Tuve que esperar diez minutos hasta que el director me dijo que pasara. Era un hombre de unos sesenta años, bastante agradable y con una cara muy simpática.

—Doctor Montero, es un placer contar con usted entre nuestra plantilla.

—Por favor, tutéeme, que me hace sentir más mayor.

—Ah, si es por eso, entonces yo seré Manolo y tú, Alberto. ¿Te parece bien?

—Me parece perfecto.

Estuvimos un buen rato hablando, me explicó mis horarios y las guardias que tendría que hacer en el mes, tanto de noche como de fines de semana.

Una hora después, salí del despacho con una carpeta con todos los turnos que tenía que hacer y, lo primero que hice, fue bajar a mi consulta para ver cómo era todo.

En el pasillo, me encontré con mis amigos, que iban a pasar consulta por primera vez.

—Chicos, esto es enorme, y muy actualizado.

—No te puedes imaginar cómo es la sala de radiodiagnóstico, parece recién sacado de la NASA.

—Mira que eres exagerado.

—De eso, nada. Ahora te llevarán a verla. Por cierto, las enfermeras no tienen desperdicio, ninguna.

—Ahí le doy la razón a Camilo, es como si en vez del título de enfermería le hubieran pedido a todas el de modelo. Me cago en la leche, serán una distracción constante.

Solté una carcajada al ver la cara de Juanjo, que era cirujano y pensaba en cómo sería cuando coincidiera con esas enfermeras en un quirófano, si sabría concentrarse en su trabajo.

Por supuesto que lo pensaba de cachondeo, pues sabía que mi amigo era un profesional como la copa de un pino.

Efectivamente, tal y como me había dicho Camilo, las enfermeras parecían sacadas de un catálogo, pero no le llegaban a Belén ni a la suela de los zapatos.

Belén, otra vez había vuelto su imagen a mi mente, una de la tarde anterior mientras tenía un orgasmo, disfrutando entre mis brazos y gritando mi nombre. Un calor repentino se apoderó de mí.

Ni siquiera me había fijado en si Alejandro me había enviado el mensaje que le pedí, por lo que, saqué el móvil del bolsillo y me dispuse a comprobarlo.

Pues sí, el mensaje había llegado hacía diez minutos, pero como lo puse en silencio en cuanto entré en el despacho, no me había enterado.

Alejandro: Papá, ya he salido y ha sido fantástico. Me voy con un amigo que he hecho y te espero en el parque. Si no te gusta mi plan, o no estás de acuerdo, me lo dices y me subo a casa.

Me hizo mucha gracia su manera de contestarme, ese plan detallado que me había dado. Le contesté que no había problema, que lo recogía cuando pasara por allí.

No sé el motivo, pero el caso es que también le escribí un mensaje a Belén, aunque supuse que todavía estaría en el trabajo. Sabía que era profesora, pero no me había dicho de qué ni dónde, aunque me daba igual, también os lo digo.

Alberto: No puedo sacarte de mi mente. Estoy deseando volver a verte.

No esperaba que me respondiera, al menos no de momento, pero me llevé una sorpresa cuando, minutos después, mi teléfono sonó.

Belén: Yo también te tengo en mente siempre. Di un día y una hora y te invito a cenar.