Capítulo 10
Belén
Acepté su propuesta, no sin antes preguntarle si a su hijo no le molestaría, pues no quería invadir ni la vida ni la casa de nadie, y eso lo tenía clarísimo.
—Mi hijo no está, ha salido con mis amigos a navegar y no volverá hasta bien entrada la tarde.
—¿Cómo es que tú no los has acompañado?
—Porque tenía una reunión importante y no sabía cuánto iba a tardar en resolver ese asunto.
—Entonces, si lo tienes tan claro, me encantará conocer tu casa, tu refugio…
—Joder, lo estás diciendo como si yo fuera Batman y te fuera a llevar a la batcueva .
Ambos soltamos una carcajada, mientras nos poníamos la ropa para salir de la playa.
Al final, decidimos comer en el chiringuito para no ir cargados y, porque ambos éramos conscientes de que, en el momento en el que estuviéramos a solas, sin que nadie pudiera vernos, íbamos a dejar volar nuestras ganas y nuestra pasión.
Nos sentamos en la terraza del chiringuito, y me dejó que pidiera yo, ya que, según su criterio, yo era la experta.
—Vale, pues pidamos un surtido de pescado frito con pimientos y una cazuela de arroz a la marinera. ¿Te parece bien?
—Yo preferiría comerte a ti, pero bueno, eso lo haré después. Primero, tenemos que saciar otro tipo de apetito.
—No me puedes decir esas cosas y quedarte tan ancho, Alberto.
—Claro que puedo, es más, creo que lo he hecho, como también creo que, en estos momentos, estás tan excitada como lo estoy yo.
Con mucho disimulo, escudándose en la mesa que nos tapaba, deslizó una mano hasta mis muslos y me hizo separar las piernas para tener acceso libre a mi sexo.
Con uno de sus dedos, como si no quisiera la cosa, apartó la braguita de mi bikini e introdujo dos dedos entre mis pliegues.
—Alberto, por favor…
—Shhh, calla y disfruta. Desde donde estamos no nos ve nadie.
Joder, y vaya si disfruté. Tuve que retorcer el vestido entre mis dedos para no gritar de placer, porque el orgasmo que me atravesó fue algo espectacular.
—Ahora vuelvo. Voy a lavarme las manos antes de comer.
—Me cago en tu puta estampa, Alberto.
Me salió de dentro, porque el calor y los colores que se me tuvieron que subir a la cara eran una prueba evidente de lo que había sucedido bajo aquella mesa.
Él solo soltó una carcajada, mientras entraba en el interior del local.
Cogí mi copa y me bebí la cerveza de un solo trago, por lo que tuve que llamar al camarero para que me trajera otra.
—Hace calor aquí, ¿verdad? —me dijo el chico, que me miraba como si supiera lo que había pasado.
—No te puedes imaginar cuánto, te lo aseguro.
El chico empezó a reír, mientras negaba con la cabeza y entraba para traer otra jarra de cerveza bien fría.
Justo la traía cuando llegaba Alberto, que también venía sonriendo. En cuanto nos quedamos a solas, se volvió a dirigir a mí.
—¿No me vas a preguntar por qué he tardado tanto?
—Imagino que porque habría mucha gente delante de ti.
—Negativo, no había nadie, ni delante ni detrás de mí.
—¿Entonces? ¿Has pedido algo extra en la barra antes de sentarte?
—No, tampoco ha sido eso.
—Hijo, pues ya no se me ocurre nada más.
Lo vi cómo se acercaba a mí, con toda la intención de decirme algo al oído y supe, al instante y por la forma en la que me miraba sonriendo, que lo que me iba a decir a continuación me iba a poner taquicárdica.
—No he podido evitar llevarme esos dos dedos a la boca. Saborearte así me ha puesto duro como una roca…
—¿No habrás sido capaz de…?
—Por supuesto que he sido capaz, y lo he hecho, con tu imagen en mi retina, justo en el momento en el que te corrías.
Al ver mi cara, soltó una carcajada que hizo que mi corazón latiera todavía más rápidamente.
Nunca en mi vida había comido y bebido más rápido que ese día, pues me moría por entrar en esa casa y que me hiciera suya como el día en que nos conocimos.
Antes de las cinco de la tarde ya estábamos entrando por la puerta de su casa. Alberto había llamado a sus amigos para preguntarles a qué hora volverían y asegurarse de que nadie nos interrumpiría.
—No vendrán hasta las nueve —dijo, cerrando la puerta a nuestra espalda—. Tenemos casi cuatro horas para hacer todo lo que llevamos imaginando desde la playa.
—Bueno, un poco menos, que no quiero incomodar a tu hijo y que me vea aquí cuando llegue.
—Vale, entonces serán tres horas y cuarenta y cinco minutos.
Solté una carcajada, pero me duró poco, pues me cogió en brazos, haciendo que enroscara mis piernas en su cintura y me llevó hasta su habitación.
—Tengo intención de ducharme contigo, pero antes quiero comprobar cómo sabe el mar en tu piel.
—Alberto, no puedo más.
—Claro que puedes. Porque no vas a correrte hasta que yo te lo diga, o tendrá consecuencias.
Dios. Esas palabras, esa manera de decirlas y lo excitada que yo estaba fueron un cóctel explosivo.
Sin darme cuenta, ya estábamos los dos completamente desnudos y él estaba besándome todo el cuerpo, deteniéndose en mis pechos, esos que lo volvían loco.
Cuando lo sentí entre mis piernas y pasó la lengua por mi sexo, no pude evitar soltar un grito.
—Hazlo, no te reprimas. No hay nadie en toda la planta.
—No pares, por favor.
—Está bien, pero recuerda que no puedes correrte hasta que yo te lo diga.
Volvió a mi sexo. Lamió, succionó y hasta mordisqueó mi clítoris. En el momento en que vio que ya no podía más, se separó de mí.
—Ahora puedes correrte, pero quiero que lo hagas a lo grande. Quiero que dejes salir todo lo que te pida el cuerpo.
Y volvió a colocarse entre mis piernas. Otra vez su lengua. Otra vez mi cuerpo retorciéndose de placer, hasta que me corrí tal y como él me lo había pedido: con un grito y una sacudida incontrolable.
No me dio margen para recuperarme. Me levantó las piernas, se las colocó sobre los hombros y me penetró con una embestida que me dejó sin aire.
¡Dios mío de mi alma! ¿Dónde había aprendido este hombre a follar de ese modo?
Cambiamos de postura en infinidad de ocasiones, cada vez que notaba que su orgasmo estaba cerca, lo hacía, para darnos un ratito más de placer, hasta que ya no pudo más.
Se encontraba sentado en la cama, mientras yo estaba a horcajadas sobre su miembro, siguiendo el ritmo que él me pedía, ayudada por sus manos en mis caderas.
—No puedo más, Alberto, necesito correrme.
—Hazlo, y llévame contigo al cielo, porque, si existe, te prometo que tiene que ser una sensación como esta.
Ambos nos corrimos mirándonos a los ojos y gritando el nombre del otro a pleno pulmón.
No había conocido el amor todavía, pero algo me decía que debía ser un sentimiento muy cercano al que tenía en esos momentos.
Nos quedamos abrazados, Alberto tumbado en la cama y yo sobre él, apoyada en su pecho, pero sin sacarlo de mi interior.
Cuando pudimos recobrar nuestra respiración, cuando ya la habíamos normalizado, me miró, con una sonrisa.
—Vamos, es el momento de darnos una ducha. En esta ocasión no tengo bañera, pero espero que te lo pases igual de bien.
—Eso no lo dudes, estando tú y tu cuerpo, me da igual tener que hacerlo en el lavabo.
—Hum, eso me ha dado una idea.
Se levantó conmigo en brazos, en la misma postura y sin salir de mi interior. Entonces me di cuenta de que no habíamos usado preservativo. Tomaba la píldora, y quizá por eso no me alarmé tanto como debería.
Me sentó en el mueble del lavabo, tal y como yo había insinuado antes, y empezó a besarme y morderme los pechos.
Notaba cómo se iba poniendo duro en mi interior, y aquella era la mejor sensación del mundo.
—¿Lo estás notando igual que yo?
—Sí, y es fantástico.
—Joder, nunca había hecho algo así, pero pienso repetirlo cada vez que tenga ocasión.
Eso me dolió, porque no verbalizó que fuera a ser conmigo. Aun así, no quise darle importancia ni romper la magia del momento.
Decir que en esas tres horas en las que estuvimos juntos no disfruté, sería mentir como una bellaca, pero ya había llegado la hora en la que teníamos que separarnos.
—¿Nos volveremos a ver, Belén?
—Siempre que no te olvides de mí. Ya tienes mi número de teléfono, puedes llamarme cuando quieras.
—No dudes que lo haré, porque quiero repetir esto todas las veces que podamos, pero no solo quiero eso de ti. Me gustaría conocerte bien.
—Yo también quiero hacerlo, Alberto. Me gustas mucho.
Nos dimos un beso en la puerta del ascensor. Le dije que no hacía falta que me acompañara, porque vivíamos cerca, y bajé sola. Al salir a la calle, el calor me golpeó la cara de lleno.