Capítulo 9
Alberto
Esa mañana me había levantado de otro humor, como si la vida estuviera empezando a devolverme algo de todo lo bueno que me merecía. No sé si me explico bien.
A mis casi cuarenta años, había sufrido mucho más de lo que cualquier persona debería sufrir a lo largo de toda su vida y, aun así, después de mucho tiempo, me sentía tranquilo. Feliz, incluso.
Había quedado con Marga en mi casa. Quería que lo viera todo y conociera a Alejandro antes de que él se fuera con mis amigos.
Como no sabía cuánto tardaría en llegar a un acuerdo con ella y mi hijo se moría por ir al mar, Juanjo y Camilo habían alquilado un barquito con tobogán y se lo llevarían en una media hora.
—¿Tienes la mochila preparada?
—Sí, papá, aunque me gustaría que vinieras con nosotros.
—Ya, pero tengo que solucionar este tema antes de empezar a trabajar. Tú, pásalo bien, te prometo que, la próxima vez, iré con vosotros.
—Vale, pero prométeme que, en cuanto termines, no te vas a quedar en casa, te bajarás, aunque sea un rato, a la playa.
—No tengo muchas ganas, pero bueno, haré el esfuerzo por ti.
—Entonces, me voy tranquilo.
En ese momento llamaron al telefonillo del edificio, y supe que sería Marga, pues faltaban dos minutos para la hora en la que la había citado.
—Buenos días, supongo que usted será Marga.
—Buenos días, pero por favor, tutéame, que los formalismos no me gustan.
—Perfecto, yo soy Alberto, y este es Alejandro, mi hijo.
Vi cómo aquella mujer miraba a mi hijo con un cariño que no era normal en alguien que acababa de conocerlo, y supe que había sabido ver más allá de lo que los demás veían.
Alejandro la saludó muy educadamente y le preguntó cómo quería que la llamara. Ella le dijo que como le saliera del corazón, que no tenía ningún problema.
—¿Te molesta si te digo nana? Es que no he tenido abuelos y, aunque no tienes edad para serlo, así te siento más cercana. No como la mujer que me va a cuidar cuando mi padre no pueda.
—A mí no me molesta, cariño. Y así es como quiero que me veas, como la persona a la que puedes contarle todo lo que te ocurra. Yo siempre intentaré entenderte y ayudarte a encontrar una solución.
—Papá, la nana me gusta. Sé que nos vamos a querer mucho y que me va a cuidar como lo hace una abuela.
—Eso me hace muy feliz, cariño. Ahora ve a buscar a los tíos y pásalo bien mientras yo termino de llegar a un acuerdo con Marga.
Mi hijo, contra todo pronóstico, porque no era de esos niños que dan muestras de cariño así porque sí, se acercó a ella y se despidió con un beso y un abrazo, al igual que hizo conmigo.
Cuando nos quedamos a solas, me dispuse a contarle a Marga toda mi vida, pero no me dio tiempo, porque me frenó en seco.
—Alberto, no es necesario que me cuentes nada de tu vida si no quieres. Yo estoy aquí para darle a Alejandro el cariño, el apoyo y el cuidado que necesita.
—Lo sé, Marga, pero necesito hacerlo para que comprendas a mi hijo.
Empecé a contárselo todo, desde que Sabrina me dijo que estaba embarazada hasta el momento en que, hacía unos días, Alejandro me confesó lo que ella le decía cuando discutíamos.
—Hay mujeres que no sirven para ser madres, no tienen ese instinto, y también hay que entenderlas.
—Lo sé, pero lo que me duele es que le haya tenido celos de su propio hijo.
—Ahí sí que no te puedo ayudar, porque yo quiero a mi hija con toda mi alma. Cualquier gesto hacia ella, bueno o malo, es como si me lo hicieran a mí multiplicado por mil.
—Exacto, yo también lo veo así. Pero bueno, ya conoces la historia que hay detrás, y podrás intuir las necesidades de mi hijo. Ahora, vayamos al tema económico.
Media hora después, ya habíamos llegado a un acuerdo en todos los sentidos, por lo que le entregué una llave de mi casa y le dije que, el lunes, en cuanto supiera mis horarios, se los haría saber para que se organizara durante el mes.
Me había gustado mucho esa mujer que, aparte de ser una belleza a pesar de la edad que tenía, era dulce y de lo más simpática.
No me juzgó en ningún momento, es que ni siquiera había juzgado a Sabrina, simplemente intentó entenderla, aunque no sé si lo consiguió.
De repente, me vino a la mente Belén, pues no sabía el motivo, pero esta mujer me la recordaba mucho.
Estoy completamente seguro de que, si Juanjo la hubiera visto, me hubiera dicho que le tirara los tejos, porque no podía negar que estaba buenísima, al igual que pasó con Marisa, la señora de la inmobiliaria, pero no era mi intención.
Entré en mi habitación y me puse el bañador, cogí una pequeña mochila donde metí mi toalla y mi cartera y me dispuse a bajar un rato a la playa, a esa que estaba cerca de mi casa.
Me fui dando un paseo, pues el coche solo pensaba cogerlo para lo imprescindible, ya que me encantaba caminar.
Estaba buscando al chico de las hamacas cuando la vi, allí, intentando ponerse crema en la espalda, y no pude evitar que una sonrisa acudiera a mi boca.
Al final, me instalé allí con ella. Y cuando volvimos a besarnos en el agua, con el mar cubriéndonos y sus manos aferradas a mí, sentí que algo dentro de mí se recolocaba por primera vez en mucho tiempo.
Podéis pensar que estoy exagerando, pero no me la había podido quitar de la cabeza en todos esos días y tenerla de nuevo entre mis brazos, era un sueño.
De repente, me preguntó algo que me dejó un tanto descolocado, pero que respondí con toda la sinceridad del mundo.
—¿Por qué no me pediste el número de teléfono si pensabas volver?
—Eso mismo me pregunté yo en cuanto te marchaste. Siendo sincero contigo, no tenía intención de empezar nada con nadie, no después de salir de ese matrimonio. Pero, en cuanto te tuve en mis brazos, supe que no podía dar marcha atrás.
—Gracias por tu sinceridad, eso me indica que, hasta cierto punto, me puedo fiar de ti.
—¿Acaso has tenido una mala experiencia con los hombres?
—Pues, realmente, no. Creo que todavía no me había llegado el amor y, por eso, las relaciones que he tenido, cuando se han terminado, no me han dejado mal sabor de boca. Es más, mi última pareja es uno de mis mejores amigos.
—Eso sí que es extraño, porque, normalmente, cuando una relación se rompe, se tiende a tirarse los trastos a la cabeza.
—No es nuestro caso, te lo aseguro. Además, una persona que tan solo cuenta las cosas malas de su expareja, que no es capaz de ver las cosas buenas que han vivido juntos, no me parece una persona justa.
—Tienes razón. Yo, con Sabrina, no solo he tenido momentos malos, también los hubo buenos, y muchos. Aunque todos fueron antes de que Alejandro naciera.
—¿Así se llama tu hijo?
—Sí, y es un niño espectacular, y no lo digo porque yo sea su padre, que todo el que lo conoce sabe que es cierto.
—¿Qué tal lleva él la separación? Porque supongo que será algo reciente…
—Bueno, han sido muchos cambios, pero no dudo de que mi hijo tiene la capacidad suficiente como para aceptarlo y adaptarse.
—Eso es bueno, la resiliencia es algo muy valioso.
—Tan valioso como tú.
Volví a atraerla hacia mí, poniendo mis manos en su trasero, amasándolo y haciendo que notara lo que me estaba haciendo sentir en esos momentos.
—Si continúas así, no vas a poder salir del agua en todo el día.
—Y la culpa será tuya.
—¿Mía?
—Por supuesto. Yo vivía muy tranquilo, pensando que no quería volver a poner a una mujer en mi vida, y apareciste tú, como de la nada, y poniendo mi vida patas arriba.
—Ya será para menos…
—Te aseguro que no, y te lo pienso demostrar.
Volví a besarla. Me daba igual que hubiera gente a nuestro alrededor, era justo lo que necesitaba en ese momento, y no me iba a separar de ella.
Después de un rato, salimos del mar y volvimos a las hamacas, donde lo primero que hice fue pedirle el número de teléfono y dejarle una llamada perdida para que también tuviera el mío.
—¿Qué te parece si compramos algo de comer y vamos a mi casa? Tengo una terraza que creo que te va a gustar, y no me apetece despedirme de ti todavía.