Capítulo 8
Belén
Habían pasado ya casi dos semanas desde que conocí a Alberto y seguía sin poder quitármelo de la cabeza.
Mi madre había acudido a esa entrevista laboral y debería estar al llegar. Yo estaba preparando mi bolsa para pasar el día en la playa, puesto que el lunes ya tenía que empezar las clases en el instituto.
Hoy me iría sola, pues Laura y Diana tenían que ir al pueblo de los padres de una de ellas para firmar la venta de una casa que había heredado de sus abuelos.
No quería irme sin saber la decisión de mi madre, por lo que me senté a esperarla en el sofá del salón. Esperaba que no tardara mucho.
Minutos después, escuché la llave en la cerradura de la puerta, y a mi madre que entraba cantando.
—Muy contenta vienes tú…
—No lo sabes tú bien.
—Deduzco, por lo que me has dicho, que te ha ido bien en la entrevista. Ahora solo me queda que me expliques por qué has aceptado ese trabajo cuando económicamente no te hace falta.
—Pues mira, hasta minutos antes de conocer a ese niño todavía me lo estaba pensando, pero en cuanto lo vi y noté esa tristeza en sus ojos, ya no hubo marcha atrás.
—No te entiendo. ¿Por qué iba a tener un niño de esa edad esa tristeza que dices que reflejaba?
—No lo sé, pero te aseguro que pienso averiguarlo.
—Bueno, yo me marcho un ratito a la playa. ¿Te vienes conmigo y comemos en el chiringuito?
—Uy, qué va, no me apetece nada. Me voy a cambiar y me voy a tirar en el sofá, bajo el aire acondicionado y a ver la serie que estoy viendo.
—Desde luego, hija, si te quedas ahí dos días más, te conviertes en un cojín. Tienes menos vida social que una ameba.
—Lo que tú digas, pero, por mucho que me hables, no me harás cambiar de opinión.
—Nada, chica, ahí te dejo con tu sofá y tu mando.
—Tus mandos, que son dos, el de la televisión y el del aparato del aire acondicionado.
Las dos soltamos una carcajada, mientras ella entraba en su cuarto y yo cogía mi bolsa de la playa para salir de mi casa.
Tenía una playa preciosa a menos de quince minutos andando de mi casa, y me decidí a ir dando un paseo.
Me encantaba pasear por las calles de mi barrio, de mi ciudad, donde lo mismo te cruzabas con una anciana que iba a comprar el pan que con una familia apurando los últimos días de vacaciones o con un grupo de turistas que visitaban los típicos monumentos.
Llegué a la playa y busqué un huequito en una de las hamacas que tenía el chiringuito, pues no había querido cargar ni con silla ni con sombrilla. En la bolsa solo llevaba la toalla y poco más.
—Aquí tiene usted una, señorita.
—Gracias, quiero alquilarla para todo el día.
—Perfecto, son veintidós euros, por Bizum o en efectivo, como usted quiera.
—No, no, en efectivo.
Pagué la hamaca y la sombrilla y guardé el recibo. Eran dos hamacas, aunque yo tan solo utilizaría una.
Extendí la toalla y me apliqué la crema protectora. Justo cuando miraba la manera de extenderme la crema en la espalda, escuché una voz que pensé que no volvería a escuchar jamás.
—¿Necesitas ayuda, preciosa?
—¿Alberto? ¿Qué haces tú aquí?
—¿Tomar el sol y darme un baño?
—Hombre, claro, a barrer la playa no has venido, digo yo. Pero me refería a que dijiste que volvías a Madrid al día siguiente.
—Y volví, pero a recoger mis cosas. Ya estoy aquí de nuevo. Esta vez, para quedarme.
—No entiendo nada, te lo juro.
—No te preocupes, que, si me dejas, yo te lo explico enseguida. Dame un momento para pagar esta hamaca y me instalo.
—No necesitas pagarla, lo acabo de hacer yo. Va en un pack: dos hamacas y una sombrilla.
—Vale, entonces te invito a comer y solucionado.
Alberto me contó que, el fin de semana que nos conocimos, estaban aquí para buscar piso y que, como lo encontraron a la primera, decidieron volver a su ciudad para llevar a cabo la mudanza lo más pronto posible.
También me explicó que sus amigos venían con él, y que empezaban a trabajar en el hospital de Málaga en esa semana que empezaba.
—Lo que más me preocupa es mi hijo, si te soy sincero. No sé si se va a adaptar, porque está en una edad muy difícil.
—¿Tienes un hijo? ¿Estás casado?
Os prometo que esto último lo pregunté casi en un susurro, porque se me formó un nudo en la garganta que casi me impidió respirar.
Vi cómo a Alberto se le dibujaba una sonrisa en la boca, una que no me hizo ni puta gracia, para qué mentir. Y él lo notó.
Solo de pensar que yo había podido ser la otra, aunque fuera por una sola noche, me ponía de mala leche.
Si había algo que yo no toleraba era la infidelidad, del tipo que fuera. La lealtad era algo que llevaba a rajatabla, y una mentira o un engaño era algo que me ponía enferma.
—Quédate tranquila. Cuando nos conocimos, ya había firmado el divorcio. Afortunadamente, como dirían mis amigos.
—Uf, menos mal, porque, eso de la infidelidad, como que no va conmigo.
—Lo supe desde el mismo momento en el que te vi. También me di cuenta de que no eres de las que se acuestan con un hombre nada más conocerlo, aunque conmigo hicieras una excepción.
—Pues sí. Como tampoco soy de esas a las que les gusta salir de fiesta. Prefiero un plan más tranquilo, de cena y copita en casa, o de ir a comer y echar la tarde juntas.
—Cada cosa que me cuentas me gusta más que la anterior, Belén.
Quise seguir preguntándole por su hijo, pero, al no verlo allí con él, o era demasiado pequeño y lo había dejado con alguien, o era demasiado mayor y se había quedado en casa solo o había salido con los amigos.
—Anda, trae que te ponga la crema por la espalda, o terminarás quemándote.
—Vale, pero luego te la pongo yo a ti…
—Preciosa, si me pones las manos encima, no respondo.
Me lo susurró al oído, y os prometo que me subió un calor por el cuerpo que no sabía de dónde había salido.
Volver a sentir sus manos sobre mi piel, masajeando mi espalda, mis piernas e incluso la parte de mis nalgas que quedaba al aire, me arrancó más de un suspiro.
Pero no pensaba dejarlo así, no era justo que yo estuviera así de sofocada mientras él estaba tan fresco.
Me incorporé en la hamaca, lo empujé levemente y me eché crema en las manos, que froté para que no estuviera tan fría. Empecé a extendérsela por el pecho y las piernas.
—Belén, o paras ya o me voy a tener que meter en el agua fría.
—Pues siento decirte que, de fría, más bien poco, la verdad.
—Joder, pues entonces, sí que lo llevo claro, porque mi amiguito está recordando otro momento en el que tus manos también estaban sobre mi piel…
Desvié mi mirada hasta su miembro, que estaba completamente erecto, y me puse roja como un tomate.
Se levantó y me tomó de la mano, haciendo que yo también me levantara, y caminamos de ese modo hasta el mar.
Él no se lo pensó y se tiró de cabeza en cuanto hubo profundidad suficiente como para no partirse la crisma, mientras yo entraba más despacio, a mi ritmo.
No me di cuenta de que había venido buceando hasta donde yo estaba, cogiéndome por detrás y lanzándome al agua con él.
Salimos riendo a carcajadas, él por la manera en la que yo gritaba antes de caer al agua, y yo, por la forma en la que me había sorprendido.
En un momento, tiró de mi brazo, me pegó a su cuerpo, posó una mano en mi mejilla y me besó.
Nos besamos, porque yo le correspondí a ese beso con premura, sin mostrar la más mínima resistencia, ya que lo deseaba tanto o más que él.
—No te puedes imaginar la cantidad de veces que he pensado en hacer esto desde que nos separamos.
—Yo tampoco he podido olvidar la noche que pasamos juntos. Pero, tengo una duda que me está corroyendo por dentro.
—¿Qué duda es esa? Pregunta lo que quieras, si te lo puedo aclarar, no tengo ningún problema en hacerlo.
—¿Por qué no me pediste el número de teléfono si pensabas volver?
—Eso mismo me pregunté yo en cuanto te marchaste. Siendo sincero contigo, no tenía intención de empezar nada con nadie, no después de salir de ese matrimonio. Pero, en cuanto te tuve en mis brazos, supe que no podía dar marcha atrás.