Capítulo 7
Alberto
No me pude quitar de la cabeza a esa mujer en todo el viaje. No me apetecía hablar de eso con nadie y, por eso, me coloqué mis auriculares, puse la aplicación de música y me aislé del mundo.
No sé en qué momento me quedé dormido, pero, en cuanto sentí que alguien me golpeaba en el brazo, abrí los ojos, sobresaltado.
—Bello Durmiente, que ya hemos llegado a Atocha —me dijo Juanjo.
—Joder, no me he dado ni cuenta.
—Ya, tú no, pero los demás viajeros sí. Menos mal que no hemos cogido el vagón del silencio, porque te hubieran echado a patadas en la primera estación en la que parara —dijo Camilo, riendo.
—¿De qué estás hablando, chaval?
—De que no veas cómo has roncado, chico. Si yo fuera tú, en cuanto llegara al hospital, pediría que me hicieran la prueba de la apnea del sueño.
—Los cojones de tu padre, voy a hacerme esa prueba.
—Si los encuentras, me lo dices, que les voy a hacer un nudo, no se le vaya a ocurrir seguir haciendo hijos para dejarlos abandonados.
Soltamos una carcajada. Por suerte, el que los hubieran abandonado ya no dolía como antes.
Yo sí que sabía el motivo por el que había terminado ahí, pero ellos no. La única familia que tenía era una hermana de mi padre; en cuanto se enteró de que no había dinero, también dejó de haber sobrino.
Bajamos del tren y tomamos un taxi, que nos llevó a cada uno a nuestra casa. Yo, antes de ir, le pedí que me dejara en casa del amigo de mi hijo, porque, aunque solo hacía un día que me había ido, ya lo echaba de menos.
—¡Papá! ¡Has vuelto!
—Claro, tesoro. ¿Cómo no iba a volver?
—No lo sé, como mi madre ha desaparecido sin decir nada…
—Pero yo no soy tu madre, yo siempre cumplo mis promesas.
—¿Nos vamos ya a casa?
—Sí, nos vamos, pero a terminar de guardar todo antes de irnos a Málaga.
—¿Ya has encontrado piso?
—Sí, es precioso y está cerquita de la playa, con una terraza desde la que se puede ver el mar.
—¿En serio, papá?
—Sí. Te va a encantar, lo tengo claro. Además, los tíos Juanjo y Camilo serán nuestros vecinos.
—¡Toma ya! Ya estoy deseando verlo.
—Y te he inscrito en un nuevo instituto que también tiene unas instalaciones enormes y muy bonitas, con campos de fútbol y de baloncesto.
—Espero encontrar buenos amigos allí.
—Seguro que sí, mi niño.
Volvimos a casa paseando, hablando de lo que haríamos cuando llegáramos a Málaga.
—Papá, quiero ir a la playa en cuanto lleguemos, y bañarme en el mar. ¿Crees que hará todavía calor para eso?
—Te aseguro que sí, Alejandro. Además, también podemos jugar al fútbol playa con los tíos.
—Sí, dos contra dos. ¿Sabes, papá?
—Dime, cariño.
—Sé que allí vamos a ser muy felices, y quiero irme cuanto antes.
—Yo también lo sé. Es como si necesitáramos cambiar de aires.
En ese momento me sonó el móvil, y era un número que no conocía. Pensé en dejarlo sonar, pero luego recordé que podría ser esa mujer de la que me había hablado la señora de la inmobiliaria.
Le hice un gesto a mi hijo de que tenía que contestar, y él me entendió, afirmando con la cabeza.
—Buenas tardes, ¿con quién hablo?
—Buenas tardes, soy Margarita Fuentes. Llamo de parte de Marisa de los Ríos, la señora de la inmobiliaria.
—Ah, sí. ¿Le ha contado lo que busco?
—Sí. Tengo que decirle que soy diplomada en educación infantil, y que trabajo en el turno de mañana en una guardería…
Esa señora me contó que tenía una hija mayor que ya hacía su vida y que, por las tardes, se aburría en casa, por lo que estaría disponible a partir de las tres de la tarde y hasta las ocho de la mañana del día siguiente.
Eso sería de lunes a viernes, porque el fin de semana lo tendría entero disponible.
—Me agrada muchísimo su perfil, sé que sería buena para mi hijo…
Ahora era mi turno para explicarle todas mis condiciones. Le dije que no podría darle un horario fijo, que todo dependía de mis turnos y guardias en el hospital.
Que la avisaría los lunes de los días que me haría falta que viniera a cuidar de Alejandro y que le pagaría sesenta euros al día, excepto si era de noche, que le abonaría cien euros.
—¿Está de acuerdo con las condiciones?
—Me parecen perfectas. No es que me haga falta el dinero, la verdad, pero sé que me vendría bien a modo de distracción.
—Entonces, guardaré su número en la agenda de mi móvil y la llamaré en cuanto volvamos a Málaga, para concertar una cita y que nos conozcamos personalmente.
—De acuerdo, esperaré su llamada.
Corté la comunicación después de despedirme, mientras mi hijo me miraba con cara rara, como si no supiera lo que estaba diciendo, por lo que decidí explicárselo.
—No me mires con esa cara, que todo tiene su explicación.
—Y yo estoy deseando que me la cuentes.
Me lo dijo de una manera que no pude evitar reírme. Le conté lo que ya había escuchado, pero dejándole claro que solo serían los días en los que tuviera turno de tarde y guardias nocturnas.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
—Papá, no quiero que luego me dejes allí con esa señora y te olvides de mí.
—Alejandro, entiendo tus dudas y tus miedos, pero tienes que confiar en mí, yo nunca te olvidaré ni te daré de lado.
Le di un abrazo mientras entrábamos en el establecimiento en el que teníamos que comprar las cajas para la mudanza.
En cuanto llegamos a casa, Alejandro me dijo que le ayudara a guardar las suyas.
—Papá, hay cosas que no me quiero llevar. ¿Qué hacemos con ellas?
—¿Estás seguro? Luego puedes arrepentirte. Allí, en el piso nuevo, hay espacio suficiente para guardarlas.
—No, no me las quiero llevar, no me traen buenos recuerdos.
—Entonces, esas mételas en una caja aparte, y las llevaremos a la parroquia, para que el párroco las reparta entre los niños necesitados.
—Esa es una buena idea.
Sabía a qué cosas se estaba refiriendo, y era a esas que su madre le había regalado o bien por su cumpleaños o por Navidad.
Jamás acertó en lo que al niño le gustaba. Siempre llegaba a destiempo, como si se hubiera acordado en el último momento y hubiera tenido que salir corriendo a por ello.
Ni siquiera eran acordes con su edad. Como el regalo del año anterior, que apareció la víspera de Reyes con un tren de madera que había comprado en un supermercado, mientras que para ella venía cargada de bolsas de ropa de firma.
Los lanzó a la caja con rabia, como si, una vez que eso desapareciera de su vida, también se llevara el recuerdo de ella.
Me planteé llevarlo a terapia en cuanto llegáramos a Málaga. Hablaría con alguno de mis compañeros de Psiquiatría o Psicología para que me aconsejaran.
Mi hijo no estaba bien, y eso era evidente. Más de una vez lo vi limpiarse las lágrimas de manera brusca, como si entendiera que su madre no merecía ni una lágrima suya.
—Alejandro, no es malo llorar, si lo necesitas, hazlo.
Mi hijo me miró, y se lanzó a mis brazos. Entre ellos soltó todo lo que tenía dentro, todo lo que llevaba guardado desde que su madre se marchó, o al menos eso pensaba, hasta que habló.
—¿Por qué he nacido si ella me dijo que no me había querido nunca?
—¿Perdona? ¿Qué estás diciendo, Alejandro? ¿Tu madre te dijo eso?
—Sí, papá, cada vez que discutía contigo por mi culpa…
—Nunca ha sido por tu culpa, Alejandro, sino por la de ella.
—Bueno, pues siempre que discutíais por algo que me incumbiera, ella, cuando tú te marchabas, me lo decía.
—¿Qué era lo que te decía, exactamente?
—Que nunca debió permitir que yo naciera, que había sido la muerte de su matrimonio, porque tú me querías a mí más que a ella, y que, por eso, ella no me había querido nunca, porque tú me dabas amor por los dos.
Os prometo que se me paró el corazón cuando escuché a mi hijo pronunciar esas palabras. ¿Qué le decía yo ahora? ¿Cómo podía justificar que una madre le tuviera celos a su propio hijo?
No podía, de ninguna manera, y no lo hice. De lo que me encargué fue de dejarle claro a mi hijo que yo estaría siempre ahí, para él, para todo lo que necesitara y que no le faltaría mi cariño jamás.
—Te quiero, papá.
—Yo también te quiero, mi vida.