¿Me entiendes o te hago un esquema? Capítulo 6
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Capítulo 6

Belén

—Chica, no hay más que verte la cara para saber que ese hombre te ha hecho muy feliz —me dijo Laura.

—Vamos, que vosotras habéis ido a misa de ocho por los cojones.

—Por supuesto que sí, yo he estado rezando el rosario. Me he pasado toda la noche de rodillas —sentenció Diana.

Soltamos una carcajada, por la cara que puso y el tono que empleó. Habíamos salido del hotel y tomado un taxi que nos llevó hasta la churrería que había en la esquina de mi casa.

Eran las siete de la mañana y sabíamos que mi madre estaría despierta, esperando a que llegáramos para que no nos acostáramos sin desayunar.

Compramos un kilo de churros y una botella de chocolate caliente para las cuatro.

A pesar de no haber dormido en toda la noche, me sentía tan feliz que sabía que me iba a costar muchísimo conciliar el sueño. Aun así, una buena taza de chocolate caliente me sentaría de maravilla.

—Desde luego, cualquier día vais a llegar después de barrer las calles —dijo mi madre, cuando nos escuchó entrar.

—No podemos llegar antes, Marga, nos han contratado para que encendamos los semáforos y para que apaguemos las farolas —contestó Laura.

—Sí, hija, y el sueldo os lo dan en especie.

—Uy, ni que lo digas, querida madre de mi mejor amiga. ¡Y vaya ejemplares nos han dado!

—Ya está la bocachancla hablando de más —le dije.

No es que yo le ocultara nada a mi madre, pero tampoco es que le diera detalles. Verás, si me preguntaba si había estado con algún chico, no le mentía, y si había estado, le contestaba que sí, pero ni le decía con quién ni dónde.

—Tranquila, hija, que no te pienso preguntar nada. A mí, con que me digas que has tomado precauciones y que te ha respetado, me sobra y me basta.

—Mamá, no vayas a empezar, de verdad. Ha sido algo esporádico, entre otras cosas porque hoy mismo vuelve a Madrid.

—No empiezo, no empiezo. Anda, vamos a desayunar que se enfrían los churros.

Mientras nosotras nos cambiábamos de ropa y nos poníamos cómodas, mi madre calentó el chocolate y puso la mesa.

No les había dicho a mis amigas que no había encontrado mi ropa interior, porque no tenía ganas de que hubiera cachondeo hasta el fin de los días, pero había vuelto a casa sin bragas.

Desayunamos entre risas y bromas, tanto de mis amigas como de mi madre, que nos dejó allí sentadas mientras ella iba a arreglarse, pues tenía que ir al centro comercial antes de ir hasta donde había quedado con Marisa.

—Chicas, yo no sé vosotras, pero yo me voy a la cama, porque estoy que se me cierran los ojos —dijo Diana.

—Yo también te acompaño, no puedo ni con mi cuerpo —afirmó Laura.

—Id vosotras, yo, mientras, recojo todo esto y ahora me acuesto.

Mis amigas se marcharon para mi habitación, y yo me quedé ahí, en la cocina, enjuagando las tazas y los platos para meterlos en el lavavajillas y tirando lo que había quedado de churros y de chocolate.

Mi madre se despidió de mí, dejándome un beso en la mejilla y pidiéndome que me fuera a la cama a descansar.

No lo hice, porque sabía que me dedicaría a dar vueltas y despertaría a mis amigas; por eso, me metí en la ducha para relajarme un poquito. Después me sentaría en el sofá, a ver si era capaz de dar una cabezadita.

No sé cuándo caí en brazos de Morfeo, pero cuando abrí los ojos, el teléfono marcaba las cinco y media y mis amigas seguían durmiendo.

Mi estómago rugía un poquito, y sabía que tenía que comer algo, pero no tenía ni puñeteras ganas de meterme en la cocina.

Cogí un folleto que tenía de un asador turco que habían abierto nuevo, y me decidí a pedir un bocata de pollo asado con patatas fritas.

Ya habíamos pedido varias veces, y los bocadillos no eran normales, os lo aseguro, eran kilométricos. Con uno, comíamos las tres; estaba exquisito de sabor.

Esperaba que, mientras el pedido no llegaba, mis amigas aterrizaran en este mundo, o se lo comerían frío.

No se me habría ocurrido nunca despertarlas para comer, porque tenían tan mal despertar que la Niña del Exorcista, a su lado, era Piolín.

Efectivamente, se levantaron pocos minutos después de que llamaran al telefonillo.

—¿Qué se estaba quemando? —preguntó Diana.

—¿De qué estás hablando, loca?

—Hija, que el del telefonillo se ha debido de quedar con el dedo pegado. Vamos, ni la alarma del móvil —contestó Laura.

—Yo estoy pensando en contratarlo para que me despierte todas las mañanas. Te aseguro que no llegaría nunca tarde al trabajo —me dijo Laura.

—Anda, venga, que quien ha llamado es el repartidor del asador. Ha venido a traer el pedido de la comida.

—Pues casi que podía haber llegado un poquito más tarde y así hubiéramos hecho tres comidas en una. Almuerzo, merienda y cena —comentó Diana, riendo.

Negué con la cabeza y, ahora que estábamos solas, me dispuse a hablar con ellas sobre Alberto.

Me arrepentí al instante de no haberle pedido el número de teléfono, pero luego pensé que también me lo podría haber pedido él a mí.

—¿Qué te ocurre, Belén? Te noto muy pensativa —me dijo Laura, que era la más observadora.

—Estoy pensando en Alberto, no me lo puedo quitar de la cabeza. Y en que debería haberle pedido su teléfono, al menos.

—Eso tan solo te haría más daño, cariño. Piensa que ellos han vuelto a su ciudad y que allí tendrán su vida —me contestó Diana.

—Exacto. Quédate con la noche tan magnífica que has pasado, nada más.

—Es que es inevitable pensar qué habría sucedido si viviera aquí, en Málaga, como nosotras.

—Pues a lo mejor habría pasado lo mismo y solo habría sido el amor de una noche —respondió Laura, negando, como si fuera algo evidente.

—En fin, eso nunca lo sabremos.

Nos sentamos en el sofá para ver un episodio de nuestra serie favorita. Hoy no íbamos a salir a ninguna parte, pero, aun así, mis amigas se quedarían conmigo todo el fin de semana.

En ello estábamos cuando llegó mi madre con Marisa. De verdad, parecía que venían de una boda las dos, pues no se podía ser más elegante.

—¿Dónde ha sido la recepción? —preguntó Laura.

—¿Qué recepción? Si nosotras venimos de comer y de un tardeo —contestó mi madre.

—Hija, si vais así de elegantes para ir a comer, no me quiero imaginar cómo iréis para una cena con un churri.

—A nosotras eso ya se nos ha olvidado. Aunque no os podéis imaginar lo que me pasó ayer…

Marisa empezó a contarnos que había enseñado unos pisos a unos hombres y que estaban a cada cual más bueno.

Era para verla cómo los describía y la cara que ponía cada vez que decía algo de ellos, haciéndonos reír a carcajadas por la manera de hacerlo.

—Y encima, uno de ellos me dijo que…

—Te preguntó si querías darle una alegría al cuerpo —le dijo Laura.

—¡Qué más quisiera yo! Pero eran bastante más jóvenes que yo.

—Hija, ¿y eso qué más da? Ni que te fueran a pedir el DNI al entrar entre tus piernas —contestó Diana.

—No, no, además, no me lieis, que no es eso lo que quería contaros.

—Anda, deja, que ya lo cuento yo.

—Venga, una u otra, pero soltadlo ya, que me tenéis nerviosa —les dije.

—Marisa me ha buscado un trabajo extra. Se trata de cuidar a un niño de doce años cuando su padre no pueda atenderlo por trabajo. Algunas noches tendré que dormir en su casa, pero vamos, que eso lo haces tú mínimo dos veces al mes.

—¿Un niño de doce años? ¿Y le vas a decir que sí?

—Por supuesto. Por poco que me pague, es un dinerito. Además, para estar aquí toda la tarde sola y aburrida, mejor estoy allí y me gano un extra.

—Diosito de mi vida, ten misericordia de ella, que no sabe a lo que se enfrenta —dije en voz alta, como si estuviera rezando una plegaria.

—Mira que eres exagerada, hija mía. Que son preadolescentes, no demonios.

—Precisamente eso es lo que me da miedo a mí: la preadolescencia.

—Por cierto, ¿no tiene madre? —preguntó Diana.

—Hija, no le he pedido el libro de familia al muchacho. Solo os cuento lo que él me pidió: buscar a alguien que pudiera hacerse cargo de su hijo, nada más —me contestó Marisa.

—A lo mejor el muchacho es gay y es padre por vientre de alquiler, o es adoptado, o es…

—O es extraterrestre y lo han abducido —contesté, negando con la cabeza.

Mi madre y Marisa soltaron una carcajada, porque mi amiga tenía cada cosa que no era ni medio normal, de verdad que no.

Al final, cenamos todas juntas y nos tomamos una copita en el salón, entre risas y confidencias.

Marisa nos contó que había conocido a un hombre muy atractivo, que le gustaba mucho, pero que no sabía si ella le gustaba a él.

—Hija, ¿cómo no le vas a gustar con ese cuerpo y esa cara? —le dije yo.

—Que tampoco soy yo Cindy Crawford.

—Más quisiera esa parecerse a ti, chavala. Tú eres una mujer real, sin operaciones y con curvas donde tiene que haberlas.

—Gracias por dejarme claro que tengo celulitis y patas de gallo.

—Yo no he dicho eso, pero venga, no te desvíes y cuéntanos quién es y a qué se dedica.

—Es el dueño de la joyería que hay junto a la oficina de mi inmobiliaria, un local que acaba de abrir y que le vendí yo.

—¿Y no te ha insinuado nada?

—Bueno, cuando firmamos y antes de abrir, me invitó a cenar, pero no pasó nada entre nosotros.

—Hija, no todo el mundo es tan rápido como el tío con el que se acostó anoche Belén —dijo Laura.

—¡Madre mía! Qué sabrás tú de lo rápido que era o no. Ni que hubieras estado tú debajo de la cama —le dije, medio en broma, medio enfadada.

—Lo único que nos interesa saber es si llegaste rápido al clímax o no —me dijo Marisa.

—No pienso contar nada de mi vida sexual, mucho menos delante de mi madre.

—Desde luego, hija, qué desaborida eres —me contestó Laura.

—No te preocupes, Marisa, que nosotras te lo contamos todo —le dijo Diana.

Le contaron cómo había sucedido todo, cómo nos conocimos y la manera tan tonta en la que empezó todo entre ese hombre y yo.

Omitimos nombres y datos, pues no queríamos que pensaran que hablábamos como la Wikipedia.

Eran casi las tres de la mañana cuando nos fuimos a la cama. Marisa, al final, se quedó con nosotras a dormir, y lo hizo con mi madre, como ya lo había hecho en otras ocasiones.

Me costó conciliar el sueño, a pesar de la hora que era y de que casi no había dormido la noche anterior, pero es que cerraba los ojos y me venía la imagen de Alberto a la cabeza.

Era imposible no pensar qué estaría haciendo en ese momento. Cuando, de repente, una duda me asaltó.

¿Estaría casado y por eso no me pidió el número de teléfono? ¿Habría sido yo la canita al aire dentro de su matrimonio?

—¿Qué te pasa ahora, Belén?

—Me estoy preguntando si Alberto estará casado y por eso no me ha dado datos para poder localizarlo.

—Chica, qué ganas de darle vueltas a la cabeza. Has echado un polvo, no te ha puesto un anillo en el dedo.

—Cómo se nota que no está acostumbrada a hacer esto —sentenció Laura.