Capítulo 5
Alberto
No entendía lo que me estaba pasando con esa mujer, os lo prometo. Era como si todo mi pudor se hubiera quedado guardado en un cajón.
No me pude resistir. Seguí acariciando su pierna y, cuando giró la cara hacia mí, todavía con mi susurro flotando entre los dos, la besé.
Al principio fue un beso suave, apenas un roce de labios, pero, en cuanto supe que ella no iba a rechazarme, lo profundicé hasta que nuestras lenguas empezaron a buscarse con la misma urgencia.
—Quiero pasar la noche contigo, Belén.
—Yo también estoy deseándolo, Alberto.
Nunca en mi vida me había acostado con alguien a quien acababa de conocer hacía unos minutos, pero con ella todo era distinto.
Ni me lo pensé. Les hice un gesto a mis amigos de que me marchaba, al igual que Belén se lo hizo a sus amigas.
—Chicas, nos vemos en la puerta de mi casa. Avisadme cuando vayáis para allá, y esperad a que yo llegue.
—No te preocupes, que, si vemos que es demasiado tarde, y que tu madre está despierta, no te molestamos.
—Vale, pero me avisáis de todas formas y ya os digo.
La cogí de la mano y salí con ella de la discoteca. No me había dado tiempo ni a terminarme la copa que me había pedido, pero la necesidad de estar con ella era superior a todo lo demás.
Ni siquiera con Sabrina me había pasado esto; era como si un imán me atrajera hasta ella, sin poder ni querer evitarlo.
Como habíamos reservado una habitación triple, antes de salir, hablamos de que, si alguno de nosotros ligaba, no la llevaría a la habitación, sino que reservaría otra para esa noche.
Entré en el hotel y le expliqué a la recepcionista que necesitaba otra habitación para esa noche, y no tuvo ningún inconveniente en darme una de las que tenían libres, que pagué de manera inmediata.
En el ascensor ya no pude aguantar más y, después de apoyarla contra la pared, le tomé la cara entre las manos y volví a besarla.
A esas alturas, mi erección ya era evidente y se clavaba en su bajo vientre, haciéndola gemir.
Llevé una de mis manos al bajo de su vestido, buscando su sexo, porque me moría de ganas de comprobar si ella estaba tan desesperada como yo. Aparté su braguita e introduje uno de mis dedos entre sus pliegues.
—No pares, Alberto, por lo que tú más quieras.
—No pienso parar hasta que te corras para mí.
Se volvió loca, al igual que yo, y sincronizó el movimiento de sus caderas con el de mi mano sobre su sexo.
Antes de que llegáramos a nuestra planta, ya se había corrido por primera vez, y el sonido de sus jadeos y sus gemidos fue como música celestial para mis oídos.
Salimos del ascensor en completo silencio, con ella entre mis brazos, pues todavía le temblaban las piernas del orgasmo que había alcanzado hacía apenas un minuto.
Entramos en la habitación y, antes de cerrar siquiera la puerta, ya nos estábamos desnudando el uno al otro de una manera fiera y apresurada.
En menos de un minuto, ya estábamos en ropa interior. Cuando vi sus pechos, tan turgentes, tan redondos, no me lo pensé.
Llevé mis manos hasta ellos, los acaricié, los amasé y terminé llevándomelos a la boca.
Succioné sus pezones despacio primero, con más hambre después, hasta que sus dedos se enredaron en mi pelo, mientras la llevaba hasta la cama, donde la posé con una delicadeza que contrastaba con todo lo demás.
Fui recorriendo su cuerpo con mis besos hasta que llegué a su sexo, cubierto por una minúscula braguita de encaje del mismo color que su vestido.
Os prometo que, si me la hubiera encontrado desnuda, no me habría excitado tanto como verla con aquella braguita.
Me quedé mirándola un buen rato, empapándome de su cuerpo, grabándolo en mi memoria.
Cuando me sacié de mirarla, le tocó el turno al sentido del tacto, por lo que recorrí sus piernas con mis manos, hasta que llegué de nuevo hasta sus caderas.
Metí los dedos por los laterales de sus braguitas y se las quité, bajándolas de manera lenta y tortuosa, hasta sacárselas por sus piernas.
Y ahora, el gusto sería el encargado de sustituir al tacto, así que cogí su pierna por el tobillo, la levanté y fui besándola hasta llegar a su sexo, donde dejé una pasada con mi lengua.
Hice lo mismo con la otra pierna, pero esta vez, al llegar hasta su sexo, no pasé de largo.
La cogí de improviso, haciendo que gritara de placer, y eso me puso como una moto, no lo voy a negar.
Noté que el segundo orgasmo estaba a punto de arrastrarla y no aflojé. Succioné su clítoris con más intensidad hasta que gritó mi nombre.
Sin darme cuenta, había invertido las posiciones, quedando ella encima de mí.
La atraje hacia mí para que me besara, para que se saboreara en mis labios, mientras seguía moviendo sus caderas encima de mi miembro.
Ese beso dejó paso a otros más, unos que repartió por mi pecho, hasta llegar a la V de mi bajo vientre, esa que apuntaba directamente a mi sexo.
Fue menos delicada que yo, y tiró de las costuras de mi bóxer, hasta abrirlo en dos, dejando mi miembro al aire, saltando delante de su cara.
Su lengua hizo el recorrido desde mi base a mi punta y, una vez allí, la introdujo en su boca. Lamió, succionó, y casi hizo que me corriera en su boca, pero la frené a tiempo.
—No es ahí donde quiero terminar, preciosa.
—Me encanta tu sabor, es adictivo.
—A mí me fascina que te guste, pero eso lo haremos más tarde, ahora necesito estar dentro de ti.
Me puse un preservativo y dejé que fuera ella la que llevara la voz cantante. Me moría por descubrir cómo se movería, si iba a ser tan sensual y elegante como hasta ahora.
Pero me equivoqué, porque lo era mucho más. Movía sus caderas de manera lenta y tortuosa, como si estuviera haciendo una coreografía de ballet, y me estaba matando de placer.
—Preciosa, si sigues así, no creo que dure mucho más. Me estás matando lentamente.
—Joder, Alberto, en mi vida había sentido tanto placer a la vez.
Le di la vuelta, la puse apoyada sobre sus rodillas y sus codos y, después de levantar sus caderas, la penetré de una fuerte estocada.
Menos mal que el cabecero de la cama era de barrotes y Belén se había agarrado a ellos, porque la fuerza de aquella embestida casi la empujó hasta el otro lado de la cama.
Ella me pedía más y más fuerte, y sus deseos eran órdenes para mí, por lo que no escatimé en hacerlo, hasta que un orgasmo devastador nos arrasó a los dos.
Belén mordió la almohada, y yo tuve que posar mi boca sobre su hombro, sin hacerle daño, por supuesto, porque, si hubiéramos dejado libres nuestros instintos, nos hubieran expulsado del hotel por escándalo público.
Caímos derrotados en la cama, y no pude evitar atraerla hacia mí para que descansara la cabeza sobre mi pecho.
No tenía pensamientos de parar todavía, no me había quedado saciado de ella, pero entendía que el encuentro había sido tan intenso que teníamos que descansar un poco.
Una vez que nuestras respiraciones se normalizaron, nos atrevimos a hablar sin pensar que nos pudiéramos quedar a medias en la conversación por falta de aire.
—Me muero por darme un baño en esa bañera que estoy viendo desde aquí.
—¿Hay una bañera? Pues nada, dame unos minutos que lo prepare todo y enseguida vuelvo a por ti.
Le dejé un beso en los labios y me levanté, dispuesto a complacerla en ese deseo que, la verdad, a mí también me llamaba bastante.
Imaginarla sumergida en el agua, conmigo a su espalda y mis manos recorriéndole la piel, hacía que volviera a ponerme duro del todo.
Eché las sales de baño que encontré allí, así como un poquito de jabón para que hiciera algo de espuma. En cuanto conseguí la temperatura ideal, me di la vuelta para ir a buscarla, pero ella ya estaba en el umbral de la puerta del baño.
La cogí de la mano y la llevé hasta la bañera, haciendo que se sentara en el interior mientras yo me colocaba a su espalda.
Había encontrado una esponja sin abrir, cortesía del hotel, y con ella fui echándole agua por todo el cuerpo.
Eché jabón en mis manos, las froté y me dediqué a limpiarla de manera dulce y delicada, hasta que llegué a su sexo.
Con mis dedos le arranqué otro orgasmo en pocos minutos, y eso me puso todavía más duro de lo que ya me encontraba.
Me encantaba lo receptiva que era, lo mucho y bien que respondía a mis estímulos, y lo fácil que era que alcanzara el clímax.
La bañera estaba al lado del plato de ducha, por lo que, tras levantarme, la cogí por la mano y la llevé dentro, la pegué a la pared y, cogiéndola por las nalgas, la levanté, obligándola a enroscar sus piernas alrededor de mis caderas.
Por suerte para los dos, fui precavido y dejé un preservativo en el poyete de los botes de champú y gel.
Me lo puso ella después de que nos rozáramos durante un buen rato. Llevó mi miembro hasta su entrada y la penetré de una sola embestida.
Así estuvimos un buen rato, hasta que el clímax nos alcanzó a los dos. Después de eso, nos secamos sin apartar la vista y, cuando menos me lo esperaba, Belén se puso de rodillas delante de mí.
Tomó mi miembro, que ya empezaba a ponerse erecto de nuevo ante la expectación de lo que se avecinaba, y se lo metió en la boca.
Os prometo que, en mis casi cuarenta años, no me habían hecho una felación así. Quise parar, quise sacar mi miembro de su boca, pero sentir su lengua en mi glande, mientras que la succionaba, me lo impidió.
—Joder, Belén, ¿qué ha sido eso?
—Tómatelo como un regalo, que mira la hora que es y tengo que irme ya.
—¿Te han llamado ya las niñas?
—Sí, me están esperando en el vestíbulo.
—Dame un minuto que me vista y te acompaño abajo.
—No hace falta, de verdad…
—No me perdonaría dejarte marchar así, sin despedirme en el vestíbulo.
Me vestí rápidamente, y la acompañé hasta el vestíbulo, donde ya estaban esperando mis amigos junto a sus amigas.
Al día siguiente salíamos temprano para Madrid, pues ya teníamos las llaves de nuestras viviendas y queríamos hacer la mudanza lo antes posible, ya que el colegio empezaba en dos semanas y nosotros también nos teníamos que incorporar en el hospital.
Le había pedido a la señora de la inmobiliaria que, si conocía a una persona lo bastante seria, formal y acostumbrada a tratar con niños que pudiera cuidar de Alejandro durante mis turnos fuera del horario escolar, me lo hiciera saber.
Marisa me contestó que tenía a la persona indicada, pero que antes tenía que hablar con ella para saber si estaba dispuesta, ya que ella trabajaba por las mañanas en un centro.
Quedó en que, si era así, si ella aceptaba el trabajo, le daría mi número de teléfono para concertar una cita en cuanto estuviera de vuelta.
Esa misma tarde nos dio tiempo a ir a comprar los muebles, que nos traerían a la semana siguiente, una vez que avisáramos de que ya estábamos de nuevo en la ciudad.
También me moría de ganas por ver la reacción de mi hijo al vivir tan cerca del mar, pues el edificio estaba a diez minutos andando de la playa.
Le había dicho que, una vez que estuviéramos instalados, se podría venir su mejor amigo a casa durante unos días, hasta que empezara el colegio, y se volvió loco de alegría.