Capítulo 4
Belén
Eran las nueve en punto de la noche y ahí estaban mis amigas, dispuestas a cenar los manjares que había cocinado mi madre.
—Chicas, ahí tenéis una tortilla de patatas y un platito con puntas de solomillo al Pedro Ximénez —dijo mi madre.
—En la puerta de esta casa hay que poner una estrella Michelin, porque ni en los mejores restaurantes se come de esta manera —le dijo Laura.
—No me seas más pelota, anda, que nos conocemos desde hace muchos años —contestó mi madre, sonriendo.
—Mamá, ¿no te sientas a cenar con nosotras?
—Uy, qué va, no tengo hambre. Yo picaré ahora algo mientras recojo la cocina.
Nos sentamos a la mesa y, mientras comíamos, hicimos los planes de los locales a los que teníamos pensado ir.
En noches como esa, las chicas se quedaban a dormir en mi casa para que ninguna tuviera que volver sola. Nos daba un poquito de miedo con todo lo que estaba pasando en el mundo y, aunque en nuestra ciudad no solía pasar nada de eso, nunca se sabía.
Diana me hizo un gesto para que mirara a mi madre. La que no iba a cenar, se había comido el trocito de pan que quedaba con la salsa y un trocito de solomillo que había quedado en la olla.
Fue a la nevera, sacó un trocito de queso que no nos habíamos comido y se lo llevó a la boca. Después, al retirar el plato de la tortilla, vio que había sobrado una cuñita y también dio buena cuenta de ella.
A la hora del postre, nosotras optamos por tomar un helado, mientras que ella fue a la cesta de la fruta y se comió medio plátano, porque el otro medio estaba pasado, un buen trozo de manzana y una mandarina que había conocido tiempos mejores.
—No veas, la que no iba a cenar… —dijo Diana.
—Y no he cenado, porque no me he sentado. He ido picando un poquito de todo lo que se iba a echar a perder, que la vida está muy cara para ir tirando comida —respondió mi madre.
—No le digáis nada a la mujer, que ella es como la madre del monólogo de Manu Sánchez —dijo Laura.
—¿Qué le pasaba a esa madre?
—Que a ella no le engordaba comer, lo que le engordaba era recoger la cocina.
Las cuatro soltamos una carcajada, porque no podía tener más razón, a mi madre lo que la engordaba era eso.
Por suerte para ella, la gran Marga tenía un tipo envidiable. A sus cincuenta años seguía teniendo una talla cuarenta, con curvas donde las debía tener.
Nosotras la dejamos en el salón y nos marchamos a la habitación, donde ya habíamos dejado todo listo para arreglarnos.
Nos duchamos antes de cenar. Bueno, me duché yo, porque mis amigas ya venían duchadas de casa, así que en ese momento solo nos quedaba vestirnos y maquillarnos.
Yo me había decantado por un vestido color vino tinto, de una tela vaporosa, pero de esas que marcan la figura.
Me llegaba por encima de la rodilla, tenía escote en V y, en cada hombro, cuatro tirantes finitos que se cruzaban en la espalda.
Por ese motivo, no podía llevar sujetador. Menos mal que mi pecho estaba bien sujeto con uno de esos de silicona que se quedan pegados, porque no me gustaba ir sin nada por la calle.
Lo combiné con unas sandalias doradas, al igual que los complementos, pues, aunque estábamos en septiembre, seguía haciendo muchísimo calor.
Mis amigas también llevaban vestidos, Diana en azul marino y Laura en verde oliva.
—Ole las guapas, sí, señor —dijo mi madre al vernos aparecer por el salón.
—Nos faltas tú. ¿No te animas? Te esperamos, venga —le dijo Laura.
—Uy, qué va, yo ya no estoy para esos trotes, yo prefiero el tardeo.
—Eso significa que has quedado con tu amiga mañana, ¿a que sí? —le pregunté.
—Pues sí, mañana me toca a mí.
Mi madre tenía una amiga que era como una tía para mí y una hermana para ella. Era con quien solía salir a comer y a continuar la fiesta.
Marisa era un poco mayor que mi madre, pero, al igual que ella, tampoco aparentaba la edad que tenía, pues se conservaba muy bien.
—No vayáis a venir muy tarde, y tened cuidadito, por favor.
—No te preocupes, que lo tendremos. En cuanto a la hora, no vamos a venir tan tarde; vendremos tan temprano que compraremos churros por el camino —le contestó Laura.
Mi madre soltó una carcajada que escuchamos desde el descansillo de mi planta, mientras esperábamos el ascensor.
Decidimos pedir un taxi por la aplicación porque, los días que salíamos, no nos gustaba conducir por si nos tomábamos una copa. Tampoco nos parecía justo que una tuviera que beber refrescos mientras las demás disfrutaban.
Nos dirigimos a un local muy de moda, cerca de la playa, con una preciosa terraza con vistas al mar. Era de esos sitios en los que podías tomarte una copa y disfrutar de una buena noche.
Cuando llegamos, había una cola de gente esperando que era kilométrica, pero como nosotras éramos más conocidas que el Lute, pues nos dejaron pasar enseguida.
—Hola, Bruno, ¿qué tal va la noche? —le pregunté al portero.
—Va, que ya es bastante. Con que se mantenga así hasta que cerremos, me conformo.
—Pues sí, crucemos los dedos para que así sea.
Entramos y nos fuimos directas a la barra, donde nos pedimos una copa y nos marchamos a tomárnosla a la terraza, ocupando una mesa de esas bajitas con varios sillones.
La música se escuchaba perfectamente desde donde estábamos, porque el local estaba diseñado para eso. Del mismo modo, no molestaba a nadie, porque estaba en una zona sin viviendas cercanas.
—Me encanta este sitio, es como si pudiéramos desconectar de todo lo de fuera —les dije a mis amigas.
—Pues yo no quiero desconectar ahora mismo de nada. Mira qué tres pedazos de hombres vienen por ahí —contestó Diana.
—¡La Virgen! ¿Estos hombres existen de verdad?
—Hombre, de inteligencia artificial no están hechos. Vamos, digo yo que serán de carne y hueso.
Los vimos acercarse a la zona donde estábamos nosotras. No había ninguna mesa libre y en la nuestra cabíamos todos, pero no me dio tiempo ni a abrir la boca. Laura ya se había levantado con la copa en la mano y supe lo que iba a hacer.
—Uy, lo siento —le dijo uno de ellos.
—No pasa nada, ya estaba casi vacía, ahora me invitas a otra, y solucionado el problema.
Los otros dos que iban con él soltaron una risa, y no pude evitar fijarme en uno de ellos.
Vaya sonrisa más bonita que tenía, haciendo juego con sus ojos, que eran de un gris que llamaba la atención.
Él también se fijó en mí y no apartó su mirada de la mía. Por un segundo, todo lo que había a mi alrededor se desvaneció. Era como si no existiera nada más que él y yo.
Cuando me quise dar cuenta, ya estaban sentados a nuestro lado, y la vergüenza se apoderó de mi rostro.
—Buenas noches, chicas. Dejad que os presente a mis nuevos amigos; ellos son Juanjo, Camilo y Alberto. Acaban de llegar de Madrid a pasar el fin de semana.
—Hola, chicos, yo soy Laura, y ella es Belén.
—Encantados…
Los demás no se movieron del sitio, pero Alberto se acercó a mí, me tomó por la cintura y me dio dos besos en los que se demoró un poquito más de lo normal.
El olor de su perfume se me coló por la nariz, y ese hombre no podía oler mejor. Era una fragancia amaderada y muy masculina que se me quedó grabada en el cerebro.
Estuvimos un rato hablando de a qué nos dedicábamos y nos dijeron que eran médicos, cada uno de una especialidad.
Me levanté para ir al baño, pero iba tan ensimismada en mis pensamientos que no vi un pequeño escalón. Si no llega a ser por Alberto, habría necesitado otro médico; en concreto, un dentista.
—¿Te has hecho daño?
—Me he doblado un poco el tobillo, pero nada fuera de lo normal.
—A ver, déjame que te lo vea.
Cogió mi pierna y la levantó, poniéndola sobre su regazo. Sentir su piel contra la mía me estremeció, y él lo notó, porque una sonrisa se pintó en sus labios.
Desabrochó mi sandalia y empezó a masajearme el pie de una manera tan sensual que os prometo que noté cómo mis braguitas se mojaban, y de mis labios salió un gemido de manera inconsciente.
—Tienes una piel de lo más suave, y me pregunto cómo sería acariciar cada centímetro de tu cuerpo.
Me lo susurró al oído mientras seguía acariciando mi pierna, pero esta vez mucho más arriba del tobillo.