¿Me entiendes o te hago un esquema? Capítulo 3
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Capítulo 3

Alberto

Entre los dos fuimos metiendo las cosas en cajas, esperando a que llegara el día de marcharnos definitivamente.

Vendimos la casa casi de inmediato, porque estaba en una buena zona y era bastante grande, pero puse como cláusula que no entregaríamos las llaves hasta que nos marcháramos.

Ese fin de semana, Juanjo, Camilo y yo nos iríamos a Málaga a buscar casa y, para poder hacerlo, Alejandro se quedaría en casa de su mejor amigo.

Sería el último fin de semana que pasaría en Madrid, porque a la semana siguiente empezaríamos nuestra nueva vida.

Os he nombrado a Juanjo y a Camilo, pero todavía no os he hablado de ellos. Eran más que amigos y, para mi hijo, eran sus tíos, aunque no compartieran sangre.

Crecí en un orfanato junto a ellos dos. Mis padres murieron de manera repentina en un accidente laboral, y yo no tenía más familia.

Cuando entré allí, ellos dos ya estaban. Habían llegado siendo unos bebés.

Enseguida congeniamos y nos blindamos contra los mayores y contra los abusones, que ya sabemos que hay en todos los sitios.

Crecimos como si fuéramos hermanos y, cuando llegó el momento de salir de allí y seguir estudiando, los tres encontramos la manera de hacerlo.

Entramos a trabajar en un bar y, cuando a alguno de los tres le tocaba el turno de mañana, los otros dos se encargaban de los apuntes.

Así fue como nos graduamos en Medicina. Yo me especialicé en traumatología; Juanjo, en pediatría, y Camilo, en cardiología. Y sí, los tres habíamos aceptado el cambio de hospital.

Cuando conocí a Sabrina, tanto el uno como el otro me dijeron que no era la mujer para mí, que se veía claramente que era una egoísta que no me iba a hacer feliz.

No les hice caso, y me arrepentiré toda mi vida. Lo único bueno y bonito de mi relación con ella fue mi hijo Alejandro.

Todavía recuerdo el día que me dijo que estaba embarazada. Para mí, fue el momento más bonito de mi vida, mientras que, para ella, fue una tragedia.

Me costó mucho tiempo convencerla para que no abortara. Incluso después de dar a luz, a las dos semanas volvió al trabajo, mientras que yo tuve que pedir mi permiso de paternidad para no dejar al niño en la guardería tan pequeño.

—Cariño, volveremos el domingo por la tarde. Te llamaré todos los días.

—No te olvides de mí, papá.

—¿Cómo me voy a olvidar de ti, hijo mío?

—Además, si a él se le ocurre olvidarse, para eso estamos nosotros, para recordárselo —le dijo Juanjo.

—No le digas eso, que ya bastante tengo —le advertí, cuando mi hijo se alejó un poquito.

—A cualquier cosa se le llama madre…

—Ni que lo digas, chaval —afirmó Camilo.

Teníamos pensado ir en coche, pero al final decidimos ir en tren, pues tardaríamos menos tiempo y, además, iríamos más cómodos.

—Vamos directos al hotel a soltar las maletas y, en cuanto lo hayamos hecho, vamos a buscar a la chica de la inmobiliaria.

—¿Está buena? ¿Ya la has visto?

—No tengo ni idea de cómo es. Pero me da la impresión de que es una mujer mayor, por su tono de voz y su manera de hablar.

—Pues nada, mi gozo en un pozo. Hace mil años que no estoy con una mujer, entre el trabajo y el acoso de mi ex —dijo Camilo.

—Por cierto, ¿qué hay de ella? ¿Ha vuelto a dar señales de vida?

—Para nada. Y déjala, por lo que tú más quieras. Ni la nombres, que es como el diablo: en cuanto dices su nombre, aparece.

—Ese no es el diablo, es Bitelchus.

—Mira, pues tiene que ser familia suya, porque los pelos y la mala leche los tienen iguales.

Los tres soltamos una carcajada que resonó en todo el vagón y provocó las sonrisas de los demás pasajeros.

Llegamos a Málaga a mediodía, tomamos un taxi y nos fuimos directos al hotel, tal y como habíamos hablado.

Habíamos reservado una habitación familiar, con tres camas individuales, pues solo estaríamos allí ese fin de semana.

Ya habíamos visto una promoción de viviendas de nueva construcción, con jardín y piscina comunitaria, que estaba bastante bien de precio. Además, en el mismo bloque había tres pisos libres.

Lo hablamos con la inmobiliaria encargada de la venta y quedamos con la persona que me atendió para visitarlos en cuanto llegáramos a la ciudad.

Había un instituto cerca y, además, el hospital también estaba a pocos metros del edificio, por lo que, si eran tal y como los habíamos visto en las fotos, no dudaríamos en dar la señal y cerrar la compra.

—Le voy a enviar un mensaje a la señora de la inmobiliaria, para ver si podemos ver las viviendas esta misma mañana.

—Claro, y así, después por la noche nos podemos ir de parranda.

—Sí, porque, en cuanto te vengas con el niño, se te acabó la fiesta, amigo —afirmó Camilo.

—Ni que mi hijo fuera una carga.

—No he dicho eso, pero no me negarás que, una vez que esté aquí, será mucho más complicado.

—Pues lo mismo que cuando me toque guardia de noche, tendré que buscar a alguna persona que se quede con él.

—También es verdad. Pero, por lo que tú más quieras, afina bien, que después terminas enamorándote de personas que no te merecen, y una niñera es un cliché básico.

—Vale, buscaré una que tenga más de cincuenta, sea bizca y tenga verrugas.

—A ver si le vas a causar un trauma al niño —dijo Juanjo.

Una hora más tarde de esa conversación, estábamos en la puerta del edificio en el que íbamos a ver los pisos.

Allí, de pie, y esperándonos, estaba la señora que me había atendido. Tal y como pensaba, era una mujer de unos cincuenta años, pero guapísima, de esas que te hacen volver la cabeza por la calle.

—¡Madre mía de mi alma! Acabo de descubrir cuál es mi ideal de sugar mummy .

—No vayas a empezar, Juanjo, te lo pido, por favor.

—Vale, vale, ya me callo.

Hizo el gesto de cerrarse una cremallera en la boca, provocándonos una sonrisa a los demás.

—Chicos, soy Marisa, y estoy aquí para enseñaros las viviendas.

—Hola, Marisa, encantados de conocerte. Somos Juanjo, Camilo y yo, Alberto.

—Pues, si no tenéis inconveniente, vamos subiendo, que tengo una cita dentro de un par de horas y me gustaría dejar todo ya cerrado.

—Por supuesto, nosotros también queremos zanjar esto lo antes posible, y así poder encargar muebles y demás.

—La cocina está completamente amueblada, con electrodomésticos incluidos de última generación.

—Con que tenga un lavavajillas y una nevera, me conformo. Lo demás, de poco me va a servir, te lo aseguro —le contestó Juanjo.

—Habla por ti, que a mí me encanta cocinar —respondió Camilo.

—Por eso los mejores electrodomésticos tienen que estar en tu casa, para que los demás no tengamos que vivir solo de alimentos procesados.

Marisa soltó una carcajada, porque Juanjo tenía más salidas que una plaza de toros, y como lo decía de esa forma, tan serio, pues todavía hacía más gracia.

Los pisos eran preciosos, tenían una luz increíble y, al estar en la última planta, compartían una terraza enorme a modo de patio, a la que se accedía desde los salones.

—En el edificio de enfrente, la constructora cedió a las peticiones de los tres vecinos de la planta, que pidieron que se delimitara el trozo que le pertenecía a cada uno, mediante un muro, para que ningún vecino pudiera acceder a otra casa que no fuera la suya.

—Nosotros no tenemos ese problema. Precisamente eso es lo que más nos ha gustado, porque así podremos poner una barbacoa eléctrica y una zona de solárium…

—Podéis poner lo que queráis, excepto un jacuzzi o piscina, porque el peso afectaría al techo de los vecinos de abajo.

—Eso no nos hace falta, lo que queremos aquí es una zona para tomar una copa y charlar tranquilos en las noches de verano.

—Entonces… ¿Estáis de acuerdo con las condiciones?

—Sí que lo estamos, nos encanta la casa.

—Bueno, pues siendo así, tan solo nos queda pasar por la oficina para ultimar el contrato.

Salimos de allí y nos fuimos directamente a la oficina donde nos había citado Marisa. Después de dejarlo todo encaminado, volvimos al hotel y pedimos un coche de alquiler para el resto del fin de semana, para poder movernos con total libertad.

Acordamos que la casa de tres habitaciones me la quedaría yo, mientras que las otras dos, que contaban con dos dormitorios, serían para ellos.

¿El motivo? Que yo, al tener conmigo a Alejandro, necesitaría más espacio, ya que una de las habitaciones sería para cuando me tocara guardia de noche y la señora tuviera que quedarse en mi casa con él.