¿Me entiendes o te hago un esquema? Capítulo 2
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Capítulo 2

Alberto

Todo empezó cuando me ofrecieron un puesto bastante importante en uno de los hospitales más prestigiosos del país.

Aceptar aquel trabajo suponía mudarme a Málaga, empezar de cero y organizar una vida nueva para mí. Lo que no imaginaba era que también iba a suponer descubrir, de la forma más cruel posible, hasta qué punto Sabrina estaba dispuesta a desentenderse de nuestro hijo.

Mi exmujer, cuando vio que yo solo podría ver al niño los fines de semana que tuviera libres y durante las vacaciones, me lo dejó claro.

—Yo no fui la que quiso tener un hijo, así que, lo siento, pero no me lo voy a comer yo sola.

—No hables así de nuestro hijo. ¿No te da pena?

—No. La que me da pena soy yo. No pienso atar mi vida ni frenar mi ascenso laboral por un niño de doce años. Además, tengo intención de marcharme al extranjero a trabajar, y allí estaría solo.

—Mi hijo no estará nunca solo, porque su padre hará todo lo que sea necesario para que eso no pase.

—Pues ya sabes, pon en el divorcio que la custodia es tuya y que yo tendré derecho a verlo cuando mi situación me lo permita.

—Ahora soy yo el que no está dispuesto a poner en riesgo la salud mental del niño por tus idas y venidas. O firmamos un régimen de visitas concreto, o firmas la renuncia a la custodia.

—Está bien, tampoco quiero quedar como un ogro. Es mi hijo y, aunque no quiera hacerme cargo de él, eso no significa que quiera perder el contacto.

—Perfecto. Pues vamos al abogado, que lo deje todo por escrito y firmamos el divorcio de mutuo acuerdo.

Salimos de allí y fuimos a la oficina del abogado que teníamos en común, donde fijamos los términos del divorcio.

Sabrina, mi exmujer, acordó que vería al niño una semana en las vacaciones de Navidad y quince días en verano. Según ella, el resto del tiempo serían contactos telefónicos y por videollamada, porque se marchaba pronto a Berlín a trabajar en un laboratorio.

Como ni ella ni yo teníamos intención de volver a Madrid, que era la ciudad en la que residíamos en ese momento, decidimos vender la casa y repartirnos el dinero.

Mi intención era que se dividiera en tres partes, para dejar una parte ahorrada para cuando el niño fuera mayor de edad, pero se negó en rotundo.

—No, no pienso firmar eso. Si lo hago, entonces tú te llevarías dos partes y yo solo una.

—Ese dinero es para el niño, no para mí.

—Es lo mismo, puesto que el niño estará contigo.

—Mira, me da igual, lo que quiero es terminar ya con todo esto. El dinero es lo de menos; ya me encargaré yo de todo lo que necesite.

—Eso, porque yo no tengo intención de pasarte una manutención por Alejandro. La nueva ciudad a la que me voy es muy cara, y tengo que buscarme casa, instalarme, seguir con mi vida social…

—Ya te he dicho que no quiero nada, que yo me encargo.

En ese mismo momento firmamos el divorcio y, cuando llegamos a casa, recogió sus cosas con la intención de marcharse de inmediato.

Ni siquiera se planteó hablar con el niño, despedirse de él, y eso me dolió en el alma, y no por mí, sino por la sensación de abandono que sentiría mi hijo.

Me tocó a mí contárselo todo. No solo lo del divorcio, sino también que tendríamos que cambiarnos de ciudad y dejar atrás todo lo que conocía.

Sería empezar de cero completamente, y esperaba que pudiera adaptarse bien a los cambios, porque, de lo contrario, terminaría arrepintiéndome de haber aceptado ese trabajo.

Fui a recogerlo al colegio con el coche, pues no quería dejar pasar más tiempo. En el momento en el que terminara el curso y lo organizáramos todo, tendríamos que marcharnos de la ciudad.

—¿Qué haces aquí, papá?

—Tenemos que hablar, Alejandro.

—Ya sé lo que me vas a contar. Ahórrate los detalles. Te echaré de menos, ya sabes que mi madre pasa de mí.

—No es eso… Bueno, no es solo eso. Son muchas más cosas.

—Entonces, será mejor que hablemos delante de una buena hamburguesa y un refresco, porque tengo la impresión de que no me va a gustar nada lo que me vas a contar.

—No sé si te gustará o no, pero tengo que hablarlo contigo, porque nos afecta a los dos.

Arranqué y nos fuimos a su hamburguesería preferida, donde podríamos hablar tranquilamente y fresquitos, pues el calor en ese mes ya se sentía de manera notable.

Aparqué el coche y entramos en el local, pedimos la comida y la bebida y nos sentamos tranquilamente.

No sabía por dónde empezar y mi hijo lo notó. A pesar de su edad, Alejandro tenía un grado de madurez que no le correspondía; siempre había sido así, y por eso me costó más decirle eso.

—Venga, papá, no le des más vueltas y suéltalo ya, como el que quita una tirita.

—Alejandro, ¿qué te parecería venirte conmigo a Málaga?

—Siendo sincero, no lo sé, papá. Por un lado, sé que contigo voy a estar mejor que con mamá, pero tener que cambiar de ciudad y dejar atrás a mis amigos…

—Con mamá no te podrías quedar, Alejandro, ya que ella se ha marchado a trabajar y a vivir a Berlín.

—¿Y no me ha dicho ni adiós? ¿No ha sido capaz de despedirse? No me lo puedo creer, de verdad que no.

—Mira, voy a contarte todo, no pienso ocultarte nada, por tu bien y por el mío.

Le conté a mi hijo todo lo que habíamos hablado entre su madre y yo, suavizando, por supuesto, la forma en la que su madre había dicho que no quería hacerse cargo de él.

—Vamos, que me parezca bien o me parezca mal, me tengo que mudar sí o sí.

—Yo no sabía nada cuando acepté ese trabajo, Alejandro, pero si va a suponer un trauma o un problema para ti, no dudaré en decir que no.

—No sería justo por mi parte, papá. No te puedo decir que renuncies a un avance en tu carrera por un capricho. Intentaré adaptarme lo mejor que pueda…

—¿Qué ibas a decir, Alejandro?

—Que no quiero irme con mi madre cuando me toque. Si ella no quiere estar conmigo, yo tampoco querré estar con ella.

—Y me parece lo justo, pero no podemos adelantar acontecimientos. Si cuando llegue el momento sigues pensando lo mismo, no dudes que haré todo lo posible para que eso no suceda.

—Gracias, papá.

—¿Qué me agradeces?

—Que no hayas escurrido el bulto como ha hecho mi madre, el seguir aquí, a mi lado, sin huir…

—Aparte de que es mi deber como padre, jamás podría hacer algo así, eres toda mi vida, Alejandro, no lo dudes nunca.

Terminamos de comer en completo silencio, cada uno asimilando, a su manera, todo lo que había sido capaz de hacer Sabrina.

En el fondo de mi corazón sabía que su madre no vendría a por él cuando le tocara en vacaciones. Buscaría mil excusas para no hacerlo, y no sabía qué era mejor para mi hijo.

Al llegar a casa, vio cómo todo lo de su madre había desaparecido. No pudo evitar echarse a llorar, y a mí se me partió el alma.

—¿Por qué mi madre no me quiere, papá?

—Claro que te quiere, cariño. Lo que pasa es que ya la conoces. Ella hace las cosas sin pensar, y se pone por delante de todo y de todos.

—Si me hubiera querido, no se habría ido sin despedirse, sin darme un beso y sin decírmelo.

Tenía que justificar a su madre, no porque ella se lo mereciera, sino porque mi hijo no merecía cargar con ese sentimiento tan feo.

—Fue algo inmediato, Alejandro, y se tuvo que marchar antes de tiempo.

—Justifícalo como quieras, papá, pero yo no lo siento así.

—¡Joder! No quiero que te sientas mal ni que tengas la impresión de que te estoy engañando.

—Entonces, no sigas hablando. No pretendas justificar lo injustificable, por favor, te lo pido.

—Está bien. A partir de ahora, seremos solo tú y yo, y nadie más. Si cuando te llame quieres contestar, hazlo, y si no te apetece hablar con ella, no lo hagas. Yo jamás te obligaré a hacer algo que no sientas.

Mi hijo se vino hacia mí y me abrazó. Me hubiera gustado que fuera como cuando era pequeño y que, entre mis brazos, se sintiera a salvo, protegido. Aunque tenía que admitir que estaba creciendo a pasos agigantados.

Tenía un miedo atroz a que el cambio, el abandono de su madre y todo lo que nos esperaba apagaran algo en él.

Lo único que le pedía al cielo era que me diera la capacidad de sacar a mi hijo adelante sin problemas, pues no tenía ni idea de cómo hacerlo.