¿Me entiendes o te hago un esquema?
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Capítulo 1
Belén
—Belén, este año te toca a ti la tutoría de primero de la ESO, grupo B —me dijo Rocío, la directora del centro en el que trabajaba.
—¿Quién dice «eso»? —pregunté, entrecomillando con los dedos esa palabra.
—Compi, que yo llevo dos años haciéndome cargo de esa clase, ya es hora de que me cambien —me respondió Diana, mi mejor amiga y compañera.
—Y, encima, tienes un niño nuevo, que se acaba de mudar a la ciudad —añadió Laura, mi otra inseparable.
—Vamos, que todo indica que este año va a ser inolvidable…
Todas empezaron a reír, mientras que yo negaba con la cabeza, porque no era lo mismo llevar un curso con los de tercero o cuarto, que ya eran adolescentes, que los de primero, que ni eran niños ni eran adolescentes, y era mucho más complicado.
Anda que yo también… Lleváis aquí un rato leyendo la conversación y ni siquiera os he dicho cómo me llamo.
Pues bien, yo soy Belén, tengo veintinueve años y, como habéis comprobado, soy profesora de matemáticas en un instituto de mi ciudad.
Junto a Laura y a Diana, formábamos el grupo de las Tres Mosqueteras; así llamábamos a nuestro grupo de WhatsApp.
Nos conocimos con seis años, cuando las tres entramos en la misma clase del colegio, en primero de primaria, y, desde entonces, no nos hemos separado.
Era uno de septiembre y estábamos en la sala de profesores, esperando a que llegaran todos nuestros compañeros, para organizar las clases.
—En fin, qué le vamos a hacer, llenaré el mueble de mi cocina de infusiones relajantes y valeriana.
—No seas exagerada, que los niños tampoco son tan traviesos —me dijo Diana.
—Siempre hay uno que destaca para mal en el grupo, y seguro que me toca a mí.
Estábamos hablando cuando llegaron Sonia y Fernando, comentando algo entre ellos.
Fernando y yo habíamos tenido algo cuando ambos empezamos en el centro, pero luego, eso se convirtió en una bonita amistad. Una que Sonia, que estaba coladita por él, no entendía.
No era la primera vez que Sonia me decía que una persona no podía ser amiga de su ex, a no ser que siguiera teniendo otras intenciones románticas.
—Ya está aquí lo más bonito de todo el instituto. ¿Qué tal te ha ido el verano, Fernandito? —le dije, levantándome para darle un abrazo.
—Genial, ya lo sabes. Pero te has equivocado en una cosa, lo más bonito de todo el centro ya estaba aquí cuando yo he llegado —me contestó él.
—De verdad, chicos, no entiendo cómo podéis tener este pasteleo. Hablad claro de una vez y decid que seguís sintiendo algo el uno por el otro. Ya que vamos a sufrir eso, por lo menos que sea por algo real —dijo Sonia, tan antipática como siempre.
—Claro que sentimos algo: el más profundo cariño que deriva en una amistad bonita y sana. Si no lo entiendes, es porque nunca has vivido algo así —contestó Fernando.
—Siempre estás con lo mismo, chica. A lo mejor quien tiene que hablar claro y decir lo que sientes, eres tú —respondí, cansada ya del mismo comentario de siempre.
Al final, dejamos ese tema, pues ya nos parecía excesiva la insistencia de esta chica en que estuviéramos juntos como algo más que dos amigos.
Empezamos a organizar el curso y a formar las clases de primero. Algunos alumnos eran conocidos, pues venían de primaria en el mismo centro, pero otros muchos venían de otros colegios.
Repasamos las compatibilidades de los que ya conocíamos, pues no queríamos que se tuvieran que enfrentar a una nueva etapa y, encima, con compañeros con los que no eran afines.
—Esta noche necesito una copa, pues se termina el verano y ya se me está haciendo cuesta arriba el curso —les dije a mis amigas.
—Yo me apunto.
—Y yo, también.
—Entonces, si las tres estamos de acuerdo, nos vemos a las nueve en mi casa, y ya nos vamos cenadas, que Marga ha hecho una carne en salsa con patatas fritas, que quita el sentido.
—Joder, qué suerte tienes de que tu madre cocine tan bien. La mía, cuando hace patatas guisadas, antes de echarlas en la olla, les dan un curso de submarinismo, de la cantidad de agua que les echa —dijo Laura, como con pena.
—Desde luego, hija, que tienes cada cosa…
—¿Qué queréis que os diga, si es cierto?
—¿Os acordáis del arroz con leche que hizo mi madre aquella Semana Santa? —preguntó Diana.
—¿Cómo no vamos a acordarnos? Creo que todavía me duele el estómago de eso —afirmó Laura.
Os cuento la historia de ese día, para que así la comprendáis. Era un Lunes Santo por la tarde, y fui a recoger a mis amigas para salir a ver las procesiones.
La madre de Diana, que la pobre le ponía mucho cariño a todo lo que hacía en la cocina, pero que pegaba hasta los macarrones, había visto un tutorial el día anterior sobre cómo hacer arroz con leche.
Muy dispuesta ella, se puso entre fogones, para que, cuando llegáramos al día siguiente, nos pudiéramos comer un platito.
Para que os hagáis una idea de cómo estaba el arroz, le clavamos una cuchara, le dimos la vuelta al cuenco, y no se cayó al suelo ni la canela.
Laura, para no quedar mal con la pobre mujer, se sacó un poquito en un platito, que se comió con toda la fatiguita del mundo.
Tres días se pasó sin poder ir al baño y, cuando se decidió a ir a urgencias, porque el dolor de estómago era insoportable, y le hicieron un TAC, y el médico vio los resultados, le contestó que el cemento no se comía, que no eran cereales de los de los bebés.
—Hija, es que tu madre, ese día, confundió la leche condensada con el Aguaplast que se usa para tapar los boquetes de las paredes —le dije.
Acabamos riendo hasta que se nos saltaron las lágrimas, porque esa mujer era un caso en la cocina.
Por eso, en cuanto tenían la oportunidad, se venían a comer a mi casa, donde mi madre tenía unas manos de oro.
En mi casa tan solo estábamos mi madre y yo, nadie más. Ella se quedó huérfana muy pequeñita, y se crio con las monjitas de un convento hasta que tuvo dieciséis años, que empezó a trabajar y se buscó una casita pequeñita.
Ella siempre dice que cocina así de bien porque esas monjitas le enseñaron. Creció entre fogones y ollas, porque, en cuanto salía del colegio, se iba corriendo para seguir aprendiendo.
Con diecisiete años conoció a Alfonso, mi padre, y se enamoraron perdidamente. Se casaron un par de años después y, al año siguiente, nací yo.
Cuando yo tenía siete años, mi padre tuvo un accidente de tráfico yendo para el trabajo, y falleció en el acto.
Desde entonces, mi madre, a pesar de que ahora tenía cincuenta años, y tenía toda la vida por delante cuando eso sucedió, no había vuelto a tener una pareja.
Ella había estudiado educación infantil, y trabajaba en una guardería cercana a casa. Pero, antes de eso, trabajó limpiando escaleras, cuidando ancianos, y en todo lo que le salía, mientras que se formaba para prosperar en la vida.
En algunas ocasiones se venía de marcha con nosotras, y no pasaba desapercibida ante los hombres, que la miraban y se le insinuaban con todo el descaro del mundo.
Supongo que tendría sus escarceos, porque monja no era, y necesidades teníamos todas, pero jamás vi nada, ni en mi casa ni en la calle.
—Mamá, ya estoy de vuelta. Esta noche vienen las niñas a cenar, antes de irnos de marcha.
—Me lo suponía, siendo viernes… Lo que me esperaba es que también vinieran a comer.
—No, mamá, porque ya sabes cómo se ponen las madres.
—Al final, voy a tener que darles clases de cocina, o terminarán odiándome.
Solté una carcajada y fui a darle un beso en la mejilla, antes de entrar en mi habitación para cambiarme de ropa y ponerme cómoda.
Le conté a mi madre lo que había pasado en el instituto y que me había tocado la tutoría de primero de la ESO.
Ella sabía que ese curso no me gustaba nada, pero siempre me decía lo mismo, que, si estuviera con ella en la guardería, sabría lo que era estar cansada de verdad.
—Mamá, pero no es lo mismo. Los pequeños lloran y se pelean entre ellos porque no entienden, pero estos, lo hacen por querer la supremacía ante los demás.
—Pues ya sabes lo que te toca, intentar que comprendan que todos son iguales y que, por mucho que intenten destacar, no lo van a conseguir.
—Tú lo ves muy fácil, pero en el momento en el que haya uno que destaque, en el mal sentido de la palabra, los demás no tienen todavía la personalidad como para saber decir que no.
—Todo se aprende con el tiempo, cariño.