¿Me entiendes o te hago un esquema? Epílogo
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Epílogo

Quince años después…

Belén

Otra vez nos encontrábamos en el mismo hotel y para celebrar una boda, aunque en esta ocasión no éramos nosotros quienes nos casábamos. Eso sí, teníamos una figura importante en la ceremonia.

Sí, se nos casaba Alejandro, nuestro hijo, con una chica preciosa, tanto por dentro como por fuera.

Las cosas no habían cambiado demasiado en esos quince años, aunque la familia sí había aumentado considerablemente. Pero eso os lo cuento luego. Ahora me voy a centrar en la boda.

Nuestro hijo estudió Medicina, como su padre, solo que él eligió cirugía cardíaca pediátrica. Y ahí fue donde conoció a Alma.

No, no era enfermera ni compañera del hospital. Era una madre soltera que llegó con su hijo de un año a la consulta de Alejandro.

El niño, que curiosamente también se llamaba Alex, tenía una malformación congénita de la que no se habían dado cuenta hasta ese momento.

Era una cirugía bastante costosa, económicamente hablando, pero ahí entró la herencia de mi hijo.

Con el dinero que le legó su padre biológico, Alejandro montó una clínica especializada, junto con varios compañeros más, y, por supuesto, contó con mi marido y sus tíos para trabajar allí.

Tenían acuerdos con varias aseguradoras privadas, además de consultas y cirugías de pago. Una parte de ese dinero la destinaban a llevar a cabo intervenciones necesarias para gente con bajos recursos.

El flechazo fue inmediato, y me lo contó en cuanto volvió a casa. Su futura mujer no tenía familia, pues la repudiaron en cuanto se enteraron de que estaba embarazada, y lo que ganaba con su trabajo le daba lo justo para vivir.

De aquella cirugía no solo salió un niño sano, sino también una pareja preciosa que hoy sellaba su amor delante de todos.

Ella pensó que el hándicap de tener un hijo sería un condicionante para él, pero, cuando Alejandro le contó su historia, tuvo claro que aquello solo los uniría más.

Yo sería la madrina de esa boda, y mi marido, la persona que llevaría a Alma hasta el altar.

Y ahora sí que me toca contar lo vivido por todos nosotros en estos quince años, porque, igual que en nuestra boda, allí estaban las mismas personas. Incluso algunas más.

Empezaré por mi marido y por mí.

Ya no vivíamos en el ático. Ninguno lo hacía. En nuestro caso, se lo regalamos a Alejandro y a Alma en cuanto decidieron irse a vivir juntos.

Nos habíamos comprado unos chalés en la misma zona en la que Sabrina le compró el suyo a nuestro hijo, y donde continuaban viviendo Fernando y Alfonso.

Lo hicimos una vez que nació Natalia, nuestra hija, que ahora contaba con catorce años.

No fue una niña tan dócil como su hermano. Nos salió un trasto de cuidado, aunque muy buena estudiante, eso sí.

Estaba como loca con su sobrino Alex, que ya tenía tres años y que nos llamaba abuelos a Alberto y a mí.

Fernando y Alfonso también se casaron. Lo hicieron un año después que nosotros y adoptaron a una niña, Julia, que ahora tenía ocho años y era la sombra de Natalia.

Fran dio por culo hasta el mismo día de la boda. Apareció borracho como una cuba, diciéndole a Fernando que no lo hiciera, que, si no se casaba, le prometía que le pediría el divorcio a su mujer.

Mi amigo, como era lógico, llamó a seguridad para que lo echaran del evento, pues estaba tan enamorado de su abogado, como él lo llamaba, que se había dado cuenta de que lo único que había sentido por Fran era deseo, morbo y un enganche sexual que su marido supo suplir con creces.

Juanjo y Laura también seguían juntos, pero ellos no se habían casado ni habían tenido hijos. Nuestros amigos decían que, con los nuestros, ya estaban servidos.

Los que sí tuvieron cuatro hijos y también habían pasado por el altar fueron Camilo y Diana.

Dos pares de mellizos. Los mayores eran dos niños de diez años, Alberto y Juanjo, que llevaban el nombre de sus padrinos. Los pequeños, de siete, eran un niño y una niña, Mario y Paula, inseparables de la hija de Fernando y Alfonso.

Con respecto a mi madre, seguía felizmente con Daniel, ese que apareció en su vida cuando menos lo esperaba, y que se supo ganar su corazón.

Ellos tampoco vivían en la casa de mi madre, que la tenía alquilada, pues, en cuanto vieron que todos nos mudábamos, ellos también se hicieron con uno de los chalés de la zona.

Daniel resultó ser un hombre encantador y, si para mi hijo mi madre era la nana, pues él se convirtió en el yayo.

Su hija aceptó a mi madre con ilusión y muchísimo cariño, pues, según nos contó, su padre lo pasó muy mal cuando su madre se marchó con un extranjero que conoció por internet.

Su nieta y su hija también estaban en esa boda, al igual que su yerno. También estaban Marisa y el hermano de Daniel, que era su pareja.

Lo del joyero no llegó a nada, pues tan solo la quería y la buscaba cuando tenía ganas de mambo, como decía ella, y, a pesar de que se le daba muy bien, no era suficiente ni lo que ella estaba buscando con esa edad.

Cuando menos lo esperaba, apareció Eduardo, el hermano de Daniel, y se quedaron prendados el uno del otro. Él era viudo y sin hijos, y, desde el mismo momento en el que se conocieron, no se habían vuelto a separar.

Llegamos a la ceremonia y noté a mi hijo nervioso, así que intenté tranquilizarlo.

—¿Y esos nervios?

—Estoy pensando en la suerte que he tenido en la vida. Mis padres biológicos no fueron los mejores del mundo, pero el destino me compensó con creces poniéndoos a vosotros en mi camino.

—Eso es muy bonito, Alejandro. Y también te ha servido para aceptar a ese niño tan bonito que viene ahí, con los anillos, acompañando a su madre.

—Vosotros me habéis enseñado a quererlo como a un hijo, igual que me habéis querido a mí.

—Me alegra que lo sientas así, mi vida, porque a mí no me hizo falta parirte ni criarte desde pequeño para saber que eras mi hijo, igual que tu hermana.

—Lo sé, mamá. Así me lo habéis hecho sentir siempre.

La ceremonia fue preciosa, pero el punto gracioso lo puso el pequeño Alex, que estaba con su abuelo, es decir, con mi marido, explicándole algo, cuando soltó una de las suyas.

—Abuelo, ¿me entiendes o te hago un esquema?

Alberto me miró, y yo me encogí de hombros, porque esa frase fue la que yo le dije cuando intentó volver conmigo y yo le decía que no me interesaba.

—¿Quién te ha enseñado a decir eso?

—Mi padre, abu, que lo dice mucho.

—Claro, no podía ser de otra forma. De tal palo, tal astilla.

—Y bendito palo, papá, que apareció en nuestras vidas en el momento en que más lo necesitábamos los dos —le dijo Alejandro, que apareció por el jardín en ese momento.

—¿Sabéis que os quiero más que a mi vida?

Natalia apareció entonces y nos fundimos los cuatro en un abrazo. Eran mi familia. Lo más importante para mí.

Y no la cambiaría por nada en el mundo.