Me enamoré de una psicópata (Amores imperfectos 3) CAPÍTULO 22 PEDILO
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CAPÍTULO 22 PEDILO

E l jueves a las once y diez, Tomás recibió un correo que le arruinó el café.

SOLICITUD DE LICENCIA — REPROGRAMAR.

Lo abrió de pie junto a la estación de Emergencias, entre una enfermera que buscaba una indicación y un residente que intentaba recordar dónde había dejado una historia clínica.

La tercera semana ya estaba cubierta. Podían ofrecerle la cuarta o una fecha del mes siguiente.

Tomás leyó el mensaje dos veces.

La primera reacción fue sencilla: bronca.

La segunda apareció medio segundo después y le gustó bastante menos. Quería esperar a ver qué hacía Lara cuando él se lo contara. Si cambiaba su semana. Si proponía otra fecha. Si el viaje le importaba lo suficiente como para mover algo.

Cerró el correo.

—Doctor —dijo la enfermera.

Tomás levantó la vista.

—Sí.

—¿La indicación?

—Ahora.

Terminó lo que estaba haciendo antes de volver al teléfono. Cuando tuvo un minuto, escribió:

Tomás: Me rechazaron la tercera semana. Me ofrecen la cuarta o el mes siguiente.

Miró el mensaje.

Agregó otro antes de poder convertir el primero en una prueba.

Tomás: ¿Podés mover la tuya? Quiero hacer este viaje con vos.

Envió.

La respuesta tardó once minutos.

Lara: Estoy entrando a quirófano. Lo miro cuando salga.

Tomás: Dale.

Volvió a la guardia.

Atendió a tres pacientes, discutió con Laboratorio por una muestra mal rotulada y se olvidó del asunto durante casi una hora.

A las doce y media, Lara apareció en Emergencias con el ambo debajo del guardapolvo y una carpeta en la mano.

—No puedo moverla a la cuarta —dijo.

Tomás dejó de escribir.

—¿Por qué?

—Tengo una cirugía programada el jueves de esa semana. Es una paciente que vengo siguiendo desde el diagnóstico y no la voy a cambiar por vacaciones.

—Entonces no la muevas.

Lara lo observó.

—Te rechazaron la licencia y yo no puedo mover la mía.

—Es un problema de calendario, no una tragedia griega.

—No dije que lo fuera.

Tomás guardó la lapicera.

—Pido el mes siguiente.

—No sabés si te lo van a dar.

—No.

—Y el hotel que vimos puede no tener lugar.

—Buscamos otro.

Lara mantuvo la mirada sobre él unos segundos.

—¿No te molesta?

—Claro que me molesta.

Ella esperó.

Tomás señaló el teléfono.

—Me molesta que Jefatura tenga la capacidad de destruir una fantasía de desayuno incluido con un correo de cuatro líneas. No me molesta que tengas una cirugía.

La boca de Lara se movió apenas.

—Entendido.

—Además, te pregunté si podías. Me dijiste que no.

—Sí.

—Pregunta contestada.

Lara apoyó la carpeta contra el pecho.

—Esto parece sospechosamente funcional.

—Estoy teniendo una semana excelente.

Ella sonrió.

—Pedí el mes siguiente.

—Lo voy a hacer.

—Y avisame qué semanas te ofrecen antes de marcar una.

Tomás levantó una ceja.

—¿Eso significa que vos también vas a mover la licencia?

—Significa exactamente lo que dije.

—Acosta.

—Leiva.

—Estoy intentando dejarte una oportunidad de ser romántica.

—Ya organicé un viaje con vos.

—Tenés razón. Estoy abusando del sistema.

Lara se acercó, le acomodó el cuello del guardapolvo con dos dedos y le dio un beso corto.

—Tengo que volver.

—¿Comiste?

Ella ya se estaba alejando.

—Sí.

Tomás esperó.

Lara giró en mitad del pasillo.

—Una tostada no cuenta. Ya sé.

—Estoy tan orgulloso.

—No te acostumbres.

A las cuatro, Jefatura de Emergencias le mandó dos opciones del mes siguiente. Tomás no eligió por su cuenta: le mandó una captura a Lara. Ella descartó la primera y él pidió la segunda.

El correo de aprobación tardó menos de veinte minutos.

APROBADA.

Tomás leyó la palabra y sonrió solo frente a la computadora.

Tomás: Aprobada.

Lara: Mandame las fechas exactas.

Se las mandó.

Cinco minutos después recibió una captura del calendario de Lara. La licencia original estaba tachada. Debajo, Lara había pedido exactamente la misma semana del mes siguiente; la cirugía del jueves seguía intacta.

Lara: Si me la rechazan, buscamos otra.

Tomás: Perfecto.

Tomás apoyó el teléfono contra el pecho un instante y se sintió ridículo inmediatamente. Lo guardó antes de que alguien lo viera.

A las seis y siete, Lara escribió de nuevo.

Lara: Aprobada la mía también.

Tomás: Ahora sí tenemos vacaciones.

Lara: Ahora sí tenemos fechas.

A las siete y cincuenta y dos, Tomás volvió a escribir.

Tomás: Salgo cerca de las nueve. Tuve un día de mierda.

Lara: ¿Querés hablar?

Tomás miró la pregunta.

El impulso de responder que estaba bien, hacer un chiste y esperar que ella entendiera sola que quería compañía apareció y se fue.

Escribió lo que quería.

Tomás: No mucho. Quiero verte. ¿Venís a casa?

Lara: Sí.

Un segundo después llegó otro mensaje.

Lara: ¿Querés comida?

Tomás: También.

A las nueve y veinte abrió la puerta de su departamento y encontró a Lara con una bolsa de comida en una mano y el portátil debajo del otro brazo.

—Trajiste trabajo —dijo.

—No. Traje el viaje.

Tomás apoyó la frente un instante contra la de ella.

—Hola.

—Hola.

Lara lo miró de cerca.

—¿Querés contarme qué pasó?

—No ahora.

—Perfecto.

Tomás tomó la bolsa, la dejó en la mesa y volvió para besarla. Lara le pasó los brazos alrededor del cuello. El día no mejoró retroactivamente, pero dejó de ocupar toda la habitación.

Comieron en la cocina. Tomás le contó lo suficiente: había empezado mal, había seguido peor y a las seis de la tarde llevaba tantas horas sin sentarse que una enfermera lo había amenazado con esconderle el teclado si no comía algo.

Lara no convirtió el relato en interrogatorio.

Le alcanzó otro recipiente cuando terminó el primero y cambió de tema cuando él lo hizo.

—El hotel tiene lugar en las nuevas fechas —dijo Tomás.

—Lo vi.

—¿Cuándo?

—Mientras esperabas el ascensor.

—Eso es inquietantemente específico.

—Me mandaste un mensaje.

—Cierto.

Lara abrió el portátil.

—Mantienen la tarifa.

—Ya lo reservé.

Ella levantó la vista.

—¿Antes de que me aprobaran la licencia?

—Después. A las seis y doce.

—Entonces tenías la información.

—Gracias por tu voto de confianza.

—No era un voto. Tenías la información necesaria.

—Voy a enmarcarlo igual.

Tomás abrió la confirmación y giró la pantalla hacia ella.

—Una habitación. Siete noches. Desayuno.

Lara leyó.

—Y cortinas opacas.

—Me aseguré.

—Excelente.

—Estoy aprendiendo a cuidar lo importante.

—Dormir es importante.

—Por supuesto.

Lara cerró el portátil y lo dejó a un lado.

Tomás tomó aire.

—Gracias por venir.

—Me lo pediste.

—Sí.

—Eso ayuda.

Él sonrió.

—A mí también.

Se quedaron un momento en silencio.

Tomás apoyó una mano sobre su rodilla.

—¿Te quedás?

—Sí.

—¿Hasta mañana?

—Sí.

—¿Aunque entro antes que vos?

—Podés irte sin despertarme. Cierro cuando salga.

Tomás ladeó la cabeza.

—No sé si sentirme querido o expulsado preventivamente.

—Podés elegir.

—Querido.

—Correcto.

Él se acercó y la besó.

Lara respondió de inmediato. Tomás le pasó una mano por la cintura y ella terminó sentada sobre sus piernas, con el pelo cayéndole hacia adelante y una rodilla a cada lado de sus caderas.

Más tarde, la confirmación del hotel quedó abierta en el portátil mientras la ropa empezaba a aparecer en lugares poco útiles del departamento. La pantalla terminó apagándose sola.

Ninguno estaba mirando.