Me enamoré de una psicópata (Amores imperfectos 3) CAPÍTULO 21 TRES MESES
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CAPÍTULO 21 TRES MESES

E l lunes a las siete y cuarenta y dos, Lara tenía un café demasiado caliente en una mano, el teléfono en la otra y ocho minutos antes de entrar a quirófano.

El correo de Jefatura de Cirugía llevaba por asunto LICENCIAS — SEGUNDO SEMESTRE.

Pedía que cada médico marcara dos semanas posibles antes del viernes para evitar que medio servicio intentara desaparecer al mismo tiempo.

Lara abrió el archivo adjunto, revisó las cuatro opciones disponibles y se detuvo en la tercera.

Antes de revisar la cobertura del servicio, pensó en Tomás.

—Doctora —dijo Camila desde el otro lado del pasillo—. ¿Está leyendo algo que debería preocuparme?

Lara levantó la vista. La residente tenía el pelo cubierto, el barbijo colgando de una oreja y la expresión de quien llevaba varios minutos repasando mentalmente una cirugía que conocía de memoria.

—Un correo de vacaciones.

Camila exhaló.

—Ah. Pensé que había visto mis laboratorios.

—También los vi.

La tranquilidad le duró menos de un segundo.

—¿Y?

—Entramos en siete minutos.

—Eso suena a amenaza.

—Es un horario.

Camila murmuró algo que Lara decidió no pedirle que repitiera. Antes de ir al lavamanos, abrió el chat con Tomás.

Lara: ¿Qué semana podés tomarte de vacaciones?

La respuesta apareció mientras guardaba el café y se quitaba el reloj.

Tomás: Buenos días para vos también. ¿Para qué?

Lara: Para irnos.

Camila apareció en la puerta.

—Doctora.

—Ya voy.

Lara guardó el teléfono en el casillero y empezó el lavado quirúrgico.

Dos horas y diecisiete minutos después salió del quirófano, completó las indicaciones, habló con la familia de la paciente y recién entonces volvió a mirar el chat.

Tomás había preguntado si «irnos» significaba que los dos se fueran juntos, se había burlado de sí mismo por preguntar algo tan obvio y había confirmado que, en principio, podía pedir la tercera semana.

Lara: Perfecto.

Tomás: ¿Adónde?

Lara: Todavía no sé.

Eso era todo lo que necesitaba decidir por el momento. Tres meses no eran el sábado siguiente ni una cena después de la guardia. Había leído una fecha futura y lo había incluido en ella antes de preguntarse siquiera adónde quería ir.

A la una, Julia encontró a Lara en la cafetería mirando hoteles desde el teléfono. Dejó la bandeja enfrente, se inclinó sobre la pantalla y leyó el nombre del destino que aparecía arriba.

—¿Adónde te vas a ir, conchudita?

Lara levantó los ojos.

—Conchudita tu madre.

Julia asintió con absoluta seriedad.

—Y sí, la verdad. Después de tenerme por parto normal a mí y a mis tres hermanos, quedó así.

Lara dejó el sándwich a medio camino.

—Eso no tiene ningún sentido anatómico.

—No arruines un chiste con Medicina.

—¿Y Martín? ¿Cómo va la relación?

Julia sonrió, esta vez sin burla.

—Bien. Seguimos juntos. Pipo me roba el lado de la cama y Martín sigue comprando discos como si el formato digital fuera una amenaza personal.

—Entonces bien.

—Asquerosamente bien.

Lara asintió.

—Me alegra.

—Ahora sí. ¿Adónde te vas?

Julia volvió a mirar la pantalla.

—Mendoza.

—Es una posibilidad.

—¿Con Leiva?

—Con Tomás.

—Gracias por la aclaración, pensé que tenías otro Leiva escondido.

Lara siguió desplazando fotografías de hoteles.

Julia tardó unos segundos en continuar. La sonrisa había cambiado apenas; ya no era solo burla.

—¿Él sabe?

—Sabe que quiero viajar con él. Todavía no elegimos destino.

—Pero vos ya estás mirando hoteles.

—Estoy descartando los que tienen comentarios sobre humedad.

Julia tomó una papa del plato de Lara.

—Claro. El amor según Lara Acosta: presión de agua aceptable y ausencia de hongos.

—No uses la palabra amor como diagnóstico de infraestructura.

—No la estoy usando por el hotel.

Lara levantó la vista.

Julia sostuvo su mirada apenas un instante antes de volver a la comida.

—Hace unos meses me habrías dicho que no tenía sentido organizar algo tan lejos si todavía no sabías qué ibas a querer hacer esa semana.

—Probablemente.

—Y ahora elegiste una semana pensando primero en él.

Lara sostuvo su mirada. No tenía una respuesta distinta.

—Sí.

Julia sonrió, satisfecha.

—Mirá a la psicópata planificando vacaciones románticas.

—Son vacaciones.

—Con tu novio. Dentro de tres meses. En un hotel que llevás siete minutos investigando.

—Seis.

—Muchísimo más tranquilizador.

Lara volvió al teléfono. Julia le robó otra papa y, por una vez, no agregó ninguna explicación.

A las seis y cuarto, Tomás le escribió que podía escaparse veinte minutos. Lara terminó una evolución, bajó a la cafetería de planta baja y lo encontró con dos cafés sobre una mesa junto a la ventana.

—Pedí el tuyo sin consultarte —dijo él.

Lara miró el vaso.

—Si tiene azúcar, me voy.

—Si tiene azúcar, merezco que te vayas.

Ella se sentó y tomó un sorbo. Estaba bien.

Tomás había abierto un mapa en el teléfono.

Lara le mostró los lugares que había guardado durante el almuerzo y, en lugar de convertir la elección en una votación, empezaron por lo que cada uno quería hacer.

Él quería caminar, comer bien y pasar al menos un día entero sin mirar la hora.

Lara quería una habitación silenciosa, una ducha con presión suficiente y ninguna actividad cuyo atractivo principal consistiera en acostarse bajo el sol.

—Entonces playa no —dijo Tomás.

—Nunca fue una opción.

—Me alegra haber participado.

Lara deslizó el teléfono hacia él.

—Mendoza o Córdoba.

Tomás miró las dos pestañas abiertas y se detuvo en la primera.

—Mendoza.

—Ya fui.

—Conmigo no.

La respuesta la hizo quedarse quieta un instante. No porque tuviera algo complejo que interpretar, sino porque era cierta.

—Mendoza —decidió.

Tomás sonrió y abrió los hoteles guardados.

Durante los minutos siguientes compararon habitaciones, ubicación y fechas.

Él descartó uno porque quedaba demasiado lejos de todo; Lara eliminó otro después de encontrar tres comentarios sobre agua tibia.

El tercero tenía vista, desayuno y cortinas opacas.

—Este —dijo Lara.

—Tiene pileta.

—Eso no influyó.

—Voy a fingir que sí.

La alarma del teléfono de Tomás sonó antes de que pudieran revisar vuelos. Miró la hora y se puso de pie.

—Tengo que volver.

Lara también se levantó.

—Pedí la tercera semana. Avisame cuando tengas respuesta.

—Lo hago hoy. ¿Vos vas a esperar a que me la aprueben?

Era lo más eficiente: esperar, confirmar y recién entonces comprometer su propia licencia. También podía elegir cualquiera de las otras semanas sin depender de un calendario ajeno.

Lara abrió el correo de Jefatura.

—No.

Marcó la tercera semana como primera opción y la segunda como alternativa.

Tomás observó el movimiento de su pulgar.

—Acosta.

—No hagas una escena. Es una casilla, una semana y quiero pasarla con vos.

La sonrisa de Tomás desapareció apenas, reemplazada por algo más quieto.

—Yo también quiero pasarla con vos.

Lara guardó el teléfono.

—Entonces pedila antes de que te la saque otro médico.

—Volvió la poesía.

—Andá a trabajar.

Él se inclinó, le dio un beso rápido y salió hacia Emergencias.

Esa noche, ya en su departamento, Lara recibió la confirmación automática de Cirugía y abrió el calendario. Buscó la tercera semana, seleccionó los siete días y escribió un solo título:

MENDOZA — TOMÁS.

Guardó el evento y apagó la pantalla.